“Que el cine sea ordenado a la gloria de Dios y a la salvación de las almas, y sirva eficazmente para la extensión del Reino de Cristo sobre la Tierra”.

S. S. Pío XII

miércoles, 2 de septiembre de 2009

CRITICA



LA VIDA DE LOS OTROS
Director: Florian Henckel Donnersmarck - 2006


GRACIAS POR LOS SERVICIOS


Si me abocara a mirar con un solo ojo y me fijara en qué es aquello que la fábula condena –el oprobioso régimen comunista de Alemania Oriental-, entonces con entusiasmo defendería y recomendaría esta película. Porque además se lo hace con inteligencia, en la búsqueda artística de ofrecerle al espectador algo más que un film “socio-político” (como acostumbran hacer los izquierdistas con sus panfletos, por caso Costa-Gavras, con quien, digamos de paso, colaboró el actor principal de este film, muerto recientemente). No se trata de un film “contenidista” sino que su joven autor –es verdaderamente su autor- intenta usar el contexto para conmover. Se vale de los recursos propios del cine de suspenso consagrado por el cine norteamericano –del cual sospechamos a su joven director fiel espectador-, aunque sin la fluidez narrativa ni calidad actoral (imagino muy bien a alguien como Kevin Spacey en el rol del espía) que en muchos casos el denostado cine “yanqui” supo ofrecernos (de más está decir que el ejemplo más alto en este género en los últimos treinta años es “La conversación” de Francis Cóppola, pero éste es –o era-en sí un autor mayor).

El film tiene un atractivo excepcional en la historia que cuenta y en el desarrollo que el guión le imprime. Pero a la vez en la misma historia se encuentran los defectos que impiden que la película esté del todo lograda. Errores que parecen de un principiante –y el director lo es. Enumero unos pocos:

1) Hay un error con respecto a la identificación, que, por un lado, proviene del hieratismo extremo del actor que interpreta al espía, y por el otro, de los errores de dirección del director. Desde el momento en que el director decidió que sigamos la película junto a este personaje –y fue una decisión acertada- debió renovar esa decisión haciendo que los ojos del solitario Gerd Wiesler fueran nuestros ojos, implicándonos por partida doble. Sin embargo, el director divide la atención del espectador, la fragmenta. Ejemplo de una escena muy mal construida, confusa: En el teatro –casi al comienzo-, buena oportunidad para empezar esa relación actor-espectador, el director muestra un plano en el palco del agente que llevó a Wiesler allí diciéndole que abajo está el ministro. Plano de Wiesler mirando por su binocular hacia abajo. Plano del ministro desde arriba. Es la dirección de la mirada de Wiesler la que nos lleva a ese plano. Luego Wiesler gira con su binocular. Plano del autor teatral, Dreyman, a un costado del escenario. Hasta allí la secuencia tiene una lógica en su lectura, aunque los planos, tomados desde donde se encuentra el espía, no son lo suficientemente cercanos ni están enmarcados por el círculo del aparato óptico que el espía utiliza. Hay allí una indefinición. Tal vez porque el director quiere que la mirada sobre esos personajes sea compartida por Wiesler y el director de cultura a su lado, lo cual es un error. A continuación muestra retazos de la obra teatral representada, de la cual no se vale el director –como podría- para mostrar la incapacidad artística signada por una ideología. El muestrario es muy breve como para ello. De inmediato, el director hace otro plano del ministro igual al anterior, pero sin la mirada de Wiesler. Tras éste un plano de la actriz de cuerpo entero, luego un plano de Wiesler que baja el binocular aparentemente conmovido, luego un plano lejano de conjunto de la actriz y otras –que no tiene sentido- y luego un primer plano de la actriz, el cual debería haber estado incluido en el primer lugar, antes de mostrar a Wiesler bajando el binocular. Finalmente, Wiesler mira con su binocular hacia el autor y a continuación un plano del autor igual al anterior. Finalmente, al concluir la obra, plano de Wiesler que mira hacia el costado. Plano de la actriz que abraza al autor. Plano de Wiesler que mira por el binocular. Plano –igual al anterior- de la actriz y el autor besándose. Este último plano debió haber sido más cercano, para seguir la mirada interesada de Wiesler a través del binocular. Por lo que vemos, el director es coherente cuando quiere, y no a lo largo de toda la escena. Por esta falta de planificación, y de comprensión del manejo del punto de vista, la escena pierde fuerza dramática, quedándose sólo en la presentación de los personajes que serán protagonistas de la película, a cuyo fin parece elaborada la escena.
2) Faltan detalles que ayuden a la caracterización del espía. Lo único que se nos muestra –en una escena de mal gusto- es al espía fornicando con una grotesca prostituta, en un innecesario plano de conjunto. Ese patetismo –que habla a las claras del personaje y su vida triste y desesperada, pero que él no asume- sirve sólo para alejarnos más de él. Piense el lector cómo resolvió esto magistralmente Cóppola –en una escena parecida- en “La conversación” (si no la vio, es hora de que lo haga).
3) También, y junto con todo esto, hay una dispersión ocasionada por la duplicación de factores que afectan supuestamente al personaje al punto de convertirlo y traicionar al régimen. Primero, el director hace que el espía se interese por la mujer en el teatro: lo hace en un plano del actor bastante lejano, dejando el peso de la escena en la expresión facial del actor en vez de acercar la cámara y dejar que ésta ponga el acento. No sabemos si se ha enamorado de la mujer o ha sido conmovido por ella como actriz. Luego, más adelante, el espía queda prendado de la música que al piano interpreta Dreyman en su departamento. Finalmente, el robotizado (o momificado) espía de la Stasi queda extasiado por unas líneas de un libro de Bertolt Brecht (Brecht, digamos de paso, y como ya se sabe, era un negrero que usaba a sus amantes para que le escribieran sus obras; era un amante del dinero, y no de la poesía. Poco antes de su muerte, en 1956, pensaba irse a Alemania Occidental para gozar de sus derechos de autor, administrados por bancos suizos. El autor teatral de la película, para realmente despertarse de la ingenuidad culpable que llevaba, debería advertir todo esto para que sea un poco más creíble su paso a la “adultez”. Cierro el paréntesis). El foco de interés se ha dispersado tanto que no estamos seguros de qué es lo que ha provocado el cambio en el espía. ¿Fue la mujer? ¿Fue la música? ¿Fue la literatura? ¿Fue el Arte con mayúsculas? Nos da la impresión de que o sobra la música o sobra la mujer. En todo caso el director quiso abarcar demasiado, y el drama se habría decuplicado si el foco de interés hubiera sido exclusivo en un solo factor, siendo la mujer y el espía su enamorado, lo que más habría redituado, porque además habría opuesto y diferenciado más a Wiesler del siniestro ministro, que lo único que quería de la mujer era usarla para satisfacer su lascivia.
4) Hay otra escena tonta cuando, después de que el espía le habla a la actriz en el bar, ésta vuelve al departamento con su concubino Dreyman y tienen relaciones sexuales, todo esto mostrado en sobreimpresión con las páginas del informe que lee alborozado Weisler. Allí parece que se muestra –ingenua y torpemente- que “el amor” vence sobre todo lo demás, cuando el amor no es tal, como se verá después cuando la mujer delate y traicione a su amante. (Parece, además, que el director tiene predilección por ver a la actriz duchándose, porque repite dos veces esta escena, la segunda reiterativa e innecesaria, además de que se goza en mostrar a la mujer desnuda de cuerpo entero. Tal vez porque sus dotes actorales son menos visibles que sus carnes).
5) Está muy bien mostrado el ambiente de coerción y falta de espiritualidad –y por ende, de alegría- de la sociedad comunista. Pero lo que se deja ver también es que no hay fuerza verdadera capaz de oponérsele. El viejo director frustrado se suicida. La actriz se vende y se suicida. Fuera de campo está lo que comprendemos: sólo la Religión es eficaz para resistir a tales enemigos. De lo contrario, la única esperanza parece residir, como allí se ve, en “Occidente”.

Y aquí, para ir terminando, vamos a ir a ese final donde lo inexplicable acontece: aparece Gorvachov y luego cae el muro de Berlín. Y chau comunismo. Como por arte de magia. No, no se produjo la Parusía, sino que “Occidente” y “el pueblo” lo hicieron posible. O ése es el cuento. Lo cierto es que si Hollywood premió esta película no se debió a sus valores estéticos –que son pocos, aunque eso nunca cuenta- sino que le dieron el Oscar porque la película no se mete con Occidente, el cual queda bien parado –del todo ajeno- en relación a su responsabilidad con respecto al comunismo, su complicidad y su sostenimiento económico.

¿Un testimonio? “Fue más duro abandonar el cigarrillo que la otra mitad de Alemania”, dijo Willy Brandt, canciller de la República Federal de Alemania y Premio Nobel de la Paz. ¿Otro? Gorvachov afirmó, en un discurso al Politburó (Noviembre 1987): “Señores, camaradas: No os preocupéis por todo lo que oigáis en los próximos años acerca de la glasnost, de la perestroika y de la democracia. Todo eso se dirige principalmente al consumo externo. En la Unión Soviética no habrá cambios internos significativos, solamente algunos cambios superficiales. Nuestro objetivo es desarmar a los americanos y dejarlos adormecidos”. El actual presidente de Rusia, Putin, afirmó sobre la OTAN (28 de mayo de 2002, en Roma): “Llegaremos a llamarnos La Casa de los Soviets”.

Hollywood hoy no se equivoca –no se puede ser ingenuo al respecto- y sabe a quién darle o negarle su premio –ahí está el ejemplo de Mel Gibson y sus últimos films. Están los que se agarraron de esta película para argumentar contra los nefastos regímenes cívico-militares liberales de los años ’70 (como Argentina o Chile), pero dejando afuera, claro está, el actual ejemplo de Cuba, precisamente porque es actual, o la figura de Fidel Castro, quien anduviera en su tiempo a los besos y abrazos (literalmente) con el mandamás alemán Erick Honecker.

Bien, si la historia no sirve para mirar al presente, entonces sólo puede ser usada para engañar con miras al futuro. El joven debutante alemán –talentoso- ha caído dentro de la movida. Falta la otra mitad de la historia, esa que el Sistema nunca osará distinguir.