“Que el cine sea ordenado a la gloria de Dios y a la salvación de las almas, y sirva eficazmente para la extensión del Reino de Cristo sobre la Tierra”.

S. S. Pío XII

viernes, 23 de abril de 2010

ANIVERSARIO - WILLIAM SHAKESPEARE

23 de abril 1564-1616

ANIVERSARIO DEL NACIMIENTO Y MUERTE DE


WILLIAM SHAKESPEARE





“Se lo represente o se lo recite, se hable de él o no se diga nada, Shakespeare es siempre un poeta “actual”, ya que no “de actualidad”. Actuales son sus poemas, comprendiendo en la acepción primera de la palabra “poema” no sólo los sonetos o las fábulas mitológicas, sino también, y acaso fundamentalmente, las creaciones escénicas. (...) Su actualidad, queremos decir su contemporaneidad ininterrumpida, supone una virtualidad intrínseca: procede de la pintura veraz del mudable y tornadizo corazón humano, mudable y tornadizo en sus formas de exteriorizarse, no en sus impulsiones profundas: dolor y alegría, anhelo y desesperanza, ambición y ánimo generoso, amor y odio, fe. Lo allá y de aquel entonces, pero también lo de aquí y lo de ahora: lo de siempre”.

Ángel J. Battistessa, Shakespeare en sus textos, “Oír con los ojos”, Ediciones Corregidor 1979.

“Es posible comprender por pura simpatía y hasta por “pálpito”, pero ello no basta para conocer una obra según se debe, queremos decir sin confusiones. La verdadera admiración es siempre histórica, si bien críticamente lo que de cierto urge no es sino esto: sorprender lo que dura bajo la apariencia de lo que pasa; el mar, no las olas.
La tarea no siempre resulta fácil, pero una vez bien cumplida la compensación suele ser proporcionada. “Lo siento mucho, Monseñor –le decía Bossuet a su egregio alumno el Delfín de Francia-, lo siento mucho, pero en el estudio de las matemáticas no existen facilidades principescas”.Tampoco los grandes poetas, como los grandes músicos, pueden leerse “a primera vista”, ni es dado interpretarlos ”de oído”. No se niega la inspiración, pero el arte (y leer y escuchar es un arte, y qué arte) reclama su solfeo, su oficio, o como quiera llamárselo.
Por la hondura con que conoce las almas, no menos que por la belleza íntimamente equilibrada de la dicción y la imagen, a pesar de sus torbellinos prerrománticos y ya barrocos, Shakespeare es un clásico”.
Ángel J. Battistessa, Shakespeare en sus textos, “Oír con los ojos”, Ediciones Corregidor 1979.

“No hay que hacer de él, empero, una “fuerza de la naturaleza”, como gustó a los románticos. Lo que de inculto, exuberante y desenfrenado se atribuye a una fuerza natural, es extraño al espíritu de Shakespeare. Si quisiéramos encontrarlo en alguno de sus personajes, lo hallaríamos en esas figuras de jueces que son el duque de Measure for measure y el mago Próspero de The Tempest, y las palabras que, supuestamente, tienen el tono de su voz son las que expresan el perfecto equilibrio del arte, los consejos de Hamlet a los actores (Hamlet, acto III, escena 2): “Moderación en todo, pues hasta en medio del torrente, tempestad y aun podría decir torbellino de tu pasión, debes tener y mostrar aquella templanza que hace suave y elegante la expresión. Que la acción corresponda a la palabra y la palabra a la acción, poniendo un especial cuidado en no traspasar los límites de la sencillez de la naturaleza”. De ahí la impresión de ausencia de esfuerzo, de inevitabilidad que dan sus grandes tragedias y la enorme esfera de misterio que su arte compacto logra abarcar, de suerte que Goethe pudo decir que sus dramas son “libros abiertos del destino; en ellos sopla el viento de una vida agitada y, de tanto en tanto, los deshoja con violencia””
Mario Praz. “La literatura inglesa de la Edad media al Iluminismo”, Editorial Losada 1975.

“Shakespeare gozaba con los cuentos viejos. Gozaba con ellos como debe gozarse con los cuentos. Le gustaba leerlos como a un hombre de imaginación e inteligencia le gusta leer hoy día una buena novela de aventuras o, todavía más, una buena novela policial. Ésta es la única posibilidad que los críticos de Shakespeare no parecen tener en cuenta. Probablemente no son lo bastante sencillos y, por lo tanto, lo bastante imaginativos para saber lo que es ese goce. No pueden leer una novela de aventuras, ni, en realidad, novela alguna. Por ejemplo, casi todos los críticos disculpan, de una manera afectada y pedante, el cuento sobre el que gira la escena del tribunal en El mercader de Venecia. Explican que el pobre Shakespeare había tomado un viejo cuento bárbaro y tenía que sacar de él el mejor partido posible. En realidad, había tomado un cuento extraordinariamente bueno, uno de los mejores que podía haber tomado para sacar el mejor partido posible. Es una parábola clara, aguda y práctica contra la usura, y si muchas personas modernas no la aprecian es porque a muchas personas modernas les han enseñado a apreciar y hasta a admirar la usura. La idea de un hombre que da en prenda una parte de su cuerpo (podía haber sido un brazo o una pierna) constituye una sátira altamente filosófica de la remisión ilimitada de las deudas. Esa idea se encarna en todas esas leyes verdaderamente cristianas acerca de la subsistencia, que son la gloria de la Edad Media. El cuento es excelente, aunque sólo sea como una anécdota que lleva el asunto a su culminación y termina con una réplica inesperada. Y el final es una verdad, y no sólo una treta. Demuestra la falsedad de la lógica pedante mediante una reductio ad absurdum”.

G. K. Chesterton, “Los méritos de los argumentos de Shakespeare”, Ensayos, Ediciones Porrúa, 1985.