“Que el cine sea ordenado a la gloria de Dios y a la salvación de las almas, y sirva eficazmente para la extensión del Reino de Cristo sobre la Tierra”.

S. S. Pío XII

martes, 22 de octubre de 2013

ENSAYO - EL CINE Y EL HAPPY END




Carente de una tradición verdadera que lo fertilizara, Estados Unidos de América, el “paraíso” que ocuparon los puritanos y al cual dieron forma los masones, hubo de inventarse una. ¿Cuál es aquella cultura que acudió en salvaguarda de América como nación? No hay unicidad en sus manifestaciones, pues si bien América dio (y mató) a un Edgar Allan Poe o luego a un Pound, también acunó el famoso “american way of life”, con su rock’n’roll, sus jeans y su Coca-Cola, que muchos alrededor del mundo critican pero disfrutan negándose a saber lo que representan.
¿Cómo entra el cine en esta trascendental cuestión de cuya suerte ha dependido el destino de los EEUU como nación imperial hegemónica? Si el cine se propuso como universal o ecuménico –que no católico-, y si alimentó ese designio mediante la apropiación de cuanto talento anduviera dando vueltas por el mundo, ese afán de lo grande o titánico (piense el lector en los emblemas de las productoras de cine y lo entenderá mejor), debemos decir que la habilidad técnica de sus hacedores se dio de la mano con una característica explotada como nadie. Nos referimos a la exposición de los mitos en el cine.
Sabemos que el hombre es por naturaleza religioso, por ello su sed de lo simbólico que lo conecte con lo sagrado que intuye en lo profundo del ser manifestado a su alrededor. Esta característica que bien ha sabido encauzar la Religión (nos referimos a la única verdadera) y el Arte (que nace siendo religioso), cuando éstos decaen o se oscurecen, no se llevan consigo la apetencia y necesidad que hay en el hombre, pues está arraigada en lo más profundo de éste la capacidad simbólica. Surgen entonces como sucedáneos las pseudo-religiones o las religiones de la ideología política (movimientos de masas gnósticos), la idolatría de las “estrellas” del cine, la política o el deporte, más todas las variantes que puedan ocurrírsele al hombre en su desvarío. La capacidad simbólica del hombre entonces puede ser bien o mal encauzada, y el símbolo volverse hojarasca y devenir en alegoría.
El hombre en su esencia religiosa experimenta algo que puede o no trascender a ese mundo que vive y que ve. Lo sagrado se manifiesta entre otras cosas por medio de los símbolos, de allí que cuando no se manifiesta o exterioriza lo sagrado se “sacraliza” lo profano (véase las experiencias extremas del nazismo, el comunismo y hoy el democratismo liberal).
El cine, específicamente el cine americano, restauró a través de Griffith la alianza con un modo simbólico de ver (y mostrar) las cosas, fundamentalmente a través de la puesta en escena, el fuera de campo y la identificación de los protagonistas del film como paradigmas. Justamente el mito instala un comportamiento paradigmático o ejemplar que nos incita a imitarlo. En referencia a esta relación de identificación-proyección del espectador con los actores, Ángel Faretta decía que el cine no busca actores sino arquetipos. ¿Acaso es difícil encontrar allí el presupuesto religioso que moviliza a América, la encarnación de determinados arquetipos para consumo de todo el mundo? “Al representarnos de inmediato una cualidad física que se convertía en emblema moral, el espectador cree asistir a un universo que deviene perfectamente estructurado de antemano”[i]. Esta “fotogenia” como relación moral que establece el espectador de inmediato con el héroe de la pantalla es uno de los puntos más importantes que han hecho que aquel cine triunfara en el mundo. Si los héroes son, como dijo alguien, símbolos de la potencialidad que hay en el hombre de elevarse a lo sagrado, cabe preguntarnos qué es lo sagrado que el cine nos propone, y no cabe una respuesta unívoca al problema planteado, pero sí en cuanto a la tendencia u orientación que mayoritariamente ha sostenido un cine que no se cansa de agonizar. La clave está en esa “cualidad física” que se nos propone como aduana conducente a la virtud.

Hoy ese puente que es lo simbólico (emblema firme en su momento marcado por el Golden Gate hitchcoquiano de “Vértigo”, luego endeble y recauchutado puente de Do-Lung en “Apocalipse Now”), ese puente, decimos, ya fue cortado o dinamitado, y sólo alguien independiente de la industria del cine y sus postulados, alguien ajeno a los pareceres de mundo y asentado en una Tradición como es Mel Gibson pudo restaurarlo y mantenerlo por un tiempo, apenas por un par de películas (La Pasión de Cristo y Apocalypto), hasta volver a caer.
Ese universo “perfectamente estructurado de antemano” que le brindaba al espectador la seguridad que no le daba la religión –porque no la tenía o era difusa o tibia-, o el país –sumido en crisis o guerras con esporádicos lapsos de optimismo de conquista-, esa seguridad del espectador era satisfecha mediante los habituales (que no absolutos, claro está) “Happy-end” o finales felices que el cine le proporcionaba. La busca de sentido de las cosas, una certeza sobre la vida humana que anulara el miedo y a la vez la consecución de la perfección humana en determinados arquetipos de este mundo (más concretamente, del mundo del cine) vienen a canalizarse por lo que Eric Voegelin ha llamado variantes gnósticas del concepto cristiano de perfeccionamiento. Porque “aunque no existe un perfeccionamiento total en la tierra, la vida cristiana obtiene una forma especial en el vivir orientado hacia la perfección en el otro mundo. Su configuración se forma a través de la sanctificatio, o sea la santificación de la vida”. [ii] Así es que, dentro de esos movimientos de masas gnósticos que se derivan del concepto cristiano profanado, es posible –asequible- una perfección dentro del mundo histórico (y no exageramos al decir perfección, véase las “stars” de Hollywood y la manera en que son presentadas, expuestas y vendidas) inmanentizando “los componentes teleológicos o axiológicos”, esto es, la meta hacia donde nos movemos –cuyo límite feliz nos ofrecen los “finales felices” del cine- y el valor de esa meta: la obtención de una determinada situación social o lugar en el mundo tras haber vencido una serie de dificultades por las propias fuerzas y el concurso de los guionistas[iii].
Decía el escritor húngaro Stephen Vicinczey, alguien que por cierto no es creyente: “La vida prepara para cada persona una serie de golpes y uno de los usos de la clase de ficciones que admiro y que trato de escribir es proveer una especie de entrenamiento psicológico: le hace sufrir golpes y pérdidas en su imaginación de tal manera que, cuando le sucedan en la vida real, no se halle por completo desprotegido y se encuentre mejor preparado para enfrentarlas.(...) Hay una epidemia de la enfermedad mental en los países prósperos, creo, que se debe a que la gente se pasa horas consumiendo películas, programas de televisión y best-sellers masivos que les proveen una imagen de la vida donde todo tiene un final feliz(...) El final feliz es una ley de la cultura de masas. Se ha sembrado en la gente la idea de que todo se arregla al final. Siempre. Cientos de millones de personas creen en esto, por eso cuando son golpeados por la vida real y no llega el final feliz, muchas de ellas quedan destruidas. Espero que mis libros hagan más fuertes a los lectores, en este sentido y también en otros. Como escritor me siento como un explorador enviado por mis lectores para informarles con qué habrán de encontrarse si siguen este camino o algún otro”. [iv]
Lúcidas palabras de quien sabe aclarar que “la literatura no tiene nada que ver con la literatura sino con la vida”. Vida a la que, por otra parte, para este escritor no católico, y por lo tanto, errático, debía dársele un sentido. Por supuesto que puede caerse en –a partir de las anteriores palabras- la justificación de los finales oscuros y pesimistas. Esa es la parte que le corresponde al cine europeo en esta situación dialéctica tramposa, que una vez un director francés sin ninguna culpa se ofreció a aclarar: “Tavernier ve una gran diferencia entre el cine de Estados Unidos y el europeo, al señalar que “el americano es afirmativo y el europeo interrogativo”, y explica que los norteamericanos “piden soluciones fuertes y optimistas en las películas”, mientras que los europeos prefieren “dejar dudas al final”.[v]  Cualquiera de estas ilusiones, o desilusiones que dejan dudas al final pueden conducir, cosa que no es el propósito del arte, a infundir desesperación, y por lo tanto, a negar la vida misma y a sí mismo.  Por eso el arte siempre ha de buscar –y muchas veces lo hace sin proponérselo a priori- la trascendencia de esta vida.[vi]
Hay muchos ejemplos de finales felices complicados o no del todo ciertos. John Ford es uno de esos ejemplos, aunque también claudicó varias veces. Otro caso, superior, es Hitchcock, quien nos daba finales no del todo felices (“Vértigo”, “La ventana indiscreta”, “Psicosis”, “The wrong man”, “La soga”) y nos alertaba a través de las peripecias de sus personajes –emblemas del ser humano caído antes que paradigmas, o si al ser ello mismo, actores-arquetipos, “destrozados” por la historia que se contaba-, en ese avisar de que hay un orden por sobre nosotros, criaturas que no debemos osar imponer nuestro caos.
Debemos finalmente hacer esta mención: podrá argumentarse que el llamado cine clásico (años 1930 a 1965 aproximadamente) nos mostraba, decidiendo, un mundo no igualitario y ajeno al soportado hoy, un mundo donde algunos se destacaban más que otros –el protagonista o héroe, los co-protagonistas, los antagonistas, los actores secundarios, los extras-, donde a la vez todos pero cada uno estaba bien llevado. Bien, no era aún el tiempo del igualitarismo asfixiante o la “equidad”, como les gusta decir a los progresistas, y además se estaba forjando toda una mitología politeísta (diosas, divas o estrellas son nombres evidentemente sacros para designar a las actrices que Castellani no tenía empacho en llamar “prostitutitas”). No olvidemos, además, que aún había en el público la apetencia de historias y toda historia que se precie de tal tiene héroes y villanos. Pero además, ese cine le mostraba al espectador, que se identificaba con sus ídolos –el ser-otro mientras duraba el film-, que de alguna manera podía llegar a triunfar como ese “ídolo” lo hacía en la pantalla. ¿Cómo?
En el “país de las oportunidades” y del “sueño americano”, donde todos se hacían desde abajo, las estrellas –a diferencia de una aristocracia real- podían subir a la cima mediante su esfuerzo (y no sabemos qué más) y el favor del público. De esta manera se generaba una idolatría o endiosamiento del que el hombre común podía llegar a ser partícipe, o lo era en la medida en que democráticamente, a fuerza de llenar las salas, convertía a esa figura en “estrella”.  Cuántas víctimas ilusas se habrá cargado el sistema en el medio de ese camino, no lo sabremos nunca. Claro que también había derroche de talento porque una fábrica que exporta a todo el mundo se tomaba las cosas en serio. No se improvisaba. En ese sitio pudieron meter baza unos pocos entendidos, pero ese es otro tema.

N. B.: Para seguir con aquello de los finales felices que el mundo (uno de los tres enemigos del alma cristiana) propone para olvido de nuestros deberes para con Dios, a la vez que “tranquilizar” ante el temor a la muerte y lo que pueda venir después, hoy leemos en el diario (Clarín, 16-01-07) una idea de la “Iglesia” Anglicana, noticia levantada del “The Daily Telegraph” y que expone la propuesta de los herejes de Inglaterra de “adaptar la religión al estilo de vida de las personas”, ofreciendo en los servicios fúnebres el uso de videos con imágenes de los difuntos, el lanzamiento de “fuegos artificiales para lanzar las cenizas al cielo”, entre otros disparates. Ya lo habíamos advertido en la establecida costumbre de aplaudir en los cementerios al despedir a los difuntos, como si de terminar una función teatral se tratara.  La negación o temor de un final no aceptado trae así la imagen de un festejo ante quien quizás esté ingresando en el fuego eterno al son del batir de palmas. “Happy end” temeroso de quienes ya no pueden arreglar las cosas como si se tratase de una película.

NOTAS:





[i] Ángel Faretta, Nota en Revista First.
[ii] Cfr. “Los movimientos de masas gnósticos como sucedáneos de la religión”, Ediciones Rialp S.A., 1966.
[iii] No se olvide además que los films estaban realizados, en gran medida,  para ganar dinero. Por lo tanto se debía pensar en el público, de allí las previews o vistas previas en salas especiales, donde de acuerdo a la recepción del público podía cambiarse la película o su final. De allí también que se buscasen fórmulas probadas y estereotipos. El arte en tiempos de la democracia.
[iv] Reportaje en diario Página/12, 17-02-1995.
[v] “Tavernier dice que el cine estadounidense protege la ignorancia”, 17 de abril de 2004, EFE.
[vi] Con respecto a los verdaderos y falsos finales felices en la vida, la visión verdadera de las cosas puede resumirse así:
”El triunfo grandioso y público de Cristo: he ahí la primera razón del juicio final.
Pero hay una segunda razón que justifica plenamente ese juicio: el triunfo de la virtud ultrajada y el castigo del vicio triunfante.
En este mundo, señores, suelen triunfar los malvados. Y la virtud, ultrajada y escarnecida, suele terminar en la cárcel, en el destierro, cuando no en la más afrentosa de las muertes, los ejemplos históricos y contemporáneos son tan abundantes y conocidos, que renuncio a poner ninguno.
No os escandalice este hecho, señores. No os cause extrañeza alguna, porque tiene una explicación clarísima a la luz de la teología católica y aun del simple sentido común. Ha sido siempre así y continuará siendo hasta el fin de los siglos. En este mundo triunfarán siempre los malos, y los buenos serán siempre perseguidos. ¡Siempre!
No os escandalice esto, que la explicación es sencillísima. Es una consecuencia lógica de la infinita justicia de Dios. (...) No hay hombre tan malo que no tenga algo de bueno, y no hay hombre tan bueno que no tenga algo de malo. Y como Dios es infinitamente justo, ha de premiar a los malos lo poco bueno que tienen y ha de castigar a los buenos lo poco malo que hacen. Esto es cosa clara: lo exige así la justicia de Dios.
Ahora bien: como los malvados, en castigo de sus crímenes, irán al infierno para toda la eternidad, Dios les premia en esta vida las pocas cosas buenas que hacen. Y como los buenos han de ir al cielo para toda la eternidad, Dios comienza a castigarles en esta vida lo poco malo que tienen, con el fin de ahorrarles totalmente, o en parte, las terribles purificaciones ultraterrenas.
Ahí tenéis la clave del misterio. La mejor señal de reprobación, la más terrible señal de que un hombre malvado acabará en el infierno para toda la eternidad, es que siendo efectivamente un malvado, un anticatólico, un blasfemo, un ladrón, un inmoral, etc., triunfe en este mundo y todo le salga bien. ¡Pobre de él! No le tengáis envidia por sus triunfos, tenedle profunda compasión. ¡La que le espera para toda la eternidad!”. A. Royo Marin, O. P., “El misterio del más allá”, Apostolado Mariano, 2005.