“Que el cine sea ordenado a la gloria de Dios y a la salvación de las almas, y sirva eficazmente para la extensión del Reino de Cristo sobre la Tierra”.

S. S. Pío XII

martes, 10 de mayo de 2011

EXTRA CINEMATOGRAFICAS - BEATIFICACION DE PELICULA


BEATIFICACIÓN DE PELÍCULA (3D)



Aunque no puede sorprendernos, no deja de entristecernos esta cuestión por la cual la Iglesia atraviesa tan penoso momento con aires triunfales, en una remozada escenificación de su triunfo precisamente cuando es aceptada por el mundo, una crisis de cuya responsabilidad debemos hacernos cargo, cada uno en su medida. Es ineludible mirar hacia el Vaticano II, claro está, esa Revolución Francesa dentro de la Iglesia, pero la tendencia apóstata está en nosotros como que somos hijos de Adán y por lo tanto tendemos a buscar en el mundo lo que hemos perdido por alejarnos de Dios. No podemos ni debemos culpar a los de afuera. Nuestro peor enemigo acecha dentro de nosotros.



No deja de dolernos el ver tamaña manifestación de entusiasmo multitudinario ante lo que significa una catástrofe. Una invisible catástrofe de las almas. ¿Por qué muchos católicos alrededor del mundo celebran a Juan Pablo II y se suman alborozadamente a su "beatificación"? ¿Por qué muchos jóvenes le rinden un culto casi idólatra? ¿Por qué esa manifestación de afectividad imberbe y adhesión pasional para con quien ha causado tanto daño a la Iglesia a la que dicen pertenecer? ¿Puede culparse sólo a la influencia mediática publicitaria, omnipresente y sofocante con sus loas para con quien llaman "el Papa del Pueblo", el "Papa del Mundo", "el Santo de todos", etcétera?



Tal vez debamos mencionar como causa fundamental a la ignorancia en materia religiosa por parte de los católicos, y como motivo de ésta al subjetivismo que se ha convertido en la forma en que nos vinculamos con la vida y el mundo que nos rodea. El sentimentalismo termina por ajustar las actitudes del culto en un desvío de la reverencia que le debemos a la verdad, fuera de la cual erramos "con la mejor intención".



Nada nuevo hay al respecto; ya lo dijo Nuestro Señor:


"Erráis por no entender las Escrituras" (Mt. 22, 29)



No las entendemos y ni siquiera las frecuentamos, ¿cómo entonces conocer la Palabra de Dios, que la Iglesia recibió como depósito y que debía enseñar?



"Erráis por no entender las escrituras".


"¿No es éste un reproche que hemos de recoger todos nosotros? Pocos son, en efecto, los que hoy conocen la Biblia. No puede extrañar que caiga en el error el que no estudia la Escritura de la Verdad como tantas veces lo enseña Jesús" (Mons. Straubinger).



“Permanezcan en vuestros corazones y con abundancia las palabras de Cristo” (Col. 3, 16).



"Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo", afirmó San Jerónimo.



Lógicamente, así será muy fácil apartarse del verdadero Evangelio de Cristo, de su mandato, para aceptar con toda la liviandad de lo que es fácil y cómodo una nueva enseñanza, aun con los ropajes de la unción sacral vaticana.



Cuántas veces nos lo avisó San Pablo:



"Me maravillo de que tan pronto os apartéis del que os llamó por la gracia de Cristo, y os paséis a otro Evangelio. Y no es que haya otro Evangelio, sino es que hay quienes os perturban y pretenden pervertir el Evangelio de Cristo. Pero, aun cuando nosotros mismos, o un ángel del cielo [o un Papa carismático] os predicase un Evangelio distinto del que os hemos anunciado, sea anatema. Lo dijimos ya, y ahora vuelvo a decirlo. Si alguno os predica un Evangelio distinto del que recibisteis, sea anatema. ¿Busco yo acaso el favor de los hombres, o bien el de Dios? ¿O es que procuro agradar a los hombres? Si aún tratase de agradar a los hombres no sería siervo de Cristo" (Gálatas I, 6-10)



El mundo globalizado con sus infinitas redes de comunicación mass-mediáticas, su interconexión instantánea que todo lo repercute, lo publicita y lo condena o exalta, ha ido carcomiendo no sólo el accionar de los hombres de la Iglesia que quieren "agradar al mundo" (¿pero acaso el mismo San Pedro no pecó gravemente cuando negó a Nuestro Señor tres veces, por miedo al mundo? ¿Y lo que aceptamos del primer Papa no podemos aceptarlo en uno de ahora, sólo porque este es de nuestro tiempo y aceptar esa verdad significaría que las cosas no están tan bien como nos las presentan y nos gusta pretender?), sino que ha instalado fácilmente su influencia en todos aquellos que trabajados por largos años de prédica y ambiente eclesial liberal, aceptan que un mundo anticristiano celebre a un Papa como uno de los suyos. Esto puede ocurrir siempre y cuando no se tengan presentes las palabras de Nuestro Señor que con tanta frecuencia y culpablemente olvidamos (porque no conocemos la Palabra de Dios ni la frecuentamos debidamente predispuestos), como aquellas que dicen: "Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a Mí, antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero como vosotros no sois del mundo -porque Yo os he entresacado del mundo- el mundo os odia" (Jn. 15, 18-19). De acuerdo a lo cual el mundo pecador, ateo, hereje, blasfemo, infiel, materialista, en suma, anticristiano, ha de odiar a Cristo y a los que son de Cristo.



Por supuesto, ha ocurrido también que esta verdad se ha trastocado y la comodidad de los católicos lo ha aceptado mansamente. Pero, como advirtió Mons. Straubinger: "El Evangelio no debe ser acomodado al siglo so pretexto de adaptación. La verdad no es condescendiente sino intransigente. El mismo Señor nos previene contra los falsos Cristos (Mat. 24, 24), los lobos con piel de oveja (Mt. 15, etc)". El culto de la verdad ha sido reemplazado por esta papolatría o más bien juanpablolatría que en el fondo no es sino una forma de autoexculpación que funciona a la manera de las ideologías; precisamente las ideologías -a través del liberalismo desde la Iglesia pero también desde los medios masivos de comunicación y los sistemas educativos- han generado una "unanimidad asfixiante" (como diría Gómez Dávila) no difiriendo hoy día la forma de pensar del mundano del cristiano.



Una vez más, el abandono, el desinterés y la desidia -en definitiva, la tibieza- por parte de los católicos con respecto a la Palabra de Dios (y ese conocer a Cristo), y por consiguiente con respecto a la doctrina, han llevado a esto.



"Si perseverareis en mi palabra, seréis verdaderamente discípulos míos, y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres" (Jn. 8, 30). Esa perseverancia en la Palabra que mantuvo la Santísima Virgen (“conservaba todas estas palabras en su corazón”, Luc. 2, 51) y que la Iglesia conciliar no ha enseñado en las últimas décadas a sus hijos porque ella misma no ha perseverado. Por eso "Nuestro ojo verá bien, y servirá para iluminar todo nuestro ser, esto es para guiar toda nuestra conducta, si él a su vez está iluminado por esa "luz de la sabiduría" divina, que no está hecha para esconderse. Esa sabiduría es la que está contenida en la Palabra de Dios, a la cual la misma Escritura llama antorcha para nuestros pies" (Mons. Straubinger, coment. a Luc. 11, 34)



Un entusiasmo más deportivo que piadoso, carnal que espiritual, se aposenta en todos aquellos quienes desean agradar a un mundo que aplaude complacido lo que no conlleva para él ningún peligro. San Pablo dice nuevamente: "Mirad con qué grandes letras os escribo de mi propia mano: Todos los que buscan agradar según la carne, os obligan a circuncidaros, nada más que para no ser ellos perseguidos a causa de la cruz de Cristo (...) Mas en cuanto a mí, nunca suceda que me gloríe sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo para mí ha sido crucificado y yo para el mundo" (Gal. VI, 11.14.)



“La ignorancia consiste en no saber; pero no saber es algo sumamente funesto para los cristianos”, decía el Padre Emmanuel, y continuaba: “En efecto: a nosotros, los cristianos, no nos basta conocer los términos propios de una verdad dada; tenemos que conocerla a través de la fe; tenemos que saber y creer, saber como creyentes y creer sabiendo lo que creemos”. La crisis de la fe, la falta de la fe, trae esta ignorancia que nos degrada y nos hace formar parte del mundo infiel a Dios, de manera tal que, con gritos de júbilo ante el error consumado se represente para todo el mundo lo que San Gregorio Magno (Com. In Job) definiera así: “En la ceguera que sufren, se gozan como si estuvieran en la claridad de la luz”.



De tal modo que esta corrupción de la fe ha de ir junto a la ignorancia y ambas sumergidas en un mundo de ilusiones: “Aquel que se forja su propia verdad, vive en la ilusión, en el mundo imaginario; crea en su espíritu una película de pensamientos que no tiene más que las apariencias de la realidad. Vivir en lo irreal y, sobre todo, esforzarse en poner en práctica concepciones creadas en su totalidad por un espíritu imaginativo es, ¡desgraciadamente!, la fuente de todos los males de la humanidad. La corrupción de los pensamientos es mucho peor que la de las costumbres…el escándalo de las costumbres es más limitado que el escándalo de los errores. Ellos se difunden más rápidamente y corrompen pueblos enteros” (Mons. Marcel Lefebvre, Carta Pastoral, Dakar, 26 de marzo de 1961). He ahí expresado tempranamente todo un diagnóstico, que no dejamos de ver confirmado catastróficamente. Contra esto hay sólo un antídoto: la integridad de la Fe sobrenatural (que es objetiva y revelada, no evolucionada y subjetiva). Dice el Padre Emmanuel, en relación a la educación cristiana de los niños: “Se los ha hecho sapientes [hoy más bien informados] pero no creyentes. Por consiguiente, al no haber arraigado con fuerza la fe en las almas, el niño se ve librado a las pasiones que despiertan, o se vuelve víctima del medio en el que actúa. La fe le habría dado el vigor necesario para resistir al peligro interior o al peligro exterior, según acabamos de señalar. Pero sin la fe el hombre queda a merced de su debilidad y cae. “Estáis de pie por la fe”, dice el Apóstol, “fide statis” (II Cor. 1, 23)”. Y termina su escrito el venerable sacerdote: “Por lo tanto, para trabajar eficazmente en combatir la ignorancia, necesitamos hombres muy sabios y muy creyentes; necesitaríamos santos que fueran sabios, y sabios que fueran santos”.



En definitiva, en un marco de una “adulteración sutil de la religión” (en palabras de Castellani), que se esclerotiza (y acaso se habrá puesto en escena a la vista de todos en la imagen final de un Papa enfermo y débil), en una exteriorización y tibieza que “se va en follaje”, no quede otro camino que “velar y orar” como les pidió Nuestro Señor a sus apóstoles y nos lo pide a nosotros: velar, es decir, estar despiertos, vivir en la verdad; orar pidiendo esos hombres santos de la restauración; conocer a Dios porque “las ovejas le siguen porque conocen su voz” (Jn X, 5), y como dice Mons. Straubinger: “Las almas fieles no pueden desviarse: Jesús las va conduciendo y se hace oír de ellas en el Evangelio y por su espíritu. El es la puerta abierta que nadie puede cerrar para aquellos que custodian su palabra y no niegan su Nombre”. Tener confianza en Dios, a quien hemos de “alabar, hacer reverencia y servir” para “mediante esto” salvar nuestras almas, como bien lo ha enseñado San Ignacio de Loyola. Quieran Dios y Ntra. Señora Mediadora de todas las Gracias que seamos de aquellos que sigamos siempre al “Buen Pastor”.