“Que el cine sea ordenado a la gloria de Dios y a la salvación de las almas, y sirva eficazmente para la extensión del Reino de Cristo sobre la Tierra”.

S. S. Pío XII

miércoles, 15 de mayo de 2013

LA VIDA ES UNA BATALLA




“A mi parecer, existe la abstracta verdad de que toda aquella literatura que presente nuestra vida como peligrosa y sorprendente es siempre más verdadera que aquella otra literatura que nos la haga ver languideciente y llena de dudas. Porque la vida es una lucha y no una conversación”.

G. K. Chesterton, “La ficción como alimento”.






















«PERO DESPUÉS DE QUE CRISTO ORDENASE ENVAINAR LA ESPADA NO ES DIGNO DE CRISTIANOS HACER LA GUERRA....»



¿Un Quijote pacifista?

Así nos lo han querido vender quienes probablemente no lo han leído, entre ellos algún antiguo ministro de Defensa, quien insultó a los soldados españoles declarando “prefiero que me maten a matar” ¿Querría acaso mostrar su superioridad moral ante la tropa?.


Don Quijote, Daumier

Este artículo (Guerra y Paz en El Quijote) refuta el imposible pacifismo del Quijote, que algunos atribuyen a la presunta influencia erasmista (Bataillon). El bello Discurso de las Armas y las Letras, y la propia experiencia bélica de Cervantes en Lepanto son pruebas suficientes, a las que se añaden diversas alusiones en su obra a la política timorata de Felipe II, que prefirió generalmente usar la diplomacia a sus ejércitos.

El artículo repasa las contradicciones de la postura de Erasmo sobre la guerra y la paz, caso bastante parecido al del Cardenal Cusano:

La guerra, las armas con las que se defiende la República Cristiana (especialmente el «Papa guerrero», Julio II, será blanco de las críticas de Erasmo) no hacen sino canalizar esta desviación en sentido opuesto al buen mensaje cristiano, de manera que, cuanto más se insiste en la defensa armada de la fe cristiana, con los ejércitos de los príncipes cristianos (incluyendo al Papa), menos sitio queda (utopía, es la expresión de Moro para concebir esta idea para la sabiduría cristiana y sus verdaderas «armas».
(…)
«Pero después de que Cristo ordenase envainar la espada no es digno de cristianos hacer la guerra, a excepción de aquella hermosísima contienda contra los enemigos más terribles de la Iglesia: contra el afán de dinero, contra la ira, contra la ambición, contra el miedo a la muerte. (…)
«ni siquiera creo que se deba aprobar nuestra insistencia en hacer la guerra a los turcos. ¡Mal va la religión cristiana si su conservación depende de tales defensas!. Y no es lógico que bajo tales auspicios nazcan buenos cristianos. Lo que se consigue por la espada se pierde a su vez por la espada. ¿Quieres atraer a los turcos hacia Cristo? No hagas ostentación de riquezas, ni de ejército, ni de fuerzas. Que vean en nosotros no sólo el rótulo sino también los atributos auténticos del cristiano: vida intachable, deseo de hacer el bien incluso a los enemigos, paciencia inalterable frente a todas las ofensas, desprecio del dinero, indiferencia a la gloria, vida modesta. Que comprendan la doctrina celeste por su concordancia con esta forma de vida. Con tales armas se subyuga perfectamente a los turcos.

Según esto, Constantinopla y su Imperio fenecieron por el mal ejemplo que les dieron a los mahometanos. Pero aquí recoge velas Erasmo:

«Ahora me las entenderé con aquellos que pecan por el lado opuesto [opuesto al belicismo, que acaba de criticar: es decir, contra aquellos que pecan de irenismo], con error más especioso quizás, pero pernicioso no obstante. Los hay que juzgan que el derecho de guerrear está en absoluto prohibido a los cristianos; opinión, a mi entender, demasiado absurda para que merezca ser refutada. Y, siendo ello así, no faltaron quienes calumniosamente me la atribuyeran, porque en mis lucubraciones acaso me excedo en las alabanzas a la paz y en la detestación de la guerra; pero las personas que me leen íntegramente, aunque yo lo silencie, perciben de modo inequívoco la imputación de la sicofantía.

Pobre Erasmo, menudo cacao mental tenía al respecto de la guerra y de la paz.

En fin, aquí va la clave del Discurso de las Armas y las Letras de Don Quijote.

dicen las letras que sin ellas no se podrían sustentar las armas, porque la guerra también tiene sus leyes y está sujeta a ellas, y que las leyes caen debajo de lo que son letras y letrados. A esto responden las armas que las leyes no se podrán sustentar sin ellas, porque con las armas se defienden las repúblicas, se conservan los reinos, se guardan las ciudades, se aseguran los caminos, se despejan los mares de corsarios; y, finalmente, si por ellas no fuese, las repúblicas, los reinos, las monarquías, las ciudades, los caminos de mar y tierra estarían sujetos al rigor y a la confusión que trae consigo la guerra el tiempo que dura y tiene licencia de usar de sus previlegios y de sus fuerzas.

Pues eso.

MICROCRÍTICAS


LA VIDA DE PI. UNA AVENTURA EXTRAORDINARIA (Life of Pi, Ang Lee, 2012)


Excelente basura. ¿No es eso lo que acostumbra darnos el mundo de hoy, con sus ultra-sofisticados logros técnicos, sus super-profesionales artistas, y la mayor indigencia intelectual y oscuridad de espíritu? De esto abunda esta oscarizada y por momentos extraordinaria película.
El protagonista de la historia es un hinduista-católico-musulmán (sic) que además enseña la kábala judía en la universidad (también aparece en la película un simpático budista, ¡cómo no!). Le narra a un escritor ateo canadiense su “aventura extraordinaria”. El protagonista, llamado Pi, siendo adolescente, naufragó cuando su familia se trasladaba de India a Canadá en un gran barco, donde llevaban los animales de su jardín zoológico. Sobreviven sólo él y un salvaje tigre de bengala. La película cuenta con notables recursos las increíbles aventuras de este naufragio (especialmente lograda está la escena del naufragio mismo).
La antigua arca de Noé, podría decirse, renovada aquí, fracasa: una nueva espiritualidad interreligiosa triunfa en la sobrevivencia del chico Pi en ese bote salvavidas. Notablemente, se dicen cosas tremendas: “La fe me llegó a través del hinduismo y hallé el amor de Dios a través de Cristo. Pero Dios aún no terminaba conmigo. Se me presentó de nuevo con el nombre de Alá”. El padre del chico, que es un racionalista, le dice con sentido común: “No se puede creer en tres religiones a la vez. Creer en todo al mismo tiempo equivale a no creer en nada”. Claro que entonces le propone empezar por la razón porque “la ciencia nos ha llevado a entender el universo más que la religión en diez mil años” y salta allí la voz de la esposa: “La ciencia nos enseña de lo que pasa afuera, la religión de lo que pasa dentro de nosotros”. En definitiva: “La fe es una casa con muchas habitaciones”, tal como enseñan los modernistas conciliares.
Decía Chesterton: “El Cristianismo repentinamente satisface y perfecciona el instinto ancestral del hombre de estar en la posición correcta; en esto lo satisface soberanamente; por su credo la alegría se convierte en algo gigantesco y la tristeza en algo accidental y pequeño” (Ortodoxia). Por el contrario, el final de la película sugiere que es la decisión subjetiva del hombre la que define esta satisfacción, respuesta que en verdad no satisface a nadie y deja un aire de tristeza indisimulable. Por eso puede decirse que esta brillante película fracasa absolutamente: porque el paganismo es ese tigre no domesticable, ese tigre bestial a lo sumo mantenido a raya pero el cual nunca podrá ser llamado “hermano tigre” por el protagonista humano, aunque tenga hacia él una conmiseración muy humana; el cristianismo, en cambio, es San Francisco escuchado por los pájaros, o hermanado y respetado por el dócil lobo de Gubbio; es San Antonio y la burrita del milagro, o San Antonio y los peces del mar; es San Martín de Porres obedecido por los ratones; es el burro de Balaam. Es “El Principito” domesticando a un zorro bajo los cielos del buen Dios, que no es el dios de esta película mentirosa, que sin dudas le hubiese encantado a Borges.
La dirige un chino que también filmó el western de cowboys maricas “Secreto en la montaña”, una del increíble “Hulk” y no sé qué otras promocionadas inmundicias más.


YUMA (Run of the arrow, Samuel Fuller, 1957)


Muy interesante película, con la intensidad que caracteriza la filmografía de Fuller (“el cine debe ser un campo de batalla”, decía), que plantea el siguiente asunto: un soldado dixie (Rod Steiger) se encuentra al terminar la guerra de secesión de U.S.A. (1865) con un panorama triste de derrota y muerte y, no pudiendo soportar el tener que convivir bajo el mandato de sus vencedores, a quienes odia profundamente, decide dejar a su familia y su tierra para irse al lejano Oeste, donde viven las tribus salvajes. El dixie prefiere ser un indio salvaje a ser un yanqui más salvaje aún. Merced a una serie de proezas, azares y su propia determinación, logra insertarse en una tribu sioux al “casarse” con una india (Sara Montiel, tan bella como una supermodelo: eso era Hollywood, no se olvide).
Hasta allí tenemos un filme potente, políticamente incorrecto y hasta sospechosamente indigenista. La cosa se complica cuando Fuller, un agnóstico, decide abordar el tema religioso. Pues sucede que al ingresar a la tribu el dixie deja bien en claro que él desea seguir teniendo su religión, pues es cristiano. El cacique (Charles Bronson) lo acepta porque, dice, ambos tienen el mismo Dios, aunque tengan diferentes religiones. Pero hete aquí que una serie de circunstancias hacen que el dixie-sioux tenga que volver a tomar contacto con los odiados yanquis, en la figura sobre todo de un teniente deplorable (bastante caricaturizado por Ralph Meeker) al que él había herido el último día de la guerra, que llega al frente de un regimiento para concertar un tratado de paz con los sioux.
El odio y el deseo de venganza vuelven a surgir en el dixie, pero…el salvajismo de los indios, que despellejan vivos a sus enemigos, no es para él. La mujer se da cuenta y se lo dice: tú no eres como nosotros, eres americano, ellos son tu pueblo. El tipo termina admitiéndolo, y, tomando una bandera norteamericana, decide retornar a la civilización.
Pero, y acá viene la cuestión clave, ¿es sólo una diferencia de nacionalidad el problema entre los americanos y los sioux? ¿O se trata de un problema religioso? Cuando el dixie tiene piedad y recuerda que sus enemigos son humanos, ¿actúa como americano o más bien como cristiano? ¿No fue acaso el cristianismo el que civilizó a los hombres, el que educó a los bárbaros, el que venció el horror del paganismo? ¿Y no es la ausencia del cristianismo el que hizo que los yanquis y también los dixies de entonces se masacraran y odiaran y se encerraran inhumanamente en campos de concentración? ¿No es la ausencia de cristianismo lo que hace que los blanquitos americanos de hoy torturen y masacren en todo el mundo como podrían hacerlo entonces esos sioux? ¿No fue el cristianismo el que civilizó a los indígenas de Iberoamérica, y el falso cristianismo el que exterminó a los indios de América del Norte?
Como suele hacer el cine, Fuller en esta película plantea bien la pregunta, pero no da una buena solución. Ese ha sido y es el problema de los Estados Unidos de América.


EL CANTO DEL GALLO (Rafael Gil, 1955)


Excelente, tal vez la mejor película de Rafael Gil. Muy superior a la tan promocionada “El fugitivo” de John Ford, de tema similar. El asunto: en un país comunista X, los sacerdotes son perseguidos, encarcelados y matados. Un cura miedoso (Francisco Rabal, excelente, tal vez porque siempre fue un ateo empedernido, por momentos parece un anticipo del Nazarín que hará con Buñuel) es atrapado por la policía del régimen. El jefe de la brigada comunista es un excompañero suyo en la escuela, que le propone firmar una declaración donde renuncie a su religión para salvarle la vida. El cura lo hace y corre a refugiarse en una casa de departamentos donde viven una prostituta, una familia con un niño, una pareja de viejos que quieren casarse, etc. En ese micromundo sobrevive corroído por el remordimiento, mientras nuevas caídas se le agregan a su humillación. Hasta que una revuelta popular hace caer el gobierno comunista. El cura vuelve deshecho a su pueblo natal, y en brazos de su madre encuentra la solución a su angustia: ir a confesarse al obispo local. El cura recibe una segunda oportunidad y no la desaprovecha, dedicando su vida a obras de caridad. Frente a frente con su captor de aquel entonces, invertidos ahora los roles, tendrá la oportunidad de reparar el daño hecho y reconciliarse del todo con Nuestro Señor, en la posibilidad de salvar un alma.
Todo esto vale y nos llega porque Gil sabe crear el clima adecuado donde el estado de ánimo del cura y el ambiente opresivo de la tiranía –salpimentados con una pizca de humor- se muestran con el ritmo adecuado, con una escenografía de estudios que nos recuerda a “El tercer hombre” y su glorioso blanco y negro, y porque no cae nunca en la solemnidad y pompa que eran muy comunes en el cine histórico o religioso español de entonces.



MONSEIGNEUR LEFEBVRE, UN ÉVÊQUE DANS LA TEMPÊTE (Jacques du Cray, 2012)


Flojo documental, por las siguientes razones: primero, el director acumula uno tras otro testimonios de personas que hablan a cámara, intercalando a veces fotografías o filmaciones de Monseñor Lefebvre. Las palabras, que tan importantes son, se comen a las imágenes. Pero como se trata de un audiovisual, debe haber un equilibrio. De lo contrario, nos bastaría con leer un libro –por caso, la biografía de Mons. Tissier en la que se basa el director- o escuchar sólo el audio para enterarnos de todo. Parece más bien un trabajo periodístico de divulgación, por lo tanto sin mérito artístico de parte de su realizador. En otras palabras, televisión antes que cine. Segundo: son muy valiosos los testimonios de quienes conocieron a Monseñor, sobre todo de su hermana y familiares, y las imágenes de archivo de él. Pero todo eso basta para conocer cierto aspecto de Monseñor Lefebvre, que no es el único ni tal vez el más importante y digno de conocerse. Llama la atención que no aparezcan testimonios de los obispos (sólo aparece Mons. Tissier en calidad de biógrafo), por ejemplo Mons. Fellay, Superior General de la Congregación que Mons. Lefebvre fundó (sí aparece el P. Schmidberger, que fue el anterior Superior General). Lo lógico indicaría que apareciera el testimonio de quien hoy encabeza la obra legada por Monseñor Lefebvre, aunque más no sea para referirse al momento de las consagraciones episcopales. Sin embargo, ni ese testimonio, ni el de los otros obispos figura. Presumimos: sería incómodo tener que incluir a Monseñor Williamson y sería notoria su única ausencia. Así que: saquemos a todos. Pero esto, lógicamente, vuelve incompleto el documental. Tercero: nos parece que el Mons. Lefebvre de sus últimos años, el más duro para con los modernistas romanos, está escamoteado. Son abundantes sus declaraciones o entrevistas que podrían haberse incluido, pero no están. Inclusive fragmentos de su tan valiosa “Carta a los católicos perplejos”. Pero ninguna de estas obras se menciona.
En definitiva, una aproximación interesante a ese gigante de la Iglesia que fue Mons. Lefebvre, pero que no llega a dar una definición o sentido esencial de su personalidad, como indicaba debía ser la biografía don Eugenio d’Ors.


CÓMO LA IGLESIA CATÓLICA CONSTRUYÓ LA CIVILIZACIÓN OCCIDENTAL




La verdadera historia de la ciencia.


¿Existe Dios? 1/3


¿Existe Dios? 2/3


¿Existe Dios? 3/3

jueves, 9 de mayo de 2013

Por el niño que no ha nacido





Si los árboles fueran altos y corta la yerba,
como en algún cuento de locos,
si aquí y allí hubiera un mar azulado
más allá de la tierra.

Si colgara fija en el aire una hoguera
para darme calor todo el día,
si un pelo verdoso sobre los montes creciera,
ya sé bien lo que haría.

En la oscuridad me encuentro: soñando
ojos grandes, amables o fríos,
y calles sinuosas y puertas calladas
y tras ellas hombres bien vivos.

Vengan las tormentas: prefiero una hora,
y libertad para que luche y llore,
a todas las edades en que he gobernado
los imperios de la noche.

Si me concedieran permiso
para vivir en el mundo,
me portaría muy bien todo el día
que pasara en esa tierra de hadas.

Jamás escucharían de mi boca
una palabra de egoísmo o desprecio,
si tan sólo pudiera dar con la puerta,
si tan sólo naciera.

G. K. Chesterton, tomado de “El amor o la fuerza del sino”. Selección de textos de Álvaro de Silva.


EL MILAGRO DIVINO DE LA CREACIÓN HUMANA (extraordinario video)





El cuerpo humano es la máquina más complicada en el mundo. Vemos con él, escuchamos con él, respiramos con él, caminamos y corremos con él. Sus huesos, músculos, arterias, venas y órganos internos se organizan con un diseño maravilloso, y cuando examinamos este diseño en detalle nos encontramos con hechos aún más asombrosos. Cada parte del cuerpo, aunque puede parecer ser tan diferente de las otras, está formada por el mismo material: células.

Las células, cada una de las cuales es la milésima parte de un milímetro, son las unidades estructurales que forman nuestro cuerpo y todo lo que contiene. Algunas de estas células se unen para formar los huesos, otras los nervios o el hígado; también la capa interna del estómago, la piel o la córnea del globo ocular, etc. Cada una tiene el tamaño y la forma para que cumpla exactamente el requisito de esa parte del cuerpo.

¿Cómo y cuándo las células, que tienen funciones tan variadas, llegaron a existir?

La respuesta a esta pregunta nos llevará a un proceso en el que cada momento está lleno de misterio. Todas las aproximadamente 100 billones de células que componen tu cuerpo hoy, provienen de la división de una sola célula. Esa sola célula que tiene la misma estructura que todas las demás células de tu cuerpo tienen ahora, vino de la unión del óvulo de tu madre y del espermatozoide de tu padre, es decir: del momento exacto en que empezaste a existir y ser tú mismo. No, no fuiste tú hasta el momento de implantarte en el endometrio, ni después de 12 semanas de gestado, sino al momento preciso de la unión del óvulo materno con el espermatozoide paterno. ¡Es el gran milagro divino de la creación humana!

¡Da gracias a Dios por haberte creado y haberte hecho criatura suya a su imagen y semejanza, y haz de tu vida una obra de arte en agradecimiento a tu Creador!


viernes, 26 de abril de 2013

PRESENTACIÓN DE PELÍCULA: MONSEÑOR LEFEBVRE


Primera proyección pública de la película
“MONSEÑOR LEFEBVRE, UN OBISPO EN LA TORMENTA”




Viernes 10 de Mayo
20:00hs

Círculo de la Fuerza Aerea Argentina
Av. Córdoba 731 – Ciudad Autónoma de Buenos Aires

Entradas:
Adultos: $40.-
Menores de 15 años: $25.-



SOLO HITCHCOCK




CHARLES GOUNOUD - ALFRED HITCHCOCK



Marcha fúnebre para una marioneta

“¿DÓNDE ESTÁN MIS HIJOS?”. FILM CONTRA EL ABORTO DE 1916




«¿Dónde están mis hijos?»: Tyrone Power Sr en una joya del cine mudo contra el aborto
El padre del mítico actor la interpretó en 1916, haciendo el papel de un fiscal que se enfrenta a su peor pesadilla.

           
 20 abril 2013  
 Carmelo López-Arias / ReL
   
  
La historia del cine épico de acción y aventuras de los años cuarenta y cincuenta no se entiende sin la figura de Tyrone Power (1914-1958): El cisne negro, La última flecha, Cuna de héroes... aunque la lista de sus éxitos es interminable y abarca todo tipo de papeles (Testigo de cargo dos años antes de morir, por ejemplo).


Uno de los grandes galanes de la historia del cine: Tyrone Power hijo.

El mítico padre de la cantante Romina Power (esposa de Al Bano) fue el más grande representante de una familia de cinco generaciones de actores, y su mismo padre, Tyrone Power Sr (1869-1931), uno de los grandes del cine mudo, casi siempre en papeles malvados.

No así en ¿Dónde están mis hijos?, que protagonizó en 1916 a las órdenes de Lois Weber, la primera mujer que dirigió películas de cierta entidad. Y esta pequeña joya la tiene, con una historia plena de dramatismo

Se trata, además, de un durísimo alegato contra el aborto tras un arranque que parece serlo a favor del control de la natalidad, en una época en la que estaban de moda la eugenesia y la creencia en que la criminalidad está determinada por la enfermedad y la pobreza.


Tyrone Power padre, un "malo" clásico que en esta película resulta ser el único honesto.

El protagonista, el fiscal Richard Walton (Tyrone Power Sr), ejerce la acusación contra un hombre procesado por indecencia pública por propagar el control de la natalidad: "Que sólo nazcan los niños que son queridos. Paremos la matanza de los no nacidos y salvemos la vida de las madres que no quieren serlo", defiende el escritor.

Hoy sabemos bien hasta qué punto el control de la natalidad y el aborto son dos aspectos complementarios de la cultura de la muerte (y no uno prevención del otro), pero en 1916 y en el contexto de un país como Estados Unidos, la película los separa: una vez concluido ese juicio en los primeros minutos, el resto de la película es concluyente contra la eliminación de los inocentes.

Síntesis argumental como guía para ver la película (abajo):
El fiscal Walton es un hombre a quien le encantan los niños y sufre porque su mujer (interpretada por Helen Riaume) y él no los tienen. Se embelesa con el primer hijo de su hermana, que acude a visitarle, y con los tres retoños de su vecino, que declara aspirar a la media docena.

Richard no lo sabe, pero ni él ni su esposa son estériles. Lo que pasa es que la señora Waltonaborrece los hijos y ha abortado tres veces. No por razones económicas o eugenésicas -pues se los presenta como un matrimonio pudiente y distinguido-, sino por frivolidad. Ella y su grupo de amigas están siempre pensando en la siguiente fiesta, y saben que un embarazo es el mayor estorbo para el tipo de diversión que les gusta.

Lo peor es que no se conforma con abortar ella. Es quien facilita a sus amigas la dirección de la consulta del médico que, "una vez decididas a evitar la maternidad", les resuelve el problema. La vemos así acompañar a otra madre a la consulta del doctor Herman Malfit, siempre atento y untuoso con la paciente antes de cometer el crimen.

El drama comienza cuando el hermano de la señora Walton conoce a la hija de su ama de llaves. Aprovechándose de la inocencia de la joven, la seduce y le hace un hijo. Cuando Lilian lo descubre y acude a él, el señorito se desentiende y busca eliminar el estorbo. Acude a su hermana, quien le remite a la consulta de Malfit.

Pero "esta vez el doctor hace una chapuza", afirman los títulos, sugiriendo que aborta con cuidado a las mujeres de clase alta y de cualquier manera a las de clase baja. Lilian sale casi moribunda del abortorio, y antes de fallecer le confiesa a su madre lo que ha hecho.

Se produce entonces una escena violenta en la que la madre de Lilian insulta y agrede al hermano de Helen y padre del no nacido. Cuando Richard se entera de lo sucedido, expulsa al rufián de su casa y poco después, como fiscal, procesa al doctor Malfit.

El criminal, que se ve en la cárcel, amenaza a Helen y le manda una carta diciéndole que si no convence a su marido de hacer la vista gorda, la involucrará en la causa. Findalmente es condenado a 15 años de trabajos forzados. Al conocer la sentencia, le espeta al fiscal: "Antes de sentar a otros en el banquillo debería mirar en su casa". Sorprendido ante esas palabras, Richard examina los libros de cuentas del matarife y encuentra ahí los abortos de su esposa e incluso los inducidos por ella en sus amigas.

Cuando vuelve a casa, destrozado, encuentra al grupo de amigas de fiesta y las echa de allí: "Acabo de saber por qué muchas de ustedes no tienen niños. Debería llevarlas a los tribunales por homicidio, pero al menos no consentiré que sigan en mi casa". Algunas se van llorando, otras aparentando dignidad.

Cuando se queda a solas con su mujer, la interroga con dramatismo con la frase que da título a la película: "¿Dónde están mis hijos? Yo, un servidor de la ley, ¡tendré que proteger a una asesina!". Y tras rechazar la desesperación de Helen (quien unos días antes, por amor a su marido, había decidido tener hijos), los carteles de la película describen su estado de espíritu: "Toda la noche, Richard Walton lloró por sus hijos perdidos y por la confianza perdida en quien debería haber sido su madre".

En cuanto a ésta, "ahora buscaba la bendición de los hijos que había rechazado. Pero, habiendo pervertido la naturaleza tan a menudo, se encontrará físicamente incapaz de llevar la diadema de la maternidad. A lo largo de los años tuvo que afrontar aquella pregunta: «¿Dónde están mis hijos?»". Y la película refrenda esta idea con unos minutos finales realmente terribles por el dramatismo que implicó eliminar las tres vidas humanas que había llevado en su seno. El matrimonio envejece en solitario, llorando las vidas que podrían haberles rodeado y alegrado la juventud, primero, y la senectud, después.

Pues si algo deja claro la película de Lois Weber, es que desde la concepción hay vida humana, y no hay excusas para eliminarla. Los abortos que se representan son de un mes, y a los pequeños no nacidos se les representa como ángeles que bajan desde el cielo a la tierra (una puerta se abre simbólicamente para dejarles marchar) en cuanto arranca el embarazo.

«¿Dónde están mis hijos?» (1916): Película completa