“Que el cine sea ordenado a la gloria de Dios y a la salvación de las almas, y sirva eficazmente para la extensión del Reino de Cristo sobre la Tierra”.

S. S. Pío XII

lunes, 18 de noviembre de 2013

EL CINE, por el Padre Castellani



Ha hecho muy bien el Arzobispo de Buenos Aires prohibiendo que los sacerdotes vayan al cine. ¿Qué puede aprender un sacerdote en un ci­ne? No se niega que sea un pasatiempo lícito e inevitable para mu­chos, pero no es diversión para sacerdotes. Mucho más barato y diver­tido para un «sátwico» es, por ejemplo, el trabajo manual. Si los curas encuadernaran, miniaran, cocinaran, o hicieran relojes, guitarras o ti­sanas como antaño, andarían más sanos y hasta mejor preparados para con el comunismo.
Tiene razón Su Eminencia. Si algo se puede discutir es la exagera­ción del castigo impuesto a los transgresores; pero en fin, él sabe. Es una mala seña que haya que espantar a los sacerdotes de esas grandes catedrales de las masas modernas; a ese efecto debería bastar automáti­camente el buen gusto y una buena educación. Por una vista pasable hay diez imbéciles; por una vista eximia hay cien de las otras.
De esta frase (que supone «hay» vistas eximias, pero son pocas) sale la solución al problema teológico planteado por Daniel, Ezequiel y Joel (tres jóvenes argentinos miembros de la Acción Católica) y en Francia por Stanislas Fumet. Estos moralistas sostienen que el cine es intrínsecamente malo, y escriben sobre él a la manera del terrible libro de Tertuliano «contra los espectáculos». Parece increíble que en nues­tros días haya gente para creer que el cine lo inventó el diablo, como nuestras abuelas creían de la bicicleta; pero hay que notar que propia­mente no sostienen que lo inventó sino que lo «posee» —en el sentido de la «posesión» diabólica, en la cual también creía mi abuela y aun mi abuelo un poco.
Los argumentos que dan estos teólogos de Acción Católica son principalmente tres:
1. La técnica en sí misma no es mala, y por tanto, la hizo Dios; pe­ro la «tecnocracia» moderna («hombres y engranajes») nació tor­cida, de una rebelión de la «ciencia de dominio» contra la «cien­cia de salvación»; y se ha ido torciendo más y más en forma que ahora está imposible, y es contra naturam y contradiós inelucta­blemente.
2. Aun las cintas buenas son malas, porque desenfrenan una fa­cultad del alma que es inferior, la imaginación, y su correlato necesario, la emoción, a expensas de las facultades superiores. El cine nos da una orgía de imágenes; y por ende, cuanto más lo­gradas sean, peor. El hombre que actualmente posee la mejor imaginación del mundo, Paul Claudel, sostiene que el hombre moderno carece de imaginación por culpa del cine; el cine atora y empacha a esa facultad tan importante, atracándola de ali­mento excesivo e indigerible: abortan y no maduran las imáge­nes, no sirviendo así a su función natural, que es sostener y ali­mentar la operación intelectual.
En suma, el cine deprava esencialmente el equilibrio de las facultades humanas.
3.   El «cinematógrafo» es una bella arte inclasificable, lo cual es de entrada sospechoso: es una mezcla de teatro y novela, con injertos de música, escultura, pintura y arquitectura; una mez­cla indeterminada de todas las artes. Bellas artes no puede haber más que cinco —dijo Hegel—. El cine es inclasificable, es decir, informe; y todo lo que es indeterminado es malo, decía la filosofía griega. Dirán que pertenece al teatro, poesía, dra­mática, género, pantomima... Eso fue el cine mudo; pero di­cen los yanquis que ahora el porvenir es del cine sonoro, y además perfumado, tocado y olido; el cual por lo demás ya está realizado aquí en algunas «salas» de la Boca; sin desdoro para los yanquis.
En suma, el cine es una pseudoestética servida por una técni­ca prodigiosa para uso de la plebe de las grandes ciudades. Hasta aquí mis amigos los ermitaños urbanos.
Contra ellos no hay nada que responder, sino que los que creen que van a moderar o suprimir al cine con argumentos filosóficos están «fritos».
La verdad es que el cine no es inclasificable, pues pertenece en efecto a la pantomima, que es una especie de género dramático, no la más alta pero sí la más poderosa; porque el gesto que es su medio, es la forma de expresión más natural y anterior a la palabra hablada —que es también gesto—laringobucal. Género artístico, pues, inferior en la profundidad, pero superior en cuanto a la inmediatez y accesibilidad: uno ve las mejores vistas que hay, Luces de la ciudad, El circo, Murder, El ángel azul, La tragedia de la mina, La ópera de 0.05, Nativity, Cuatro pasos en las nubes-, y recibe una impresión formidable; pero al otro día la impresión se disipó y a la semana no recuerda ni el argumento; en tanto que si lee una tragedia de Shakespeare o siquiera una comedia de Bretón de los Herreros, la recuerda quince días, trozos enteros se le imprimen en la memoria, y no lo olvida del todo jamás. Miseria y grandeza de la pantomima; grandeza de la palabra rítmica.
Lo que objetan, pues, los huraños absolutos es verdad circunstan­cial; el cine de «hoy» es más o menos así como lo pintan, porque for­ma parte del mundo de hoy, de la época capitalista en crisis; pero no que no pueda ser de otra manera, y servir con sus fantasmas fútiles y su cachiporra de goma al bien moral y social en vez de la disolución y la confusión. En suma, de las innúmeras cintas malas no tienen la cul­pa la técnica ni el arte, sino el lucro y la falta de intelecto agente. La producción cineástica actual es una cosa de comercio y no de inteli­gencia o de educación; el intelecto no la penetra ni la gobierna sino que la sirve; de lo cual no tenemos la culpa ni yo, ni el Papa, ni mis lectores.
El problema del cine depende, pues, de muchos otros problemas particulares y generales, y todos dependen del soñado restaure de la ci­vilización occidental; o sea, de «la conversión de Europa», como decía Belloc; porque hoy día los problemas están tan intrincados y unifica­dos que parecería no se puede arreglar nada sin arreglarlo todo; y el hombre no puede arreglarlo todo, porque no puede ni comprenderlo todo. En suma, como decía mi tío el cura, si el cine ha de ser el ins­trumento del Anticristo o un servidor del Cristo, depende de si Cristo vuelve o el Anticristo está a las puertas, cosa que nadie sabe ahora.
«Se fosse grato al Re del Universo...», decía mi tío; pero el «Rey del Universo» es uno de los «Nombres de Cristo»; y también el nombre que llevará por tres años y medio el Anticristo —si no mienten mis amigos Daniel, Ezequiel y Joel.
Pero aquí, entre nosotros (porque esto ya es irse muy lejos), nues­tros cineastas nacionales bien podrían hacer películas «mejorcitas»; y así poco a poco el Arzobispo nos autorizaría a ver por lo menos El cura gaucho o Caballito criollo que pasó y se fue. Pero a mí las que me gus­tan son esas cintas de «convoys» en que «salen» unos jinetes bárbaros y unos caballos árabes estupendos; quiero decir, me gustaban cuando era chico.



Artículo reproducido en la antología Pluma en ristre edición de Juan Manuel de Prada, 2010, sin fecha original del escrito de Castellani. Menciona allí Castellani ciertas películas de Chaplin y una de Hitchcock (Murder), por lo que parece escrito a principios de los años ’40 como mucho. El cine alcanzaría su madurez y daría sus mejores obras recién en los años ’50, con algunas contadas obras maestras en años posteriores. Y cumbres como La pasión de Cristo ya más cercano a nosotros. En cuanto al cine argentino, le hizo caso a Castellani –aunque este no frecuentara y con sobrados motivos las salas- pues levantaría su calidad desde mediados de los ’40 y hasta fines de los ’50.  Dicho todo esto siguen siendo muy acertadas sus observaciones.