“Es, por tanto, una de las necesidades de nuestro tiempo vigilar y trabajar con todo esfuerzo para que el cinematógrafo no siga siendo escuela de corrupción, sino que se transforme en un precioso instrumento de educación y de elevación de la humanidad”

S.S. Pío XI



“Que el cine sea ordenado a la gloria de Dios y a la salvación de las almas, y sirva eficazmente para la extensión del Reino de Cristo sobre la Tierra”.

S. S. Pío XII

jueves, 28 de noviembre de 2013

EL CONCEPTO (rebuscado) DEL CINE



Un padre, un maestro, que quieren verse “continuados” por sus sucesores, no dejan de ser egoístas. Un verdadero padre desea para su hijo una vida propia y mejor que la suya. Un verdadero maestro es feliz viendo que su discípulo lo ha tenido como instrumento para igualarlo, y también para sobrepasarlo, y, si necesario fuera, para alegar la verdad contra él”.
(A. D. Sertillanges, o. p. “Los grandes temas de la vida cristiana”).


Damos a continuación algunos apuntes sueltos sobre “El concepto del cine” de Ángel Faretta, tomados allá en el lejano 2006.

Habiéndonos parecido un buen libro cuando su salida (y no dejamos de destacar sus aciertos hoy día), sin embargo estábamos sobremanera influidos por nuestra amistad con su autor y la influencia de sus enseñanzas. Pero, como dice San Jerónimo, no hay verdadera amistad cuando ésta se rompe y sólo el engrudo de Cristo une a los verdaderos amigos, así fue el mismo Cristo, a pesar del vínculo espiritual que nos unía, quien nos separó: Faretta continuó, desgraciadamente, en el catolicismo heterodoxo-liberal-modernista, y quien escribe, por gracia de Dios, recaló en el Catolicismo tradicional que supo rescatar Mons. Lefebvre. La “excomunión” recibida y la verdadera conversión, hizo que nos alejáramos de estos escritos que nos habían marcado. No pudiendo ocuparnos debidamente de examinar a fondo el libro citado, damos solamente unos apuntes, que complementan otras críticas puntuales que hemos hecho en diversos ensayos y críticas de este blog.


Pág. 9: “El que ahora intentemos cumplir con los requerimientos de tales (amigos y discípulos) no quiere decir, ni remotamente, que hayamos caído en la ilusión de la influencia que este escrito pueda tener en cuanto a la tendencia y dirección que las cosas van tomando en el mundo, o que pueda contribuir en alguna medida a modificar tal dirección. Lejos de ello. Si pudiera entenderse lo que aquí se plantea estarían dadas simétricamente las condiciones de su modificación”.

Valoración exagerada de su teoría, Cuando en el mundo se comprenda cómo cambiar lo que está mal, este libro cobrará su importancia y podrá ser entendido. En cierto modo contradicción con este párrafo de pág. 12:

Por cierto, esto último no significa necesariamente que lo estético sea algo primordial para el mantenimiento, conservación ni menos aún para la superación de un determinado, o parte de un determinado, estado de cosas. El cine per se niega esa posibilidad”.

Pág. 10: “Puede imaginárselo (este texto) como una contribución –de suyo por demás restringida- a paliar la confusión que algunos puedan tener en este momento con respecto a las causas últimas y fundamentales”.

Lo cual implica ir a la teología y la filosofía. Pero esta confusión no será satisfactoriamente evacuada. En principio, no se hablará del fin último del hombre para el cual ha sido creado, lo cual será una limitación insalvable en toda la teoría. La confusión será ampliada, especialmente a partir del estilo enmarañado y barroco.

Pág. 10: “Un texto como éste deberá ser visto como una franca anomalía”.

¿Declarar esto (ojo: declarar ser anómalo, no en sí serlo) no es caer en la “diferencia tecnificada”, que A.F. tanto suele fustigar?

Dejemos pasar varias páginas. Vamos a la 19: “Este decidir continuamente puede resumirse bajo el acápite ¿cómo sigue?”

Veamos: una cosa es que el cine plantee preguntas al espectador (que debe hacerse) y otra ser capaz de responder o dar pistas para llegar a dilucidar esas preguntas. Acá vuelve F. sobre la decisión, aquello que muy bien destacara Carl Schmitt como centro del pensamiento de algunos contra revolucionarios como de Maistre, De Bonald y Donoso Cortés, que vinculan decisión a soberanía, como opuesto al coloquio eterno de los románticos alemanes (Novalis, etc.) y llegan (de Maistre al menos) a pensar que la decisión tiene valor en sí misma, como creadora de un orden y una autoridad. Es evidente que se trata de algo agónico, pero no dogmático: hoy mismo comprobamos el triunfo de las democracias parlamentarias donde las decisiones no son claras, o quienes las toman no son los que detentan el poder visible de la administración. Entiendo que llevar esa idea del “decisionismo” a un plano dogmático es un grave error, y que puede tener su valor agonal en determinadas circunstancias. Pues la decisión por sí misma no es suficiente. Pilatos no decidía nada, hasta que decidió ya sabemos qué, cuando cayó en el respeto humano (o el temor a los judíos). Pero no son mejores ¡al contrario! los judíos del Sanedrín que decidieron que había que matar a Cristo sin ninguna sombra de duda. Hay que precisar muy bien, entonces, el que decide, qué decide y en relación a qué decide. Decide por oponerse a y acercarse a. Y esas categorías últimas no pueden sino ser teológicas, y lo que determina el valor de una obra de arte, la belleza, está a su vez condicionado por esto: su acercamiento o alejamiento de la verdad. De modo que la validez de la decisión –que al fin de cuentas todos habrán de tomar, aun los que debaten, puesto que han decidido debatir para no tener que decidir a mayor riesgo, pero terminan como Poncio Pilatos-, la validez de la decisión está en relación a aquello. Y en definitiva, la única decisión a tomar, la llave que abre o cierra todas las puertas es ésta: decidirse a ser cristiano y vivir en consecuencia, vivir lo que se cree y cumplir cada cual sus deberes de estado.
Claro que esta claridad que le falta a A.F. muestra que es un pensador defectuoso. Ayudémonos con un texto de San Pío X en la Pascendi: “Es táctica muy astuta de los modernistas no proponer con orden metódico sus doctrinas ni formando un todo, sino como esparcidas y separadas entre sí, evidentemente para que se los tenga por vacilantes y como indecisos, cuando por lo contrario son muy firmes y constantes... (...) De ahí que en sus libros tropezamos con cosas que un católico puede aprobar punto por punto: y pasando página, con otras que diríanse dictadas por un racionalista”.
Esta es la cuestión de porqué A. F. no reconoce a los modernistas –y termina haciéndole el juego a los liberales- y concluye teniendo una actitud “protestante”, es decir, en permanente antagonismo con esos los supuestos “indecisionistas”. Actitud propia que no se deriva del cine en sí.

Más adelante, ve muy bien A. F. acerca del carácter de la fotografía como nuevo modelador de la realidad. Jünger veía en ella la “objetización” de los hombres, y por ello algo nefasto. Decía que “la fotografía es una expresión de nuestro modo peculiar de ver, que es ciertamente un modo cruel” (en “El trabajador”). Luego F. dirá lo del cine como redentor de la fotografía: nos parece una muy buena expresión. Aunque la influencia de ese cine “redentor de la fotografía” es escasa o nula en el pensamiento occidental que debería ser continuador de la cultura cristiana que heredamos, eso debido a que quienes fueron sus hacedores cayeron bajo la influencia liberal de Hollywood (véase nuestro ensayo o dossier sobre “Hollywood”, al respecto).

Algo excelente en pág. 20: Dice que la fotografía creó un nuevo patrón de lo real, el clisé. “La fotografía fue necesaria para el troquelado de la modernidad” (y el cine, digo yo, no pudo hacer nada o casi nada contra ello, en todo caso sí a manera testimonial, pero su influencia en el pensamiento occidental es muy pequeña).

Pág. 23: “Mediante el fuera de campo (...) Griffith logra que la acción y el relato se continúen en la mente del espectador”.

Pág. 24: “Al fuera de campo le sigue la creación del principio de simetría. Con él Griffith contribuye a incrementar el reemplazo de la ilusión fotográfico-teatral con una suerte de segunda continuidad a la ya conquistada con el fuera de campo”.

Grandes hallazgos formales (hallazgos, que no deliberadas invenciones) que deberían ser instrumentados análoga y paralelamente en las contingencias, el devenir de los personajes que habitan las fábulas que se cuentan, de manera que los mismos sean orientados hacia su último fin. Habría entonces una correspondencia o simetría entre forma y contenido. Que el fuera de campo apunte no sólo a lo bajo sino a lo alto. De esa manera sabrá que allí está Dios.
También dice muy bien A.F. que “el principio de simetría incorpora el concepto de no azar, de intencionalidad en el operar del cine”. ¿Cabe de ahí para nosotros hacer una aserción o deducción del mismo no azar que rige nuestras vidas? De ninguna manera, porque en las historias que el cine muestra se postula la propia voluntad como móvil de toda acción y su freno puede ser el azar, no una Voluntad Superior, esto es, la Providencia divina. ¿Piensa luego F. que el cine barrocamente muestra al hombre en su pequeñez y miserabilidad e imperfección? Tal vez, pero no se dirá por qué (pecado original), no con respecto a qué (a quién: Dios).

En cuanto a dar lugar a la tarea simbólica, gran triunfo del cine, no creemos que el espectador haya aprendido esa forma de ver las cosas. ¡Ni siquiera los críticos lo han aprendido! Está muy bien visto por Faretta, pero esa virtud del símbolo, cuando no se perdía y era “leída” y continuada por el espectador, quedaba solamente en relación con el cine, ajena al misterio que nos conduce a pensar en el más allá. Ese puente entre el arte y la vida real, de todos los días, no existía. El cine no se usaba –ni se usa- para pensar la realidad, sino más bien para moldearla.

Visión de Hollywood de A.F.: una leyenda rosa.

Lo de A.F. es reducción de conceptos políticos a conceptos estéticos, o ver la esfera estética formada o insuflada por una anterior decisión política “clara y distinta” (como le gusta decir), en un supuesto pacto entre judíos y católicos (¡!) (¿quiénes eran estos judíos y católicos y qué visión tenían del mundo? No lo dice. ¿Eran anti-modernos, anti-liberales? Al contrario. Los más influyentes cineastas eran masones...).
F. ve además a Hollywood como soberano con respecto al poder político de turno (lo cual es falso), soberano porque decide. ¿Decide qué, nos preguntamos una vez más? ¿Y cuáles son las consecuencias de los receptores de ese obrar? La decisión para él tiene valor en sí misma.
Pero antes de la decisión estética (a la cual le da toda la importancia del mundo), antes de la decisión política o filosófica está la decisión religiosa.
La decisión es algo que también puede degradarse y trivializarse (“decido ir de shopping”).

¿Ajuste de cuentas con el Renacimiento, como plantea Faretta? Si el Arte no es autónomo, si el cine no lo es, debe mostrar que el hombre tampoco lo es, y que depende de su Creador. ¿Esto lo hace el cine? No. Los mecenas de ayer son los judíos de hoy, un tanto frenados por la potencia puritana norteamericana. El neo-paganismo renacentista reaparece luego en Hollywood con sus héroes y heroínas, en su nuevo Olimpo.

Voluntad de poder.
La Cristiandad fue una añadidura.
Dice Couturier en “Arte y Catolicismo”: “Vivimos en un mundo por el que Cristo ha rehusado rogar; edificamos y reconstruimos perennemente un Paraíso terrenal, cuando, en verdad, es el mundo de la caída y la Redención, un mundo que se pierde cada día y que cada día siente la necesidad desesperada de ser salvado...Sí, es exacto que a través de todo, hay caminos reales, pero están asolados por el pecado; cuando demasiada confianza reina en los espíritus, algo del sentido del cristianismo se pierde, aquel sentido de la salvación de los hombres y de cada uno de los humanos por la cruz. Un sueño implacable de una edad de oro renace sin cesar en los corazones, y apenas Cristo ascendió a los cielos, ya en los primeros cristianos este sueño borraba el sentido de la redención. San Pablo debió recordarles la existencia de la Redención, “ne evacuetur crux Christi”, para que no se perdiese el sentido de la necesidad de la cruz de Cristo, para que no se desprendieran de la cruz de Cristo...” 

“Hay que participar del mundo, ser mundo” parece decir A.F., pero sin querer pagar el precio. Porque el artista está en el mundo. Pero, decimos, lo que debe hacer es proyectar al individuo receptor de ese arte hacia lo que no es mundo, y sólo puede hacerlo si su corazón no le pertenece al mundo. Más aún, si sufre al mundo en carne propia. La Comedia de Dante trasciende más allá de ese mundo –llamémosle político- en el que él participó, y fue realizada a pesar de ello y él tuvo que “pagar el pato”. Lo mismo Hernández y el “Martín Fierro”, que es más grande que aquella coyuntura. Hernández participaba de la vida política de la patria (o más bien en su lucha por la patria) porque sabía que amar a la patria es un deber de caridad, pero porque antes amaba a Dios. Pero cualquiera que reflexione sobre estos asuntos debe hacerlo sin el afán de esperar la victoria, sabiendo que la Historia la escribe Dios, y que esto no cuenta demasiado, en tanto cumplamos nuestros deberes para con Dios y el prójimo.
Respecto del “martirologio laico”, pensemos en lo que dijo Poe sobre la democracia, y en porqué fue execrado y pisoteado por ese monstruo llamado América. El cine nunca dijo esas cosas ni las mostró así con tal crudeza.
Por otra parte, debimos esperar 100 años desde que Griffith inventó el cine para que se hiciera la primera película absolutamente católica sobre Cristo. Y ningún estudio de Hollywood quiso financiarla. Gibson no cayó en el martirologio laico auto infligido, pero luego comenzaron su caza. Deberá pagar un precio por su coraje.

Curioso el silencio absoluto de Faretta sobre “La Pasión de Cristo”.
Es que no entra en su “teoría” de ninguna manera, aunque nosotros nos hayamos servido de algunos de sus elementos a la hora de hacer su crítica.

“La Pasión de Cristo” es demasiado franca y no se presta a ninguna rebuscada interpretación esotérica. No es una “máquina de significación tradicional”, como el “Titanic”, película que venera (véase al respecto nuestro informe sobre el pseudo profeta Cameron y sobre Titanic, además de la crítica de Avatar).

Hollywood no es lo que A.F. dice. Hay algunas excepciones, pero en general ha servido para moldear el pensamiento liberal de occidente y el mundo entero.

Afirma muy acertadamente Aníbal D’Angelo Rodríguez: “Lo cultural es sustitutivo de lo litúrgico en religión, así como la ideología es un ersatz de lo dogmático. Apunta a la necesidad del hombre de vincularse con las grandes preguntas no a través de lo discursivo (para eso está la dogmática) sino a través de lo emocional, no por el camino de lo deductivo sino por la intuición de las esencias que brinda el arte”. El cine aparece como un  ersatz de la religión en A.F., como lo fue en quien esto escribe y lo es en todos los aquileanos (esto es, los que pasaron por la escuela de cine fundada por Faretta, “Aquilea”) y, en muy mayor proporción, en los “farettitas”, que lejos de cumplir sus deberes se sienten justificados pues “en el cine están los teólogos actuales” y la puesta en escena de los grandes directores reemplaza el ritual romano.

“El pensamiento que ha pasado a través de la contradicción es un pensamiento constatado”, dice Jean Guitton. ¿Puede pensarse que es lo que le faltó a A.F., acostumbrado a sus adoradores incondicionales?

“El saber del cuatro”, libro de cuentos de Ángel Faretta.
 Hay en su estilo una nostalgia, sí, pero que no sale de este mundo, que remite a un pasado en la historia, por mediación de una cultura ecuménica –que no católica-, pequeño “paraíso” perimido y añorado, sólo fachada para los espíritus que apenas si quieren asomarse del estadio estético al ético, y allí, mezclados ambos, estancarse.

Lo que dice A.F. es que el cine recupera la categoría de territorialidad o ecumene o pertenencia del arte, que el renacimiento tornó autónomo. Pero si el Arte cristiano medieval era dependiente de un orden regido por la Iglesia, de un orden sagrado y de la misma Iglesia, el cine depende de los Estudios de Hollywood, y estos, ¿qué son? ¿Cuál es la ecúmene surgida de Hollywood? Una ecúmene donde Dios se encuentra al margen, o donde ocupa un lugar subalterno, como su Iglesia.

El dolor y el arte son inseparables. A.F. cree que los cineastas pueden compatibilizar el arte con las mansiones, piscinas, autos y millones de dólares de Hollywood. Pero eso lo que hace es corromperlos, como hemos visto hasta el cansancio.

A.F. es un experto en el arte de hacerles tener ideas a los directores de cine.