“Que el cine sea ordenado a la gloria de Dios y a la salvación de las almas, y sirva eficazmente para la extensión del Reino de Cristo sobre la Tierra”.

S. S. Pío XII

jueves, 3 de marzo de 2011

CRITICA - EL RITO



EL RITO
Director: Mikael Hafstrom - 2011

EL TRIUNFO DE LA FE

¿Qué es un cobarde? El que rechaza una idea escondiéndose detrás de falsas razones, de pormenores o pretextos con los cuales evita decir con claridad lo que piensa o justificar su rechazo. En definitiva, es el que teme a las definiciones, porque toda definición le sabe a dogmatismo, y el cobarde, hombre mediocre, no acepta compromisos que anublen sus comodidades y lo coloquen en una posición susceptible de resultar “políticamente incorrecta”.

El cobarde no quiere definiciones, sino etiquetas. Tiene slogans en vez de ideas. Su incapacidad de admiración regurgita en una tibia pero despiadada crueldad para con la verdad, porque la verdad está más allá de su propio alcance y no es servil para con su autocomplacencia.

Menospreciar el arte es permitirle mentir, decía Ernest Hello. El cobarde llega aún más allá: no le permite al arte decir la verdad. He allí aquello por lo que se destaca la crítica cinematográfica argentina. Una crítica “urbana, correcta, melosa y mediocre” que “sólo tiene opiniones convenidas, admiraciones prudentes, entusiasmos oficiales” (Hello).

Esta crítica servil de la Prensa liberal y anticatólica ha encontrado motivos para trasbocar su rechazo a la verdad en una película católica llamada “El rito”. Desde luego, sin el vilipendio audaz que podría hacer alarmar a sus lectores, tanto como a las productoras y distribuidoras de films, con las cuales los susodichos críticos no desean indisponerse. A excepción, claro está, del diario anticatólico por excelencia, que debe respetar su perfil extremista dentro de la gran cloaca.

Esta “crítica” comete siempre el mismo pecado, el primero: dejar de criticar. Dejando de ser lo que debe ser, desinteresada de la verdad, no es capaz de discernir, o discriminar (verbo prohibido) la idea o las ideas que el film criticado lleva en sí, idea que es su principio, su alma. Y como se trata de críticos materialistas, es claro, todo aquello que demanda la atención de su espíritu, queda fuera de su órbita de interés. Y entonces, si llega a sospecharse que una película habla desde la fe, no se inquirirá acerca de esa fe y el modo de manifestarla. Simplemente se dirá que el film es intrascendente. Es decir, que la Fe es intrascendente. Esa es la manera en que estos “críticos” creerán sacarse un problema de encima. Pero, como le dice el Padre Lucas al escéptico seminarista del film: “No creer en el Diablo no te protegerá de él”.

“El rito”, como toda película, debe ser juzgada por lo que es, no por lo que no es ni ha querido ser. Una vez que comprendemos lo que es, podemos discutir si pudo haber sido mejor o no. Y he aquí lo que se debe entender: “El rito” no es un film de terror; ni del llamado por los periodistas “sub-género de exorcistas”. No es un film hecho para asustar, sino para “esperanzar”. Su aspecto de “thriller”, sus pequeños golpes de efecto para sobresaltar al espectador, el mismo ritual del exorcismo, son los recursos de los que el director se debe servir para tener interesado y atrapado al espectador de hoy, cada vez más cautivo de lo espectacular y ajeno a todo planteo dramático sin la adrenalina de los efectos especiales.

“El rito” es un drama religioso como lo son –con la distancia que hay entre un genio y un simple director- “I Confess” o “The wrong man” de Hitchcock, films que sería imposible realizar en nuestros tiempos y a los cuales endilgarían, como a este, que están pagados por el Vaticano y otras “descalificaciones” por el estilo. Con Hitchcock los críticos prefieren ser elusivos respecto de esos films, porque es un clásico y es mejor no llamar la atención. Hoy la agenda requiere que la prensa del Sistema sea intolerante (sí, con su horror a la intolerancia declamada) con todo lo que es católico.

Es el film mismo quien muestra lo que pudo haber sido, y eligió no ser. Es decir, el camino distinto que tomó respecto de los otros destacables films sobre exorcismos. Veamos: 1) El joven protagonista duda de su fe y practica boxeo, como el Padre Karras en “El Exorcista” de William Friedkin. Sin embargo, no irá por ese lado; el mismo Padre Lucas se referirá a esa película indirectamente, para indicarle (al seminarista y al propio espectador) que no espere ver lo que vio en aquella. De hecho, en medio del primer exorcismo, la escena se corta con un gran anticlímax, cuando al Padre Lucas lo llaman por el celular y debe interrumpir el ritual, que es continuado por el seminarista. El director nos está diciendo que la cosa no va por ese lado: no es un film sobre un terrorífico y espectacular exorcismo. 2) Al Padre Lucas le pasa lo que al sacerdote de “El exorcismo de Emily Rose”; la joven poseída a la que exorciza se le muere. Pero en ésta la historia no se termina allí, habrá otro exorcismo, y exitoso. Nuevamente somos avisados de que la película no sigue por ese camino. 3) El diácono Kovak le dice al demonio que posee a Lucas, violentado por éste y atrapado contra la pared, que “cree en él”, del mismo modo que lo hacía George C. Scott al demonio que lo tenía en igual situación en “El Exorcista III” de William Peter Blatty. Pero luego Kovak le dice que cree en Dios y lo acepta y sabemos que lo dice con Fe. Como se ve, “El rito”, en su catolicidad militante, va más allá de las tres antecesoras, válidas en sí mismas. Respecto de “El Exorcista”, la insuperable película de Friedkin, puede decirse que “El rito” es más explícitamente, más claramente católica, mientras que la otra es una mirada exterior, que disimula sus titubeos teológicos con el brío y la maestría directoral de un agnóstico como Friedkin. En relación al film de Blatty, uno de los que más sobresaltos le causan al espectador, “El rito” deja de lado todo posible arsenal de efectos que lo único que harían sería distraer la atención del tema central de la película. Y a diferencia de “Emily Rose”, “El rito” coloca en un lugar más visiblemente central –al punto de parecer una apología- a la figura del sacerdote, un verdadero arquetipo. En definitiva, es un film que, habiéndose alimentado de sus precedentes, y sin el salto de calidad que sólo un creador o un autor (Friedkin y Gibson lo son, el sueco Hafstrom es sólo un buen director) puede dar a sus films, ha conseguido con inteligencia una victoria en un terreno ya trillado y muy resbaladizo, evitando tanto la frivolidad intrascendente como el film de propaganda descuidado y torpe.

Finalmente, cabe decir que otra cuestión que irrita a los amigos del “cine de horror” es que, como dice uno de estos escribas, “el Mal no es la estrella de la película”. Por supuesto, el protagonista de la película es Dios, y el Diablo no es ese ser superpoderoso que hoy han convertido en el gran protagonista, y hasta el superhéroe, de los films yanquis, y que de tanto asustar hace dudar de la existencia del bien. El diácono Kovak no llega a tener fe porque el Diablo lo asuste, como podría parecer, sino porque Dios le da las gracias necesarias y diríase extraordinarias que requiere en esa batalla. La escena cumbre de la película, no es sólo aquella en que vence al demonio, sino también la que la antecede, cuando la divina Providencia pone unas palabras en boca de una mujer que son un santo y seña entre Dios y él. Pero esto, ¿cómo alguien que sólo espera “cabezas retorcidas y sopa de arveja” lo podría ver?

Una película puede ser importante por su calidad intrínsecamente cinematográfica, al punto de volverse un clásico de referencia ineludible en el arte del cine; puede ser importante por contener una suma de elementos significativos que la convierten en la representación o suma de una determinada visión del mundo, ya sea verdadera o errónea; y puede serlo porque su propuesta es absolutamente contraria al mundo que la recibe, en un contexto que le es desfavorable, cuando ese film es políticamente incorrecto y defiende lo que para el mundo es indefendible.

En el segundo y tercer caso, desde luego, pues en el primero resulta la principal condición, hablamos de films dotados de un nivel mínimo de calidad que los hace transmitir con eficacia o interés, mediante recursos propiamente cinematográficos, aquello que se han propuesto.

“El rito” no es importante por lo primero ni por lo segundo, pero sí lo es por lo tercero. En un mundo donde prácticamente los medios de comunicación y entretenimiento están en manos de los enemigos de Cristo, esta película viene a defender, con valentía y probidad, la Fe, la Iglesia Católica y el Sacerdocio, en una pelea contra el Príncipe de este mundo, que aunque quiera hacer que lo tomen en broma para infestar mejor el mundo a través de innumerables films, no puede evitar que se lo señale, se lo desenmascare y, por lo tanto, que se lo venza. De la única forma posible: con el Nombre de Jesucristo, ante el cual toda rodilla se dobla, aun las de los periodistas que no se han enterado de esa noticia del diario de mañana.

El rito (2011)

El norteamericano Michael Kovak (Colin O’Donoghue), joven mundano que deserta de la casa de sepelios que regentea su padre (Rutger Hauer), decide entrar al seminario, aunque lo hace sin convicción. Transcurridos cuatro años, y ya siendo diácono, piensa renunciar al sacerdocio debido a su falta de fe. Uno de sus profesores, sin embargo, viendo en él las condiciones para ser un buen sacerdote, lo inscribe en un curso sobre exorcismos en el Vaticano. En Roma, el sacerdote que imparte el curso, viendo su irreductible escepticismo, lo envía a ver a un viejo cura romano, el Padre Lucas Trevant (Anthony Hopkins), experto exorcista nada convencional. Éste lo inicia al joven, que luchará contra el demonio y contra su propia incredulidad, en una batalla donde se pondrá en juego la salvación del Padre Lucas y también su fe y su vocación sacerdotal.

Director: Mikael Hafstrom. Guión: Michael Petroni, a partir del libro de Matt Baglio. Fotografía: Ben Davis Música. Alex Heffes Intérpretes: Anthony Hopkins, Colin O’Donoghue, Alice Braga, Ciarán Hinds, Toby Jones, Rutger Hauer, Maria Grazia Cucinotta. Duración: 114 minutos. Calificación: Apta para mayores de 13 años.