“Que el cine sea ordenado a la gloria de Dios y a la salvación de las almas, y sirva eficazmente para la extensión del Reino de Cristo sobre la Tierra”.

S. S. Pío XII

jueves, 10 de marzo de 2011

LIBROS - ALFRED HITCHCOCK

“Alfred Hitchcock”, por Bill Krohn – Colección Maestros del cine – Cahiers du Cinema – Edición española 2010 – 106 páginas.

El cine de Alfred Hitchcock es uno de los más incómodos de analizar para los críticos de cine descentrados, subjetivistas o afectos a hilvanar impresiones que no se saben enmarcar en una forma coherente de ver el mundo, debido a la complejidad de la mirada hitchcockiana, y por lo tanto, a la dificultad para encontrar evidencias expuestas claramente por Hitchcock para facilitar la dilucidación de lo que viene a ser su visión del mundo.

La complejidad del cine hitchcockiano –no siempre asumiendo hasta las últimas consecuencias, por diferentes motivos, la educación que marcó a fuego su mirada- permite que, sin entender la clave de su posición filosófica, las elucubraciones críticas puedan tornarse hasta opuestas a los postulados esenciales enunciados en sus films.

Entre la fascinación y la atractiva veta comercial, los críticos se lanzan a escribir libros que saben habrán de interesar al cinéfilo, aunque luego no se cumplan las promesas anunciadas en un ejemplar que se propone como una serie de “lecturas exhaustivas pero de fácil comprensión”. No hay en este libro “una clave de lectura para comprender la trayectoria profesional de un cineasta destacado”, como se afirma en la contratapa del mismo, sino más bien un repaso apurado y nada concluyente sobre la filmografía completa de Hitchcock, en una especie de introducción de “trailers” críticos que, unidos todos, no nos dan una idea o noción de la mirada que Hitchcock despliega a través de toda su obra.

Krohn aporta datos interesantes, recuerda a otros críticos y ofrece una cronología y filmografía útil, pero su propia mirada crítica es un esbozo indeciso y contradictorio que oscila entre el lugar común y la provocación que no llega al fondo de lo insinuado. Su gran defecto –nada nuevo a estas alturas- es no comprender la mirada católica de Hitchcock y, más aún, malinterpretarla. Cuando se trata del tema de la culpa y de la llamada “transferencia de la culpabilidad”, Krohn desestima la idea de la “confesión” como apoyo de la imagen del “falso culpable” de una manera confusa, sólo para desechar a la Religión católica como vehículo de solución. La idea de un inocente que paga por un culpable es absolutamente cristiana (la misma se desarrolla, no siempre de forma lograda, en “I confess”, “The wrong man” y “Under Capricorn”). Así y todo, no obstante reconocer la posición católica en las películas más explícitas a este respecto, como “Yo confieso” o “El hombre equivocado”, el autor del libro, tomándose superficialmente de una cita de Harold Bloom, que considera que el gnosticismo es la religión de lo poetas y los artistas, Krohn le concede al crítico Jean Douchet, de manera confusa y sin analizar lo que suscribe, la afirmación de que Hitchcock –a propósito de “La ventana indiscreta”- es un gnóstico, o por lo menos lo es su obra.

“Para los cristianos ortodoxos –dice este crítico- el pecado original nace tras el Génesis, pero el Génesis del cosmos hitchcockiano es contemporáneo al pecado original”. ¿Es entonces en Hitchcock el mundo la creación imperfecta de un demiurgo que es emanación de un Dios supremo? No, la ortodoxia de Hitchcock, en este sentido, es palmaria. Su pesimismo no es de naturaleza maniquea. El cosmos que Hitchcock muestra ya es, ya está hecho, y es el hombre pecador el que lo desordena. Veamos este ejemplo de “La ventana indiscreta”: La aparición de la mujer (Grace Kelly) está mostrada, como bien lo advirtió alguien, como la aparición de Eva del costado de Adán (James Stewart) mientras éste duerme. Pero este “nacimiento” de la mujer tiene en este film una función identificatoria de la misma como Eva, mas no como creación puntual de ese preciso momento. ¿Y esto por qué? Porque allí Adán/Stewart ya ha sufrido la caída (por eso tiene la pierna enyesada), por lo tanto en la obra de Hitchcock no hay simultaneidad entre la Creación y la caída. Muchos de sus films –como ya lo hemos destacado en nuestro libro aún inédito sobre Hitchcock- empiezan con la caída del hombre, o con el hombre que habiendo ya caído, y por lo tanto cargando sobre sí esa marca del pecado original, debe vivir su vida y atravesar las peripecias sobrellevando esa carga. ¿Da Hitchcock demasiado valor al mal en el mundo? Bueno, sus películas terminan bien, aunque en ese bien está siempre acechando el mal, como ocurre en la realidad, pues no hay felicidad absoluta en la tierra. Además, Hitchcock tenía un buen sentido del humor, a veces oscuro, pero nunca tenebroso ni ofensivo, o por lo menos no al punto de burlarse del espectador. Al revés de lo que pasa ahora. Por eso uno puede ver muchas veces sus películas, en cambio hay otro cine que al espectador sano lo perturba, por más “divertido” que sea. Por si no bastara, el mismo Hitchcock afirmó, en un momento de extrema sinceridad, que el suyo era un cine hecho por un católico. Tal vez esto signifique que haya que ser católico para poder comprenderlo –aún en sus significaciones oblicuas y rebuscadas-, y tal vez por eso Rohmer, que estuvo muy cerca en su advertencia de la “metafísica” del cine hitchcockiano, no pudo llegar al fondo del asunto, mucho menos un agnóstico como Chabrol.

Krohn la emprende luego irónicamente contra lo que califica “familia televisiva” que presenta Hitchcock en “El hombre que sabía demasiado” en su segunda versión, y más tarde realiza una comparación forzada entre “Sólo vivimos una vez” de Lang y “El hombre equivocado” de Hitchcock, no advirtiendo las dificultades de esta última historia como tampoco la ventaja de Hitchcock en relación al mundo opresivo de Lang. Precisamente de la supuesta gran influencia de Lang y De Mille sobre el cine de Hitchcock Krohn hace, según nos parece, afirmaciones rebuscadas y nada decisivas para la comprensión del cine hitchcockiano. Y nuevamente viene a fallar al no comprender la mirada católica de Hitchcock. Probablemente también por eso no comprende -ni busca hacerlo- el problema del mal en su cine, cuestión indispensable para entender la filosofía de toda película.

El libro se compone en un 50% de excelentes fotografías a página completa, lo que puede hacerlo muy atractivo para el público al cual está destinado, ya que las mismas fotos están insertas no en función de apoyar un estudio en particular del gran director, sino para ilustrar una mirada general, lejana, acaso como podría serla desde un avión fumigador sobre una ruta desierta. Pero no exageremos, libros como éste hay a montones.