“Que el cine sea ordenado a la gloria de Dios y a la salvación de las almas, y sirva eficazmente para la extensión del Reino de Cristo sobre la Tierra”.

S. S. Pío XII

viernes, 24 de junio de 2011

DIARIOS

 Diarios

 

 

“Creo, lector, que si Satanás hubiese de encarnarse en algo digno de su perversidad y de su odio a Dios y al género humano, encarnaríase en un mal periódico. Recorriendo con la imaginación lo mucho malo que sobre la haz de la tierra ha vomitado el infierno desde el pecado de Adán hasta las blasfemias de hoy día, nada encuentro tan diabólicamente corruptor como un periódico impío. Así deben de haberlo conocido también los enemigos de nuestra fe y de la felicidad del pueblo, cuando tan buena maña se han dado en llenar el mundo de esta funesta mercancía. (…)

El periódico se reduce a cuatro o más páginas de papel, bien o mal redactadas, peor o mejor impresas, que se introducen cada mañana en el hogar, en el taller o en el almacén de tres, cuatro o cinco mil hijos del pueblo. El periódico es, pues, un huésped que admites todos los días en tu casa, para comer con él desde el desayuno hasta los postres de la cena, para que con el mismo conversen familiarmente, íntimamente, tu mujer, tus hijos y tus dependientes. Es un desconocido a quien abres cada día la puerta para que una vez dentro de tu habitación diga lo que se le antojare, enseñe lo que convenga o no convenga, instruya o desmoralice, sin que nadie te vaya a la mano. El tal desconocido puede contarle hoy a tu hija una anécdota infame que robará a su corazón la inocencia, y hará salir a su rostro los colores de la vergüenza. Puede enseñarle a tu hijo a despreciar a Dios, a ridiculizar al sacerdote y a sacudir el yugo de los santos deberes de la familia. A tu dependiente le dirá tal vez que es necesaria la emancipación del obrero y el exterminio de los tiranos como tú, que ejercen la feroz tiranía de ser más ricos que él o más industriosos. Predicará, en fin, lo que le diere la gana, en verso o n prosa, en gacetillas ligeras o en graves artículos, en cuento, en historia y aun en anuncios; que el diablo es tan sagaz que hasta de esto sabe sacar su provecho el maldito. Y tú descansarás tan tranquilo en la seguridad de que diste a los tuyos excelente educación, de que en casa no falta el Rosario, y se va a Misa los días de guardar, y se observan todos los Mandamientos. Y ¡no adivinarás de dónde le vino a tu hijo aquel arranque de insubordinación o aquella máxima perversa que le oíste, o a tu hija aquella su desenvoltura y ligereza de cascos que la van volviendo tan desemejante a su madre! (…)

Todo este peligro tiene un periódico malo. Pero ¿cómo, me dirás, puede caber en ser tan insignificante tanta malicia? Sencillísimo. ¿Has oído decir lo del refrán de que la gota cava la piedra? Pues bien; el periódico ruin es una gota también, pero una gota de veneno corrosivo capaz de hacer mella en los corazones de mejor temple, sobre todo si los halla desprevenidos; es una gota, pero gota que cae sin cesar cada día, cada día, sabiendo que la constancia, así en el bien como en el mal, obra prodigios. Y si el periódico, con ser perverso, sabe presentarse con los atavíos del buen decir y con el atractivo del gracejo, es entonces gota de veneno azucarada que tragarán, no sólo con facilidad, sino hasta con delicia, cuantos en el mundo suelen no guiarse por otro criterio que el del paladar, que son innumerables.

¡Espanto causa pensar con qué ligereza se abren las puertas del honrado hogar a ese enemigo doméstico, silencioso autor de la mayor parte de los desastres morales que lamentamos en la patria y en la familia! ¡Irrita la glacial indiferencia con que los padres bonachones miran en manos de sus hijos o en el taller de sus dependientes aquellas páginas venenosas en que se enseña el desprecio de todo lo respetable, desde la Suprema autoridad de Dios hasta la de los últimos delegados en la tierra! Y a una observación cualquiera que sobre esto se haga se contesta con la mayor tranquilidad, y soltando tal vez la carcajada: ¡Oh! ¡Es un periódico! ¿Quién va a hacer caso de los periódicos? ¡No seáis intolerante!

Tú, lector, has sido también acaso uno de los cortos de vista a quienes así he oído hablar. Y has abierto diariamente la puerta de tu domicilio a alguno o algunos de esos desconocidos, dispuestos a envenenar el corazón de tus hijos, que por otra parte quisieras conservar tan puros e inocentes. Y no sólo le has abierto la puerta, sino que le has invitado, y le has dado dinero encima para que viniese a ejercer entre los tuyos su negro oficio de corromper. ¡Infeliz!

R. P. Félix Sardá y Salvany (“Los malos periódicos”, artículos publicados en “Propaganda católica”)


“El periodismo revolucionario, que ha traído al mundo para confusión de él una filosofía y una literatura suyas especiales, ha inventado también un modo de discurrir especialmente suyo. Que es, no discurrir como antiguamente se solía, sacando de principios consecuencias, sino discurrir como se usa en las plazuelas y en los corros de comadres, moverse por impresión, vociferar a diestro y siniestro pomposas palabrotadas (sesquipedalia verba), y aturdir y marear al entendimiento propio y al ajeno con desatado turbión de prosa volcánica, en vez de alumbrarle y dirigirle con la clara y serena lumbre de bien seguida argumentación”.

R. P. Félix Sardá y Salvany (El liberalismo es pecado)


“Hace poco, una señora bienintencionada se presentó después de la Misa y me preguntó: “Padre, ¿conoce este periódico?”, y la buena feligresa empezó a alabar a esa nueva hojita informativa “muy bien hecha”, “muy interesante”, “para leer”.
¡Bravo! Sin embargo, ¡cuántos periodicuchos, boletines de información o servicios de Internet existen en los ámbitos tradicionalistas! Y todos, más necesarios que los demás.
Pero, ¿se planteó alguna vez la cuestión de si es necesaria esa información barata? ¿Esta bulimia de noticias es verdaderamente un signo de salud intelectual? ¿Es conforme al espíritu del Evangelio?
Vayamos a las fuentes.
-Jesús dijo: “Yo soy la luz del mundo”. Los textos no esclarecidos por dicha luz, entonces, son tinieblas. Más aún: “Dejen que los muertos entierren a los muertos”.
-Los Santos (los ermitaños y los monjes, pero también aquellos que vivían en el mundo) hicieron todo lo posible para no enterarse de “las noticias”.
-San Pablo habla de un tiempo en el cual se tendrán “pruritos de conocer novedades”, pero en el que se “desviarán de la verdad” (II Timoteo, III). En Atenas, se queja de los habitantes que “pasaban su tiempo solo diciendo o escuchando noticias” (Hechos, XVII, 21).
-Santo Tomás de Aquino enseña que “el objeto de la inteligencia, como está por encima del tiempo, es eterno” (Iª, c. 50, a. 5) y con ello prueba la existencia del alma. Y también: “importa poco saber lo que piensan los hombres, sino qué pasa con la verdad”.
Ciertamente, hay que conocer al enemigo, cuáles son sus estrategias, sus progresos, sus nuevos ataques.
Pero esto requiere muy pocas “noticias” y mucho juicio. Publicar un texto malo (por ejemplo, uno modernista) sin criticarlo a la luz de la Tradición, es hacerle publicidad, es darle un derecho a la existencia.
Ahora bien: este juicio católico proviene de la formación, no de la información. Reclama tiempo y trabajo.
Esperemos que Nuestro Señor resucitado nos haga precavidos ante el contagio de la “información”, y nos dé el gusto por las verdades inmutables y beatificantes.
In gaudio Veritatis.

R. P. Jean Dominique, O.P. (La bulimia de la información, Revista Iesus Christus, Nº 83, septiembre / octubre de 2002.)



“El Periodismo actual surge necesariamente del hecho de la masificación del pueblo; y digan lo que quieran acerca del “periodismo católico”, tal como está ahora el periodismo es inmoral. Kirk. dijo: “Si yo tuviese un hijo y una hija y se me echaran a perder, ella se hiciera prostituta y él periodista, yo recibiría a mi hija en mi casa si se arrepintiera, pero a mi hijo no. Cinco años de periodismo arruinan la mente irremediablemente... (Menos mal que yo hice solamente cuatro).
Al que lo dude le hará notar tan sólo este hecho: un gran diario es un gran negocio; por lo tanto, vuelve “negociable” lo que es por naturaleza NO-NEGOCIABLE; es decir, es una prostitución”.

R. P. Leonardo Castellani (La Muchedumbre, en “De Kirkegord a Tomás de Aquino. Introducción a la Filosofía”, Editorial Guadalupe, 1973)



“Es una vergüenza y una cosa que hace dudar hasta de San Martín que no haya en la Argentina una gran editorial católica, un gran diario católico, una gran revista intelectual católica, una filmadora católica, por no hablar de la Universidad Católica. Es una vergüenza nacional que los judíos dominen el cine, el periodismo, la radio, la enseñanza oficial y la edición de libros en un país “católico”. Jesucristo dijo a los Apóstoles: “Id y enseñad a todas las gentes”. Los judíos son los que realmente enseñan en la Argentina; y no van a enseñar cristianismo, ni es justo pedirles eso. ¿Dónde están los apóstoles?
La Argentina, por ejemplo, está inundada de libros estúpidos, malos y perversos; y un escritor argentino religioso, que sea de veras escritor, no puede publicar sus libros...sobre todo si son libros religiosos...bien escritos. Es un hecho.”

R. P. Leonardo Castellani (El Evangelio de Jesucristo, pág.286, Dictio ediciones, 1977)


“La Prensa. Cuando el hijo del pueblo sale de la primaria-Gratuita-Laica-Obligatoria ¿su instrucción ha terminado? Recién entonces va a empezar. La escuelita le ha dado únicamente el órgano de la instrucción intelectual, saber leer y escribir. Todas las demás pamplinas que se afanan nuestros grandes pedagogos por empanzarles se acabaron apenas traspuso el niño obrero o colono el dintel escolar; porque no las ha asimilado de un modo biológico, sino tragado de un modo libresco. ¡Y lo sé por experiencia, yo soy un hijo de la Laica! –gritó mi tío exaltándose bruscamente como si alguien le contradijera...
“Pues bien, ¿quién se encarga de esa información –y conste que no hablo de la educación total sino sólo de la intelectual- que comienza al salir el argentino-pueblo de la primaria? La Prensa, sin género de duda, incluyendo dentro ese término también las revistas, las novelas, los espectáculos, las diversiones, y la popularísima dellas, el Cine. Si la vera Universidad de hoy es la biblioteca y la Natura, la vera Escuela de hoy es el diario y el espectáculo: y diarios y espectáculos están hoy “industrializados”, entregados al mercader y sojuzgados a la ley del Lucro. Dime quién te divierte y te diré quién te domina; a los argentinos antes nos divertía Cervantes, ahora nos divierte el Cine Yanqui. Yo no te quiero hablar de los pasquines, que son otro de los “Crímenes nacionales”, pero ¡la prensa seria! La prensa seria nuestra (llamada comúnmente “grande” cuando sólo es “gorda”) a pesar de la buena voluntad de alguna della, no educa al país; lo deseduca, lo embrolla, lo desvae, lo hace pensar en lo que no le importa, perder el sentido común que le queda. Lo mece en el mundo sideral de la luna de Valencia.
Tampoco esto tiene arreglo fuera del dominio político; pues su origen está en el político Mito novecentesco de la LIBERTAD de PRENSA. La libertad de Prensa, corrupción de una santa verdad que se podría llamar “primacía del pensamiento”, es en la práctica hodierna simplemente “la patente al sofista”, la libertad de aprovecharse el (intelectualmente) fuerte del débil, la licencia para el muchachón de trompear al pibe. Esclavitud del pensar.”

R. P. Leonardo Castellani (“Primero Política”, en Las ideas de mi tío el Cura, págs. 137-138)


“Lo que tenemos aquí no es prensa libre, sino prensa mentirosa, extranjerizante y logrera, que es todo lo contrario. Estoy enteramente cierto que mientras tengamos la prensa que tenemos, este país no es gobernable”.

R. P. Leonardo Castellani (“La ficha escolar”, en Cristo ¿vuelve o no vuelve?)


“La mentira se hizo obligatoria (y no ya en la medida limitada y cuidadosa que predicó Maquiavelo) con el sacro nombre de “Prensa y Propaganda”. (...) Como escribió en 1941 un gran escritor argentino: “Aquí tú puedes decir que Dios es tonto y que el Presidente es tonto, porque hay libertad; pero los efectos serán muy diferentes in utroque casu (en uno y otro caso)”.

R. P. Leonardo Castellani (Civilización y barbarie. Incluido en Pluma en ristre, Letras Libres, 2010).


“¡Ay, ay, ay de la prensa! Si volviera Cristo al mundo, Él –igual que es cierto que yo vivo- no tendría como adversarios a los Sumos Sacerdotes, sino a los periodistas”.

Sören Kierkegaard (Diario, Tomo X pág. 258)


“La libertad no se ha desviado de golpe hacia el mal. La evolución se ha ido haciendo progresivamente. Según parece, el punto de partida ha sido la benévola concepción humanista según la cual el hombre, amo del mundo, no lleva en sí germen alguno de mal, y todo lo vicioso que aparece en nuestra existencia es simplemente el fruto de sistemas sociales erróneos que hay que corregir. Mirad, hay algo que es de veras extraño: el Occidente, donde las condiciones sociales son las mejores, tiene una criminalidad indiscutiblemente elevada y netamente más fuerte que la sociedad soviética, con toda su miseria y su ausencia de leyes. (…)
La prensa (empleo la palabra “prensa” para designar todos los medios masivos de comunicación) goza, naturalmente, también ella, de la mayor libertad. Pero ¿cómo usa esta libertad? Ya lo sabemos: guardándose bien de transgredir los marcos jurídicos, pero sin ninguna verdadera responsabilidad moral, si desnaturaliza los hechos y deforma las proporciones. ¿Acaso el periodista y su periódico son verdaderamente responsables ante sus lectores o ante la Historia? Cuando, por ejemplo, al publicar una información falsa o al sacar conclusiones erróneas, han engañado a la opinión pública o incluso han hecho dar un paso en falso a todo el Estado ¿acaso los hemos visto reconocer públicamente su culpa? No, evidentemente, porque ello hubiera ido en detrimento de la venta. En un asunto semejante, el Estado podrá dejar las plumas; en cambio el periodista se escapa siempre. Puede usted apostar que ahora, con renovado aplomo, escribirá lo contrario de lo que afirmó antes.
La necesidad de dar con firmeza una información inmediata, obliga a llenar los espacios en blanco con conjeturas, a hacerse eco de rumores y suposiciones que luego no serán desmentidos y permanecerán por lo tanto en la memoria de los lectores. Todos los días, ¡cuántos juicios apresurados, temerarios, presuntuosos y falaces, que obnubilan el cerebro de los oyentes, y allí se fijan! La prensa tiene el poder de falsificar la opinión pública, y también de pervertirla. Vemos así cómo corona a los terroristas con los laureles de Eróstrato, cómo revela asuntos secretos aun cuando pertenezcan a la defensa nacional, cómo viola impúdicamente la vida privada de las celebridades al grito de: “Todo el mundo tiene derecho a saber todo”. Es este un slogan mentiroso para un siglo de mentira. Porque por encima de este derecho hay otro, hoy perdido: el derecho que tiene el hombre a no saber, el derecho a que no llenen su alma creada por Dios con chismes, habladurías y futilidades. La gente que verdaderamente trabaja y cuya vida está bien ocupada, no necesita para nada esta ola pletórica de informaciones embrutecedoras.
La prensa es el lugar privilegiado donde se manifiesta esta precipitación y esta superficialidad que son la enfermedad mental del siglo XX. Se le ha prohibido ir al corazón de los problemas; no está para eso, sino para ofrecer fórmulas sensacionalistas.
Y, con todo eso, la prensa se ha convertido en la fuerza más poderosa de los Estados occidentales, más poderosa que los poderes ejecutivo, legislativo y judicial. Sin embargo veamos: ¿en virtud de qué ley ha sido elegida y a quién rinde cuenta de su actividad? En el Este comunista, un periodista es abiertamente nombrado por el Estado, como todo funcionario. Pero, ¿qué electores han decidido que los periodistas occidentales tengan una posición tan preponderante? ¿Por cuánto tiempo la ocupan y cuáles son sus poderes?
Agreguemos por fin un rasgo inesperado para un hombre que viene del Este totalitario, donde la prensa está estrictamente unificada: si se toma en conjunto la prensa occidental, observamos cómo también en ella las simpatías se dirigen en bloque hacia el mismo lado (donde sopla el viento del siglo), juicios afirmados dentro de ciertos límites aceptados por todos, quizás también intereses corporativos comunes. Todo esto tiene por resultado no la competencia sino una cierta unificación. La libertad sin frenos es para la prensa misma, no para los lectores: una opinión sólo será presentada con cierto relieve y resonancia si no está demasiado en contradicción con las ideas propias del diario y con esa tendencia general de la prensa.
El Occidente, que no posee censura, opera sin embargo una selección puntillosa separando las ideas que están en boga de aquellas que no lo están, y si bien es cierto que estas últimas no caen bajo el golpe de ninguna prohibición, no pueden expresarse verdaderamente ni en la prensa periódica, ni en los libros, ni en la enseñanza universitaria. El espíritu de vuestros investigadores es bien libre, jurídicamente hablando, pero está totalmente cercado por la moda. Sin que haya, como en el Este, violencia abierta, esta selección obrada por la moda, esta necesidad de conformar todo a modelos standard impide que los pensadores más originales aporten su contribución a la vida pública y provoca la aparición de un peligroso espíritu gregario que obstaculiza el verdadero progreso. Desde que estoy en Estados Unidos, he recibido cartas de gente notablemente inteligente, como la que me mandó el profesor de un “college” perdido en el fondo de una provincia, cuyas ideas podrían hacer mucho para rejuvenecer y salvar su país, pero que los Estados Unidos no puede oír porque los medios de comunicación se niegan a interesarse por él. Así es como los prejuicios van echando raíces en la multitud, así es como un país se va quedando ciego, enfermedad tan peligrosa en nuestro dinámico siglo.
Mirad si no la ilusión que tiene tanta gente que cree comprender la actual situación del mundo. Esa ilusión forma alrededor de sus cabezas un caparazón tan duro que ninguna de las voces que llegan de los diez y siete países de Europa del Este y del Asia Oriental logra atravesarlo, en espera de que la inevitable cachiporra de los acontecimientos lo haga volar en pedazos.” 

Alexandr Solyenitsyn (El suicidio de Occidente, Ediciones Mikael, 1983)