“Que el cine sea ordenado a la gloria de Dios y a la salvación de las almas, y sirva eficazmente para la extensión del Reino de Cristo sobre la Tierra”.

S. S. Pío XII

viernes, 3 de junio de 2011

NOTA - EL DISCURSO DEL REY

La verdad histórica a propósito de una película

"EL DISCURSO DEL REY"

Por Enrique Díaz Araujo


NOTA IMPORTANTE:
Tomamos este artículo del blog de Radio Cristiandad. El mismo está escrito por Enrique Díaz Araujo y publicado originalmente en el periódico Patria Argentina Nº277 de Mayo de 2011, cosa que Radio Cristiandad NO MENCIONA. Es más, tal vez para disimular su apropiación le cambia la redacción del comienzo del artículo, diciendo "Hace poco se otorgó el premio Oscar..." etc. No obstante lo cual -y debido a que teníamos la intención de subirlo por nuestra cuenta pero no hemos podido hacerlo hasta el presente- y por lo valioso del mismo decidimos tomarlo para su divulgación - de acuerdo a la versión de Patria Argentina- y para esclarecimiento total sobre este tema y en gratitud al enjundioso historiador Díaz Araujo, porque hay que decir las cosas como son sin tergiversaciones de ningún tipo.


Acaba de otorgarse el premio "Oscar" de la Academia del Cine de Hollywood, premiando como mejor película " El discurso del Rey".Film que se apega a los mitos conocidos. Esto es, que "Bertie", segundo hijo del difunto Rey Jorge V del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte y su extenso Imperio, pasaría a reinar con el nombre Jorge VI, a raíz de la abdicación al trono, en 1936, de su hermano mayor, Eduardo VIII. Decimos que abunda en la mitología porque, aunque de refilón, se alude a la causa de la abdicación del antiguo Príncipe de Gales (título muy difundido, por lo que, para evitar repeticiones, así lo citaremos en adelante), y futuro Duque de Windsor, se mantiene dentro de los límites de lo consabido, o sea: que renunció al trono para poder casarse con la señora Wallis Warfield Simpson, norteamericana, divorciada y vuelta a casar con Mr Simpson. Causalidad expuesta por el propio Eduardo VIII en su discurso a la Nación del 11 de diciembre de 1936. Romántica decisión que decoró, por décadas, las páginas de las "revistas del corazón", y enterneció los sentimientos de las damiselas del mundo… El apuesto Príncipe de Gales había abandonado el reinado para seguir los dictámenes de su corazón: ¡oh maravilla!
Lamentablemente para esa edulcorada versión, un joven historiador inglés, Martin Allen, hace poco ha publicado un libro que adquirió rápida difusión: El Rey Traidor, Barcelona. Tusquets, 2001.

Con pruebas documentales, Allen demuestra que no fue una cuestión sentimental sino estrictamente política, de política internacional, la que llevó a la mentada abdicación.

Así expone Allen, que existió una confabulación integrada por los más altos dignatarios de la Iglesia de Inglaterra, del Partido Tory, en particular el Primer Ministro Stanley Baldwin y de grandes "fuerzas vivas" del Reino Unido, encaminadas a obligar a Eduardo VIII a ceder el trono a su hermano menor.

La razón de tal complot radicaba en lo que se conocía como la "germanofilia" del Príncipe de Gales, quien no se retenía en manifestarse como enemigo decidido de emprender una nueva guerra contra Alemania.

En tal sentido, Allen proporciona documentos que tienden a inculpar a Charles Eugene Bedoux, amigo del Príncipe, pero, al parecer, más amigo de Joachim von Ribbentrop, de Hermann Goering, de Rudolf Hess y de otros jerarcas nazis, con quienes se carteaba. Bedoux había informado a los dirigentes del Tercer Reich de la disposición antibélica del Príncipe y, también al parecer, los servicios secretos germanos alentaron la "liaison" del Príncipe con la Sra Simpson, quien por sus amoríos anteriores con el itálico Conde Ciano o con el Embajador Joachim von Ribbentrop, estaba muy proclive a exaltar al régimen nazi, y así transmitirlo al Príncipe. Se añade que el Príncipe estuvo apoyado por los partidarios del fascismo en Inglaterra, y que en 1937, ya abdicado, viajó a Alemania, donde fue recibido con grandes honores, y se entrevistó con Adolfo Hitler.

De esa abigarrada argumentación, Allen, infiere el pro-nazismo del Príncipe, al que no vacila en calificar de "traidor".

Así las cosas, apestillado el Príncipe por los conspiradores, y constatando que la mayoría de sus grandes súbditos no apoyaban su posición, se resolvió a resignar la Corona que se ciñera ese año treinta y seis.

El problema lo generaba la motivación que se expondría al pueblo británico, explicativa de aquella dimisión. No se deseaba expresar la causa política real. Entonces, apareció el asunto Simpson. Dicha señora, que no era más que otra de la larga serie de amantes del Príncipe –y ella estaba a la recíproca– fue invitada a divorciarse de Simpson y reclamar un pronto casamiento con Eduardo, matrimonio morganático que la Iglesia Anglicana no podría aceptar. Sabido que el Príncipe se apegaba a su proyecto de boda imposible en orden a la realeza, no quedaba otro camino que la abdicación. Así se pergeñó el pretexto, que sirvió de base a la renuncia del 11 de diciembre, dando paso al reinado del débil y tartamudo "Bertie", el claramente aliadófilo Jorge VI.

Anota asimismo Allen que, luego de abdicado y casado, el Príncipe se instaló en Lisboa con el título de Duque de Windsor, y que en 1940 se trasladó a Madrid donde, tras un encuentro con Miguel Primo de Rivera y Ramón Serrano Súñer, decidió radicarse en España, para desde allí continuar proclamando su neutralismo. Esta resolución contó con el apoyo del embajador en Madrid, Sir Samuel Hoare, Lord Templewood, ex ministro. Y, todavía, intentó influir sobre el Rey, su hermano, con consejos políticos.

Empero, dadas las amenazas de secuestro (de parte de Walter Schellenberg, responsable del RSHA de la SS nazi, para reinstalarlo en el trono tras la invasión alemana a Gran Bretaña), terminó aceptando el cargo de Gobernador de las Bahamas, que le ofrecía el gobierno inglés, donde residió hasta el fin de la guerra. Desde ahí partió, siempre junto a la Simpson, hacia Francia, país donde vivió hasta su muerte (en París, en 1972)… En su retiro de Niza se mantuvo en sus trece políticos, justificando su anterior conducta "traidora".

Se señala como elementos coadyuvantes el intransigente anticomunismo del Príncipe, asentado en la repulsa que le produjo el asesinato de Ekaterimburgo, del Zar y su familia –parientes suyos– a manos de los bolcheviques de Lenin. Y se admite que su experiencia combativa en las trincheras de la Iª GM lo había convencido de la necesidad de evitar ese tipo de matanzas.

Por fin, el autor destaca que a la luz de la germanofilia de Eduardo, cabría explicar hechos de la conducción nazi durante la IIª GM. Uno de ellos fue la detención de las "panzer divisions" de los generales Heinz Guderian y Erwin Rommel a pocos kilómetros de Dinkerque, permitiendo escapar a todo el ejército británico, llamado en ese momento Fuerza Expedicionaria. De no haber sido así el resultado de la guerra hubiera sido otro. El otro hecho fue el solitario viaje en avión de Rudolf Hess a Inglaterra, donde pretendió negociar la paz. (para mí, un iluso, a menos que desconozca otros pormenores. Estos archivos desafortunadamente van a ser abiertos revelando la verdad recién dentro de 50 años).

Hitler, alega Allen, conocedor de la postura de Eduardo y de sus seguidores internos, creyó posible una nueva restauración en el trono, provocadora a su vez de un armisticio; no quiso herir, además el orgullo británico y evitó causar más fricciones con la población inglesa.

Apreciación equivocada, porque en el Reino Unido, tras la renuncia de Neville Chamberlain, se había instalado la dura actitud combativa de Wiston Churchill, secundada por Jorge VI, que haría imposible cualquier negociación.

Hasta aquí el aporte historiográfico de Martin Allen, que no es poco.

Lo que sucede es que este historiador se adhiere sin reservas a la visión aliadófila de Churchill y de la mayoría británica, sobre la que se ha edificado la explicación política ulterior. Es lo "políticamente correcto", es la historia oficial, y Allen,no quiere salirse de ese marco referencial. Pero ese no es un buen mirador, desde donde deba situarse un cronista objetivo y ecuánime. El punto de vista que debió haber adoptado no es el de cuán aliadófilo fue un gobernante, sino el de cuánto benefició el interés nacional.

Cuando menos, Allen debió haber recordado aquella famosa frase del no menos célebre "Premier", cuando dijo: "Yo no he venido a destruir el Imperio". Que fue, precisamente, lo que aconteció como principal consecuencia de la "victoria" de 1945. Las colonias, los dominios, los fideicomisos, los enclaves, todo se perdió, hasta Egipto y la India, la "perla de la Corona ".

Gran Bretaña entró en su ocaso a partir de la Segunda Guerra Mundial, para dar paso al ascenso irresistible del Imperio de las barras y las estrellas. Desde ese acontecimiento irrefutable es desde donde debió mensurar los sucesos de la pre-guerra… Que es lo que Allen no ha hecho y que nosotros, escuetamente intentaremos hacer: un balance crítico de aquellos hechos pretéritos.

A tal efecto, es útil recordar la pregunta que se hace el gran historiador francés Jacques Bainville a la hora de juzgar a Napoleón Bonaparte: "¿ Engrandeció a Francia?", se interroga. "NO", se responde; la dejó más chica que como la encontró en el inicio de su carrera. Luego, no fue un buen gobernante, maguer su genio militar.

LOS HECHOS DE LA DECADA DE 1930

La Gran Guerra de 1914-18, había deteriorado al Imperio Británico, que quedó deudor de USA. La crisis mundial de 1929 había agudizado aquella declinación, obligando al Commonwealth a encerrarse en el "área de la libra" pactada en Ottawa. La Unión Jack tambaleaba. Ni siquiera el agradecimiento de algún lejano dominio, como la Argentina del Pacto Roca-Runciman mediante, que liberaba los precios de las manufacturas inglesas, a la par que congelaba los de nuestras materias primas, servía para cambiar el rumbo de aquella decadencia. Ruina que provocaba el alejamiento de antiguos agentes (vgr.: en 1941, dos connotados anglófilos argentinos, como lo eran Federico Pinedo y Julito Roca, renunciaron a sus puestos en el Gabinete del Presidente Ramón S. Castillo, y se pasaron al bando estadounidense).

Dos competidores, con ventajas comparativas en la Segunda Revolución Industrial, postergaban al Reino Unido. La Alemania de Hitler y los Estados Unidos de Roosvelt, ninguno de los dos con demasiado afecto por la "pérfida Albión".

Es sabido que la diplomacia del Tercer Reich buscaba apaciguar los ánimos belicosos de gran parte del pueblo inglés, tal como lo consiguió con la firma del "Premier" Neville Chamberlain al Pacto de Munich, de 1938.

Menos conocida entre nosotros era la animosidad rooseveltiana hacia el orbe británico, que, a la larga, fue más funesta para la Unión Jack que los amagues nazis.

Franklin Delano Roosvelt quería hacer avanzar a su país, sacándolo del aislacionismo tradicional, y doblegando al omnímodo Imperio Británico. Nombró a don Joseph Kennedy embajador en Londres con la consigna de empujar a los ingleses a la guerra con Alemania, seguro de que esa contienda supondría el fin del Imperio. A tal efecto, los yanquis dieron con el hombre para el cargo. Winston Churchill, conservador, Lord del Almirantazgo, que estaba en bancarrota. Los norteamericanos, bajo cuerda, lo ayudaron a salir de esa quiebra, a cambio de la sumisión de Churchill al belicismo que preconizaba Roosvelt. De ese modo, Don Winston se transformó en el campeón de la aliadofilia, y de la lucha a muerte contra el nazismo, "violador de los derechos humanos". No sólo los yanquis estaban interesados en meter a Inglaterra en esa guerra. El "bueno" de Don José Stalin también aspiraba a que los dos mayores países europeos pelearan entre sí, se agotaran en la conflagración, y así la URSS podría predominar en el mundo eslavo, tal como lo consiguió después de Yalta y de Potsdam.

Como ha sucedido siempre en la historia de Occidente, y por aplicación de la ley física de "impenetrabilidad de los cuerpos" –yo recién podré sentarme en esa silla donde tú te hallas sentado, una vez que te saque de ahí–, los aspirantes a derrocar al país hegemónico se unen en la artera maniobra. Tal como había acontecido cuando Francia e Inglaterra se pusieron de acuerdo en provocar al desplome del Imperio Español (los ensayistas y sociólogos hispanos aún andan pesquisando las "causas internas de su decadencia", cuando es obvio que la causa fue externa, por el ataque combinado-simultáneo, aunque separado, y hasta en relación de contrariedad, de aquellas potencias en ciernes). Así con USA y URSS con respecto, no sólo a la Alemania resucitada tras Versalles, sino, y principalmente, contra el Imperio Británico. La primera explicación, más o menos explícita; la segunda, oculta, pero no por eso menos contundente.

Empero, poco hubieran podido los agentes extranjeros en pos de sus propósitos liquidacionistas, de no haber mediado un factor interno que resultó determinante.

La Gran Guerra, con su secuela de muertos y mutilados, había herido el corazón del pueblo inglés. La inquina anti-germánica se acreció. Había que cobrarse esa deuda. Fiel exponente de esa actitud había sido el Rey Jorge V, claramente belicista y seguido por la mayoría de sus súbditos. Jorge VI había discutido más de una vez con su hijo mayor este tema. Eduardo le señalaba a su padre que si el Reino Unido se metía en una nueva guerra desaparecería como Imperio mundial, y que entre los que acechaban ese momento estaban los bolcheviques, asesinos de sus parientes, los Romanov.

El viejo Rey prefería atribuir la posición del Príncipe a su formación en la cultura germánica, y a un "anticomunismo" reprochable por la clase ilustrada progresista (por esos años prosperaban en Cambridge y Oxford los intelectuales filo-comunistas, que en la pos guerra se convertirían directamente en agentes soviéticos). Por consiguiente, Jorge V, con cierta clarividencia, había manifestado a sus íntimos que a su muerte, "Eduardo no podrá reinar; tendrá que abdicar a favor de "Bertie", y, dada la disminución de éste, habría otra abdicación en beneficio de la pequeña "Lilibeth" con una regencia hasta la mayoría de edad". El pronóstico se cumplió en buena medida.

Sobre todo por la tendencia o inercia de la población británica. La inquina antigermánica, que anotáramos antes, tenía una base sólida, y difícilmente se podría torcer, sin caer bajo sospecha de "filonazismo". También esa actitud reconoce precedentes históricos.

El citado Jacques Bainville, para explicar el descrédito de la Monarquía borbónica de Luis XVI, recurre al dato de los ataques populares contra "la austríaca" María Antonieta. En efecto, Francia había estado durante años aliada con Prusia contra Austria, y los franceses se habían acostumbrado a esa línea de política internacional; pero las circunstancias habían cambiado. A Francia le convenía invertir las alianzas. Por eso, Luis XV hizo casar al Delfín con la Princesa de Habsburgo. Eso estaba en la conveniencia de Francia pero no entraba en la cabeza de los franceses, que seguían apegados a sus anteriores tirrias, y continuaron atacando a la "austríaca", hasta mandarla al cadalso. Injusticia consumada en contra del genuino interés francés. Por donde se advierte que la rutina no es buena consejera en política, puesto que, a veces hay que cambiar de medios para obtener el mismo fin (Edmund Burke).

Otro tanto acontecía al promediar el siglo XX en Inglaterra. Al país no le convenía ir al choque bélico que, más allá los pérfidos consejos de sus competidores, era el que ansiaba la mayoría británica. Lo útil hubiera sido realizar la política de Unión Europea que se proyectó y concluyó desde 1946 en adelante, sellando la paz entre ellos, para poder afrontar –si lo conseguían– el poderío del águila americana y del oso ruso.

Nada de malo, entonces ni de "traición", ni de "nazismo", hubo en la conducta del Príncipe de Gales.

No fue "el Rey traidor", de la tesis de Allen, sino el "el rey a destiempo". Una década después habría tenido el viento a favor.

Todavía habrá quien se preguntará: ¿y Hitler? ¿Con ese neutralismo no se salvaguardaba el nazismo alemán?

Probablemente, sí. Pero, pregunta inversa: ¿Qué le iba a suceder a Inglaterra si el nazismo perduraba o se angostaba en la Europa continental…? Ella vivía en su "espléndido aislamiento" insular e imperial. Y Hitler, desde "Mi Lucha" había anunciado su voluntad de respetar el Imperio Británico; y la mantuvo hasta la frustrada operación "León Marino".

Entonces: ¿para qué meterse a firmar alianzas absurdas como la establecida con Polonia, que al alentar la belicosidad polaca, los involucraría en la guerra? Además, el Reino Unido no era USA, cuyo Destino Manifiesto y Misión Calvinista Universal, consiste en predicar la Religión Democrática por todo el orbe, ni entraba en sus proyectos políticos ayudar a la "Dictadura del Proletariado" (sic: sobre el Proletariado) de la Casa Rusia… Con no llevarle el apunte a la Gran Logia de Inglaterra y a etnias perseguidas, bastaba.

No olvidarse que las monarquías aún eran monarquías y no meros lacayos de las sectas.

Creemos que eso está aclarado.

También está claro, por demás, que Eduardo no se pasó al bando germánico. Su postura, ya iniciada la contienda, fue la neutralidad. Por eso quiso refugiarse en España, nación neutral, que podía servirle de base a su política (1) y, cuando eso no fue posible, no se entregó a los alemanes, sino que se refugió en su modesto cargo en las Bermudas. Y acá también tenemos un precedente de aquella acusación, bien cercano: el de Argentina, durante el conflicto mundial de 1939-1945.

CONSECUENCIAS EN ARGENTINA

En aquel tiempo, en nuestro país refluyeron las contracciones internacionales. Los anglófilos gobernantes, tal como la propia Inglaterra los aconsejaba –atenta a la provisión de alimentos fiados, es decir, más o menos gratuitos– eran neutrales… Los partidarios de los norteamericanos, que devendrían en la futura Unión Democrática, querían que la Argentina se "alineara" con el resto de América Latina, siguiendo las órdenes del Departamento de Estado, después de Pearl Harbor. De ahí el choque entre Spruille Braden, delegado de Cordell Hull y David King, embajador del Foreing Office. Y el tercero en discordia que, de momento también se sumaba a los democráticos yanquis, era el Partido Comunista local, que en plena etapa "browderista", promovía la Unión Democrática, para ayudar a la combatiente y asediada URSS.

Los partidarios de la "Concordia" del Presidente Ramón S. Castillo, eran silenciosos. Estaban con los aliados, pero sin estridencias, porque tenían que asegurar la neutralidad amenazada por USA. En cambio, los democráticos de la Unión Democrática, liberales o comunistas, ponían el grito en el cielo ante cualquier expresión de neutralidad…

De esa manera, los nacionalistas argentinos, que eran los únicos genuinos neutralistas, fueron acusados de "nazis" con el mayor fervor.

Setenta años después, todavía hoy, quien sostenga que el bien argentino pasaba por la neutralidad, demostrará que es un "fascista" irredento (o " fachista" como dicen los brutos locales). Máxime, si esos malvados neutralistas eran, también, antibolcheviques, cometiendo por ello un crimen de Lesa Democracia. Delitos ambos en los que, justamente, asimismo, incurrió el reincidente Príncipe de Gales.

Bien que el interés del Príncipe era exactamente contrario al de los nacionalistas argentinos, porque éstos aguardaban la decadencia británica para recuperar las Malvinas. Punto de vista que horrorizaba a nuestros demócratas universales.

CONCLUSION

Pues eso, y no otra cosa, fue lo que le pasó al Príncipe de Gales. Su neutralismo no podía derivar sino de un íntimo "nazismo", y de los malos consejos que les pasaba la nueva Mata-Hari, Wallis Simpson… No había tal cosa, pero así, de momento, se sigue escribiendo la historia. Ya llegará el tiempo en que las cosas se vean de otro modo.

Bien: ése es el real "discurso del rey", y no la bobada que continúa exhibiéndose en la película de marras.

¿Ahí concluye el tema?

NO. Falta un desenlace, un "final feliz", apto para menores.

Wallis y Eduardo, unidos por una carambola política, al convivir largamente comprendieron que eran el uno para el otro.En su vejez, en Niza, fueron una pareja "perfecta", que siempre andaban juntos. Lo que empezó en una momentánea conveniencia política, se transformó en un amor duradero. Fueron felices y comieron perdices. Y entonces, recién entonces, le dieron la razón a las revistas del corazón. Fotos para coleccionar por las adolescentes.

Ahora sí: "The End".


(1) "Lo mismo (huir de los avances nazis) sucedía al duque de Windsor: apartado de toda actividad política, no tanto por la unión con una dama norteamericana divorciada, en cuyo favor renunció al trono, cuanto por su manifiesta oposición de la guerra contra Alemania. Eduardo había tenido que abandonar su residencia en París antes de que los alemanes entraran en la capital y cruzó la frontera de Port Bou".