“Que el cine sea ordenado a la gloria de Dios y a la salvación de las almas, y sirva eficazmente para la extensión del Reino de Cristo sobre la Tierra”.

S. S. Pío XII

jueves, 4 de febrero de 2010

CRITICA


EL HOMBRE INVISIBLE


Director: James Whale – 1933



PASOS EN LA NIEVE


(O de cómo un film puede ser inquietante o tranquilizador, depende de qué modo se lo mire)




No sabemos si la novela de H. G. Wells “The Invisible Man”, de 1897, es, como afirmara Borges, “un símbolo, que perdurará mucho tiempo, de nuestra soledad”. No sabemos tampoco si con “nuestra soledad” habrá querido decir de los hombres en general –por in-creyentes- o de la suya propia. Lo cierto es que en el entretenidísimo, sencillo y angustioso film de James Whale no se verifica en principio, aunque podemos pensarlo a posteriori, más allá del film mismo.


El hombre invisible de la Universal (Claude Rains, gran actor de, entre otras, “Notorious” y “Casablanca”) es un científico que no estaba solo, tenía una novia (Gloria Stuart, la viejita de “Titanic”) y trabajaba de ayudante de un destacado científico (el gran Henry Travers, recordado por “Sierra Alta”, “La sombra de una duda” y “Qué bello es vivir”), que es el padre de su novia. Luego de investigar en secreto la fórmula de la invisibilidad, no sólo obtiene aquel prodigioso efecto sobre sí, sino que además la droga que se administró hace estragos con su cerebro, volviéndolo un megalomaníaco sediento de poder que aterroriza a la gente y descarrila trenes. Pero, él mismo lo reconoce, empezó a meterse en esos experimentos porque deseaba tener honores, dinero y reconocimiento del mundo. Es decir, lo que provocaría la droga sería un incremento inusitado de la ambición que ya había en él. Ambición, codicia, vanidad. Malayunta.


Ahora bien, estas cosas están dichas y pasadas a la ligera, ya que el film –su estilo, el de Whale y la Universal, es austero, directo y de alguna forma “standard”- no abunda en la interioridad de Jack Griffin el invisible man (sí lo hará mucho más tarde en la película de Carpenter que, no obstante sus aciertos, no es mejor que ésta). Es entonces la manifestación exterior de los efectos que tal condición del protagonista opera en todos a su alrededor, la sorpresa –como del público de la época sospechamos, ante el prodigio y habilidad de los efectos especiales: estamos en ¡1933!, el año de King Kong y, en nuestras pampas recién, la primera película sonora-.


Tal vez no haya además esta interioridad, que podría haberse expresado mediante la voz en off, porque –además de su no incorporación aún a aquel tipo de cine- no sería viable. Esa es la razón para que, alternadamente, Carpenter muestre y oculte a su hombre invisible, el cual cuenta lo que le pasa mediante ese recurso. No se concibe alma sin cuerpo, aquí parecería haber una escisión, lo cual es enloquecedor, ciertamente. Si se es invisible no se puede seguir siendo normal. Y, por otra parte, un hombre invisible no traería más que inconvenientes. ¿Por qué, y esto acá no se dice? Por la naturaleza caída del hombre. Vale decir, mentando el título de otra película: No somos ángeles.


Por otra parte, puede pensarse al hombre invisible como la representación del fuera de campo en persona. Cuando el fuera de campo entra en el campo, dentro del rectángulo de la pantalla, no se lo ve, pero actúa. Y entonces la cosa se complica.


Volviendo a la metáfora acerca de la soledad. ¿Acaso hoy no se está logrando, en este mundo atroz, que los hombres, indiferentes entre sí, sean hombres invisibles unos para otros? El mal trato, el egoísmo, etc. hacen que, sin necesidad de la delirante formulita de Griffin, los hombres pasen esta vida juntos pero sin verse, ignorándose.


Digamos entonces que el film es inquietante. ¿Acaso no encontramos en él una metáfora de los hombres que hoy –invisibles- gobiernan el mundo? El cine por aquel entonces abundaba –en lo que hace al género terror- en engendros o abortos de la ciencia, en un muestrario de fracasos de los experimentos científicos más osados. Estaba tal imaginario instalado en el público, hasta en los films cómicos o los dibujos animados, que se hacían eco del infaltable científico loco. Estaban a la orden del día. ¿Pero no era tal vez ese mostrar el fracaso de tan extravagantes experimentos una forma de tranquilizar al gran público, por parte de aquellos que en las sombras estaban desarrollando, no hombres invisibles o criaturas monstruosas, sino bombas de destrucción masiva bajo el rótulo de “Democracy”?


Es cierto que en los films hay el reconocimiento de un límite, Griffin dice antes de morir que se metió con cosas que hay que dejar en paz. Pero las películas siempre terminan engañosamente bien. Y además, ¿por qué hay que dejar esas cosas en paz? Si no hay un Dios que nos gobierna a través de unos mandamientos a cumplir, ¿cuál es la base y el sostén del deber ético? ¿No hay que meterse en experimentos peligrosos o también no hay que meterse con la soberbia, la avaricia, el deseo de honor mundano y las riquezas? ¿Qué es lo que hubiese impedido efectivamente a Griffin meterse en todo eso, sino una creencia religiosa que le mostrara sus limitaciones? ¿O acaso alguien piensa que una película aleccionadora detendrá los afanes de dominio y soberbia de un científico?


Y, para seguir con las preguntas, ¿por qué hoy ya no se hacen esta clase de películas, sino que en el film fantástico y de terror se abunda en lo obsceno, lo truculento y lo abiertamente satánico? Justamente porque los científicos han ganado la batalla. ¿No es también con la intención de tranquilizar y volver frívolas a las mayorías, acostumbradas como están a que lo que ven en la pantalla no se relaciona con su realidad? La verdad puede mostrarse trivializada y falsificada, con el fin de que, luego, en la realidad, la verdad sea irreconocible. Es entonces cuando el cine, más allá del entretenimiento, puede procurar también el adormecimiento de los espectadores.


Una última pregunta y apagamos la luz: ¿Y si no hubiese nevado, cómo habrían atrapado al hombre invisible? No importa, es una bella escena que simboliza lo que es el cine.