“Que el cine sea ordenado a la gloria de Dios y a la salvación de las almas, y sirva eficazmente para la extensión del Reino de Cristo sobre la Tierra”.

S. S. Pío XII

sábado, 2 de octubre de 2010

EXTRA CINEMATOGRAFICAS



EL TERROR DE LOS VAMPIROS


Gracias al cine anglo-yanqui en su período clásico, teníamos el conocimiento de que esas inmundas y depravadas criaturas de la noche llamadas vampiros, a pesar de mostrarse como seres aterradores, tenían horror a dos cosas en particular: el agua bendita y los crucifijos. Aunque mostrado de forma caricaturesca, el recurso cinematográfico no era aventurado (como sí podía serlo la luego incorporada ristra de ajos), por la simple y sencilla razón de que los vampiros o “muertos-vivos” eran creaciones imaginarias inspiradas en datos de la realidad. Es sabido que las personas poseídas sienten repulsión e indefensión ante el sacerdote exorcista que las moja con agua bendita y conmina con la oración y el crucifijo a retirarse a los demonios. La lucha entre la luz y las tinieblas se da así con determinadas armas que cada uno esgrime: los últimos la mentira, la tentación y la violencia. Los primeros la fe en Cristo, la predicación de la verdad y el uso de sus instrumentos, sacramentales y todo aquello visible que lo represente.

Cristo vino para reparar la honra del Padre, combatir a los demonios y liberar al hombre del pecado, y continúa haciéndolo a través de la Iglesia. Las inmundas criaturas de las tinieblas lo saben bien, por eso su creciente influencia en las sociedades apunta, si en la Iglesia, a acabar con el Sacrificio de Jesucristo que se repite en la Santa Misa; en la sociedad política, a acabar con la influencia de la Iglesia a través de sus sacerdotes y misioneros, y de toda aquella imagen que en público les recuerde a los hombres el sacrificio victorioso de la cruz.

Es así como ahora, las fuerzas de la oscuridad encaramadas detrás de la fachada luminosa de la “democracia”, los “derechos humanos” y la “libertad de cultos, de pensamiento y de expresión”, continúan la persecución, tras haber obtenido los “fundamentos filosóficos” que han erigido esta sociedad moderna sin Dios, y buscan, mediante el recurso de la “no-discriminación”, es decir, justificándose en un “bien”, el retiro de los crucifijos de los juzgados, como recientemente acaba de reclamar una jueza de la Corte Suprema de Justicia de la Nación( Reclaman juzgados sin crucifijos - lanacion.com), magistrada que alguna vez se declaró “atea militante”, sin darse cuenta de su extravío, ya que, como decía Chesterton: “Si no hubiera Dios, no habría ateos”.

A partir de este supuesto “bien” que nadie hasta ahora había reclamado, las criaturas de las tinieblas que hoy actúan a plena luz del día muestran en su actitud a qué le temen: a un crucifijo y lo que éste representa. Pero cómo ¿allí no hay un simple hombre indefenso, moribundo, clavado en una cruz, incapaz de hacerle daño a nadie? ¿No es acaso una víctima, en estos tiempos de victimizados profesionales? ¿A qué entonces molestarse? ¿O será que aquel hombre que desde la cruz los observa es otra cosa y representa mucho más? ¿Por qué será que no pueden soportar esa imagen, será que su presencia los interpela en silencio, porque es más que un hombre, porque también es un Dios? ¿Quién puede sentirse “discriminado” (es decir, tratado peyorativamente según hoy se lo entiende) por aquella figura doliente, acaso el que es culpable?

Dicen que no hay que imponerle la religión a nadie, bien, pero ¿a quién se la impuso Jesucristo, a quién obligó por la fuerza, allí en el desvalimiento absoluto, en la entrega absoluta de la cruz, si precisamente aceptó aquel martirio para provocar nuestra adhesión a Él mostrándonos su amor? ¿Es esa la poderosa imagen de un tirano que “discrimina”, o más bien los que aman el pecado no son capaces de soportar su imagen humilde y serena porque en su pureza y amor no tienen de dónde tomarlo para condenarlo? La imagen de Nuestro Señor en la cruz habla por sí sola y demanda a cada uno personalmente una decisión: detenerse a contemplarla es salir de la indiferencia, es entregarse al amor o al odio, a la verdad o al error. Por eso el mundo desea ocultarla, por eso los modernistas ya no predican a Cristo crucificado, como hacía y pedía San Pablo (I Cor. 1, 23).

Se quiere fundamentar la medida en el hecho de que “el estado es laico”, cuando el estado debe representar a la nacionalidad, a la población (el estado está hecho para los argentinos, no los argentinos para el estado), que en su gran mayoría –aunque en forma mistonga y sentimental, es cierto- es católica. Basta ver las imágenes religiosas, en particular de la Santísima Virgen, en las esquinas de los barrios, en los hospitales, en los lugares de trabajo y oficinas –públicas o privadas-, en las casas de sepelios, en los transportes públicos y hasta en estadios de fútbol o vestuarios deportivos. Las fiestas populares, en especial de algunas provincias, con sus peregrinaciones multitudinarias, son manifestaciones claras de la raigambre católica de nuestra población, que aunque desviada de la práctica ortodoxa, refleja un anhelo aún vivo de ser cristianos.

Las criaturas de las tinieblas nos dan a entender, por vía indirecta, lo que la Iglesia tiene que predicar, aquello que es “para los judíos, escándalo; para los gentiles, insensatez” (I Cor. 1, 23), Palabras de vida y salvación para el que las recibe con buena predisposición. Amparados en la libertad de cultos o libertad religiosa, los enemigos externos de la Iglesia llegan a esta instancia gracias a la defección de las jerarquías eclesiásticas y la “apertura al mundo” traída por el Vaticano II, allí donde el ”humo de Satanás” entró no por una rendija, sino por sus puertas abiertas de par en par.

Si las criaturas inmundas son coherentes con sus solicitaciones, deberían llegar mucho más allá en su “anti-cruzada”, típica de los países donde el comunismo ha querido acabar para siempre con la Iglesia Católica, inútilmente. Deberían, por ejemplo, para no “discriminar” (en un país donde hay una mayoría de bautizados católicos), cambiarle el nombre a la provincia de Santa Cruz, porque los “ateos militantes” o judíos o los budistas que viven en la provincia, podrían sentirse “discriminados”, ofendidos, perturbados. Podrían llamarla provincia “Presidente Kirchner”, total, antecedentes no les faltan. Lo mismo debería ocurrir con las provincias de Santa Fe y San Luis, o en localidades como San Miguel o San Isidro. Luego tendrían que prohibir a la población llevar un crucifijo visible sobre el pecho, porque eso podría resultar “discriminador” para alguno de sus vecinos o compañeros de trabajo, y así alterarían la perfecta convivencia que, gracias a la democracia, hay en la sociedad. Deberían hacer entonces de la religión una cosa absolutamente privada y de entrecasa. No ocurriría lo mismo con los activistas homosexuales que se pasean desvergonzadamente por las calles, claro está: ellos no muestran signos religiosos que ofendan a nadie, ellos muestran su amor, otra forma de amor, ¿cómo entonces impedirles manifestarse?

¿Se comprende todo lo que viene o puede venir detrás de este “reclamo”? ¿Se comprende también que la Iglesia no son sólo los pastores mudos y apóstatas, sino también nosotros, y que no podemos quedarnos callados y sin pelear?

A los vampiros se los combate con la luz, es decir, con la fe y la doctrina católicas sin ambigüedades o falsificaciones, purificadas por la gracia. Se los combate con el crucifijo, es decir, con el sacrificio que da gloria a Dios y salva nuestras almas. Y con el agua bendita, signo exterior de las armas simples pero poderosas que Dios le ha dado a su Iglesia militante.

Somos débiles, insignificantes, sin medios ni influencias ni poder. Pero los que tienen miedo y no tienen paz son ellos. Los vampiros.

Andad, pues, como hijos de la luz” (Efesios V, 8).