“Que el cine sea ordenado a la gloria de Dios y a la salvación de las almas, y sirva eficazmente para la extensión del Reino de Cristo sobre la Tierra”.

S. S. Pío XII

martes, 23 de marzo de 2010

ANIVERSARIO - MONSEÑOR LEFEBVRE


1991 - 25 de Marzo - 2010

Aniversario de la muerte de
Monseñor Marcel Lefebvre





“En medio de la gran crisis de la Iglesia, tan llena de confusiones y de errores, él supo mantener serenamente una línea directriz luminosa y prudente, de modo que tuvo el coraje de tomar decisiones audaces y perfectamente adaptadas a la gravedad de la situación.

La fundación de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, la continuación de la obra a pesar de las trabas interpuestas por las autoridades eclesiales, la consagración de los obispos, entre otras cosas, son actos realizados sin la menor amargura o exageración y que sólo atienden a salvar las almas.

Se dice también que es algo propio del sabio el imponer orden: “Sapientes est ordinare”. Tener la vista fija en Dios tiene como consecuencia que se comparte la visión de Dios sobre las cosas, que se pone cada una en su lugar, ya sea en el orden del conocimiento, en el valor que atribuimos a las cosas, como así también en el aspecto práctico, llegando hasta los detalles que resulten necesarios.

Monseñor Lefebvre poseía un extraordinario don de la organización. Eso se puede ver claramente en la estructura que le imprimó al África francófona en los años ’50 y también en la organización de la Fraternidad, extendida en el mundo entero.

Por fin, el don de la sabiduría es la coronación de la virtud de la caridad. Todos los que han conocido a Monseñor tuvieron ocasión de comprobar esa suave irradiación que salía de aquel cuya divisa episcopal rezaba: “Credidimus Caritati”.

De este modo, la sabiduría vertebra e impregna toda la vida de Monseñor Lefebvre. Y eso es lo que lo hace un hombre notable. Más aún: un santo”.


S.E.R. Monseñor Bernard Fellay. La sabiduría de Monseñor Lefebvre, Revista Iesus Christus Nº101, Septiembre /octubre de 2005.




“Como San Pablo, lo único que hizo fue transmitir lo que había recibido, de acuerdo a las palabras que él mismo había mandado que se grabaran en su tumba. Todo lo que hizo –siempre lo afirmaba- fue no abandonar lo que había recibido, cuando casi todos los obispos lo hacían a resultas del Concilio Vaticano II.

Ésta es seguramente la razón por la cual su persona era importante y por qué su persona parecería estar desvaneciéndose detrás del lento pero inexorable resurgir de la Tradición, cuando se ve a los católicos impelidos cada vez más a regresar a la Tradición por la fuerza de los hechos, por la ola creciente de ruinas y cenizas que se ven en la Iglesia y en el mundo. ¡Gracias a Dios! Aquello por lo cual él se había esforzado está obteniendo sus logros, aunque la consecuente gloria no se le adjudique personalmente. Los católicos están demasiado ocupados con la presente lucha por el alma de la Iglesia como para preocuparse siquiera por el pasado reciente.

Así, mientras algunos de nosotros conocemos la parte crucial que le cupo en esa lucha, otros muchos prefieren ignorarla, lo cual no habría perturbado a Monseñor, que sólo deseaba el resurgir de la Iglesia.

Este deseo de Monseñor de esconderse detrás de los intereses de Dios, esta impersonalidad de sus logros, es más sorprendente en una era donde las personalidades son lo único que cuenta. Esto me recuerda la respuesta que di a una periodista cuando me preguntó, enseguida después de la muerte de Monseñor Lefebvre, cuál era, a mi juicio, la más grande de sus cualidades. Creo que le di una respuesta original, porque la cualidad que mencioné raramente se encuentra –al menos explícitamente- en los libros de teología moral o de espiritualidad católicas. ¿Crisis sin precedentes, virtudes sin precedentes? La cualidad que mencioné fue la “objetividad”.

Lo que estamos viviendo hoy en la Iglesia y el mundo es lo que ha de ser la última etapa en un largo proceso en el que el hombre se coloca en el lugar de Dios, es decir, mi subjetividad delante de la verdad objetiva. El proceso fue desatado en estos tiempos modernos gracias a la glorificación de la conciencia individual; fue ideologizado por Kant al negar que la mente humana pudiera conocer la esencia de los objetos; está siendo globalizada hoy por una variedad de aparatos electrónicos que empuja en manada la mente humana a un mundo virtual de linternas mágicas.

Durante mucho tiempo la Iglesia Católica resistió este subjetivismo que reemplaza a Dios por el hombre; pero el poder de la fantasía fue tan grande en los años ’60, que finalmente el conjunto de los obispos católicos permitió que sus mentes fueran devoradas también: me refiero al Concilio Vaticano II. Siguiendo a Juan XXIII, a Pablo VI y a Juan Pablo II, estos obispos desconectaron sus mentes de la verdad objetiva, retiraron sus anclas de la fe católica inmutable y se unieron a la fantasía universal del mundo moderno: El hombre puede hacer lo que quiere, y Dios es muy simpático, o muy débil, como para oponerse. Sólo Dios sabe cuánta presión ejercieron sobre Monseñor Marcel Lefebvre para que él también se les uniera.

Su mente, sin embargo, permaneció anclada, no en la realidad virtual, sino en la real, en la verdad objetiva e inmutable, natural y sobrenatural. Esta objetividad le dio aquella serenidad que era advertida por todo el mundo; y su curiosa impersonalidad, si se la compara a la de muchos de sus contemporáneos; y aquella enorme fortaleza que, con calma y sin alharaca, sin querer hacer ruido, puso en marcha a partir de cero, para reconstruir la Iglesia inmutable, objetiva, de entre las ruinas objetivas de la subjetividad ilusoria reinante. Monseñor no inventó nada. Sencillamente transmitió lo que había recibido, antes que la locura sentara sus reales. ¡Qué hombre! ¡Qué hombre de Dios!

Agradezcamos a Dios Todopoderoso por habernos dado en estos tiempos impíos el sobresaliente ejemplo de Monseñor Lefebvre de ocultarse detrás de los intereses de Dios. Agradezcamos a la Santísima Virgen María, a quien Monseñor se había consagrado, y a través de quien recibió todos sus dones.

Y pidámosle a Dios, Nuestro Señor, por intercesión de su Santísima Madre, que podamos llegar a ser seguidores menos indignos de Monseñor Marcel Lefebvre”.


S.E.R. Monseñor Richard Williamson. Monseñor Lefebvre, anclado en la realidad. Revista Iesus Christus Nº 101, Septiembre /octubre de 2005.



“La fidelidad fue para él un deber supremo, considerando las palabras del Evangelio: “Aquél que cambiase aunque más no fuese una iota o una coma de la ley de la fe, será el más pequeño en el Reino de los Cielos”. No se veía sino como el eco, el reflejo, el portavoz de la Iglesia y de los concilios, así como de la doctrina de los papas. Fue por su boca que Pío VI ha nuevamente condenado la Revolución francesa y los susodichos derechos del hombre; fue a través suyo que Pío IX en nuestros días ha nuevamente elevado la voz para condenar la libertad religiosa como una iniquidad, como lo hizo él en la encíclica Quanta Cura; ha sido por él que el Syllabus retomó vida en nuestros días para poner en la picota el aggiormamiento de la Iglesia, su adaptación a los errores contemporáneos y al espíritu del siglo. Las grandes encíclicas de León XIII se encontraron sobre sus labios como si este Papa nos hablase él mismo. Pero ha sido especialmente San Pío X quien por él, en los años ’70 y ’80 arrojó el anatema contra un modernismo nuevo y un nuevo “Le Sillon” que siembra hoy día más grandes desastres que bajo el pontificado mismo de San Pío X. Desde 1960 no se encontró ningún obispo para insistir como él sobre la doctrina de la encíclica Quas Primas, del Papa Pío XI, sobre el reinado social de Jesucristo. Nadie ha combatido a los comunistas con una energía comparable a la suya, según las directivas de la encíclica Divini Redemptoris, en la cual el Papa Pío XI los designa como los enemigos por excelencia de la cristiandad y en la cual condena como imposible toda colaboración con ellos. La misma cosa vale para la francmasonería. Con atención escuchó los llamados de atención del Papa Pío XII en la Humani generis contra las nuevas filosofía y teología, y nuevamente nos transmitió esas advertencias.

Si la Iglesia en los documentos de los papas y de los concilios es el oráculo del Dios viviente -¡y lo es!- nosotros debemos designar a Monseñor Lefebvre como un testigo fiel de la revelación del Dios trino en el siglo XX. Es por ese testimonio que él vivió, fue por ese testimonio que sufrió, es por ese testimonio que ha muerto. “Testigo” en griego se dice “mártir”. Dando fiel testimonio, ha sido necesario que entrase en contradicción con el espíritu del concilio, así como con los textos conciliares que contradicen la doctrina constante de la Iglesia. Tenía, por lo tanto, que hacer una elección: o ser fiel a la doctrina de la Iglesia, en su resplandor glorioso y en su fertilidad en instituciones cristianas durante dos mil años, o romper esta fidelidad alineándose sobre el concilio y los errores posconciliares. Fue la gracia de Dios quien le dio a escoger sin hesitación la primera solución, con Monseñor de Castro Mayer, el otro testigo fiel: Deo gratias!

Si hoy día por todo el mundo, sobre todos los continentes, una nueva generación de apóstoles y de testigos de la fe trabaja en verdaderos seminarios, prioratos, casas de retiro, escuelas, conventos y monasterios; si vemos grupos de jóvenes católicos y de familias numerosas, reunidas alrededor de los altares del Sacrificio del Cordero inmolado, es en gran parte el fruto de la fe de este hombre, una fe capaz de transportar montañas. El pequeño grano de mostaza llegó a ser un árbol grande cuyas ramas pájaros del cielo vienen a habitar”.


R.P. Franz Schmidberger. Homilía pronunciada en los funerales de Mons. Lefebvre, Revista Iesus Christus Nº 15, Abril/Julio de 1991.