“Que el cine sea ordenado a la gloria de Dios y a la salvación de las almas, y sirva eficazmente para la extensión del Reino de Cristo sobre la Tierra”.

S. S. Pío XII

jueves, 9 de julio de 2009

CRITICA



VAMPIROS
Director: John Carpenter – 1998


SOBERBIA


Estos días he leído el famoso libro de Troeltsch “El Protestantismo y el Mundo Moderno”, el cual alaba al Protestantismo de haber quitado (o “superado”) la moral sobrenatural, dependiente de Dios y de la Iglesia, sustituyéndole la moral “autónoma”, dependiente de la razón del hombre. Hoy día sabemos lo que trajo al mundo el famoso invento de Kant, la “moral autónoma”: trajo un colapso tremendo de toda la moral, de la sobrenatural y de la natural: trajo justamente las calamidades que sufrimos en este “mundo moderno”, que jamás se vieron en los siglos cristianos. ¿Moral autónoma, eh? Ya te voy a dar moral autónoma, dice el Diablo”.
(R. P. Castellani – Domingo duodécimo después de Pentecostés – Domingueras prédicas)


La moral autónoma de Kant, o el hombre sin la gracia, ha traído también esta clase de films, que son un verdadero y acabado logro formal, un eficaz divertimento, un susto bien orquestado, pero son films hechos contra la esperanza y contra la verdad, perniciosos sobre todo para quienes las demandas de su fantasía pueden hacerlos perder tras fantasmas que se proyectan en la realidad.

Parte de la falsificación de la cultura que en su momento denunciara Castellani es propagar a través de ella innumerables errores o herejías, por cierto que de muy vieja data. Carpenter, a quien Ángel Faretta llamara alguna vez –y con razón- Kant-penter, es de los más adelantados, conspicuos y talentosos cineastas al servicio del error. Si kantiano, Faretta lo definía también –y no por esto dejaba de ensalzarlo- maniqueo. Precisamente, esa angustia ante el Mal radical (para ellos mal siempre se escribe con mayúscula), que deviene de la influencia luterana del filósofo prusiano, y ese confiar sólo en el esfuerzo humano, lo que hace es perder el sentido de la realidad del Bien verdadero, cayendo en una seducción por el mal, y por lo tanto éste pasa a ocupar el primer puesto por sobre el Bien en la consideración del espectador. No hay en este cine, no se muestra, no se intuye, un bien deseable. Eso viene de Kant y su voluntad autónoma, el deber por el deber mismo, ratificado claramente en el final de este film, como en casi todos los de este director.

Al tratarse de una religiosidad enfermiza, el temor –que es el comienzo de la Sabiduría- deviene en terror. Y perdida la reverencia ante Dios, se cae en el reinado del miedo, cuyo yugo se pretende sacudir mediante la intrepidez temeraria del valor físico sin sacramentos ni plegarias. Y en la fascinación por el terror, la preeminencia de los films de terror. Y allí bravatas de quienes no temen enfrentar “vampiros” en la pantalla con sus solas fuerzas porque temen enfrentar sus demonios interiores en la vida, donde está visto que no se puede vencer sin la gracia sobrenatural de Dios.

Decíamos que su forma de mostrar el mal es errónea, no porque sus manifestaciones no sean virulentas o hasta satánicas, sino porque lo muestra como una realidad positiva, cuando se trata en verdad de una realidad absolutamente negativa, siendo como es una privación del Bien (Bien por tal infinitamente superior), privación de algo debido –bien lo enseñaba el Padre Meinvielle- a una culpa que se origina en la condición libre de la criatura racional. Y bien lo dijo, nuevamente, Castellani: “Exagerar esta premisa menor, “el mal existe en el mundo”, aunque sea sin sacar ninguna consecuencia, es argüir contra la existencia de Dios: eso hace hoy día la multiforme y multitudinaria “literatura de pesadilla” y todo el arte de pesadilla, que es arte ateo en el fondo”.

Carpenter mezcla inteligentemente las dosis justas y necesarias de gnosticismo maniqueo, imperativo categórico kantiano, profesionalismo hawksiano, más un toque de anarquismo americanista, un esquema de western y la truculencia hoy día permitida y necesaria de los films de horror. Pero en ese universo cerrado y bien orquestado, puede verse (también en su film posterior, “Fantasmas de Marte”) que el director empieza a repetirse, agotando sus recursos para reciclar los mismos viejos errores: en sus esquemas, en los personajes, en sus ataques a la Iglesia Católica, en el sarcasmo, amén de sus soluciones mediante tiros, trompadas y patadas de karate al por mayor, en un activismo coherente con el kantismo, pero cercano a lo que es el marxismo, una filosofía de lucha y de acción (Cfr. Jean Ousset, “Marxismo y Revolución”). Como buen gnóstico, Carpenter se complace en parodiar o vaciar de sentido la redención cristiana, el sentido del sufrimiento, hasta la idea de sacrificio y amor al prójimo, por esta prescindencia del amor a Dios (véase, ejemplarmente, “El príncipe de las tinieblas”).

No es gracioso (y pretende serlo) que Jack Crow (James Woods) le diga al cura (un imbécil increíble, casi una caricatura): “Váyase al infierno” o que le pregunte “si se le paró” (sic). Se pasa con el sarcasmo innecesario, para que nadie vaya a pensar –lo sospecho- que él cree en los curas. Sólo están ahí para legitimar lo más importante, su pelea física. Es decir, el sacerdote es un personaje subalterno, un mero funcionario –además rebelde a su jerarquía- al servicio de la fuerza o del “guerrero”. O tal vez quiera mostrar Carpenter que sólo confía en los curas que pelean a puño limpio y con las armas en la mano. Y eso es todo. Otra vez: dejemos a Dios lejos de todo este asunto. Y dejemos la influencia moralizadora de la Iglesia.

Recientemente, y no queremos dejarlo de lado por la confusión a que puede sin dudas llevar a los no avisados, comentó sobre esta película Faretta, en una de sus colaboraciones para la revista “cultural” Ñ de Clarín (revista donde suele promocionarse desde lo más mediocre y estulto del anticatolicismo como Andahazi, León Ferrari, Saramago, Savater, Marcos Ribak -alias Andrés Rivera- y un largo etcétera, hasta el libro de un simiesco autor travesti, la “perspectiva de género” o muestras de “arte” herético), que, además de ser un cine “esotérico”, el de Carpenter se trata de un film de vampiros leído por Teilhard de Chardin (Ñ, 9-5-2009). Visto y considerando la confusión y obnubilación (reiterada ya en otros escritos) con respecto a este último personaje, nos referimos al mismo en nota aparte (Ver: TEILHARD Y EL CINE). Respecto de ese “esoterismo” que se pregona en relación a Carpenter, como cristianos decimos que “en nuestra religión no hay cosas esotéricas o reservadas a los iniciados, como por ejemplo los misterios de Eleusis en Grecia, (Jn. 18, 20), sino todo lo contrario: los que se hacen pequeños son los que entienden” (Mons. Straubinger, com. a Prov. 1,20). Esa pretendida visión esotérica, solo accesible para un puñado de “iluminados”, capaces de escrutar en films de clase “B” un saber trascendental vedado a los no “iniciados”, es una distinción vinculada “a los misterios de abajo, que son misterios de tinieblas, y que por consiguiente necesitan una zona de tiniebla para perpetuarse” (Jean Vaquié). Esoterismo u ocultismo que es en definitiva un renovado gnosticismo que, como sabemos, en el fondo remite o se alimenta de “una mística de orden luciférico”. Cuando no se trata en realidad de meras y afectadas paparruchadas.

Finalmente: Tras haber llegado el cine a su punto culminante con aquella lúcida constatación-revelación coppoliana de “Apocalipse Now” sobre el final del mundo moderno:”...el horror...el horror”, cae en la competencia del pensador –y como tal se proponen o nos son propuestos estos cineastas- dilucidar, dar a entender (repito, si se esgrime o se postula una filosofía o “sabiduría” que muchos les atribuyen) mediante sus fábulas el camino trazado, es decir: cómo y porqué se llegó a eso, y cómo se sale. Ni lo uno ni lo otro es conocido por tales, dejándonos a mitad del camino, perdidos como Willard en su infierno interior. Porque proponer la lucha contra el mal sin destacar cuál es el bien, y con sola la voluntad humana sin la gracia de Dios y sin el Sacrificio Redentor de Cristo, es quedarse enredado en el problema, y hacerse parte de él, porque ese haberse apartado de Dios ha traído esta consecuencia.

N. B.: Para destacar: cabe a John Carpenter el mérito de haber realizado el mejor retrato cinematográfico sobre el “Che” Guevara, y esto por partida doble. En su –para mí- mejor film, “Asalto al Precinto 13”, un tal “Cholo” muestra el costado sanguinario del revolucionario -¡ay!- argentino. En la muy posterior “Escape de Los Ángeles”, es “Cuervo Jones” quien parece un clon aggiornado y delirante de aquél. Por cierto que Carpenter se equivoca en oponerle a este criminal su “héroe” Snake Plisken. Se equivoca porque la diferencia entre los dos no es esencial sino accidental. Lo que se opone al Sistema no es el anarquismo o el individualismo soberbio que plantea, sino el catolicismo. Por eso, si fuéramos a buscar un perfecto opuesto –y oponente- a una figura de la catadura de Guevara habría que pensar en un San Francisco Solano o, mejor aún, en un San Luis Beltrán, que, casualmente, murió en la misma fecha que el “Che” Guevara, un 9 de diciembre. Pero los monjes, por lo que se ha visto en “Vampiros”, son para Carpenter inútiles o inoperantes para sus fines.