“Que el cine sea ordenado a la gloria de Dios y a la salvación de las almas, y sirva eficazmente para la extensión del Reino de Cristo sobre la Tierra”.

S. S. Pío XII

martes, 28 de julio de 2009

CRITICA



CAPITÁN DE CASTILLA
Director: Henry King – 1947



HOLLYWOOD Y LA LEYENDA NEGRA
(O una prueba más de la forma en que el liberalismo se disfraza de católico para combatir al catolicismo)


Henry King fue un artesano del cine, un autor intermedio entre los grandes autores y los directores sin voz propia de la última fila, en el contexto de un Hollywood clásico que supo dosificar y dar lugar a casi todas las corrientes posibles que conformaron su mundus y cifraron su identidad. Hermano del también director Louis King (menos talentoso que aquel), su carrera abarcó desde el cine fundacional a la par de Griffith en 1915 hasta 1961, 50 años de carrera donde lo más destacado fue seguramente su versión de “La canción de Bernadette” en 1943. Director maleable como una cera, uniforme en la forma y desigual en los géneros abordados, era capaz de pasar de un film de piratas a un oscuro drama rural; de un film de guerra a uno de Jesse James; de César Borgia en Italia al África de los zulúes; de una excelente película de personajes simples como Deep waters, limpia y aleccionadora, a un melodrama “romántico” sobre el divorcio como Angustia de un querer, mamarracho cursi con una escena irreverente para el catolicismo, galardonada con varios oscars; de la biografía del presidente Woodrow Wilson y las “aventuras” de un banquero inglés a la historia de David y Betsabé –acaso la mejor versión del siempre acartonado género “bíblico”, pero en un film no católico, desde ya. Tal vez King se adaptó perfectamente a tan disímiles historias porque su género era siempre el liberalismo conformista. En fin, aquello era Hollywood y King tenía además de su ductilidad algo a favor y algo en contra. En contra el hecho de hallarse demasiado cómodo en su lugar dentro de la industria, cobijado siempre por los estudios Fox, una adaptación que un genio como Griffith nunca encontró, justamente por ser demasiado grande o excéntrico para asimilarse. Puede vincularse King a Walsh en este sentido. Lo que se lleva King a favor es no haber caído nunca bajo ningún rótulo o compartimiento estanco, como Cukor o Goulding o Lubitsch, con sus comedias y melodramas. Es decir, que no molestó demasiado con sus películas a nadie por su medianía. Sin torpezas formales, su rasgo de estilo es la adaptación al material que trae entre manos, con logros parciales de escenas destacadas a la par de otras carentes de interés. No obstante tenía su talento, pensemos que una película como El diablo a las 4, v. gr., del torpe Mervyn LeRoy, pudo haber sido una gran película en sus manos. Como es obvio que “Bernadette” tiene sus grandes méritos sin resultar una obra maestra. Porque obras maestras hay pocas, como pocos son los maestros.

¿Pero qué decir de Capitán de Castilla? Está planteada como una película de piratas pero sin piratas, o los españoles hacen las veces de piratas. Eso en cuanto a lo formal. En cuanto al tema es una burda reducción de la epopeya de la España católica y Hernán Cortés a la sola aventura de hombres codiciosos que iban a América a robarles a los pobres indiecitos. Es la reedición de la leyenda negra anti-española y anti-católica pero, eso sí, desde el lugar del catolicismo liberal. El Padre Félix Sardá y Salvany los definió así: “Por lo demás se llaman católicos, porque creen firmemente que el catolicismo es la única verdadera revelación del Hijo de Dios, pero se llaman católicos liberales o católicos libres, porque juzgan que esta creencia suya no les debe ser impuesta a ellos ni a nadie por otro motivo superior que el de su libre apreciación. De suerte que, sin sentirlo ellos mismos, encuéntranse los tales con que el diablo les ha sustituido arteramente el principio sobrenatural de la fe por el principio naturalista del libre examen. Con lo cual, aunque juzgan tener fe de las verdades cristianas, no tienen tal fe de ellas, sino simple humana convicción, lo cual es esencialmente distinto. Síguese de ahí que juzgan su inteligencia libre de creer o de no creer , y juzgan asimismo libre la de todos los demás. En la incredulidad, pues, no ven un vicio, o enfermedad, o ceguera voluntaria del entendimiento, y más aún del corazón, sino un acto lícito de la jurisdicción interna de cada uno, tan dueño en eso de creer, como en lo de no admitir creencia alguna.” (El liberalismo es pecado).

Están en este film todos los lugares comunes protestantes sobre la “horrorosa” Inquisición; la barbarie retrógrada de España; Hernán Cortés con sus probados defectos pero sin sus probadas virtudes cristianas; el consabido cura gordo, bonachón y tibio al que siempre se deja al margen; los indios que son buenos y no matan ni sacrifican a nadie, etcétera. Y, aunque no es el tema en sí de la película, su contexto basado en los hechos históricos deja de lado los hechos de la Historia. Nada hay allí de la epopeya de los españoles. La película deja de lado los motivos religiosos de la empresa. Cuando Cortés derriba a los ídolos de los aztecas, en la película el fraile ecumenista le dice ofendido que “ya se caerán solos”, cuando en la realidad el mercedario padre Olmedo refrenó los ímpetus de Cortés “haciéndole ver que al presente bastaban las amonestaciones que se les ha hecho y ponerles la cruz”, como cita Iraburu en Los hechos de los Apóstoles de América, lo cual es diferente. Además, “métodos apostólicos tan expeditivos -¡y tan arriesgados!- se mostraron sumamente eficaces para manifestar a los naturales la absoluta vanidad de sus ídolos, y recuerdan los procedimientos misioneros empleados en la Germania pagana por San Wilibrordo y sus compañeros, cuando, con el mismo fin, destruyeron santuarios paganos y se atrevieron a bautizar en manantiales tenidos por sagrados” (Ob. Cit.) Por no recordar a San Francisco Javier en la India, “mandándoles quiebren y hagan añicos todos los ídolos que guardan en sus casas” o a San Vigilio, Obispo de Trento y mártir lapidado por derribar una estatua de Saturno. Tampoco se muestra el carácter verdaderamente quijotesco de Cortés (verdadero caballero), que se resume en estas líneas: “El emperador don Carlos, que manda muchos reinos, nos envía para deshacer agravios y castigar a los malos, y mandar que no sacrifiquen más ánimas; y se les dio a entender otras muchas cosas tocantes a nuestra santa fe” (Bernal, en Ob. Cit.). Desde luego, no se muestra el estado de esclavitud y opresión de los pueblos sometidos por los aztecas. Y muchas cosas más, por supuesto, ¿para qué seguir?

Podemos decir que esta película es la perfecta oposición de Apocalypto, no solo en cuanto a lo que cuenta, sino también en cuanto a la forma de ver el cine. ¿Esto por qué? La insatisfacción de este tipo de cine deriva de esa perfecta fluidez con que siempre se desarrolla, de esa falta de sorpresas y exigencias para el espectador, de esa perfección que hace que todo funcione de maravillas. Obedece, a mi entender, a la ausencia de inquietud y a la estrechez de miras de la mentalidad protestante, a la ausencia de desgarramiento y paradoja, y por lo tanto a la imposibilidad de expresarse mediante un lenguaje simbólico, aportes que serían propios de una mirada católica. Todo es muy prístino y ejemplar, hay una ausencia de dolor y de la cruz –en prácticamente todo el cine norteamericano, por no decir en el cine todo-, una falta de sentido sobrenatural (por más que los personajes nombren a cada rato a Dios), que parecería dejar tranquilo y sosegado al espectador (pienso en lo contrario, en la inquietud y a veces turbación que producen los films de Hitchcock). Algo de esto mismo hay en “Bernadette”, con esa historieta del pretendiente de la santa, o en la brillantez con que nos es mostrada la miseria de los Soubirous. Todo demasiado aseado y “prolijo”, demasiado “presentable” para el “estimado público”. Henry King ha hecho mucho cine y se nota en algunos films la integridad de su mirada, pero es evidente que ha sido hijo de su tiempo y lugar, como todo aquel que –recordamos siempre al buen Chesterton- no se abraza a la Iglesia Católica. King se nos presenta como un hombre de buenas intenciones, pero, como decía Anzoátegui, “la intención basta para salvarse uno mismo, pero basta también para perder a los otros con la mejor intención”. Cumple con el error garrafal de los anglosajones, y es que confunde a un caballero con un aventurero. Así como Hawks se creía que Chaplín era la reencarnación del Quijote (sic), o Welles admiraba al Quijote pero transigía con la política liberal, así King transforma en un momento de su película a este caballero español (interpretado por el blandito Tyrone Power) en un Quijote, y al gran Lee J. Cobb en Sancho Panza. Pero es algo forzado e inadecuado. Cita Castellani a Lugones: “El cristianismo triunfó en su empresa de convertir al bandido en un héroe-al aventurero en un caballero”. Esta película invierte los términos. Veamos lo que escribió el propio padre Castellani (El Evangelio de Jesucristo-Domingo XVI después de Pentecostés):

“La Iglesia Medieval creó la Caballería (la Iglesia Medieval y las demás) y dio otra aplicación nueva al principio del “último lugar”. Los caballeros andantes andaban por allí protegiendo a los débiles, y deshaciendo tuertos, para merecer un favor de su dama. ¿Qué hacía un caballero cuando le hacían a él mismo un tuerto? Se hacía a sí mismo un tuerto mayor. ¿Eso no es idiotez? No, Chesterton dice que la ley del caballero es castigar la injusticia que le hacen a él, haciéndose otra mayor. Eso es literalmente “irse al último lugar”, y “poner la otra mejilla”, como aconsejó Cristo. Al Cid Campeador el Rey Alfonso lo desterró por un año; él se desterró por cuatro años; arrojó a los moros de Valencia, se creó un reino cristiano para él; y después volvió a Burgos y se lo echó a los pies del rey injusto”.

Hollywood no comprende la necesidad de aventura trascendente del espíritu español o caballeresco, porque no comprende el alma española que, al decir de Ignacio Anzoátegui, “de puro generosa se juega el alma contra Dios o a favor de Dios”. La conquista, el sabor del riesgo, el deseo de derramar la sangre, “siempre en expectación sobrenatural”, no puede ser comprendido por los hijos o nietos de quienes sólo se han movido y han pisado la América (del Norte) por el deseo de riquezas y una buena y acomodada posición social.

Por otra parte, en la segunda parte de la película que comentamos, cuando los protagonistas se vienen a “hacer la América”, se capta lo que afirmaba Anzoátegui en una página memorable de su “Vidas de muertos”, cuando afirma: “La maldición de América es su exuberancia, su facilidad para vivir y su distancia de la muerte. América no ha tenido un aprendizaje de rudeza espiritual y se ha quedado sólo en la comodidad de los sentidos. El sentimentalismo americano es nada más que sensualismo: el sensualismo de dejarse morir porque la humedad de la tierra emborracha los huesos. El sufrimiento no tuvo en América categoría espiritual: tuvo categoría sentimental. Los amantes sufrían aquí para que lo supieran las amadas, no para que lo supiera Dios”. Si esto se insinúa en la película, se lo hace favorablemente, precisamente destacando esta tierra como la de la libertad, contraponiéndola a la de la “represión oscurantista” española. La película cae groseramente en el romanticismo, y de aquel supuesto caballero queda sólo un capitán bienintencionado pero medio avergonzado ante los indios porque no sabe bien por qué razón están los españoles allí.

El cine de Hollywood, claro está, tuvo muchas vertientes, y no todas llegaban al ansiado mar. Porque, al fin y al cabo, EEUU hacía su “Bernadette” para luego destruir la abadía de San Benito en Monte Casino, o casi a la misma Roma (y el mismo año en que premió con un Oscar a “Bernadette”, premió también a “Por quién doblan las campanas”, bodrio izquierdista sobre la guerra española). No olvidemos que es la tierra de la “Libertad Religiosa”, es decir, donde se pone en pie de igualdad la verdad y el error. Esta película es un buen ejemplo del talento de aquel cine y la confianza que aquellos hombres depositaron en sí mismos, entre ingenua y temerariamente. Vale la pena acercarse los testimonios de lo que aquel cine fue y ya no es, y sacar las conclusiones debidas para, rescatando lo que vale, entender lo que falta y repudiar lo repudiable, como esta muestra de lo que los liberales han hecho para combatir al Catolicismo. Sesenta años después, le llegó su respuesta inolvidable, dejando en el olvido este ejemplar que expurgo al solo fin de dar a conocer la disputa que nunca se termina. Cuanto uno más conoce y compara más valor le otorga a un film como Apocalypto. Tal vez para eso, en definitiva, nos haya servido esta película de Enrique Rey (sin corona).