“Que el cine sea ordenado a la gloria de Dios y a la salvación de las almas, y sirva eficazmente para la extensión del Reino de Cristo sobre la Tierra”.

S. S. Pío XII

martes, 26 de julio de 2011

NOTA - EL BLOG

“Diálo-blog” de sordos
por Max Silva Abbott, Revista Arbil

El exceso de datos podría confundirnos y ocasionar, paradojalmente, el mismo efecto que si no tuviésemos información alguna
Los blogs están de moda. Y no es para menos, si se toma en cuenta que nace un blog cada segundo. Esto significa que gracias a su facilidad para ser creados y utilizados, en la “blogósfera” existen actualmente más de 15 millones de estos diarios virtuales, lo cual equivale a que ellos se han duplicado en cinco meses.
Los blogs tienen la ventaja de permitir a cualquiera expresar lo que quiera, y muy bien podrían convertirse en los paladines del derecho a emitir opinión sin censura previa y del derecho a la información. A fin de cuentas, cada uno es su propio editor, y asumirá, eventualmente, las responsabilidades por lo que diga. Además, al permitir la comunicación con cualquiera que acceda al blog, el intercambio de información puede resultar francamente asombroso.
En todo caso, podría decirse a este respecto que “muchos son los llamados y pocos los escogidos”, en el sentido de que es muy fácil dar nacimiento a un blog, pero no tanto mantenerlo con vida, puesto que ello exige nutrirlo cada cierto tiempo de contenido y eventualmente, responder a los comentarios suscitados en sus lectores. Esto hace que la existencia actualizada de muchos de estos diarios virtuales sea bastante efímera.
Como se ha dicho, las posibilidades de comunicación y expresión son francamente alucinantes. Sin embargo, no deja de producir cierta inquietud esta multiplicación exponencial y casi ilimitada de fuentes de “datos”, puesto que no todos merecen el calificativo de “información”.
Y la razón radica en que ante la superabundancia de datos, corramos el peligro de extraviarnos, de perdernos en este colosal ciberespacio: a la postre, el exceso de datos podría confundirnos y ocasionar, paradojalmente, el mismo efecto que si no tuviésemos información alguna.
Es algo así como un sistema de amplificación. Si lo tienen algunos, sirve, evidentemente, para transmitir mensajes y ciertamente puede otorgar grandes ventajas a sus usuarios, que pueden ser bien o mal utilizadas; mas, si al mismo tiempo todos o casi todos tienen estos mecanismos de amplificación, no puede menos que producirse un tumulto incomprensible de mensajes, un ruido ensordecedor que confundirá a todo el mundo.
En realidad, la tecnología podrá avanzar todo lo que se quiera, pero el problema radica en nosotros, esto es, en nuestra capacidad para asimilar y procesar los datos. En efecto, aquí podría darse algo similar a la famosa –y superada– ley de Malthus, según la cual la población crece de modo geométrico, mientras que la producción de modo matemático (esto último no es cierto, gracias a la tecnología), pero no referida a la población y los medios de producción, sino a las posibilidades tecnológicas y a las de adaptación del ser humano: la tecnología puede crecer de modo geométrico, mas no nuestro aprendizaje, no nuestras capacidades de comprensión, porque tenemos un diseño que pese a su adaptabilidad, limita nuestras posibilidades.
Piénsese, por ejemplo, en lo que ocurre hoy con los e-mails: aun cuando la información fluye de manera casi instantánea, esta velocidad vertiginosa se frena desde el momento en que debe haber “alguien” que lea, comprenda y eventualmente, conteste estos e-mails. Y lo mismo ocurre con los blogs, que en caso de proliferar demasiado, podrían originar un auténtico “diálo-blog” de sordos.