“Que el cine sea ordenado a la gloria de Dios y a la salvación de las almas, y sirva eficazmente para la extensión del Reino de Cristo sobre la Tierra”.

S. S. Pío XII

jueves, 21 de julio de 2011

PELICULA RECOMENDADA: EL CEBO



El cebo es una película coproducida por España y Suiza, con actores alemanes y dirigida por ese gran director nacido en el Imperio Austrohúngaro que fue Ladislao Vajda (László Vajda Weisz, 1906-1965), luego nacionalizado español, y del que ya habláramos en nuestro blog.

Se basa en una novela del suizo Friedrich Dürrenmatt (1921-1990) “La promesa”, sobre un asesino serial de niñas. Tema muy difícil de abordar y que Vajda –con el guión del mismo novelista- transforma en una excelente película, tensa pero nada sórdida ni desesperanzada. Posteriormente se rodaron dos versiones más de la misma, la última protagonizada por Jack Nicholson en 1990. Por supuesto, la que vale es ésta, un clásico para tener en cuenta. Pero acaso sea mejor leer lo que ha escrito alguien como Fernando Savater (sí, el mismo), sobre esta película, muy acertado por una vez, que talento para escribir no le falta a este rebelde del sentido común. Y, como lo importante es lo que se dice y no quién lo dice, si es verdad se publica.

“El cebo es una película sobria, intensa, angustiosa y compacta. Sin duda pertenece a la media docena de obras maestras que ha dado al cine el hoy tan sobado subgénero de los filmes con serial-killer, cuya lista encabeza El vampiro de Düsseldorf (1931) de Fritz Lang y que cierra (por el momento) El silencio de los corderos (1990) de Jonathan Demme. Está contada con un admirable pulso narrativo: si alguna vez puede decirse verdaderamente que no sobra ni falta un plano es desde luego en esta película. Pero su sólida concisión está hecha de apasionantes contrastes: habla de lo más brutal pero expresa lo más tierno, conserva siempre la serenidad del relato pero suscita un terrible desasosiego, prescinde de efectismos pero nunca deja de ser efectiva, nos asoma al peor de los abismos y nos reafirma sin aspavientos en la solidez del amor humano, en una palabra: cuenta la verdad del horror sin hacernos perder la fe siempre amenazada en lo que merece la pena de la vida. Nos revela enseguida al asesino pero eso no desmorona la intriga sino que la redobla convirtiéndola en inquietud, como sucede en el mejor Hitchcock o en algunas novelas de Patricia Higsmith.

Destacaré dos aciertos en esta película que acierta de principio a fin. El primero la caracterización psicológica del policía que interpreta con eficaz dignidad Heinz Rühmann. Es un comisario de la escuela ilustre de Maigret, no un sabueso a lo Sherlock Holmes: no encarna la mera represión del delito sino la ayuda justa al ciudadano. Y tampoco retrocede ante la dureza de su trabajo (“un policía nunca aparta la vista”, comenta con desaprobación cuando uno de sus hombres se desmorona ante el cadáver de la niña asesinada), pero conserva integra la sensibilidad ante la desventura y el deber de amparar incluso a aquellos a los que el prejuicio moral margina. Es un idealista con sentido práctico y sin duda con un punto de humor seco, bondadoso. El segundo acierto es el criminal mismo, encarnado por un Gert Fröbe en estado de gracia que sabe despertar juntamente en el espectador sentimientos de miedo, revulsión y piedad. Dijo Kierkegaard que los más terribles tiranos, como Calígula o Tiberio, dan la impresión de haber sido como niños grandes dotados de un caprichoso poder absoluto. También el asesino de El cebo es una especie de niño enorme, asustado de la oscuridad y que se venga de su desdicha martirizando a niñas en las que ve a inocentes culpables de la hombría que no ha logrado desarrollar. Es un mutilado que mutila, un pobre cobarde que quiere darse ánimos sembrando el terror: una fiera desvalida.

Envidio sinceramente a quienes vayan a ver hoy El cebo por primera vez, porque aún conserva intacta su fuerza y su emoción. Pero que ellos nos envidien a los que la vimos hace mucho, antes de tantos derroches de hemoglobina y brutalidad nihilista como luego han salpicado el cine, porque así nos vacunamos contra la tentación de confundir lo chorreantemente crudo con lo emocionantemente auténtico”.
Fernando Savater