“Que el cine sea ordenado a la gloria de Dios y a la salvación de las almas, y sirva eficazmente para la extensión del Reino de Cristo sobre la Tierra”.

S. S. Pío XII

lunes, 3 de agosto de 2009

CRITICA




FURIA
Director: Fritz Lang – 1936


LA VENGANZA NUNCA ES BUENA
(MATA EL ALMA Y ENVENENA)


El primer film americano de Fritz Lang es interesantísimo, pero tiene un par de errores groseros. El primero de ellos es una alegoría. El segundo, la resolución del film.

“Fury” es la historia de un hombre acusado de un crimen que no cometió, interpretado por Spencer Tracy. Luego de mostrarnos, como es costumbre de Lang, una primera situación de felicidad casi empalagosa en la parejita que desea casarse, de pronto el mal con toda su virulencia parece caer sobre el protagonista, que es confundido con un secuestrador, es encarcelado y casi linchado por una multitud enardecida de un pequeño pueblo, sin poder tener contacto con su prometida. Aquí aparece el Lang pesimista y fatalista, que luego de mostrar muy bien cómo las turbas o masas actúan como bestias que no piensan, coloca a su héroe en una posición de condena –aún explícita- de ese cuadro de situación, y está muy bien, pero el personaje cobra un odio propio del que se desencanta acerca del hombre y no le encuentra ninguna explicación a su conducta, como que el concepto de pecado no existe.

Es decir, aquella persona ilusa que veía la vida color de rosa, de pronto ve la realidad del mal que lo golpea y, de ingenuo que era pasa a tener un resentimiento cruel para con todo el mundo. Cuando las cosas no van como uno quiere –como el personaje quiere- ahí se pierde toda compostura, se pierde la paz, se tira la decencia y la bondad “al diablo”. Así pasa cuando uno no tiene fe en Dios, sino que espera todo del mundo. Sin Dios este mundo es inexplicable y todas las conductas están justificadas, porque todo es absurdo. Entendemos lo que siente el personaje, ese maltrato y menosprecio, y, podemos decir que sin unirnos a los sufrimientos de Cristo es imposible no devolver el golpe envenenado. Como escribió Monseñor Franceschi: “Suprimido Dios de las almas, muerta su caridad, las injusticias no provocan ya tan solo un apetito de justicia, sino, también, uno de venganza, y los sufrimientos padecidos no conducen tanto a evitarlos a los demás cuanto a infligirlos, iguales o mayores, a quienes creemos culpables de nuestros males.” (Prólogo a “Vida popular de San Camilo de Lelis” del R.P. Gaspar Cañada M. I.)

Pero es el Padre Castellani quien en este texto nos aporta la vera solución a este asunto, que es la que enseñaron en todo tiempo y lugar los Mártires y los Santos de Cristo: “Si un hombre recibe un mal y devuelve un mal, el mal se aumenta en el mundo; si no devuelve un mal, el mal queda en él y pasa a otros, inocentes incluso; pero si devuelve bien por mal, allí muere el mal. Si un hombre le corta un brazo a su enemigo y su enemigo a su vez le corta un brazo, dos mancos. Si no le puede cortar el brazo, y él no puede ya trabajar, el dolor se propaga a su mujer y a sus hijos, que quedan en la miseria; y puede que de ellos se propague a los vecinos, p. ej., en forma de irritación e injusticia o molestia: piden limosna. Esto es fácil de comprender; es el movimiento de suyo infinito de la injusticia –motus perpetuus- que no puede ser ya detenido, ni siquiera por la justicia, sino solamente por el Amor. No quiero decir que no haya que hacer justicia con los malhechores. Pero no basta” (Ni con elocuencia, ni con dialéctica, en “Castellani por Castellani”). Y Mons. Straubinger, comentando el pasaje de Lucas VI, 27-28 decía: “El amor al enemigo no consiste en el simple hecho de renunciar a la venganza, sino más bien en un acto positivo de perdón y benevolencia. Estas disposiciones han de tenerse en el fondo del corazón e inspirar nuestras obras respecto del prójimo de modo que Dios vea nuestra intención, aunque no lo sepa el mismo prójimo”. Difícil, sí. Imposible, no.

Bien, Lang, educado como católico, censura por medio de los otros personajes cercanos al protagonista su conducta homicida, pero, no da la solución católica, esta es, la del Amor que pone un palo en la rueda y detiene la máquina del odio y el resentimiento. El personaje de Tracy acude al tribunal a decir la verdad porque la conciencia no lo deja en paz y sabe que va a tener que mentir el resto de su vida, no porque le importen aquellos que le hicieron daño ni esté arrepentido de odiarlos, ya que no los perdona. Un gesto de caridad de su parte los hubiera desarmado por completo, pero le faltó esa grandeza cristiana: ellos me importan un comino –piensa- me importa lo que me pase a mí, y no los perdono ni los perdonaré nunca. Tras lo cual se adjunta una escena de un beso feliz, que Lang deploró pues su resolución no corrió por su cuenta, sino de los productores, que vieron un tema muy duro en la película y quisieron matizarlo de un modo tan pueril . Pero diremos una vez más lo que se desprende de lo dicho antes: quien no perdona a quien lo ofende nunca alcanzará el perdón de Dios.

Error entonces, repetimos, en este evidente personaje de Jekyll y Hyde que encarna Tracy (aquí más que en la espantosa versión de Fleming de la obra de Stevenson), primero alegre, confiado y bonachón, enamorado, y luego resentido, vengativo, mentiroso y homicida, que no termina de cerrar esa cicatriz que le quema, único modo, ya lo vimos, mediante el amor.

Mencionamos también una alegoría: aquel grosero plano de las gallinas –a la manera de Chaplín- insertado en medio del cotilleo de las mujeres. Un productor le dijo a Lang que el público americano no era estúpido, que podía entender lo que pasaba sin necesidad de símbolos. Es cierto, pero se confunde símbolo con alegoría, lo cual puede verse muy bien en este ejemplo, en un plano no derivado de la situación, sino sobrepuesto para facilitar la comprensión del espectador. En Alemania sí practicó Lang el ejercicio de lo simbólico, recordemos ahora aquel plano notorio de la niña que muere en “M”. En USA –y ya desde esta película- encontró Lang muchos problemas. En “Fury”, por ejemplo, le censuraron varias escenas que ennegrecían aún más el panorama de linchamientos habitual en aquel país. Y, también, por allí se ha colado una defensa al sistema de la “libertad y la democracia”, para que no se piense que tiene algo que ver con aquel cuadro de situación. Lo de siempre: monumentos a los principios y cadalsos a las consecuencias. O, critiquemos a la sociedad, pero jamás los principios que la hacen criticable.

Con respecto al uso de los símbolos en Lang hay lo que es claro –no diremos obvio o evidente, porque no todo el mundo lo ve-, y lo que es caprichoso o rebuscado en la interpretación. Ya señalamos lo de “M”, que el mismo Lang reconocía. Mencionamos el error de la alegoría. Incluyamos unas muy interesantes declaraciones de este talentoso director vienés: “En este tipo de entrevistas me preguntan o me demuestran lo que yo pretendo hacer. Un día, en América, unos admiradores me contaron lo que pensaba cuando realicé “M”; les respondí: “Muy interesante, pero es la primera vez que lo pienso”, y luego: “Pienso que cuando se tiene una teoría sobre algo uno ya está muerto. No tengo tiempo de pensar en teorías. Se deben crear emociones, no crear a partir de reglas.[Acá pienso en Berenson, que distinguía al arte como el gran intensificador de las emociones; o en Hitchcock u Oscar Wilde, que se refirieron a lo mismo] Conozco a un hombre llamado Kracauer –sigue Lang- que ha escrito un libro: De Caligari a Hitler. Su teoría es absolutamente falsa, ha buscado todos los argumentos para demostrar la verdad de una teoría falsa (...) Una teoría no significa nada para un creador, no sirve más que para las gentes que ya están muertas” (Entrevista de Jean Domarchi y Jacques Rivette, 1959).

Lo que le falta agregar a Lang a sus palabras es que el creador no necesita una teoría (teoría como hipótesis o sistema de ideas aplicadas a un cierto orden pero que no es del todo verificable en la realidad), pero sí una visión coherente del mundo a partir de una visión teológica, de donde se desprende esa coherencia y ese saber que lo convierten en un gran creador, aquel que comunica un saber que ha pasado por sí mismo y que lo trasciende. Estos últimos son muy escasos, como el lector podrá comprender.

Por último, si ha de entenderse católicamente este film, debe pensarse que si el anhelo de justicia es legítimo, y la justicia es necesaria para la convivencia, el acto último de justicia, y la vindicación de quienes han recibido las injusticias, corresponden al Señor de la Justicia y la Misericordia, aquel “Dios vengador de los suyos” que menciona el salmo: “El Señor es el Dios de las venganzas; / y el Dios de las venganzas obra con libertad”.