“Que el cine sea ordenado a la gloria de Dios y a la salvación de las almas, y sirva eficazmente para la extensión del Reino de Cristo sobre la Tierra”.

S. S. Pío XII

viernes, 25 de septiembre de 2009

EXTRA CINEMATOGRAFICAS


CASTIGOS DE DIOS
Por Padre PEDRO MUÑOZ.
Publicado en revista IESUS CHRISTUS, nº 39, mayo-junio de 1995.




No digas. He pecado y
¿qué mal me ha sucedido?”
(Eccli. 5,4)


Todo pecado es una injuria a Dios nuestro Creador y Señor, porque es una desobediencia a sus mandamientos, y eso exige un castigo.

Hay pecados privados y pecados públicos. Los privados son los que se cometen individualmente y los públicos cuando los cometen los pueblos, sociedades o naciones.

Los primeros son castigados por Dios en esta vida, y en la otra con el Infierno o el Purgatorio según la gravedad; los segundos son castigados sólo en esta vida, porque en la otra ya no existen pueblos o naciones.

Son pecados públicos entre otros muchos, los siguientes.
1) No reconocer el Reinado Social de Jesucristo, olvidando que “si no amamos el Reinado Social de Cristo, caeremos en el Reinado Social del diablo” (Aparisi y Guijaro).
2) Las leyes contrarias a Dios, como el adulterio, el aborto, la eutanasia, el matrimonio civil, los atropellos a la propiedad privada, el nepotismo y favoritismo en los cargos públicos.
3) Las burlas de Dios, de la Virgen y de los Santos en los mass media (televisión, radio, prensa).
4) Los videos pornográficos, playas nudistas, modas indecentes.
5) La corrupción de los niños y jóvenes en las escuelas con la “información e instrucción sexual”.
6) El pecado impuro contra la naturaleza (homosexualidad) castigado por Dios en el Antiguo Testamento con la muerte, y que es uno de los cuatro pecados que claman venganza a Dios.
7) Las injusticias sociales y los escándalos económicos, que trastornan la sociedad y arruinan las naciones al servir los intereses extranjeros antes que los de la Patria.
8) El ecumenismo, que pone en pie de igualdad a Jesucristo y a su Iglesia con los demás dioses y religiones falsos, y el uso de los Templos, que son casa de oración, para conciertos y reuniones políticas o para cultos acatólicos y paganos.
9) Los homicidios –como los asesinatos terroristas-, que son otro de los cuatro pecados que claman venganza a Dios.

Un pueblo que comete tales pecados y sus Autoridades que lo consienten o lo amparan atraen los castigos de Dios. En efecto, la Sagrada Escritura abunda en ejemplos que “se han escrito para escarmiento nuestro, que hemos alcanzado las postrimerías de los siglos” (I Cor. 10,11), así: calamidades, desgracias, enfermedades nuevas y desconocidas, terremotos, guerras, hambres, sequías, inundaciones, incendios, etc.

En nuestro siglo (XX) no faltan las lecciones.

Martinica es una isla francesa del archipiélago de las Antillas. Su capital es Saint Pierre. El Viernes Santo de 1906 gran parte de la ciudad, que tenía 25.000 habitantes, blasfemó de Dios de un modo horrendo. En una plaza pública, como burla de la muerte redentora de Jesucristo, se crucificó a un cerdo y se le enterró solemnemente. Se quería ver si al tercer día resucitaba por Pascua. En aquel momento empezó a humear el monte Pelé, que desde 1851 estaba quieto, y catorce días después empezó una erupción como nunca se había visto. La ciudad fue completamente destruida y sepultada por el fuego y la lava.

El SIDA es el castigo enviado por Dios por el pecado nefando homosexual, y por el cual destruyó las ciudades de Sodoma y Gomorra. El SIDA tuvo su origen en el pecado ”contra natura” y ahora se está convirtiendo en una epidemia mundial, pero los hombres no quieren guardar la castidad.

Coré, Datán, Abirón y 250 israelitas fueron tragados por la tierra por haberse amotinado contra Moisés (Núm. 16). Hacía 120 años que en Messina de Sicilia no había ningún terremoto. El 24 de diciembre de 1908 un diario marxista se permitió publicar la siguiente blasfemia: “NIÑO JESÚS, ENVIANOS DE NUEVO, SI ES QUE PUEDES, UN TERREMOTO”. Al cabo de cuatro días hubo el espantoso terremoto en que murieron en pocos minutos un tercio de los habitantes; el incendio que siguió destruyó toda la ciudad. Entre los escombros se hallaron fragmentos del periódico blasfemo.

A Jacinta le reveló la Virgen de Fátima que “LAS GUERRAS NO SON SINO CASTIGOS POR LOS PECADOS DEL MUNDO”. El mismo Jesucristo (Mt. 23.34-28. 8) anunció a los judíos una espantosa guerra por no creer en El como Mesías. En efecto, al año 70, Tito, hijo de Vespasiano, entró a sangre y fuego en Jerusalén, destruyó el templo y asesinó a más de un millón de judíos. Los que pudieron huir se dispersaron por todo el mundo.

Por haber prevaricado el pueblo judío yendo tras los dioses falsos, Dios lo castigó con una sequía espantosa que duró tres años y medio (III Rey. 17). No olvidemos que la Virgen de la Salette como castigo de los pecados del mundo anunció hace un siglo que “LAS ESTACIONES CAMBIARAN Y LA TIERRA NO PRODUCIRA MAS QUE MALOS FRUTOS”.

El Titanic era el transatlántico más grande del mundo, orgullo de la técnica y del poder económico. Ofrecía todos los placeres y comodidades: piscina, pista de patinaje, teatro, café, jardín, grandes salones...Fue presentado al mundo como el “busque indestructible”. Tenía en sus planchas innumerables blasfemias que los obreros habían escrito entre risotadas impías; una de ellas decía”NI EL MISMO CRISTO PODRA HACERTE NAUFRAGAR”. Un oficial católico escribía: “Estoy convencido de que este vapor no llegará a América a causa de las horribles blasfemias que lleva estampadas en toda su quilla”. Efectivamente, en su primer viaje, un iceberg, cuya punta apenas asomaba en el agua, lo partió en dos hundiéndolo para siempre. Entre escenas horribles se ahogaron 1500 pasajeros.

La Democracia, con sus libertades de perdición, con su educación materialista, su moral permisiva, sus derechos humanos arbitrariamente aplicados, con su indefensión de los buenos y tolerancia con los malos, ha creado un hombre sin voluntad, incapaz de controlar sus instintos, que necesita la pastilla para controlarse en la carretera, la pastilla para dormir, la pastilla para superar las depresiones y los stress, la pastilla para planificar los nacimientos...,es decir, un HOMBRE-PASTILLA.

En las Letanías de los Santos pedimos a Dios nos libre de los rayos, tempestades, terremotos, pestes, hambre, guerras...,pero, ¿quién las reza hoy?

Cuando sobrevienen esas desgracias se apresuran los mass media a tranquilizarnos con “expertos que nos explican esos fenómenos”; pero sin mencionar las causas que han podido provocarlas, para no despertar en la gente “la superstición religiosa”..., y Dios continúa castigándonos sirviéndose de causas naturales o de la malicia de los hombres. Muchos se ríen de Dios, en quien no creen; pero Dios también se ríe de ellos, con la diferencia que, después de la muerte, Dios continuará riéndose y ellos no podrán reírse más.

Hay un castigo que Dios envía a los pueblos pecadores y consiste en entregarlos en manos de malos gobernantes. Así lo hizo en otro tiempo con el pueblo judío (Sal. 105 y IV Rey.9, 9-14). Es un castigo terrible porque los malos gobernantes tiranizan sus pueblos, los asfixian con impuestos siempre en aumento, los corrompen con vicios, les arrancan la Fe, destrozan sus familias, arruinan la Nación, destruyen las sanas costumbres, los aborregan con lavados de cerebro, les mienten con frecuencia, y los engañan con libertades que León XIII llamaba de perdición, convirtiéndolos en animales que sólo ansían, como los antiguos paganos de Roma, llenar bien sus estómagos, gozar del sexo, y divertirse sin freno.

En esos pueblos impera el egoísmo, la ambición, la violencia, el engaño, la estafa, el desorden, el vicio, la ley del más astuto y descarado, y se enseñorean desvergonzadamente en ellos los afeminados, los impúdicos y los impíos.

Es el castigo que ha caído sobre España y otros pueblos con la DEMOCRACIA LIBERAL, donde la mentira se hace verdad, lo feo artístico, lo grosero moral, el desorden impide la convivencia, el error se adueña de los espíritus, la injusticia ahoga la paz, el país se hunde en la hedionda corrupción, y un malestar invade toda la nación.

Quizá no haya peor castigo para un pueblo que la Democracia, que es “EL GOBIERNO DE TODO LO PEOR, Y TODO LO PEOR HECHO GOBIERNO” (Stan Popescu).

Los pecados públicos exigen que se castiguen los pueblos como tales, y así como “sale el sol para buenos y malos, y llueve sobre justos e injustos” (Mt. 5,45), del mismo modo el castigo ha de ser general para todos...Después, en el Juicio Universal, habrá separación de buenos y malos con el premio y castigo correspondientes (Mt. 25,33).

Hace años que Dios, a través de su Madre Santísima, nos está avisando de inminentes castigos si no nos enmendamos. Recemos a Ella para que nos alcance un verdadero arrepentimiento de nuestros pecados y nos conserve en el santo temor de Dios, pues “A QUIEN TEME AL SEÑOR, LE IRA BIEN EN LO ULTIMO DE SU VIDA, Y EN EL DIA DE SU MUERTE SERA BENDITO” (Eccli. 1, 19).


Anexo al artículo: EL VOLCAN COLOMBIANO
Armero era un pueblo que se encontraba al sur de Bogotá, compuesto de un poco más de 20.000 habitantes.

En el año 1948 fue escenario de desórdenes políticos, originados en la capital como consecuencia de una sublevación popular liderada, entre otros, por Fidel Castro, y conocida con el nombre de “el bogotazo”, durante la cual se intentó derrocar al gobierno conservador, pero que finalmente fracasó.

En ese entonces, era párroco del lugar un piadoso sacerdote de apellido Ramírez, quien fue acusado por los revoltosos de guardar armas en la iglesia a favor del gobierno; por lo cual lo amenazaron de muerte. Dichas acusaciones eran completamente falsas y solamente tenían fundamento en la simpatía que tradicionalmente existió entre el clero y el Partido Conservador.

Lo relevante del caso es que este sacerdote tuvo la oportunidad de escapar de sus agresores y evitar la muerte, pero prefirió quedarse en su puesto y afrontar el martirio. No quería dejar su parroquia a merced de aquellos hombres, que seguramente la iban a profanar como ya se había hecho con las iglesias de Bogotá y de otras partes del país. Además, él mismo decía que cada vez que iba a consultar al Santísimo Sacramento, recibía la orden de permanecer allí.

Por último, pidió con fervor la corona del martirio y le fue concedida esta gracia. Su muerte fue muy cruel pues los verdugos la emprendieron contra él a golpes de varillas de hierro, poniéndolo de rodillas en plena plaza pública y ante la mirada atónita de la gente. Su cuerpo fue arrastrado por las calles en medio de un gran vociferío y, finalmente, arrojado al río que pasa cerca del lugar.

Una vez que el obispo de la diócesis hubo llegado al sitio de los acontecimientos y se hubo enterado de lo ocurrido, maldijo al pueblo y al río. Se había cometido un crimen gravísimo en la persona de un santo sacerdote, quien empezó a ser conocido en toda Colombia como “el mártir de Armero”.

De toda maneras, algunas personas tomaron en serio la tal maldición proferida por el obispo, al punto que decidieron recurrir a Roma para solicitar del entonces Papa reinante, Pío XII, su anulación. El venerable Pontífice vaciló por algún tiempo ante semejante pedido, pero finalmente accedió a hacer una especie de derogación de la sentencia que pendía sobre la triste población de Armero.

Así llegamos al fatídico año 1985. En una madrugada de noviembre, las autoridades advirtieron que algo pasaba cuando vieron las cenizas que caían por todas partes expulsadas por el temible volcán que durante tantos años fue testigo mudo de la historia de aquel pueblo.

Inmediatamente se pensó en evacuar toda la región, ante lo que parecía una inminente tragedia de proporciones alarmantes; se dieron, pues, los primeros pasos de la operación para tratar de alejar lo más posible a los desafortunados pobladores. Por desgracia, todo cambió a última hora, pues había llegado procedente de Bogotá el célebre padre Governa, un científico colombiano especializado en fenómenos naturales (¡quién sabe si en los sobrenaturales también!), quien dictaminó que la situación no era para tanto, que no había ningún peligro, y que todo el mundo podía quedarse tranquilo y dormir esa noche en sus casas. Y dicho esto, regresó a Bogotá antes de terminar el día.

Diez minutos, nada más, bastaron para que más de 20.000 personas quedaran sepultadas bajo el lodo implacable que produjo la nieve derretida por el volcán, y que se fue formando a lo largo del río maldito.

Para dar una idea de la magnitud de la catástrofe, baste decir que la torre de la iglesia, de unos catorce metros de altitud, quedó totalmente cubierta.

Lo único que se salvó fue el cementerio, donde reposan los restos del sacerdote mártir. El padre Governa murió algunas semanas después, mientras participaba en un congreso de sismología en el exterior.

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“Dentro de veinte años –escribía Voltaire en una carta a D’Alembert-, dentro de veinte años ya estará Dios divertido”.

En efecto, esta profecía lleva la fecha 25 de febrero de 1758: pues bien, justamente el 25 de febrero de 1778, es decir a los veinte años cabales, y a la hora precisa en que Dios debía quedar divertido...un vomitillo de sangre acometió al filósofo profeta...y lo dejó divertido para siempre. Así se cumplen las profecías de los enemigos de Cristo”.
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“Al presente –ha escrito una pluma ilustre- miran a la Iglesia y dicen: -Va a morir, y muy pronto desaparecerá su nombre, y no habrá ya cristianos; llegó su hora-; y mientras están diciendo esto, veo que mueren ellos todos los días, y, sin embargo, la Iglesia permanece siempre en pie, anunciando el poder de Dios a todas las generaciones que se van sucediendo”.

Estas palabras fueron pronunciadas por San Agustín hace ya quince siglos...¡Cada día a morir! ¡Pero aun no ha muerto!”

(La Ciencia y la Fe, P. Bernardo Gentilini, Editorial Difusión, 1944)
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“Contad una por una, si podéis, las bancarrotas y las catástrofes de nuestros días, y observaréis llenos de asombro que siempre es el orgullo el castigado por la catástrofe y que el orgullo es el que hace siempre bancarrota. Dios suscita los tiranos contra los pueblos rebeldes y los pueblos rebeldes contra los tiranos: El es el que castiga el orgullo con otro orgullo, hasta que sólo quede en pie el más grande, cuya humillación se ha reservado a sí propio.

Vueltas a la infancia las sociedades de nuestros tiempos, habían llegado a creer que podrían evitar las miradas de Dios tapándose los ojos para no verle. ¡Intento vano! Dios les ha salido al encuentro en todas direcciones y les ha atajado el paso en todos los caminos.

Y verdaderamente era muy difícil no encontrar alguna vez y en alguna parte a Aquel que vive en todas partes y que vive eternamente”.

(José Donoso Cortés, carta al director de la “Revue de Deux-Mondes”, París, 15-11-1852)


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“Se nos advierte contra el peligro de tener parte en sus pecados y en su castigo; de ser hallados, cuando el fin sobrevenga, como meros hijos de este mundo y de sus grandes ciudades; con gustos, opiniones y hábitos propios de las mismas; con un corazón dependiente de la sociedad humana y una razón moldeada por esta. Se nos advierte contra el peligro de encontrarnos el último día, delante de nuestro juez, llenos de los bajos sentimientos, principios y fines que el mundo fomenta; con nuestros pensamientos vagando (si eso fuere entonces posible) detrás de vanidades; con pensamientos no más elevados que la consideración de nuestras propias comodidades y ventajas; con un altivo desprecio por la Iglesia, sus ministros y sus simples fieles; con un amor por el rango y el status, por el esplendor y las modas del mundo, con una afectación de refinamiento, una dependencia de las fuerzas de nuestra razón, una habitual autoestima y una completa ignorancia del número y atrocidad de los pecados que testifican en contra nuestra. Si somos hallados en este estado cuando el fin sobrevenga, ¿dónde nos encontraremos cuando el juicio haya culminado y los santos hayan sido llevados al cielo, y haya silencio y tinieblas donde antes había alegría y expectación? ¿Podrá entonces la gran Babilonia procurarnos algún bien, como si ella fuese inmortal, así como nosotros sí lo somos?
Los hombres de hoy día dan nombres seductores a los pecados y a los pecadores. Pero en aquella hora todos los ciudadanos de Babilonia aparecerán bajo su verdadera luz, aquella que la palabra de Dios arroja sobre ellos: “perros, hechiceros, impuros, asesinos, idólatras, amigos y fautores de la mentira”.

(John Henry Newman, “Cuatro sermones sobre el Anticristo”, Ediciones del Pórtico, 2006).

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