“Que el cine sea ordenado a la gloria de Dios y a la salvación de las almas, y sirva eficazmente para la extensión del Reino de Cristo sobre la Tierra”.

S. S. Pío XII

miércoles, 30 de septiembre de 2009

EXTRA CINEMATOGRAFICAS

NEW YORK, NEW YORK


Diputados y gobernadores argentinos en New York City.



“Estamos en Nueva York. Sí, en Nueva York. Estamos en la cima del mundo. Como lo estuvo una vez Gardel, y, otra vez, King Kong. Estamos en el centro del mundo, en el centro del poder. En la ciudad a la que le cantó Sinatra. En la ciudad judía más grande del mundo. En donde está la ONU. ¡Nueva York! Oh, sí, estamos en la ciudad de Seinfeld y Woody Allen, y de los clubes de Jazz y Broadway y el Central Park. ¡Rascacielos y Wall Street! ¡Manhatttan y el Bronx! ¡La Estatua de la Libertad y el Empire State Building! ¡Somos argentinos en Nueva York, carajo! ¡Suite de 400 dólares y viáticos diarios de 200 dólares a cargo del pueblo argentino! ¡Okey! ¡Nadie que nos demande, ningún tipo del campo para gritarnos, esa gentuza! ¡Yeah! ¡Fascinating, loco! ¡That’s entertainment! ¡Abajo la dictadura! ¡Vivan los Derechos Humanos! ¡Viva la Democracia! ¡¡¡Viva!!!”


Sabe el lector que los muy democráticos funcionarios argentinos adictos al gobierno, son premiados por su obediencia servil con lujosos viajes a diversas “cumbres” alrededor del mundo. La miseria de millones de hombres, mujeres y niños, el trabajo esforzado y las angustias cotidianas de miles de trabajadores, la mentira hecha sistema de la “Libertad”, sólo acumulan dinero en las arcas de los ladrones de guante blanco, como los que se disfrazan de políticos en la “bendita” Democracia. Representantes del vulgo que sólo pasean su hybris sin medir consecuencias, dispuestos a satisfacer sus insaciables apetitos en medio de sentimientos de superioridad, independencia e inmunidad. Deseo de poder, excitación de los bajos instintos, autoafirmación bochornosa, mentiras y discursos combativos, todo vale para poder llegar a la “cima”, a ser parte de ese “mundo”. Asombro estúpido por lo “inmenso”, lo “lujoso”, los “espectacular”, lo “importante”. Show bussiness.
No saben nada. Se miran al espejo y se creen Gardel con las “rubias de New York”, cuando no son sino un mono trepado a una mole de cemento, a punto de ser derribados. La paciencia de los pobres acumula carbones encendidos sobre las cabezas alucinadas de los que “devoran a mi pueblo como comen pan sin cuidarse de Dios para nada!” como dice el Salmo 52. Y es la palabra de Dios la que acierta a explicar estas cosas que hieren el corazón del que ama a Dios y su justicia:

“Pero, mis pies casi resbalaron,
cerca estuve de dar un mal paso;
porque envidiaba a los jactanciosos
al observar la prosperidad de los pecadores.
No hay para ellos tribulaciones:
su cuerpo está sano y robusto.
No conocen las inquietudes de los mortales,
ni son golpeados como los demás hombres.

Por eso la soberbia los envuelve como un collar;
y la violencia los cubre como un manto.
De su craso corazón desborda su iniquidad;
desfogan los caprichos de su ánimo.
Zahieren y hablan con malignidad,
y altivamente amenazan con su opresión.
Su boca se abre contra el cielo,
y su lengua se pasea por toda la tierra.

Así el pueblo se vuelve hacia ellos
y encuentra sus días plenos;
y dice:”¿Acaso lo sabe Dios?
¿Tiene conocimiento el Altísimo?
Ved cómo tales impíos están siempre tranquilos
y aumentan su poder.
Luego, en vano he guardado puro mi corazón,
y lavado mis manos en la inocencia,
puesto que yo padezco flagelos todo el tiempo
y soy atormentado cada día.”

Si yo dijere: “Hablaré como ellos”,
renegaría del linaje de tus hijos.
Me puse, pues, a reflexionar para comprender esto;
pero me pareció demasiado difícil para mí.
Hasta que penetré en los santos arcanos de Dios,
y consideré la suerte final de aquellos hombres.
En verdad Tú los pones en un camino resbaladizo
y los dejas precipitarse en la ruina.
¡Cómo se deslizaron de golpe!
Son arrebatados, consumidos por el terror,
son como quien despierta de un sueño;
así Tú, Señor, al despertar despreciarás su ficción”.
(Salmo 72)


“No te acalores a causa de los malvados,
ni envidies a los que cometen la iniquidad.
Porque muy pronto serán cortados como el heno,
y como hierba verde se secarán.
Tú, espera en Dios y obra el bien;
permanece en la tierra y cultiva la rectitud.
Pon tus delicias en Dios,
y Él te otorgará lo que tu corazón busca.
Entrega al Señor tu camino;
confíate a Él y déjale obrar.
Él hará aparecer tu justicia como el día,
y tu causa como la luz meridiana,
calla ante Dios y espera de Él;
no te acalores a causa del que prospera en su camino,
del hombre que obra torcidamente.
Depón el rencor y aplaca la ira,
no te irrites: sería para peor;
porque los que obran mal serán exterminados,
mas los que esperan en Dios heredarán la tierra.
(Salmo 36)

“Pues en mi pueblo hay malvados;
ponen asechanzas
como el pajarero que se agacha,
arman trampas para cazar hombres.
Como jaula llena de pájaros,
así están sus casas llenas de fraude;
así se han engrandecido y enriquecido.
Engordaron y brillan de gordura;
sobresalen en maldad;
no hacen justicia al huérfano
-y sin embargo prosperan-,
no hacen justicia a los pobres.
¿Y Yo no habré de castigar estas cosas?
Dice el Señor.
¿De una nación como ésta
no he de tomar venganza?
Cosa extraña y terrible acontece en la tierra:
los profetas profetizan mentira,
y los sacerdotes gobiernan según su antojo;
y esto le gusta a mi pueblo.
Pero ¿qué haréis
cuando estas cosas lleguen a su fin?”
(Jeremías. V, 26-31)