“Que el cine sea ordenado a la gloria de Dios y a la salvación de las almas, y sirva eficazmente para la extensión del Reino de Cristo sobre la Tierra”.

S. S. Pío XII

jueves, 17 de septiembre de 2009

NOTA - HITCHCOCK Y LA IRRITACIÓN DE LOS PROGRESISTAS

HITCHCOCK Y LA IRRITACION DE LOS PROGRESISTAS



El coleccionista es alguien que, por su misma naturaleza, se supedita voluntariamente a la excitante y ostentosa seducción del número. Su placer se cifra no en la acumulación de sabiduría, sino de cosas que deben multiplicarse indefinidamente, en tanto su deseo de tener nunca se sacia, sino que crece con cada nueva pieza que incorpora a su colección.

El principio que impele a recolectar cosas es el mismo, ya sea que se junte latas de Coca-cola, boletos capicúa, discos de Elvis Presley, libros antiguos o películas raras. La cantidad suple ante la mirada movediza del recolector el esfuerzo que un saber invisible demanda; así también la paz que el verdadero saber proporciona.

La especialización del coleccionista engaña al portador con la ilusión de que la información estadística trae como natural consecuencia el conocimiento cabal de aquello que se tiene entre manos. Acostumbrado a conformarse con lo exterior como única realidad posible, el coleccionista es incapaz de penetrar la interioridad de lo que sólo puede ver con los ojos. Es dueño pero no posee.

Para él el mundo es una mera acumulación: de cosas, de comida, de bebida, de viajes, de personas, de placeres bajos, de dinero, de años. Por eso le importa vivir muchos años, sin saber para qué.

El coleccionista es, en virtud de su mirada extensa y superficial, un progresista.

O bien, el progresista es todo un coleccionista de cosas que en sus blandas manos nada valen más allá del placer proporcionado a su dueño en la confirmación de su status.

Entre esa profusión de cosas adheridas también hay cosas que no se ven, pero que sirven de apoyatura para esa vida hecha de multitudes. Nos referimos a prejuicios, slogans, “mitos” sobre la historia moderna, leyendas negras, sentimentalismo, snobismo, etc.

Esa colección de opiniones acumuladas, junto a la indudable seguridad brindada por una estantería llena de mercancías que nadie más tiene, llevan al almacenero de latas de celuloide a pensar que su opinión tiene que ser por fuerza valiosa. Tiene ese derecho, se dice a sí mismo.

Luego, el dueño de películas en conserva organiza exhibiciones, lo cual lo lleva a exponer, a escribir, a presentar lo que, indudablemente, él conoce. Conoce desde el umbral, desde luego, como el tendero que manosea las latas de duraznos.

El problema viene cuando el almacenero no se conforma con vendernos el paquete de yerba o la botella de vino, por los cuales le damos las gracias, sino que, sin conocer de lo que vende más que la etiqueta, y no el sabor, pretende sin recato aleccionarnos con sus opiniones sobre lo que nos llevamos, sólo porque tiene las estanterías llenas y se dedica a eso.

Definitivamente, poseer un almacén no lo convierte a uno en nutricionista.

Así ocurre en el canal de televisión estatal, donde en un ciclo de cine de trasnoche (a continuación de un programa “cómico” donde se ha llegado a blasfemar escandalosamente), se exhiben películas muchas veces insólitas, por parte de un par de grandes coleccionistas de films (cuando decimos grandes hablamos de la abundancia o extensión de lo recolectado, por lo que podemos colegir de su muestrario), llamados ellos Peña y Manes.

Desde luego, allí reposan la Biblia junto al calefón, Drácula y Griffith, Eisenstein y Hitler, el erotismo y la religión, los unos y los otros, como corresponde a la mentalidad liberal democrática. Su utilidad para el estudioso del cine es indudable; los peligros para el lego en la materia, considerables. Eso si tenemos a la moral como algo firme y definido, y no como algo relativo y progresivo, algo destinado a favorecer la autocomplacencia ideológica de los bien acomodados progres. Pero, y aquí está la infaltable letra chica debajo de los excipientes, la aportación de los presentadores no se limita a expedir el film con la correspondiente ficha técnica/artística y las referencias argumentales o anecdóticas sobre la realización. Ni tampoco se llega a la necesaria prevención o marco de referencia donde podamos vernos sobre aviso. Sí, en todo caso, intuimos el escándalo por los comentarios risueños y desmañados hasta la procacidad, evidentemente espontáneos, de los conductores. La presencia en más de una ocasión de la blasfema, vil, horrible y estúpida revista “Barcelona” sobre la mesa donde los coleccionistas apoyan los codos, no hace sino confirmar la insana progenie en la que aceptan ubicarse. Es una triste comprobación que no puede satisfacer a quien desea el bien del prójimo, pero es una constatación que debe hacerse para entender desde qué lugar se emiten aberrantes e infundadas opiniones.

Noches pasadas, al comenzar un ciclo semanal de películas, se anunció con una mezcla turbia de desgano y desprecio que la semana estaría dedicada a Hitchcock. Entre la incomodidad notoria de un conductor que afirma sin asidero que los seguidores de Hitchcock son tales porque no conocen otro cine -y entre el otro cine a la par o superior no se avergüenza de mencionar a los inexistentes Richard Fleisher (sic) o Michael Powell (sic)-, y por otro lado las risotadas de un majadero al comentar la forma horrible en que se suicidó la actriz que protagoniza el film de esa noche; entre burlas impiadosas y rencores insufribles, entre chistes de mal gusto y ofensivos comentarios, se presenta un ciclo de Alfred Hitchcock.

Por supuesto, no saben estos progres a qué se debe su molestia frente a un cine superior y, además de divertido, para quien quiera y pueda apreciarlo y entenderlo, conmovedor. Uno de ellos ha manifestado que lo que le molesta de Hitchcock es que es un “manipulador”.

Meteco en el mundo del cine, no se da cuenta el coleccionista que una de las tareas del director de cine es, precisamente, la manipulación. Manipula el tiempo y el espacio, manipula los actores y los objetos, y mediante esto obtiene un efecto sobre el espectador. ¿Cómo define nuestro diccionario “manipular”? “1. Operar con las manos, o con cualquier instrumento, especialmente ciertas sustancias para obtener un resultado: manipular productos químicos. 2. Fig. y fam. Gobernar los asuntos propios y ajenos. 3. Fig. Intervenir de forma poco escrupulosa en la política, la sociedad, etc., para servir intereses propios o ajenos”.

Sospechamos que el programador de festivales de cine se refiere en su encono a la tercera definición, por lo que Hitchcock querría dirigir malévolamente su pensamiento, coartando de esa manera su sacrosanta libertad. Nos parecen al respecto muy apropiadas las palabras de Richard M. Weaver cuando, al referirse al jazz, indica que “gracias a su dilución de la forma, permite que el hombre se mueva libremente, sin referencias, y que pueda expresar ditirámbicamente cualquier cosa que extraiga de abajo” (Las ideas tienen consecuencias, Ciudadela, 2008). En efecto, la contracción dentro de unos límites perfectamente autoimpuestos, hacen que dentro del rigor de la forma Hitchcock impida al progresista ir para el lado que se le ocurra. A Hitchcock hay que seguirlo, y seguirlo además implica aceptar su punto de vista y su moral, que son absolutamente claros y reconocibles, pero que además se desprenden no de una imposición exterior y por encima de la obra, sino que se extrae desde la propia inclusión del espectador a partir de la puesta en escena de la película. Y esto es algo que aquellos que están atrapados en una idea anárquica de la libertad, son reacios a aceptar. Aquel para quien la libertad no tiene medida (para quien sólo es “librarse de algo”, como bien dice el autor citado) es incapaz de aceptar una mirada católica –y por lo tanto, absoluta- sobre la misma. El progresista no cree en el libre albedrío.

Pero también Weaver nos acerca la clave de porqué el cine de Hitchcock tiene éxito entre el público, algo sin dudas molesto para muchos, como el presentador que nos ocupa:
“Toda cultura evolucionada es una determinada mirada que proyecta sobre el mundo un conjunto de símbolos, que son los que permiten dotar de significado a los hechos empíricos y a los hombres sentir que sus vidas se inscriben en un drama en el que cada nueva peripecia requiere su interés y aguza su tono vital. Ésta es la razón por la que toda cultura auténtica, a través de su encaje en el mundo, no puede conformarse con el cultivo de sentimientos únicamente “sentimentales”. Es preciso que disponga de criterios de elucidación, ordenación y jerarquización, y que a ellos apele a la hora de ejercitar la razón. (...) La meta más importante a alcanzar consiste precisamente en esa plasmación imaginativa de lo que de otro modo quedaría condenado a no ser más que hecho empírico en estado bruto, simple donnée del mundo. La facultad racional, así, debe ser puesta al servicio de una visión capaz de proteger a los sentimientos de la sentimentalidad. Como con cualquier obra trágica, el sonido y la furia que acompaña la vida del hombre carece de sentido, a menos que todo lo que la constituye sea un acto de afirmación de algo. Y tanto del teatro como de la vida puede decirse que la acción desarrollada ha de manifestarse en un ámbito ceñido a la razón, si a lo que se aspira es a que los sentimientos que nos inspiran sean motivados y equilibrados, lo que, desde otro ángulo, equivale a decir que sean justos. El ser filosóficamente ignorante contamina sus propias acciones por su incapacidad para respetar la medida de las cosas”(Ob. cit.)

El cine de Hitchcock respeta, con su recurso al simbolismo, la jerarquización y el orden, el anhelo profundo del hombre dotado de sentido común, de elaborar en sí mismo una cultura propia y significativa, que es proyectada luego sobre la vida. Los hombres que no se asombran del orden, sino del caos, oscurecidos por la cultura ideologizada de nuestros tiempos, sienten frente a esta visión del mundo una demanda que no están dispuestos a aceptar, porque en definitiva les exige salir de su muy confortable abandono. Surgen entonces en éstos los desmanes, o el despeñarse cabeza abajo turbulentamente.

Si el lector recuerda uno de los últimos films de William Wyler, llamado “El coleccionista”, podrá comprender mejor que la sola adquisición o secuestro forzado no bastan para poseer lo que se desea. Se debe empezar por el amor, pues “allí donde el amor no tiene ningún sitio, nada hay de verdadero, ni de bello, ni de fecundo: la ausencia del amor es el carácter de la crítica negativa” (Ernest Hello).