“Que el cine sea ordenado a la gloria de Dios y a la salvación de las almas, y sirva eficazmente para la extensión del Reino de Cristo sobre la Tierra”.

S. S. Pío XII

domingo, 14 de junio de 2009

CRITICA


EL PATRIOTA
Director: Roland Emmerich – 2000


EL ÚLTIMO GRAN HÉROE
(O las sorpresas que aún nos depara el cine, en un film que elude el liberalismo patriotero, fácil y esquemático mediante una serie de detalles que engrandecen el logro por los peligros que ha sorteado)



No dejan de acompañarme la admiración y la sorpresa, mucho después de haber visto esta película que probablemente no hubiese comprendido cuando se estrenó, por mis prejuicios de aquel entonces. Se comprende que un ignorante progresista se irrite con una película como ésta, como también que alguien demasiado influenciado por una estrecha visión del cine –donde réprobos y elegidos son categorizados desde ahora y para siempre sin una razonada delimitación- no haya advertido el interés que una película como ésta podía tener. Lo mismo cabe decir para el espectador desatento o para todo el que se estremece de furor al ver ondear una bandera norteamericana: veremos cómo y en qué circunstancias se lo hace. Subsanemos ahora las comprensibles omisiones y destaquemos como se debe lo que vale. Vayamos contra la corriente de lo políticamente correcto, como sabiamente lo hace “El Patriota”. Pensemos, es decir, relacionemos para encontrar lo que hay de significado tras las formas.

La sorpresa: Cuando uno piensa que esta película la dirigió el mismo director de “Independence day”, “Godzilla”, “El día después de mañana” o la inaguantable “10.000 AC”, asume que Hollywood aún –como ha ocurrido siempre- puede depararnos sorpresas, las cuales son excepciones que confirman la regla. Si hablamos de una sorpresa es porque la corriente general nos atiborra de mediocridades previsibles, lugares comunes, vaciamiento mental y contra-ejemplos o contra-valores, en definitiva, una emulsión interminable de lo que se propone atractivo como mundo. Pero el alemán Emmerich, junto con el guionista Robert Rodat (el mismo del bluff spilberguiano de “Rescatando al soldado Ryan”), con el acompañamiento musical estupendo –otra sorpresa- del rimbombante y azucarado John Williams (pegotea con sus bandas sonoras todos los filmes de Spielberg), mas el productor judío Dean Devlin (uno de los pocos que salió públicamente a defender a Mel Gibson cuando, tras su tropezón etílico, se lo acusó de “antisemita”), han conseguido una obra notable. Desde luego, hay que decir que detrás –o por encima- de ellos está Mel Gibson, y esta es tanto una película de Gibson como de Emmerich, por no decir que el alemán tomó unas cuantas cosas de “Corazón valiente” y que Gibson se sumó a este proyecto –lo eligió rechazando el protagónico de “Gladiador” (¡!)- porque era capaz de continuar lo que empezó a esbozar en “Braveheart”: su visión del mundo y todos aquellos valores que considera sustanciales para el hombre, los cuales se identifican con una forma de hacer cine. Por entonces decidió encarnarlos él mismo en persona, a través de un relato paralelo entre sus películas y su propia vida y conversión. Veámoslo.

Mel Gibson: En algún sentido hace una vez más de sí mismo, o, a partir de lo que hay en sí mismo, toma un personaje y nos lo entrega con toda la verdad que lleva adentro: dolor, responsabilidad, pecado, coraje, violencia, entusiasmo, exceso y miedo, en esa lucha del hombre por vencerse a sí mismo. Lejos de los histriones que encarnó para el mediocre y efectivo Richard Donner –películas aquellas que no obstante mostraron parte de la realidad de Mel Gibson en aquellos tiempos y que le redundaron económicamente y a partir de los cuales hoy puede ser independiente, no lo olvidemos-, Gibson es acá el capitán Benjamin Martin, un viudo padre de siete hijos, veterano de la guerra contra los franceses y los indios, dueño de una plantación en el sur norteamericano. Cuando se declara la guerra de independencia contra los ingleses, desiste algo culposamente de participar, porque, según dice, “un padre no puede tener ideales”, aunque parece haber algo en su pasado de lo que huye, una herida por curar o, como se aclara al principio, pecados que purgar. Pero el hijo mayor –contrariando su voluntad- se enlista y marcha al frente. Cuando la guerra llega –literalmente- al patio trasero de su casa, y cuando los ingleses asesinan a uno de sus hijos y queman su propiedad, Martin se ve obligado a participar: busca el hacha mohawk que guardaba en un arcón –testimonio de su anterior experiencia bélica- y corre al rescate de su hijo mayor capturado por los ingleses, con la ayuda de sus otros dos hijos varones –niños de 10 y 12 años- mientras las niñas huyen a refugiarse en lo de su tía. Como el recordado personaje de Eastwood en “Los imperdonables”, sólo que superando ampliamente ese ejemplo desgraciado, Gibson / Martin logra “como un fantasma” que vuelve del pasado acabar con once oficiales de su majestad británica, los llamados casacas rojas. Además de sacar a relucir lo que lleva adentro, Martin se descarga violentamente contra uno de ellos por la culpa y el remordimiento, como una inevitable respuesta a la historia de pérdidas que significa su vida. El pasado que temía ha vuelto.
Ahora bien, Gibson, al afrontar al filmación de esta película, tenía por entonces seis hijos, y llegaría el séptimo poco tiempo después. Como Martin, tenía un pasado de prestigio o “exitoso” como actor y director “oscarizado”, pero que justamente estaba en camino de cambiar. De ser el actor carilindo y taquillero de Hollywood, frívolo y borracho, a convertirse al Catolicismo tradicional, a regresar a las fuentes vivificantes de la familia y el hogar, a dejar la actuación y convertirse en un director talentoso de films religiosos pero execrado por el sistema, de elegido a réprobo y, además, con un pasado de adicciones viciosas que podía volver en cualquier momento, si aflojaba la vigilancia.* Como se ve, enemigos exteriores e interiores que tornan la vida de Gibson paralela a la de un personaje como Martin. Gibson se encontraba atravesando esa senda cuando se encontró con “El Patriota”. Si un gran desafío –atravesado de dolor- se le presenta en la película, y, no sin dudarlo, se decide a afrontarlo, no menos es lo que ocurre con su vida. Un camino sin descanso, porque se dirige hacia la grandeza, no según el mundo la conoce.

Humildad contra orgullo: Tal es, si hilamos bien fino, el tema principal de “El Patriota”, el tema que agrupa a todos los demás. Veamos: el film comienza, antes aún del título en pantalla, con la imagen de un hacha que es guardada en un arca junto con otros objetos, mientras la voz en off del protagonista nos dice: “He temido siempre que mis pecados vuelvan hacia mí. El costo sería impagable”, tras lo cual se cierra el arca. Así, desde un comienzo la historia entera –que es la muestra de cómo el protagonista se asume en esa condición ante Dios y expía esos pecados con el dolor de perder lo que más quiere, sus hijos- se configura en el reconocimiento de la idea de pecado, y por los cuales pecados –desde ya, mostrados y no sólo explicados, pero sin faltar al decoro-se debe una satisfacción. La historia de crueldad de Martin es anterior a la de su familia; afirmará incluso que su mujer lo ayudó a cambiar. Ese carácter de penitente lo llevó al sacrificio de formar un hogar, fundar una familia y vencer su lado más oscuro. Recordemos: “Dios ama a los pecadores arrepentidos e incluso procura que se arrepientan”, decía Castellani. Luego, esa familia que le fue dada le será en parte quitada por el mismo Dios que está detrás de toda trama y encamina mediante las circunstancias sus criaturas hacia Él. Porque se ve a las claras que quien asume sus pecados sin jactancia ni ligereza, sino arrepentido y casi sumergido por reconocer su peso, es la humildad de quien sabe todo lo hace ante el Creador. Martin es quien más claro tiene este sentido religioso a lo largo de todo el film: reza en la iglesia y reza antes de realizar el rescate de su hijo, reza cuando abrumado y desgarrado se enfrenta a la muerte de su segundo hijo; una cruz se yergue detrás de él en su secreto cuartel donde organiza a su milicia (los restos de una misión católica española).Su itinerario va desde el pasado pecador al futuro de liberación. Lamentablemente no ocurrió así con su patria, liberada sólo en apariencia –pero ese es otro cantar, que el film tampoco se propone dilucidar.
El orgullo está representado por su oponente, el coronel Tavington (Jason Isaacs), y también, aunque en menor medida, por el General Lord Charles Cornwallis (Tom Wilkinson, en excelente labor, mejor aquí que en “El exorcismo de Emily Rose”). El primero, joven impetuoso, ambicioso, sanguinario, es, cómo no verlo, muy aproximado a como era Martin en su primera guerra, Martin antes de conocer a su mujer, el despiadado y audaz Capitán Martin que quedó en la leyenda. De allí que el film se centra en la oposición entre este Martin de ahora que quiere vencerse y se ve a sí mismo en la figura de su oponente, quien lo ha superado en crueldad y, desde ya, requiere ser ajusticiado. Martin será el instrumento de esta justicia, pero Tavington será el instrumento mediante el cual Martin con sus pérdidas ha de pagar por sus anteriores pecados. El orgullo del General Lord Cornwallis (¿se llamará así por aquel faro que erigieron desafiando a Dios y Dios destruyó en 1696 en la ciudad de Cornwallis, Inglaterra?) es un orgullo de clase, vanidoso e infatuado pero bien arraigado, petulancia que se vuelve estupidez, al punto de ser burlado escandalosamente por Martin. Éste sabe de este orgullo inglés como su punto débil, y lo dirá en un momento de la película.
Sólo la humildad es audaz sin ser temeraria, y sólo la humildad sabe vencer al orgullo. Por eso a Tavington no puede vencerlo el hijo de Martin, fuera de sí por el ánimo de venganza y enfurecido en su amor propio, ni puede Martin sino sólo cuando ha podido vencerse a sí mismo. Por esto no necesita del hacha –ese emblema de la crueldad y el salvajismo- que sale despedida por los aires en la pelea final. Mata a Tavington cuando éste arremete por creerlo vencido –en escena simétrica a la de la muerte de su hijo a manos de aquél-. Soberbia contra soberbia no da la victoria. Martin utiliza la fuerza del que arremete en contra de éste y a su favor, en actitud de espera, actitud más difícil de asumir que la de arremetida.

La venganza: Algunos confundidos han pretendido ver en el film solamente –y por sobre todo- la idea de venganza que anima el itinerario del protagonista y quienes lo rodean. Pero esa idea de venganza se ve concretada nomás al comienzo con la escena en que Martin acaba con la partida de oficiales británicos, y es una escena no grata, deliberadamente no grata, crítica hacia el sentido de venganza. Desde luego que el ánimo vindicativo hace mucho en lo que tiene que ver con las guerras, especialmente sobre los invadidos. Pero Emmerich-Gibson logran esquivar en su film el núcleo sobre el que gira otro film de ese mismo año, “Gladiador”, un film mediocre pero mucho más prestigiado que éste por los favores del público y especialmente de la prensa. Veamos este paralelismo para entender mejor lo que “El Patriota” no es:
-El gladiador Maximus es un personaje de una sola pieza, ni un defecto tiene: es valiente, honrado, apuesto, educado, inteligente, fuerte, familiero, sabe mandar y es fiel a su emperador, etcétera. Pero cuando pierde a su familia y a su terrenito donde soñaba retirarse –en esto es similar a “El Patriota”-, y cuando pierde su cargo y su prestigio y llega a caer hasta la condición de esclavo, se decide solamente –luego de desear la muerte- por la venganza. Es su único móvil. El guionista hará coincidir sus fines con los fines históricos de Roma, y, desde luego, la victoria –aunque se muera- vendrá dada por sus solas fuerzas. A la manera de un impecable Charlton Heston de nuestros días, el gladiador debe vencer un mal externo, y ese mal, encarnado en el emperador Cómodo, es evidentemente todo lo contrario de lo que es él, es una figura caricaturesca que no puede sino repeler al espectador, recurso fácil y maniqueo para ubicar las simpatías del público de un lado y contra el otro. Se refuerza el efecto con unas caracterizaciones obvias y unos diálogos infantiles, dignos de los films de romanos o “bíblicos” del Hollywood clásico.
Martin comienza en “El Patriota” fracasando (esa mecedora que se rompe muestra bien la falta de equilibrio en su vida) cayendo ridículamente al piso ante la vista de sus hijos y criados. Cuando se decide a pelear, desde luego, lleva encima el deseo de venganza, y así se lo ve amenazar de muerte al inglés asesino de su hijo, cuando éste lo provoca. Es evidente que este Gibson no es todavía el de “La Pasión”, por eso amenaza en vez de rogar por la conversión de su enemigo, pero es evidente también que la escena es lógica y muy humana (recordemos ahora cómo Garra de Jaguar, en “Apocalypto”, no alienta nunca el deseo de venganza, que no amenaza al asesino de su padre y que su pelea con aquel es rápida y no le contesta al que lo provoca. Tras matarlo deja caer de inmediato su hacha, antes de que el sentimiento de gozo lo invada). Tengamos en cuenta dos puntos: 1. Martin es padre y un padre no toma de la misma forma la muerte de su hijo que un hijo de su padre. Es una reacción natural y espontánea, y el contexto ayuda a ello. 2. Sin embargo el deseo de venganza no es el que lo decide a Martin a participar de la última batalla, cuando ya había renunciado a todo. Lo decide su sentido del deber, y sus amigos que lo necesitan, y el ejemplo que le ha dado su hijo, del que reconoce que fue mejor que él.
-En “El Patriota” la victoria final llega por el arribo tan esperado de las naves francesas. De no ser así otro hubiese sido probablemente el destino de la batalla. En “Gladiator” la victoria llega por la sola fuerza de la voluntad –y el destino fatal- de Maximus.
-“Gladiador” está muy mal filmada, Scott Ridley no conoce de símbolos, detalles, transiciones, sutilezas, en suma, puesta en escena. Pasa de la 5ta. marcha a la 1ra. sin pisar el embrague –como puede observarse en la escena de la primera batalla, donde Scott se vuelve de golpe sensiblero-. “El Patriota” contiene muchos hallazgos y también sus defectos, claro está, porque Emmerich no es un gran director ni mucho menos, pero es del todo un film satisfactorio en su coherencia interna, el desarrollo de los personajes y la resolución de los conflictos que sabiamente sabe exponer, conjunción sin duda de circunstancias que, inhabitualmente, dan una obra acabada.
-En “El Patriota” Martin no quiere saber nada con la guerra. No por cobarde o pacifista, sino porque sabe lo que despierta la guerra, la clase de pasiones que involucra, las que luego se verán en la película, aquellas con las que él se excedió hasta el crimen. Pero luego se sumará: esa guerra es una guerra de defensa, es una guerra patriótica –hasta donde él puede ver y le concierne- y contra un enemigo cruel y salvaje (y, desde ya, anti-religioso). Pero Martin se mete en ella sabiendo que también debe vencer su pasado.
En “Gladiador”, Maximus no quiere saber nada con pelear en el Coliseo –ese anfiteatro donde ofrendaron gloriosamente sus vidas los mártires de Cristo, cosa que el film ni siquiera menciona-.Pero luego es convencido de que así podrá concretar su venganza contra Cómodo. Desde luego, parece que le hubieran contado el final de la película, y por eso acepta participar activamente de algo absolutamente indigno. Pareciera que el fin justifica los medios, y el director regodea la avidez del espectador –que es ese mismo de las gradas romanas- por ver peleas una y otra vez. Lo más importante de “Gladiador” ocurre en las arenas del Coliseo, pero lo más importante de “El Patriota” es lo que pasa fuera del campo de batalla.
Finalmente, ya como fiel reflejo de estas diferencias bien marcadas, “Gladiador” tuvo todos los reconocimientos del establishment a través de la concesión de varios Óscares –incluyendo mejor película-, mientras que “El Patriota” apenas recibió dos nominaciones menores y fue ignorada por completo. Se comprende por qué.

Detalles:
. El film comienza con un muchacho negro –que en la plantación de Martin no reciben trato de esclavos- recogiendo una mazorca en medio de un maizal cercano a la casa. Es una primera toma que dice mucho de las cosas en proporción a lo importantes que son allí en ese lugar que enseguida nos será presentado: los campos repletos de la cosecha, los niños que vuelven de su excursión de pesca, la contención de la casa familiar donde los niños se enseñan unos a otros, y Martin, que es el amo de todo ello pero que no puede consigo mismo, cuando lo vemos por primera vez con el fiel de una balanza, así será la imagen del equilibrio que buscará –como padre y como hombre- a lo largo de toda la película. Por un lado un ambiente bucólico, amistoso, armónico entre los hombres y la naturaleza, entre amos y criados, la felicidad del hogar. Pero esa felicidad es incompleta: falta la mujer. La mecedora que a Martin le sale mal y se rompe, como otras tantas veces, juega en simetría con la mecedora bien realizada que encuentra en la mansión ocupada por los ingleses. Allí, cuando está en esa posición de dueño y señor de la situación, es cuando empieza a encontrar ese equilibrio: su estrategia le saldrá tan bien como bien hecha está la mecedora que inspecciona. Pero además, esa silla rota del comienzo nos dice que él ya no podrá sentarse a descansar en la paz del hogar hasta que el enemigo inglés sea vencido. Podrá parecer una obviedad, pero es un símbolo que nos dice varias cosas eficazmente sin necesidad de largos circunloquios, recurso que hace a lo que es el verdadero cine.
. Los hijos que obedecen a su padre y esperan hasta la noche para enterarse de lo que el cartero trajo en la correspondencia del mediodía, imagen de otros tiempos donde las cosas estaban en su lugar, sin las urgencias y ansiedades del hombre y las familias modernas. Martin, o porque se mortifica o porque teme lo que se le comunicará, prefiere esperar para enterarse de las noticias. Pero luego el hijo mayor no lo obedecerá cuando se enliste para la guerra: la patria es antes que la familia. Martin lo sabe pero se niega a admitirlo. Luego comprenderá mejor que la defensa de la familia se identifica con la defensa de la patria: porque cuando se ataca la patria se ataca también a la familia, por lo cual también el mejor defensor de su patria será el hombre que comprenda –y viva- el sentido de familia como formadora de la patria. Refiriéndose al patriotismo –y sus diferentes sentidos o formas- el Padre Castellani menciona que la convivencia es el grado más bajo y el fundamento de la amistad social; el grado que constituye esencialmente las patrias. Cuando vemos en las primeras escenas del film el grado de convivencia familiar y laboral de Martin con los suyos (como en el comienzo de “Apocalypto”) –desde luego, con sus imperfecciones-, entendemos cómo ese lugar es para él una patria, y de qué manera –aunque en un principio se niegue a combatir en la guerra- él ya está haciendo patria y tiene el sentido de lo que es ser un “patriota”. En este sentido podemos decir que es adecuado el título del film.
. No hay en la película una elección individualista por sobre el sentido patriótico, ni por el contrario, un patrioterismo chauvinista. Familia, Religión, Tierra: eso identifica al mundo de Martin y por ello pelea. No es un anarquista renegado, no es un ideólogo cobarde, es un pequeño propietario ilustrado no por una cultura libresca sino por una cultura vital que se va haciendo cada día en su terruño. Lo que se llama la defensa del sentido común.
. No se defiende en el film ni se proclama una idea abstracta de la “Libertad”, se defiende en todo caso la libertad de cosas concretas como la familia, el derecho de propiedad, el no ser usado por la corona británica como carne de cañón en sus guerras y encima no ser retribuido con ningún derecho ni poder de decisión. Estas cosas que entienden esos hombres de pueblo, no son desde luego las ideas nefastas que incubaban los masones como Washington y otros. Pero esa hibridez se ha dado siempre, también entre nosotros. No quedaba otra que combatir -¡sobre todo a los ingleses!- sin saber lo que luego la historia podría depararles.
. La relación Padre-Hijo marca los films todos de Gibson como director, y casi todos en los que ha intervenido como actor y productor (exceptuando la caída de “Revancha”, verdadera bazofia más adecuada para un Stallone en declive que para un Gibson católico. Pero es un film de transición entre la conversión que no se aceptaba del todo y lo que estaba a punto de abandonar -como quien está bajo los efectos de la abstinencia en un centro de recuperación-; de hecho, se lo ve a Gibson incómodo y fuera de papel. El cine es un fiel registro de su camino y de sus caídas, indudablemente). En “El Patriota” tenemos su relación repartida con sus distintos hijos, desde el primero al último. Una escena se repetirá con variantes en “Apocalypto”, y es acá cuando su hijo mayor es detenido por los ingleses y Gibson le dice “hijo”, ante lo cual el inglés mata a su vástago. En “Apocalypto” la escena es inversa pero tiene el mismo sentido: el hijo reconoce al padre y éste muere ante su mirada. Pero no es todo. Martin habla dos veces con el oficial francés que pelea con su milicia: la primera vez le preguntará al galo por sus hijos, a lo que éste callará huraño; finalmente volverán al tema y el francés hablará, esta vez ganada su confianza, revelando que sus dos hijas fueron asesinadas. Otros ejemplos correrán a lo largo del film, incluyendo al pastor protestante, de lo que hablaré luego. Pero es interesante ver a los ingleses, que sólo depredan y parecen inmunizados a cualquier gesto de humanidad (aunque al principio en la casa se destaca un suboficial que no aprueba el mal trato por parte de los oficiales). El general Cornwallis trata paternalmente a dos perros gran danés, llamados Marte y Júpiter. Pero perderá a los dos a manos de Martin en una emboscada (genial broma completada luego). A tal punto llega el carácter anti-pirata de esta película, que torna humano a un enemigo con sus mascotas para después darle su merecido
.El film tiene dos puntos culminantes, entre los cuales se produce el ascenso de Martin: el primero es la muerte que da a los oficiales ingleses al comienzo, la depredación que hace con el último de ellos. El segundo momento es cuando mata en el campo de batalla al coronel Tavington. La diferencia sustancial entre uno y otro Martin es evidente. La segunda muerte ni siquiera cabe llamarla venganza (referimos el detalle del hacha que no llega a usar). Ese hacha que había guardado en el arcón de los recuerdos (podemos preguntarnos para qué, y es probable que todavía no tuviera la fuerza para desprenderse de ella y de todo su pasado), ahora las circunstancias harán que se pierda en el campo de esta última batalla.
También puede emblematizarse el camino interior del protagonista en otros dos momentos del film: entre la caída al piso de su casa al partírsele la mecedora, pequeño problema doméstico que parece rebajar su autoridad –especialmente sobre su pequeña hijita- y que revela además su irascibilidad; y finalmente el erguirse decidido y firme sobre su caballo portando la bandera y marchando al frente de batalla, sereno en su resolución, respetado y admirado por sus hombres. Toda una victoria ha acontecido, que será luego reafirmada sobre el campo de batalla.
.Otro recurso tomó –parece- Mel Gibson de este film para “Apocalypto”: la llegada salvadora sobre el final de unos barcos. Pero en “Apocalypto”, desde luego, con mucho mayor impacto y un sentido trascendente e histórico insuperable.
.Tres momentos en tres films en que un mismo recurso es coincidente: en “El Patriota” el grupo de oficiales ingleses que portando antorchas persiguen a los colonos americanos; la guardia del sanedrín que, portando antorchas, busca y captura a Jesús en “La Pasión”; los cazadores mayas que persiguen al protagonista de “Apocalypto”. Todos ellos toman antorchas pero el único sentido posible es el literal. Cuando N. S. nos dijo: “Tened la cintura bien ceñida y en vuestras manos tened antorchas encendidas” (Lc. 7, 35), nos estaba hablando de la oración y la meditación. Pero esa clase de personajes no pueden entenderlo en este sentido, por lo cual aunque vivan portando una luz, viven a oscuras.
Siguiendo con la escena de las antorchas y, en particular, en la quema de la iglesia, allí se ve que los ingleses usan de un americano renegado para que lleve a cabo esta destrucción. Como ha ocurrido siempre, la barbarie norteamericana es instigada por los ingleses (ejemplo de ello, el bombardeo de Monte Casino). El trabajo sucio es la especialidad del traidor, que tarde habrá de arrepentirse, si lo hace.
.Cuando el hijo de Martin le dice a él y sus hombres que no tienen que comportarse igual que los ingleses, es decir, no ser salvajes como aquellos lo son, está dando una enseñanza en todo cristiana, superando al “ojo por ojo” que sería propio de los protestantes y que aplicara el mismo Martin en la anterior guerra. Sólo que es más fácil decirlo que hacerlo: el hijo querrá después vengarse llevado por el odio y morirá por ello.

Los ingleses: Cayó mal esta película en la Gran Bretaña, y no era para menos. Se llega a leer en una crítica difundida por internet que es increíble cómo se “demoniza” a los ingleses, al punto de resultar absurdo e inverosímil. Desde luego, los que conocen un poco de historia y saben de los crímenes de los “buenos”, silenciados convenientemente por la prensa esclava y el cine en general, lo que se muestra no es sorprendente, sí lo es que se lo muestre. Aquí mismo, en las dos invasiones a Buenos Aires, los ingleses entraron violando y matando aún a mujeres y niños: “Saquearon y mataron (los conquistadores ingleses) sin distinguir edad. Al delito común, robo, incendio, asesinato, agregaron las profanaciones a los lugares sagrados, templos y conventos, aún de clausura como el famoso pillaje a las catalinas (...) no perdonando en su furor ni lo más sagrado de los templos, llevándose los vasos sagrados, custodias, cálices y demás alhajas y finalmente, violaban a las mujeres a la fuerza siendo muy pocas las casas por donde pasaban que se libraron de su codicia e infernal furia” (Berutti-“Biblioteca de Mayo”, Tomo IV-3196, cit. por Julio C. González en “Patria Argentina” N° 225). Esto lo referimos –y es sólo una cita- especialmente en relación a lo escandaloso que les resultó a tales críticos (a quienes probablemente no les causaría ese estupor si los criminales fueran los norteamericanos, lo sospechamos, ni, mucho menos, si se tratara de los nazis) la escena de la quema de la iglesia protestante con los fieles encerrados dentro. Escena terrible que el cine del Hollywood clásico jamás osó mostrar. De hecho, en “América” de Griffith, que refiere episodios d esta guerra, el único salvaje es William Butler, un americano renegado que se sirve de los indios para sus tropelías; los ingleses quedan bastante bien parados.
Otro mérito, entonces, de esta película: mostrar que, esta vez, los salvajes no son los indios, sino los atildados, pulcros, educados y civilizados ingleses. ¿Habrían objetado el film si los salvajes asesinos eran los españoles? Ya sabemos la respuesta. Mel Gibson sabe lo que hace.

El liberalismo: Cuando Gibson / Martin se para en la Asamblea para hablar, dice algo a todas luces inconveniente para la religión de la “Libertad” o “Democracy”: “Una asamblea electa puede aplastar los derechos tanto como lo hace un rey” y le pregunta a un vecino “¿por qué cambiaría a un tirano que está a 3.000 millas por 3.000 tiranos que están a una milla?”. En definitiva, no necesariamente el sistema que se pretende imponer ha de ser per se mejor y más justo que el de la monarquía absoluta que se quiere combatir. Cambian las formas, pero la tiranía puede darse igual. Estas cosas muchos las olvidan, luego, con las escenas dramáticas de las grandes batallas, pero es una gran verdad que contiene la película contra el pensamiento único. Por otra parte, la lucha de independencia norteamericana –llamada comúnmente “Revolución americana”- fue, como explicó Russell Kirk, esencialmente conservadora, y no anti-cristiana como sí lo fue –como todo el mundo sabe- la “Revolución francesa”. El Patriota rescata también ese conservadorismo.

Los protestantes: La comunidad americana que se muestra es protestante, aunque el film en verdad no los deja muy bien parados que digamos. Tal vez involuntariamente, se logra mostrar la inutilidad de la secta: el pastor es incapaz de hacerse escuchar por los feligreses y, cuando ya todos estos se van a la guerra, decide sumárseles, mostrando –a diferencia de nuestros sacerdotes católicos- la desvinculación de la Patria por parte de aquellos. De la ineficacia pastoral se deriva en la (torpe) actividad guerrillera para pelear. No está allí el sentido misional ni del martirio de la Iglesia Católica, porque tampoco fue allí como entre nosotros una clara confrontación religiosa. No hay allí cadenas de oración, no hay una arraigada religiosidad (excepto en el personaje de Gibson, como ya lo señalamos, un gesto el suyo, como actor, si bien se ve, ecuménico en el verdadero sentido de la palabra). Se ve todo esto claramente cuando uno de los milicianos se suicida frente al pastor, que es incapaz de hacer nada y sólo atina antes a decirle que no se vengue, una muestra del fracaso de su prédica. Más tarde, en acción simétrica con ésta, como queriendo enmendar su fracaso, el pastor le da su arma al hijo de Martin para que concrete su venganza contra el inglés, la cual es fallida. ¿Acaso no se vio bien este otro detalle? El lugar donde Gibson se refugia con sus hombres y organiza su milicia y se hace fuerte es una antigua misión católica española abandonada. Una cruz se yergue tras él en su puesto de campaña.
Finalmente, digamos que Emmerich acierta en cómo mostrar a alguien que reza, evitando sencillamente el lugar común de tantas películas de hacer que el actor alce la cabeza y mire hacia arriba sentimentalmente. En este caso sabe usar de la discreción y de un perfil oscuro hace la equivalencia (como alguna vez lo hiciera Hitchcock) de un primer plano. El resto lo hace la luz y la sombra.

Los críticos: Cuando escribí un extenso estudio sobre “Apocalypto”, hice mención sobre una cómoda actitud que se suele tener ante una película. Se trata de aquella mediante la cual se impone la opinión espontánea por sobre el criterio razonado y el método, o donde la intuición no cuenta con herramientas que la ayuden a dilucidar las cosas, por lo cual se tiene una actitud de libre interpretación suponiéndose que se sabe sin saber qué se sabe. Calificaba a esta actitud imprudente de protestante, en un apartado del ensayo que (lamentablemente) no se ha tenido en cuenta. Los llamados “críticos” de los medios de comunicación son los mayores responsables de esta vulgarización de tal disciplina y difusión de tal actitud ante el público, porque es por demás evidente que leyendo una “crítica” de un diario cualquier espectador se da cuenta que sería capaz de escribir lo mismo sin el más mínimo esfuerzo de su parte. Como dice Ernest Hello, “la crítica, tal como habitualmente se practica, es una charlatana cobarde y complaciente, que no sabe hablar, ni puede, ni se atreve a hacerlo”, pues “sin fuerza para dar vida, tiene la virtud de dar la muerte”, y agrega luego el gran escritor: “A aquel que se dispone a juzgar, debe decírsele que la elevación, la amplitud y la profundidad no son para él objetos de lujo, sino leyes”.
Para empezar con la crítica inglesa, toda la prensa atacó “El Patriota” por el lado de la “incorrección histórica”. Para el “Daily Telegraph”, entre otros, la escena que mayor inquina les produjo es aquella en que los soldados ingleses meten a la gente dentro de la capilla y le prenden fuego. Afirman ellos que tal cosa la hicieron los nazis en la 2GM y no ellos, pero ya vimos en un apartado anterior de lo que fueron capaces los ingleses. En Copenhague hace doscientos años destruyeron con bombas la catedral de la ciudad. Pero no, el Telegraph dice afectado que “Se los retrata (a los británicos) como dignos miembros de la guardia personal de Pol Pot, y todos hablan con acento de colegio inglés pago”. El crítico yanqui Foreman, del “New York Post”, bramó -a la manera de nuestro “Peppone” Monteagudo- que el film es “fascista” por la manera en que presenta el culto a la familia, porque evita todo contexto político e ideológico democrático y por lo “arios” que son sus personajes. Con buen sentido y ante la arremetida de la prensa británica, Mel Gibson se los sacó de encima diciendo:”Esto es cine, después de todo. Había que animar un poco el guión...Alguien tiene que hacer de malo ¿no? Hay que dar algo de reposo a los alemanes”.
Entre nosotros, la crítica progre no iba a diferenciarse de los colonialistas, desde luego. La insidia, la mediocridad, la bajeza y las burradas de estos bárbaros son puestas otra vez en acción (y son vomitadas al público lector, que a esta altura lo merece por zonzo) cuando aparece un film como éste. Scholz es de los más aventajados desde el “Clarín”: habla de languidez (¡!) del relato, o de que “los malos atacan de afuera” para terminar, luego de mostrarse “irónico” sin atreverse a destruir el film con fundamentos, opinando que “Mel Gibson era mayor patriota escocés que yanquee”. El progresista Monteagudo, desde el diario de izquierda “Página 12”, se referencia en las críticas norteamericanas para volver sobre las “inexactitudes históricas”, mas una serie de burlas que sólo demuestran la irritación que le provocan hombres con sus hijos empuñando las armas para defender a su patria. No es desde luego una crítica en sí, como tampoco la del siempre bochornoso e histérico Batlle en “La Nación”. Verdaderamente estos sujetos no saben nada más que esputar el pus que los corroe por dentro, y nuevamente Mel Gibson (¡antes de La Pasión!) los incomoda en sus cómodos aposentos, porque encarna todo lo opuesto que éstos representan. Gibson es para ellos una piedra en sus zapatos –por no decir un forúnculo en sus traseros- que no podrán quitar por más que griten y pataleen. Sólo una forma tendrán de quitarse esa inevitable molestia: desandar el camino y reconocer la verdad.
Finalizo diciendo que la película, desde ya, tiene sus defectos, como una sobrecarga innecesaria en el énfasis puesto en determinadas escenas que exacerban el sentimentalismo –como el romance del chico y la chica, o el diálogo en la batalla final entre el blanco y el negro-. Pero Emmerich opera el film mediante la exacerbación de los contrastes, previendo escenas posteriores de alto impacto (la escena de la iglesia, la venganza del joven). Aparte debemos aclarar que el tema histórico-patriótico del film es la segunda historia, aunque se venda como la primera. La primera es la historia de Martin y su familia y su lucha personal en medio de ese contexto. Por esto sigue el curso del mejor cine clásico norteamericano, y es imbécil acusar a sus hacedores de oportunismo comercial o cualquier otro infundio salido de las bocas progresistas, que todo lo confunden para perdición de los incautos lectores de sus improperios. Como progresistas, se ve, son muy anticuados pues esgrimen año tras año los mismos vituperios, la misma reacción anquilosada y cómoda.
Finalmente, contra el prejuicio difundido –y lógico- antiyanqui, que hasta nosotros a veces tenemos (debo decir que a pesar de esto la escena de Gibson con la bandera en alto es verdaderamente emocionante, por el momento en que se da y todo lo que tiene detrás), mejor sería que miráramos para adentro. Acá nunca se haría una película como ésta, si no, por el contrario, un cine derrotista y anti-nacional: es la diferencia entre los yanquis y nosotros. Por eso allá tienen lo peor pero también lo mejor, en cambio nosotros, argentinos, tenemos sólo lo peor. Y todavía nos creemos que tenemos Patria cuando no veneramos a nuestros héroes, dedicándoles siquiera una mísera película. Bienvenido sea este tipo de cine si sirve para hacernos pensar un poco en todo ello y en lo que aún tenemos por defender.

* Hoy la realidad de Gibson confirma nuestra afirmación de años atrás, cuando escribimos esta crítica, pues ha aflojado en la pelea y parece habérsele venido el mundo abajo.(Ver La caída). No obstante, se confirma también de qué manera Gibson se ha involucrado en sus films personalmente hasta y para contar allí su propia vida. Nos enteramos poco ha que su ahora ex -esposa es “anglicana”, al igual que la esposa del militar católico que interpreta Gibson en “Fuimos soldados”, producida por él mismo. Viene a la memoria esta coplita del Padre Castellani:

“Ya les dije que el cantor
Si canta, canta su vida-
Sólo descubro mi herida
Y con hacerlo, la curo-
Y que yo sepa, les juro
No la canto embellecida”

Plegaria y canto, entendemos, serán la salvación de este artista metido en el centro del mundo corrompido.