“Que el cine sea ordenado a la gloria de Dios y a la salvación de las almas, y sirva eficazmente para la extensión del Reino de Cristo sobre la Tierra”.

S. S. Pío XII

viernes, 26 de noviembre de 2010

CRITICA - EL ORIGEN



EL ORIGEN

Dirección: Christopher Nolan – 2010

LA IMAGINACIÓN AL PODER


Cuesta ponerse a escribir sobre esta película, cuando es tan fácil, y saludable, olvidarla por completo.

Pero los medios de difusión y unos cuantos espectadores la han engalanado con su apoyo, por lo que debemos prestarle alguna atención.

Los críticos mediáticos elogian todo lo que debe venderse, y esta película, en la jerga periodística, es un “tanque”. Como tal no puede ser desdeñada.

El público mayoritario, cliente al cual está destinado este tipo de películas, apabullado como está por la era tecnológica, ya no desea sino un frenesí grandioso que le evite tener que pensar.

Al hombre moderno no le basta con la realidad, porque en ella no encuentra ningún misterio. No lo encuentra formulado estéticamente en las obras de arte. Las religiones falsas tampoco se lo proveen, la Religión católica verdadera está restringida por obra del modernismo persecutor que todo lo falsifica.

Como este hombre ya no se aguanta a sí mismo y su nada (esa nada que ahora ha incorporado a su vocabulario), se escapa de la realidad para ir hacia los paraísos artificiales de las drogas, la bebida, el sexo, los sueños y las ilusiones virtualmente suscitadas. La principal de ellas, el cine.

Este cine de hoy ya no busca mediante el artificio y la aventura darle un plus al hombre para que vuelva a la (su) realidad comprendiendo e intensificando su vida.

Los relatos ayudaban a sostener la sanidad mental del hombre, vinculándolo o restituyéndolo a sus orígenes y sus semejantes. La sabiduría se nos había entregado mediante relatos. La imaginación era libre dentro de unas coordenadas dadas por el sentido común del hombre y el sentido del misterio que no puede explicarse pero todo lo explicaba. Y ese misterio era una revelación. Y la revelación, la Verdad que un culto manifestaba.

Ahora la imaginación, importantísima para el conocimiento de la verdad, pero debajo de la razón, se coloca por encima de todo como virtud “creativa” y, a través de la imparable evolución tecnológica, va detrás de estos medios de expansión de sus límites, tomándolos por fines. Los grandes artistas no son grandes por su imaginación, decía Castellani, sino por su inteligencia. Todo lo contrario de lo que afirman los pseudocríticos que han ensalzado esta película por la frondosa imaginación de su director. Recuerdo cuando Chesterton elogiaba al “Robinson Crusoe” porque celebraba “la poesía de las limitaciones”. Hoy el hombre quiere olvidar las limitaciones porque no quiere asumir que es un ser que debe limitarse. El hombre de hoy lo quiere todo. Por eso nada debe ser secreto y no hay barreras que lo limiten. Todo se lo permite.

Durante dos horas y veinte minutos vemos cómo un grupo de personas le lavan el cerebro a un hombre ingresando a su mente a través de los sueños. Esto que allí le llaman “incepción” (el título original del film es “Inception”, lo contrario de concepción, tal vez el título adecuado del film debería ser “Maculada incepción”), vendría a ser el hecho de infundirle una idea a la persona durante su sueño, de tal manera que cuando despierte crea que esa idea le ha venido espontáneamente y es enteramente suya. El objetivo es que esa idea termine apoderándose de su mente.

El procedimiento, propio más bien de la experimentación de los centros psiquiátricos soviéticos, es diabólico. Al protagonista, interpretado por Leonardo Di Caprio, por usar tal método con su esposa, ésta, no sabiendo al fin distinguir la realidad del sueño, terminó suicidándose. El personaje de Di Caprio quiere redimirse de ese “error” y perdonarse a sí mismo, para poder rehacer su vida, todo a través de este operativo y de su propio sueño. El bien final justifica un medio maligno.

Con ser una trama siniestra, la película es un torbellino de sueños dentro de sueños interminables, tediosos y delirantes (parece que los actores tuvieron que leer varias veces el guión para entender de qué se trataba), con fondo de música constante y diseño y efectos que nos recuerdan más de una publicidad de autos japoneses. Los actores hablan casi siempre, como es de rigor ahora, susurrando. Tal vez para dar a entender así que algún conflicto interior los inquieta. Más bien nos parece que así se pretende dotarlos de una personalidad que no tienen. Recuerde el espectador cómo hablaban los hombres y mujeres en el cine clásico, y notará la diferencia.

Creemos que en el fondo lo que se plantea a través de este film es el lavado de cerebro al espectador, ahora víctima que, al salir del cine, termina aplaudiendo a sus victimarios sin saber bien por qué. Sólo porque le han “incepcionado” esa idea, especialmente desde los medios de difusión.

“El alma de un hombre –escribió Chesterton- está llena de voces, como un bosque. Hay allí diez mil lenguas, como las lenguas de todos los árboles. Fantasías, locuras, memorias, excentricidades, temores misteriosos, más misteriosas esperanzas. Todo el ordenamiento y sano gobierno de la vida consiste en llegar a la conclusión de que algunas de esas voces tienen autoridad y otras no”. El problema es que el hombre ha reemplazado la autoridad de Dios por la conciencia personal, entonces de manera caprichosa, subjetiva, sentimental, decide dentro de sus delirios y ensoñaciones cuál voz debe seguir y cuál no.

El hombre que no sabe cuáles voces tienen autoridad y cuáles no, no se halla lejos del delirio y la perdición, porque hay voces interiores que vienen de aquel tentador que vive para perder a las almas espirituales que son obra de Dios.

La ocasión nos sugiere tener presentes las reglas para el discernimiento de espíritus, que nos ha legado San Ignacio en sus cada vez más necesarios “Ejercicios Espirituales”. Ello nos enseñará más y mejor a estar alertas contra, entre otras cosas, esta clase de películas.