“Que el cine sea ordenado a la gloria de Dios y a la salvación de las almas, y sirva eficazmente para la extensión del Reino de Cristo sobre la Tierra”.

S. S. Pío XII

lunes, 1 de noviembre de 2010

De actualidad

EL CULTO DE LOS MUERTOS


Hábitos inveterados de los argentinos
Por Leonardo Castellani

Nuestro compañero de tareas, Ramón Doll; ha llamado repetidamente la atención hacia ese fenómeno argentino que él llama “la manía de los velorios”. Nosotros nos habíamos olvidado de cuando murió Yrigoyen, pero ahora hemos tenido ocasión de recordarlo y es realmente sorprendente.

El entierro del doctor Alvear (q.e.p.d), nos ha dado salida a una explosión de afectividad dirigida, que salvo el respeto al difunto, rayaba en muchos puntos con la payasada. De golpe el pobre difunto se ha convertido en un receptáculo de las más excelsas y raras virtudes (“democráticas”) en la boca incluso de los que ayer nomás no se hartaban de chistes atroces a costa suya. En este coro de superaciones ditirámbicas, nada hubo tan notable como los “solos” de Roosevelt y de Cordell Hull. El Gobierno se conmueve todo y comunica su temblor a al Iglesia, se cierran las clases, incluso universitarias, las niñitas de las escuelas ( y los sacerdotes) son usados como plañideras, llueven coronas de bronce, manifestaciones altisonantes, ditirambos de una falsía grotesca, oraciones fúnebres, honores por decreto, gestos figurónicos, acompañados por movimientos indecisos del pueblo movido de una religiosidad vaga. Pérdida enorme de tiempo. En todo ello, en insistente retañir de una nota falsamente religiosa y la intención aprovechadora en pro de la “democracia”. El sermón de “circunstancias” estuvo a cargo del doctor Miguel Culiacciatti. (Ministro de interior el Presidente Castillo).

Cuando enterraron a Yrigoyen, al Doctor Alvear le robaron una cartera con 73 pesos, así como una cruz de oro al féretro. Uno de los que ayer se llenó la boca con “las virtudes cívicas y raciales de quien fue uno de los mas grandes estadistas de América”, hizo en aquel entonces un chiste cínico acerca de “cómo los rateros se aprovechan de los cadáveres”. De la parte de esos buitres, que son perfectamente insinceros –como aquel que ayer nomás sobre el cadáver del paracaidista inmolado en la propaganda política ensartaba otro discurso de propaganda política-, la actitud es manifiestamente repugnante y clara. Pero el fenómeno es demasiado complejo para poder explicarse con esta sola causa, sobre todo de parte del pueblo. Merece que lo observemos.
Si: un miembro del gobierno, desamparado de opinión visible, adula a los radicales, evidentemente… Si, los politiqueros aprovechan la ocasión de hacerse la publicidad, en una incontinencia hotentote de oratoria necrológica. Si, los tiburones y los zorritos saben que al pueblo hay que distraerlo lo más posible para que no piense en el triste estado del país y sus problemas. Si, la Iglesia curial, reducida por anemia cerebral después del triunfo del Liberalismo a Gran Ceremoniera de la Democracia, se mueve dócilmente y prodiga bendiciones que no pueden hacer mal a nadie, y hacen el bien de mantener la religiosidad del pueblo, al menos en figura. Pero todo eso es poco para explicar por entero esa especie de masoquismo colectivo, ese desborde de lloroneo y llanto y ese sentimentalismo enfermizo llevado al extremo de hacer posible la ingestión de las mentiras más gruesas envueltas en toneladas de palabrería huera. Fue un espectáculo bastante humillante para nosotros. Es imposible imaginarse una Nación realmente grande entregada a este frenético can-cán fúnebre. Buenos Aires tiene poco que hacer y se ha olvidado de sus grandezas.

Lo que pasa aquí es muy sencillo y se puede expresar con esta metáfora: el pueblo argentino no tiene Templo y va a adorar a los cementerios, donde el sepulturero lo espera, llamado Régimen: Los etnólogos enseñan que el culto de los muertos es la forma de religión mas primitiva y que cuando una religiosidad colectiva retrograda, tiende a las formas rudimentarias. En las aldeas abandonadas de Catamarca y La Rioja, donde falta desde Rivadavia iglesias y sacerdotes, se ve que el cementerio al lado de las taperas lamentables es el lugar mas cuidado (el único cuidado) y que allí se efectúa el necesario rito de la ligazón colectiva, que hace la sociedad posible. Una creencia común, que por trascendental cubra las diferencias contingentes individuales, es el cemento indispensable de una sociedad; y la creencia de que el hombre no muere del todo y después de la vida mortal “hay justicia”, es la mas rudimentaria, instintiva e indestructible de todas. Así pues, la masa argentina que cada día se siente más perdida de la Iglesia, se siente por instinto impelida a fabricarse sus propias liturgias; a expresar su alma profunda como pueda, aunque sea en los cementerios. Véase la concurrencia multitudinaria a la Chacarita el día 2 de noviembre.

Esta religiosidad desenfocándose es aprovechable para los sacerdotes del Progreso Indefinido y la Democracia Redentora. Recordemos que el Liberalismo es una ”herejía”, es decir, contiene un elemento religioso y aspira a suplantar a la Iglesia. Del culto de Dios al culto de los santos, del culto de los santos al de los héroes, del culto de los héroes al culto de los muertos, estos son los descensos graduales de una religiosidad que se afloja, que pierde el foco. Esta enorme ficción del Pueblo Soberano, la Libertad y la Democracia, detrás de la cual se mueven larvas oscuras y siniestras, necesita admiración, necesita héroes, ¡necesita héroes!, y cada día los tiene menos: los horribles abogados discurseadotes y gesticulantes que la representan, cada día parecen menos estampa de heroísmo, y mas porrudos, patudos, ladrones, mentirosos y odiosos, -o como en el caso de Alvear, simplemente prosaicos o ridículos o inexistentes o lelos.

Entonces la Democracia inventa este pasapasa: cuando mueren son héroes.

Hay que ver lo que dijo Mitre de Sarmiento cuando vivía; y lo que dijo arrebatado de éxtasis al día siguiente de su muerte. ¡Todos los muertos son santos! Aprovechándose de esa decencia latina de no hablar mal de los muertos, “de mortuis nihil nisi bonum”, hace delante del pueblo asombrado el truco de la canonización laica, confiando en que la honradez y delicadeza de los que ven el truco, les impedirá saltar en mitad de la ceremonia gritando: “¡Este fue un necio un amoral o un inútil!”, y en todo caso, si alguien osase tanto, lo ahogarían bajo una lluvia de coronas de flores naturales o coronas de bronce artificiales.

El sentimiento cristiano de la muerte es diferente de estas vocingleras payasadas que hemos presenciado: hay que rezar por el finado y hay que dejar a la Iglesia el juicio de sus virtudes; y si es verdad que no débese hablar mal de ellos, menos se debe hablar bien con exageración o mentira. Cuando uno piensa que en nuestro país diarios como El Mundo, La Prensa y La Nación tienen a su cargo el reparto de la verdad y la distribución del loor, son los impartidotes de la honra, que es el motor social por excelencia; y que lémures y espectros monopolizan esas esencias (o su falsificación mejor dicho), comprende cómo el organismo nacional está cariado y cómo esto no puede durar mucho sin el estallido de una crisis fuerte.

Entretanto, el entierro del jefe del radicalismo, nos ha servido para ver instintivamente y radiográficamente otra vez la estampa del régimen liberal que no es entre nosotros hoy día más que una enorme vanidad cubriendo una enorme podredumbre.

Escrito en el año 1946, extraído de "Castellani por Castellani" Ed. Jauja.



EL UNGIDO




Cuando muere el hombre impío perece su esperanza”
Prov. 11,7


Por ANTONIO CAPONNETTO


No siendo especialistas en tanatología –como de pronto parecen serlo todos nuestros conciudadanos- apenas si un par de reflexiones podríamos hilvanar ante la muerte de Néstor Kirchner.

La primera es que su deceso es un bien inmenso para el país, como lo sería el de todos aquellos de su laya que viven y obran para ultrajar a Dios y a la Patria. Disimular, omitir o atemperar este juicio nos conduciría a pagar un tributo al cinismo que no estamos dispuestos a oblar.

El difunto (ya lo dijimos largamente mientras vivió) ha sido una de las encarnaduras más completas cuanto deleznables de la degeneración intelectual, moral y política; y en un decurso histórico como el nuestro, en el que no es fácil competir por la náusea, se ha quedado limpiamente entre los primeros puestos. No dejó crimen por auspiciar, latrocinio por cometer, impiedad por poner en práctica, mentira por difundir y rencores torvos por ejecutar malignamente. Suyas fueron todas las características del hombre espiritualmente contrahecho. Desde la dicción soez y el gesto atrabiliario, hasta el corazón irreligioso y la mente ganada por las cóleras más ruines.
Halló solaz en propiciar la contranatura y sintió desdicha por las virtudes tradicionales. Gozó con la fiesta sacrílega del mundo, y lo amargaron las celebraciones genuinamente sacras. Supo odiar la identidad hispanocriolla y católica de estas tierras con el mismo frenesí con que amó la causa de los asesinos de nuestra estirpe. Encanallecido, indigno y cargado de locuras furiosas, si algún epítome abarca sus pluriformes miserias y vicios sin cuento, el mismo fue acuñado el 6 de julio de 2010 por uno de sus indiscutibles y empecinados apologistas. Dijo entonces Luis D’Elía: “Néstor Kirchner es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”. “Nuestro”, es decir de ellos, fue sin duda, el abanderado y el adalid.

La segunda reflexión guarda consonancia con la primera. Un hombre de tan negrísimo talante no podía sino creerse invulnerable y sin necesidad alguna de sobrenaturales socorros. La conciencia de la vulnerabilidad es propia de quien posee la virtud de la fortaleza, enseña el Aquinate. Mientras que, por el contrario, el pusilánime finge que nada puede ocurrirle. Para el cobarde henchido de soberbia, enfermarse no le está permitido; y llamarse a sosiego o a reposo, o mostrarse frágil con humano y humilde verismo, es una señal de derrota que no puede admitir.

Por eso Kirchner y su endemoniado entorno, a cada paso de la enfermedad que al fin acarreó la muerte, rechazaron cualquier signo sacramental que invocara la posibilidad ineludible de las postrimerías. Negado a la trascendencia y dado a la publicidad, el mensaje del patagón no podía ser el de un paciente necesitado de preces y de auxilios médicos, y en consecuencia engrandecido en el dolor y en la enfermedad. Sí, en cambio, el de una máquina ganadora que se hacía algunos ajustes técnicos para seguir compitiendo hasta la recta final. Como el acróbata que es dueño de una risa estéril y falsa, de comisuras tiesas, para probar que está intacto tras las mil volteretas, así reía Kirchner tras cada golpe que le propinaba su irremisible dolencia.

El cajón cerrado –con o sin sus restos, lo mismo da- fue el último signo de esta incapacidad de mostrarse vulnerado. Para descubrir al pueblo el rostro muerto, primero hay que estar convencido de que hay un Divino Rostro que me aguarda, transfigurante de mis miserias corporales todas. El rigor mortis, públicamente retratado como preanuncio paradojal de una movilidad aquende el féretro, es propio de quienes mueren piadosamente. Contrario es el caso de los desesperados. La mors certa, hora certa sed ignota, los tortura más que el instante súbito que los arranca definitivamente del tiempo. No saben ni quieren prepararse a bien morir, porque el activismo exitista que los domina los vuelve incapaces de todo ocio contemplativo.

No fue pues, el de Kirchner, ese consumirse como un cirio para alumbrar a otros, en un sacrificial, oblativo y extremo acto de servicio. No fue un gastarse y desgastarse sin medir las consecuencias. Esto quedará para la mitología partidocrática, siempre pronta a catalogar sandeces. Fue, sencillamente, lo que escribe Gracián en El Criticón: ”los sabios mueren, los necios revientan”. Reventó agarrotado por sus tirrias y fobias, creyendo que la muerte no era para él, sino un mal siempre conveniente y deseable para sus enemigos. Tal vez no le faltó razón, puesto que Dante, en el Canto III del Infierno, localiza a un tipo de personajes que, en virtud de sus felonías, “ni tienen la esperanza de morir”.

La tercera reflexión es sobre aquellos que, desde el instante mismo de su muerte, y olvidando que hasta otros instantes previos lo habían despreciado o maldecido, se dedicaron a glorificarlo, ya desde los medios masivos o rindiéndole homenaje presencial. Hablamos ante todo de esas muchedumbres mórbidas e informes que desfilaron ante su túmulo, brindando el espectáculo decadente que suscitan habitualmente estos carnavales. Masas sin veleta ni rumbo, volubles por definición e hijas de la hez democrática, esas oleadas que integraron su cortejo, ora asistieron rentadamente por disciplina sindical, ora por saltimbanquismo populista, ora por funesta afinidad con el rufián que partía. Ayer lo hicieron ante la momia de Alfonsín o de Mercedes Sosa. Mañana por quien sea el turno de rentar el olor de multitud. La Argentina real e invisible no estaba en ese cortejo desencajado y ciego. Estaba trabajando silente en vastísimas e incalculables legiones de sufridos brazos, lamentando esta patria nuestra, material y espiritualmente corrompida por el tirano que acaba de reventar.

Pero llegue también nuestro desprecio, ya no al tropel sin riendas que incensó durante horas el ataúd del déspota, entonando sin proponérselo la Marcha fúnebre para una marioneta -mas sin los sones afinados de Gounod- sino al llamado arco opositor, político o periodístico, cuya obsecuencia lacrimógena para con el occiso y sus deudos sólo prueba lo que ya sabemos de memoria: que uno solo es el Régimen, del que medran por igual oficialistas y antagonistas, en una entente trágica, maloliente y rapaz. Un único y despreciable sistema forman las llamadas derechas e izquierdas, conjugadas al unísono para que, más allá de las muertes individuales, perdure y sobreviva el infectado y podrido conjunto.

Sea la última reflexión para medir lo más grave. Aquello que verdaderamente nos sobresalta y aqueja hasta el desgarrón literal del alma. Y es constatar que, una vez más, la Iglesia no ha sabido estar a la altura de las circunstancias.

Cierto que de Roma llegaron pésames híbridos, redactados al modo de un formulario eventual. Pero algo más hacía falta decir, porque el difunto fue un persecutor explícito de la Fe Católica, a la que ofendió cuanto pudo con saña manifiesta y procaz. ¿Por qué callar que Kirchner tipificó el desdichado caso de quienes pecan contra el Espíritu, de quienes pecan con faltas que al cielo claman, de quienes pecan sin que les sea posible merecer el perdón? (Mc 3,29; Mt 12,32; Lc 12:10). ¿Por qué callar que tanto él como su viuda, su partido y sus gobiernos, son la quintaesencia de la endemoniada juntura de capitalismo y marxismo, de progresismo y liberalismo, de gramscismo y cultura de la muerte? ¿Por qué callar en vez de distinguir y condenar con toda la energía y la contundencia que puede y debe hacerlo la Madre y Maestra?

A su turno, el Cardenal Sandri, y siete sacerdotes argentinos, celebraron una misa por Kirchner, en la Iglesia Nacional Argentina de la Ciudad Eterna. También callaron cobardemente lo que debían decir, y afirmaron lo que no debían afirmar. Verbigracia, que el occiso se destacó por “el apasionado empeño en la vida política”, dejándonos con su partida “en la pena y la sensación de desamparo”. La pena y el desamparo –entérense de una vez desaguisados y felones pretes- lo padece la patria argentina en su conjunto, como consecuencia, precisamente, del “apasionado empeño” destructor llevado a cabo por el pérfido que acaba de finiquitar, y que han decidido convertir en héroe súbito.

Las palmas de la iniquidad, por supuesto, se las llevó Bergoglio, a estas alturas, y ya sin tapujos, devenido en el Patriarca de una secta judeo cristiana. Compartiendo el presbiterio catedralicio con el rabino Bergman, y el altar con otros varones de ínclita talla, se atrevió a sostener en su homilía del 27 de octubre, que “las manos de Dios lo acompañaron [a Kirchner], lo amaron, acariciaron su vida y lo recibieron”; y que nadie debería cometer la “grande ingratitud” de olvidar que “este hombre fue ungido por la voluntad popular”. Mérito sacro e intangible de inequívoca raigambre rusoniana, ante el cual, “el pueblo tiene que claudicar de todo tipo de postura antagónica para orar frente a la muerte de un ungido por la voluntad popular”.

Bergoglio ya no merece respuesta alguna. Que Nuestro Señor Jesucristo, el Verdadero Ungido, y a quien en nombre de la voluntad popular, Néstor Kirchner vilipendió en su perdularia vida, le prodigue el perdón, alguna vez, por haber preferido el sacerdocio de Judas al del Dios Verdadero.

Cuentan que refiriéndose a la muerte de Casimir Delavigne -el poeta y dramaturgo francés- su compatriota, el pintor Francois Desnoyer, dijo irónicamente: ”hay muertos a los que conviene matar”. Tal el caso de Néstor Kirchner. Mátese de una vez su legado y su proyecto, para que pueda abrigarse la esperanza, siquiera tenue, de mejores días para esta patria en llamas. Pero no es tarea que parezca posible en el horizonte inmediato, bien lo sabemos.

Pasadas las fiestas cristínicas del funeral montonero, y enterrado Néstor con su pañuelo blanco del odio marxista, vendrá la cruda realidad de una nación deshecha, de una mafia acechante, de unos herederos torvos, de un futuro tan ruinoso como el presente aciago que vivimos. Todo reino dividido en sí mismo perecerá (Mt. 12, 24)

Disponga Dios lo necesario para que podamos resistir y resguardar.



PEQUEÑOS APUNTES SOBRE EL MUERTO

Tomado del blog CATAPULTA

30 de octubre de 2010

1) El Artillero odió a Kirchner con odio de abominación, en los términos que emplea el Padre Royo Marín:
“El odio de abominación (que recae sobre el prójimo en cuanto que es pecador ,perseguidor de la Iglesia; o por el mal que se nos causa injustamente a nosotros) puede ser recto y legítimo si se detesta,no la persona misma del prójimo,sino lo malo que hay en ella…
“…odiar lo que de suyo es odiable no es ningún pecado,sino del todo obligatorio cuando se odia según el recto orden de la razón y con el modo y la finalidad debida.Sin embargo hay que estar muy alerta para no pasar del odio de legítima abominación de lo malo al odio de enemistad hacia la persona culpable,lo cual jamás es lícito aunque se trate de un gran pecador,ya que está a tiempo todavía de arrepentirse y salvarse.Solamente los demonios y condenados del infierno se han hecho definitivamente indignos de todo acto de caridad en cualquiera de sus manifestaciones”
(Teología moral para seglares,Tomo I,BAC,Madrid,1957,p.403)

2) Kirchner tuvo dos grandes y malos amores: el dinero y el poder, sirviéndole éste para aumentar su hacienda,convirtiéndolo en un ser despojado de caridad .Conocida es su actividad en Santa Cruz como ejecutor feroz de deudas moralmente incobrables. Pecó entonces clamorosamente contra el cielo al oprimir a los pobres, lo que indigna a Dios.

3) En cuanto presidente, cometió el pecado mortal de sedición, opuesta a la unidad de la nación, a la justicia y al bien común, para “poder dominar con mayor seguridad al pueblo esclavizado” (cfr.Santo Tomás,Suma Teológica ,Tratado de la Caridad; se podría agregar hoy “esclavizado por los medios de comunicación”). Claro ejemplo de ello es la inicua persecución a quienes combatieron a la subversión marxista-leninista en los años 70 (Sobre el alma de Kirchner pesarán los más de cien muertos en cautiverio ¡Y cómo!)

4) No obstante el inmenso y casi irreparable daño inferido por el muerto a nuestra Patria ,como católicos recemos por su alma la Secuencia de la Misa de difuntos:
“Acuérdate,piadoso Jesús,de que soy causa de que vinieses al mundo;no me pierdas en aquel día;Al buscarme,fatigado te sentaste ;me redimiste sufriendo en la cruz;que no sea vano tanto trabajo”
Que el piadoso Jesús se acuerde de Kirchner, y llegado el momento, de nosotros. Y que también se acuerde de esta pobre Argentina de hoy.