“Que el cine sea ordenado a la gloria de Dios y a la salvación de las almas, y sirva eficazmente para la extensión del Reino de Cristo sobre la Tierra”.

S. S. Pío XII

lunes, 15 de noviembre de 2010

CRITICA - TETRO



TETRO
Director: Francis Ford Cóppola – 2009


CUESTA ABAJO

“Caída libre” es una expresión asaz contradictoria, porque viene a explicar una caída no controlada y, por lo tanto, sujeta por completo a factores donde la propia libertad nada puede hacer para evitarla. Una caída, valga aclararlo, no es un descenso, sino un derrumbe.

¿Por qué ocurren los derrumbes? Salvo circunstancias exteriores como explosiones, demolición o temblores de tierra, los edificios se vienen abajo, como recientemente lo pudo comprobar la ciudad de Buenos Aires, por una falla estructural en sus cimientos.

Los cimientos de un artista son su visión del mundo, su conocimiento del hombre y la sabiduría práctica del arte que tiene entre manos.

La visión del mundo, el conocimiento del hombre y de la realidad –es decir, su filosofía-, están determinadas por la religión que tiene y profesa y vive el hombre. Si no la tiene la sociedad se encargará de abastecerlo de una religión de repuesto. En el shopping del mundo hay una para cada cual, para que todos terminen “pensando como viven” y ya no “viviendo como piensan” a partir de la Verdad.

Penoso y ejemplar es el caso de Francis Ford Cóppola (Detroit, USA, 1939). Reconocido su talento desde sus comienzos, premiado y entronizado por el mundo, prestigiado y ensalzado por el conglomerado mediático mundial y los críticos de una punta a la otra, llamado siempre “artista” además de director (un crítico entre nosotros llegó a llamarlo “el genio del cristianismo”), este hombre dotado como pocos de un talento que sabía reinventarse a sí mismo con cada nuevo y diferente film, este magnífico director autor de clásicos imborrables como “El Padrino, “Apocalipse Now”, “La conversación” y “Tucker”, este hombre exageradamente encomiado por el mundo, este director, decimos, ha expirado.

Acaso esto haya ocurrido, crecidas sus raíces en una tierra inadecuada y sin la gracia fecundante de Dios, por des-ubicación, y acaso se haya convertido en un nuevo avatar, descolorido y más exitoso, de Orson Welles, otro artista llamado “genio” malogrado por diversas razones.

Recordemos: Welles se ubicó en el lugar del “genio maldito” e incomprendido por la industria del cine, luego de haber tenido un enorme suceso en la misma. No sin razón, mas haciendo de sí mismo un gigante a la manera de Kane, Orson se refugió en Europa, filmando aquí y allá dificultosamente, con su fama a cuestas y su voluntad de poder sin el debido reposo.

Cóppola afirmó alguna vez en Buenos Aires que su sueño era ser un poeta, agregando: “No quiero hacer cine comercial, sino de arte”. Llevado por el ocaso del cine según el concepto sostenido en Estados Unidos desde el período clásico, y ante la encerrona de tener que someterse a las reglas del actual y decadente cine de Hollywood, Cóppola ha venido a caer en la disputa dialéctica (falsa, desde luego) y en esa caída llega a afirmar a las claras este nuevo concepto que ha adoptado. Alguien podrá pensar que se trata de un disfraz para tácticamente mejor ubicarse en su desplazamiento de la centralidad donde supo estar. Pero a las pruebas nos remitimos y “por el fruto se conoce el árbol”.

Si los directores del período clásico hacían exteriormente un “cine comercial” sabiendo interiormente que también podían estar haciendo un “cine de arte”, Cóppola afirma ahora que él hace “cine de arte” independiente en oposición al industrial “cine comercial”. Expresión sostenida por los mediocres directores europeos y argentinos de los años ’60 y ’70 para justificar sus tropelías y tropezones estilísticos, cuando no el tedio provocado por sus films.

Des-ubicación. Estar fuera de lugar. Cóppola siente que está fuera del lugar que le corresponde en la industria –y que, convengamos, siempre asumió a regañadientes-, entonces justifica esa des-ubicación dando sentido a ese nuevo y propio lugar de ubicación como productor y realizador independiente (desde luego que independiente de las grandes productoras, que no de otros factores, inclusive políticos, que lo condicionan): el lugar del “cine de arte”.

Esta postura de Cóppola en realidad no es nueva. Desde hace por lo menos 25 años su vida se define en esos términos, los de alguien que vive y piensa y negocia como “artista”. Unos términos que el mundo siempre ha aceptado gustoso. “El arte nunca duerme” (Art Never Sleeps) es el título de un libro editado por la Escuela Internacional de Cine creada por Fidel Castro en la Cuba comunista, frase que el propio Cóppola escribió en graffiti en sus muros en uno de sus repetidos pasos por la escuela, y que García Márquez, director de la misma, tomó para titular el libro.

Des-ubicación. Como la que tuvo en sus frecuentes visitas a la Argentina, en viajes de negocios y placer, fotografiado alternativamente junto a (y usado por) Macri y Heller en sus respectivas campañas electorales, o siendo recibido por la Presidente Cristina Kirchner cuando el país ardía en medio del conflicto con el campo y la “presidenta” no recibía a nadie. Ubicuo para aparecer posando con su hija en la pampa argentina en una publicidad de Louis Vuitton (la afamada marca de carteras que usa la Presidente), o figurar junto a los rentables y funestos Scorsese, Spielberg y Lucas en una entrega de los Oscars, o ser uno de los speakers del Seminario Expomanagement en la Rural de Palermo, Cóppola parece haber creído poder compatibilizar toda esta exitosa actividad mundana, todo este rédito al mundo, con su actitud vital de “artista” independiente. Ser hombre de mundo y ser artista es algo incompatible. Alguno de los dos ha de resentirse. He allí el eterno conflicto, el conflicto que todos los directores de cine han tenido que afrontar. Esa clase de nueva ubicación ha producido en Cóppola esta des-ubicación en el terreno artístico. Cóppola no será despedazado como Mel Gibson porque su cine no molesta a nadie. Es inofensivo.

Des-ubicación. Quien es del mundo es de todas partes, y por lo tanto de ningún lugar. Cóppola filma en Rumania, República Checa y Argentina, como Welles filmaba en España, Marruecos o Italia. Falto de una ecumene que sólo puede dar el sentido universal, es decir, católico, Cóppola hace de sí mismo el centro de su interés, lo que le impide hablar un lenguaje universal. Cuanto más excéntrico de Hollywood es un director, más universal debe ser su film. Esto lo hemos comprobado con “Apocalypto” y “La Pasión de Cristo”. Puesto que desde Hollywood se expende un falso ecumenismo o universalismo, esa verdadera universalidad en la visión del mundo debe ser dada por el artista (católico) excéntricamente, pero sin tratar de distinguirse afirmando que lo suyo es “cine arte” y no “cine comercial”.

Cóppola, sin embargo, ha asumido la actitud europea: el particularismo, la intimidad de lo “pequeño” o el nihilismo que, como no decide nada, prescinde del símbolo, vehículo de expresión que busca unir con lo trascendente o una forma de ver las cosas que las trasciende. Orson Welles no perdió del todo el sentido de la verdadera grandeza, no perdió el sentido de la universalidad asumido en parte en Hollywood, por eso en Europa filmó Otelo, Falstaff, el Quijote o Arkadin. Cóppola parece haber creído ser otro Welles itinerante con su corte de aduladores, pero termina siendo, casi, otro Woody Allen.

“Tetro”. Tras su anterior, bochornosa y exótica “Juventud sin juventud”, Cóppola, como miles de turistas extranjeros fascinados por la Babel porteña, recaló en Buenos Aires.

Ha tenido el mérito de haberse adaptado bien a esta ciudad, tanto es así que el suyo no parece un film extranjero, sino argentino. En otras palabras, su película es tan mala como si fuera argentina. Eso sí, probablemente sea una de las mejores películas argentinas de los últimos años. O quizás ni eso.

“Tetro” cuenta la historia de una familia ítalo-norteamericana dividida o más bien destruida. Un joven a punto de cumplir dieciocho años llega a Buenos Aires a buscar a su hermano varios años mayor Angelo Tetrocini (Tetro, el actor Vincent Gallo), que ha roto hace muchos años con su familia. Tetro es, según la mujer española que vive con él en La Boca, un “genio incomprendido”, que habiendo salido de una internación en el Borda ahora trabaja con un grupo teatral independiente. El hermano menor busca saber cosas que Tetro prefiere dejar ocultas, con su pasado. La muerte de su padre, un famoso director de orquesta de Nueva York (pero nacido en Buenos Aires) desencadenará una serie de revelaciones que definirán el futuro de la familia.

Si la historia tiene aristas interesantes (la frustrante relación de Tetro con su exitoso y opresivo padre; la posibilidad del arte como salvación de la locura; la búsqueda de la verdad sobre el origen), Cóppola ofrece una visión reducida de todos los aspectos que giran en torno de lo que es una familia. Si apuesta por la familia, nos preguntamos, una familia ¿qué tan sana? Esta pregunta debe hacerse ya que hoy cualquier cosa es aceptada como familia y en este terreno se ven involucradas cuestiones religiosas y morales que deben ser consideradas. Cóppola ha aceptado las innovaciones corruptoras de la familia que en estas materias ha introducido e impuesto el liberalismo en todo el mundo: divorcio, anticoncepción, concubinato. Concluyente por demás al respecto es la vida y obra cinematográfica lincenciosa de su hija directora de cine. “Tetro” lleva la marca de tales licencias de una falsa libertad para, a pesar de ello, querer rescatar el sentido familiar. Contradicción liberal.

Segundo problema: Cóppola con su “cine de arte no comercial” se ha olvidado –tal como hace siempre el cine argentino, ¡vaya coincidencia!- del espectador. Su película (como la anterior “Juventud sin juventud”) parece estar filmada sólo para sí mismo, para darse el gusto de incluir sus intereses y obsesiones sin involucrar al espectador, al cual, sin ser llevado nunca a compartir el punto de vista de ninguno de los personajes, le tiene sin cuidado la suerte que éstos puedan correr. De allí que el film no suscite suspenso y, por lo tanto, emoción. Y la emoción es el componente fundamental a través del cual se manifiesta la obra de arte en el contemplador. Emoción que ni siquiera la belleza de las imágenes nos da.

Primer problema, entonces, de “Tetro”, la filosofía que la inspira, o su falta absoluta de sentido religioso, en un director nacido en el seno de una familia católica pero que, evidentemente, ha perdido la fe.

Segundo problema, no involucra al espectador en lo que cuenta, a quien todo –por más cercano en la geografía- le resulta ajeno.

Tercer problema: el modo expresivo y los intérpretes elegidos. Aquí nos encontramos con lo peor de la película: el film es estéticamente muy feo.

Por momentos “fellinesca”, por otros “almodovariana”, hasta “scorsesiana” y, si se quiere, “pinosolanesca”, Cóppola parece competir con su oscarizada hija para ver quién filma cosas más feas. Tener que aguantar a toda una cáfila de actores y actrices argentinos más propios de los usufructos televisivo-prostibularios de un Sofovich o un Tinelli, como son la siempre sobreactuante Leticia Brédice (aquí haciendo streap-tease), Mike Amigorena (marica que suele cantar en faldas, aquí completamente travestido), Silvia Pérez (semi-desnuda), la hija de Moria Casán (esta pobre hija de su madre, que también aparece desnuda en un menage a trois, declaró en aquellos días en que se filmaba esta película al periódico Perfil que “Si existiera un Dios no tendría forma de hombre, sería una cucaracha” (sic) y que “Para mí es un lujo estar con gente que me enseña, como fue Fernando Peña, Eliseo Subiela o Francis Ford Cóppola”), entre otras viles criaturas del espectáculo nacional, más la insufrible “chica Almodóvar” Carmen Maura, todo esto entre las exaltaciones “cómicas” de Rodrigo de la Serna, la intolerable música de León Gieco, y hasta la presencia de Susana Giménez haciendo de sí misma...Tener que ver esto, decimos, en un cambalache “artístico” firmado por Cóppola, nos lleva a pensar en la evidente y progresiva degradación que tarde o temprano invade a todo aquel que se ha quedado sumergido en el estadio estético. En fin, que si todo esto fuera exhibido como una dependencia frívola del infierno, en rotundo contraste con todos aquellos valores (empezando por los estéticos y siguiendo por los morales y religiosos) que se le oponen, podría tener cierta justificación. Pero más bien el protagonista acepta sumergirse en ese ambiente y lo festeja con su mujer, pese al repudio final que se mezcla con la escabrosa historia familiar en una delirante escena con un hacha, ya que el protagonista, pese a la confusa y rebuscada salida final, no hace sino quedarse sumergido en aquel ambiente como Willard se quedó sumergido en el horror de Apocalipse Now. Tetro, a lo largo de toda la película, parece sentirse a gusto en la sordidez de los bajos fondos porteños, mugre que al fin parece ser lo único que Cóppola ha sabido mostrar de los argentinos, pues todas las mujeres son prostitutas y los hombres grotescas caricaturas.

“Si arrastré por este mundo/la vergüenza de haber sido/y el dolor de ya no ser”, dice el tango que da título a nuestra nota. A Cóppola le gusta el tango y el vino. Compartimos el gusto por el vino. Por eso, preferimos pasar de largo cuando el prestigioso bodeguero californiano, cuesta abajo en su rodada, nos viene a vender un repelente tetra-brick llamado “Tetro”.