“Que el cine sea ordenado a la gloria de Dios y a la salvación de las almas, y sirva eficazmente para la extensión del Reino de Cristo sobre la Tierra”.

S. S. Pío XII

domingo, 23 de septiembre de 2012

CRITICA - GET THE GRINGO

De pueblos chicos e infiernos grandes

Por Marchegiano
Vacaciones explosivas (Get the gringo, EE.UU./2012, hablada en inglés y español) / Dirección: Adrián Grünberg / Guión: Mel Gibson, Adrián Grünberg y Stacy Perskie / Fotografía: Benoît Debie / Música: Antonio Pinto / Edición: Steven Rosenblum / Diseño de producción: Bernardo Trujillo / Elenco: Mel Gibson, Peter Stormare, Dean Norris, Bob Gunton, Stephanie Lemelin, Scott Cohen / Duración: 95 minutos / Calificación: apta para mayores de 16 años


 

Pensaba Nimio de Anquín, si no lo hemos interpretado mal, que nuestra América, la hispano católica, está signada por el "Ay de vosotros los ricos" evangélico, por lo que, en el ámbito de lo intramundano, tiene una desventaja respecto de la calvinista del norte, para la cual el triunfo en lo material es indicio -¡nada menos!- que de predestinación. Y, agregaba el notable cordobés usando ya conceptos hegelianos (cuestión que le generó bastantes problemas con el tomismo de entonces, como sabemos; pero éste es otro tema que no nos compete) que si lo nuestro es "conciencia desdichada pasiva", lo máximo que puede hacerse es transformarla en "conciencia desdichada activa". Todo esto, insistimos, para el ámbito del mundo; pero queda sobreentendido que el catolicismo es la verdad, y el católico sufrirá en este mundo pobreza y dolor más tendrá su recompensa en el otro.

Traemos a la memoria estas ideas de de Anquín porque creemos que la película que escribió, produjo y protagonizó M. Gibson, Get the gringo (aquí llamada "Vacaciones explosivas"; en fin, podría haber sido peor), muestra que el gringo Gibson, después de Apocalypto, ha tomado clara posición a favor de la romanitas, de la -si vale la expresión- weltanschauung católico-romana, y lo demuestra del modo que puede y sabe: mediante una dura película "policial-de- acción", con una bastante buena trama que de a momentos se hace un poco difícil de seguir como suele suceder con los policiales (además en este filme en particular los tramos en que se habla en español "mexicano" no están, obviamente, subtitulados y al menos en la copia que vi no se oían bien).

Ahora bien, esa toma de posición de Gibson no cae en idealizaciones ingenuas y la película tiene escenas bastante crudas, alguna de las cuales hubiésemos preferido fueran evitadas; sirva esto como advertencia de que no se trata de un "filme para la familia" (aunque reivindique la institución familiar, hoy maltrecha y en crisis).

La película transcurre en su mayor parte en una cárcel mexicana, El pueblito, como ese nombre bien lo indica es más bien un "pueblito" que tiene de prisión el hecho de que no se puede salir, pero contiene multitud de negocios informales, claro, y precarios, como los que hoy en Argentina llamamos "saladitas" pero con mercadería de todo tipo (incluyendo armas y drogas pesadas); y hasta algunos presos viven con sus familias. La violencia cunde y se ven cosas insólitas que causan la estupefacción del protagonista, delincuente norteamericano que relata en off y con un humor cínico y feroz lo que ve (y sufre).

En un par de escenas se muestra el lugar desde arriba; se nos antoja entonces un infierno "a lo Hyeronimus Bosch".

La corrupción es omnipresente y nadie es ajeno; ni el protagonista ni los presidiarios mexicanos ni los policías en general, es decir ni los de USA ni los mexicanos; a propósito de ésto, cuando empieza la película ambas fuerzas disputan al protagonista detenido en la frontera. Entonces, uno de los mexicanos dice a los de USA: "ustedes y nosotros, todos somos corruptos; pero nosotros lo somos honestamente". En estos indicios creo se advierte aquella clara toma de posición de Gibson de que hablamos; y se ve también en el par de escenas en que el niño co-protagonista, a pesar de vivir en ese infierno y de "no tener niñez" (se puede imaginar que será un futuro delincuente a pesar de los esfuerzos de la madre), aparece en actitud devota ante un altar precario que hay en uno de los rincones del "pueblito": lo "católico" permanece, aunque sea como mera herencia cultural. Y, a mayor abundamiento: se ve nuevamente en la atracción que al protagonista se le ha despertado por la madre viuda y ex drogadicta del chico, mujer noble y fuerte a pesar de su pasado turbio, y de rasgos típicamente "sudamericanos".

Y una más: hacia el final se constituirá una familia, quizá no del modo "formal" que quisiéramos, claro, pero es lo más razonable teniendo en cuenta el mundo marginal del que salen los personajes (a propósito, recordemos las críticas que algunos amigos católicos hacían a Apocalypto por mostrar las costumbres paganas de los paganos aborígenes... ¡es que eran paganos aborígenes!).

En toda la película  campea el humor inmisericorde y ácido del protagonista, fruto de su mirada amarga y escéptica hacia el mundo (¿es Gibson que habla por su boca y dice lo que no puede decir de su mundo porque la corrección política lo transformaría en un muerto civil?). Pero el final muestra que hay una redención de los protagonistas, para los que se puede al menos adivinar la esperanza de una vida nueva. No hay maniqueísmos, los personajes no son perfectos ni mucho menos, pero es posible conjurar el mal incluso en este mundo. Subrayamos esto porque hoy creemos suele predominar en el arte narrativo una visión gnóstica, pesimista, de la creación y la materia, amargo fruto quizá inevitable del hecho que parece hacerse evidente día a día y que el citado erudito cordobés resumió en una sentencia demoledora: "el eón cristiano llegó a su fin". Se refería, de nuevo, al ámbito histórico intramundano; porque, claro, para el otro, el que no tendrá fin, "Christus vincit, Christus regnat, Christus imperat".