“Que el cine sea ordenado a la gloria de Dios y a la salvación de las almas, y sirva eficazmente para la extensión del Reino de Cristo sobre la Tierra”.

S. S. Pío XII

miércoles, 24 de agosto de 2011

MICROCRITICAS


MICROCRÍTICAS


RETRATO DE JENNIE (William Dieterle, 1948)





Película afectada, terriblemente pomposa, típico producto de un snob como era el productor David Selsznick. Para demostrar su gran acervo cultural hace que uno de sus empleados, en este caso el director alemán Dieterle, coloque en el frontispicio de la película, además de la frase que “garantiza” la calidad excelsa del producto, una frase de Eurípides y luego otra de John Keats. Luego inserta música de Debussy, para ilustrar cómo un pobre e ignorado pintor realiza un memorable cuadro de su esposa, la bella actriz protagonista.
El tópico del malogrado artista en su buhardilla lo aceptamos porque lo encarna Joseph Cotten; la muchacha que viene del más allá le va muy bien a Jennifer Jones; está bien Ethel Barrymore. Algunas cosas que se dicen son muy ciertas y por momentos la “atmósfera” nos atrapa. Pero la película parece realizada por un adolescente que no sabe bien lo que quiere (“la verdad no está en la película, sino en tu corazón” dice un locutor al principio). Nos place Lilian Gish haciendo de monja, pero la inclusión de la religión es sólo un recurso desesperado para dotar de entidad al misterio planteado: una mujer que viaja a través del tiempo para que un desconocido pintor plasme su figura en un retrato. Pero Jennie no es una alegoría de la musa inspiradora (no intenta ser una alegoría), ni es una metáfora de la belleza que inspira al pintor (para eso no hacían falta los saltos de tiempo). Mucho menos es una santa o un ángel enviado por Dios, pues su relación con el pintor es impropia. ¿Un alma del Purgatorio, tan contenta?
Misterio, debemos recordar, es lo que no puede explicarse por la razón, pero ello no significa que está contra la razón sino por sobre ella. En esta película el misterio es absurdo, por lo tanto, es un falso misterio.



UN CUENTO CHINO (Sebastián Borensztein, 2011)


Cosas que nadie dice. Cosas que no hemos encontrado en la totalidad de las críticas observadas –una quincena en Internet, ya sea de profesionales o amateurs de la crítica-. He allí la razón de nuestro comentario o “microcrítica”.
Esta película muy entretenida, muy llevadera y agradable, muy bien actuada, esta pequeña obrita que no se propone demasiado, que cumple su primera función de no aburrir antes divertir al espectador, esta película que podría haber sido mucho mejor, tiene un gran problema. En ese problema nos centraremos, ese problema del que nadie –lo repetimos- habla. Es el mensaje contradictorio que da –en el caso que quiera dar un mensaje: transmitir una idea a través de un personaje en su relación con los demás.
El personaje de Darín nos recuerda a aquellos que supiera encarnar Luppi en el cine de los años ’80: un hombre insobornable, luchador, orgulloso, difícil, combativo. Ahora bien, este ferretero de Darín que defiende con uñas y dientes su ferretería, que cuenta uno por uno los clavos y tornillos que recibe para evitar ser estafado, que no duda en golpear a un policía dentro de una comisaría o insultar a los burócratas de la embajada china, o incluso expulsar de su negocio a un cliente “pelotudo” (y bien que hace) porque no soporta que lo pasen por encima ni le falten el respeto, pues bien, este hombre que no admite que le roben su “dignidad” ni se cometan injusticias, este hombre sin embargo acepta que los ingleses nos roben a los argentinos un pedazo de territorio, pues ir a la guerra es para él una locura y una ridiculez, y esa misma guerra es la que lo ha perjudicado a él y le ha quitado la vida a su padre por el disgusto. Es decir, que el mismo tipo que comete una locura como pegarle a un policía dentro de una comisaría, piensa que es una locura librar una guerra justa en defensa de la soberanía contra un agresor al que además pudo haberse derrotado. El negocio, defenderlo con uñas y dientes; la Patria, no.
El zurdaje al que le encanta hablar de derechos, cuando se trata de la Patria se olvida de la dignidad y prefiere ser expoliada a tener que arriesgar el propio pellejo. ¿Tendrá algo que ver la situación que plantea la película con el linaje del director y guionista de la misma, que parece querer gozar de las cosas buenas de la Argentina sin dar a cambio más que resentimiento o desapego por esa Patria mutilada que es mucho más que el propio negocio y el amor propio ofendido?



LUZ EN EL ALMA (Robert Siodmak, 1944)


Robert Siodmak es un director judío (decimos es porque su cine pervive y el cine no deja de ser un eterno presente) al que suele vincularse con el “film noir”, no equivocadamente. Pero no podemos dejar de observar que a veces, a pesar del liberalismo inevitable destilado en Hollywood, ha demostrado tener un gran respeto y hasta simpatía por el catolicismo (mayor incluso que el de un católico como Ford), como puede verse, v.g., en la película “El gran pecador”, en el comienzo de “Cry of the city”, incluso hasta en su excelente versión de Drácula, además de en la gran escena de la Misa de gallo que incluye en esta película. Escena conmovedora que con mano exquisita –pues era un refinado esteta cuya puesta en escena volvía atrapantes hasta sus menores filmes- cambia la película y es la clave del sentido de la misma, que termina de descubrirse sobre el final.
Christmas Holiday” (tal su título original), es un film menor, sin estrellas –aunque figura un joven Gene Kelly en un  papel inusual. Preferimos no contar su historia, pues el paulatino descubrimiento de la misma nos sumerge en la admirable constatación de que el buen cine está hecho de las mismas cosas que hay en la vida, aunque embellecidas: sorpresa, pecado, incomprensión, sacrificio, belleza, bajeza, ignorancia, esperanza, redención.
Escrita por Herman Mankiewicz, excelente guionista colaborador de Welles en Citizen Kane y hermano del director de La Malvada, y basada en una novela de Somerset Maugham, cuenta con música del compositor austro-húngaro Hans J. Salter, especialista en películas de terror, quien incluye por pedido del alemán Siodmak música de Wagner –como hará luego el director en “The dark mirror”- en un concierto bellamente mostrado.
Se aborda lateralmente un tema de una profundidad psicológica y moral –a veces hasta religiosa- que en films con temas de mayor exposición y envergadura estaban vedados. No obstante peca de indefinición pues no se comprende el sentido religioso insinuado que luego se diluye, concretando un film híbrido, con valores formales innegables pero poca envergadura filosófica.




SOR YE-YÉ (Ramón Fernández, 1967)


Es una película española, cometida en complicidad con México, que bien puede presentarse como el perfecto ejemplo de lo que trajo, o mejor dicho dio a la luz con todos sus derechos, el Concilio Vaticano II. Se trata de una imbecilidad mayúscula, de un esperpento monumental, de una taradez atómica, donde una chitrula que canta música de rock (o ye-yé, como le decían entonces los gallegos al bullicio naciente) decide de golpe, tras una noche de boliche, meterse a monja. Desde luego, revoluciona el convento y termina salvándolo económicamente con sus canciones, pues al parecer las monjas, además de anticuadas y esclerosadas, eran también estúpidas.
Se trata de mundanizar groseramente la religión, y así lo explicita la película en un momento, cuando la guasa novicia ye-yé le dice seriamente a un obispo: “Hay que renovarse. El milagro de Juan XXIII fue devolver a la Iglesia su juventud y su alegría. Estábamos dormidos cuando él gritó: ¡Abran esas puertas! ¡Rompan esas murallas!”. Y así lo hacen en la película, con dosis de sentimentalismo, mucha acción y ninguna contemplación y un grupo de melenudos rockeros tocando su “música” en el convento. Hay por allí algunos detalles extraños que deben anotarse: un escenario en el Festival de San Remo, donde canta la novicia, rodeado de obeliscos, símbolo masónico; o un largo plano a un retrato de Pablo VI que parece salirse del marco, en la celda de una monja que tiene un cuadro de la Virgen puesto de costado. Por sus frutos los conoceréis. ¿Hay más? Sí: el director de la película haría más adelante una película llamada “Gay club”, naturalmente favorable a los homosexuales. Los guionistas de esta película  “ye-yé” son José María Sánchez-Silva y Vicente Escrivá. El primero había escrito el famoso libro “Marcelino pan y vino” llevado al cine y el guión de “Franco, ese hombre”; después no volvería a hacer ninguna obra importante como aquellas o con su repercusión. Escrivá, por su parte, que empezó escribiendo películas muy destacables como “La Señora de Fátima”, “El beso de Judas” o “Balarrasa”, se dedicaría a partir de los años ’70 a realizar cine erótico y de destape e incluso anticatólico.
Pero es que en España las cosas ya estaban pudriéndose mucho antes de la muerte de Franco. Recordamos, por ejemplo, un libro llamado “100 españoles y Dios”, de 1976, donde personalidades de todos los ámbitos manifestaban su entusiasmo ante la nueva etapa de la Iglesia inaugurada por el Concilio, anunciando incluso una maravillosa primavera. Puede verse que había entonces una gran ignorancia religiosa, un entusiasmo sentimental y ciego que no se detenía a analizar los hechos a la luz de la tradición.
Nuevamente decimos que esta inmensamente estúpida película, este abominable engendro (cuya música para colmo resulta pegadiza) es una prueba perdurable de aquella caída. Y presumimos que ha ayudado mucho a la desacralización de las religiosas de España. ¿Puede sorprendernos que hoy hasta haya monjas con pantalones, allí en España?    



EL BESO DE LA MUERTE (Henry Hathaway, 1947)


Al mal no se lo vence sino mediante el sacrificio. Un sacrificio no simulado, como en el final de Gran Torino, sino como el de esta película que no estafa al espectador. Una película pequeña pero seguramente la más grande del muy probo pero nada magnífico Hathaway. Película grande en una ejecución austera, en su representación del mal amenazante encarnado en el ya antológico psicópata que encarna Richard Widmark en su debut cinematográfico, grande en los comentarios laterales sobre la paternidad, la atención religiosa de unas monjas o las imágenes semidocumentales de Nueva York, la ciudad donde un perdedor nato de origen italiano (en la piel del adusto Victor Mature) no logra encontrar sino momentáneamente, a través de su familia, la paz que, según parece, no es cosa de este mundo, o por lo menos de esa ciudad, que viene a ser lo mismo. Pero al fin el gesto de este hombre encarna la libertad tan ansiada, la cual consiste en vencer el miedo no mediante el crimen –por ello el asesino Udo a pesar de su maldad tiene miedo y tiene que seguir matando- sino mediante el amor que es más grande que el amor a sí mismo.
Todo esto en un modesto ejemplar del “cine negro”, escrito por los excelentes guionistas Ben Hecht y Charles Lederer, basado en una novela de Eleazar Lipsky, un abogado judío que escribió también la novela sobre la cual se filmó “El caso O’Hara”, estimable película. Pero es que el mundo todavía parecía escuchar el llamado al orden, y la tradición cultural de Occidente todavía estaba impregnada de cristianismo, lo supieran esto o no quienes obraban a través del arte del siglo XX en una sociedad laicizada, más no todavía apóstata.




MÁS ALLÁ DEL BOSQUE (King Vidor, 1949)


“No te creas que eres Dios”, le dice la mujer infiel, egoísta y despiadada que encarna Bette Davis a un viejo que ha sido testigo de su iniquidad, a lo que éste le contesta con buen sentido: “No me creo Dios, pero estoy de su parte”, con lo cual se ha ganado su condena a muerte.
Tal vez por ese aspecto moral claramente establecido en la película, se la haya llamado en Italia “Pecado”, y en Francia, de acuerdo al personaje de la Davis, “La garce”, esto es, “La ramera”, puesto que el título original norteamericano dice mucho menos, y éste en cambio parece muy acertado, ya que el calificativo “ramera” empezó a usarse cuando algunas prostitutas disimulaban fingiendo tener una taberna, debajo de cuya puerta colocaban un ramo; y en este caso los bosques circundantes al pueblo donde ocurre la historia (Loyalton, Wisconsin) sirven de señales constantes de la impureza y maldad de la protagonista.
Un cartel nos presenta la película, anunciando lo que cualquiera llegará a entender sin necesidad de letreros que seguramente ha de ser una concesión a la censura: «Esta historia nos habla de la maldad. La maldad es impetuosa, devastadora. Por nuestro propio bien es muy conveniente que por una vez la contemplemos en su desnuda fealdad. Quizás de esta forma veamos con mayor claridad como aquellos que se dejan arrastrar por la maldad acaban como el escorpión: dándose un aguijonazo mortal.»
Se muestra una maldad contrastada con un bien representado en el marido de la Davis, personaje interpretado por Joseph Cotten, que nuevamente vuelve a mostrar que era un excelente actor. Aquí, en un rol exactamente contrario al de “La sombra de una duda”, es un médico rural respetado y generoso, que debe soportar a una mujer infiel, estúpida y buena para nada. Mientras que él se siente a gusto formando parte de la comunidad, curando a los pobres, ayudando a parir a una mujer que tiene ocho hijos, ella sólo siente desprecio y su único objetivo es irse a Chicago a darse la gran vida. Este contraste entre personajes y ambientes se verá representado magníficamente en la visita de esta tilinga a la ciudad, donde una especie de pequeño infierno terminará por devolverla vencida y resentida al pueblo. El melodrama se acrecentará hasta que esta hija de Madame Bovary se pierda trágicamente en un final indiscutible y a pedir de boca de Bette Davis, que vuelve a demostrar que no tenía rival a la hora de exhibir lo peor del ser humano con una profunda tristeza oculta que aunque no se haya de decir  públicamente se llama pecado.
Beyond the forest” fue desestimada por la crítica y por el director y actores de la película, probablemente por razones que no tienen que ver con la película en sí, objeto algo anómalo en un director no del todo recomendable como Vidor, y donde probablemente el foco puesto en el aspecto oscuro y cruel del ser humano empequeñezca la figura de un bien que termina apareciendo sumergido y sin la intimidad de sus luchas contra un mal que siempre se hace aparecer más interesante, aunque, también y en este caso, en toda la profundidad de su miserable derrota.