“Que el cine sea ordenado a la gloria de Dios y a la salvación de las almas, y sirva eficazmente para la extensión del Reino de Cristo sobre la Tierra”.

S. S. Pío XII

lunes, 1 de agosto de 2011

NOTA - EL PRISIONERO

EL PRISIONERO

Una mala película. Entre otras razones por las que explica debajo el cardenal Minszenty. Dirigida por Peter Glenville, escrita por Bridget Rolan y protagonizada por Alec Guiness y jack Hawkins, filmada en Inglaterra en 1955.

“Durante mi prisión se filmó la película “El Prisionero”. El director es Bridget Rolan, y Alec Guiness el actor principal; éste recibió la gracia de la fe durante la filmación. El contenido de ella es el siguiente: Un cardenal, todavía en pleno vigor, es detenido al terminar la misa por policías vestidos de civil. El detenido es conducido con todos los ornamentos puestos. Su celda es una habitación estrecha en los bajos de un viejo castillo; pero no se parece en nada a mi celda. Sólo las ventanas enrejadas y la mirilla en la puerta me la hacen recordar. Se ve un diván, una elegante cama. El mobiliario es francamente lujoso totalmente distinto al de las cárceles húngaras. En el filme el interrogatorio del prisionero se mantiene en un tono cortés, como en la buena sociedad. El prisionero es tratado incluso de “Eminencia”. Para aquellos que han sido interrogados por los comunistas húngaros, resulta extraño ver y oír que el guardián hable con los prisioneros. Las conversaciones son totalmente cordiales y alegres, con frecuencia se sirve café, que pagan los interrogadores y toma el prisionero. La comida es buena, la vajilla fina, el servicio excelente. Los platos se repiten a menudo –en un caso dos veces en un lapso de cinco minutos. El prisionero muestra tener buen apetito, al menos mejor que el que suelen tener los prisioneros. Ciertamente lleva las muñecas esposadas, como enemigo del Estado. El interrogatorio se lleva a cabo dificultosamente y se interrumpe muchas veces ante la resistencia del prisionero.
Durante el proceso se toman severas medidas de seguridad. No obstante hay muchos curiosos que se apretujan en la sala de audiencias. Pero no hay ningún coacusado. Tampoco está el banquillo de los acusados. El acusado y el fiscal van y vienen a lo largo de la sala y se encuentran constantemente en esos paseos. El cardenal,  finalmente debilitado, cede y confiesa: se acusa de acciones contra el Estado. Primero se lo condena a muerte, luego se lo indulta. Finalmente aparece también la madre sollozando. El fiscal se suicida después del juicio. En mi caso fue el ministro de justicia, el que fue asesinado, posteriormente, en la calle Andrássy 60.

El film fue bien recibido por la crítica y por la publicidad y se exhibió en todo el mundo. Pero debo constatar, lamentablemente, que el bien intencionado realizador desconoce en absoluto las cárceles húngaras, de modo que la película no permite formarse una idea adecuada de la realidad. Lo único que concuerda con los sucesos de Hungría es la aparición de un cardenal.

Los sucesos se presentan en una mirada retrospectiva, y se adornan fantásticamente no sin cierta complacencia, en libros blancos, negros y amarillos, y en películas. También después de 1956 aparecieron numerosos libros de izquierda o de derecha sobre mi caso. Recibí uno de ellos, que fue traducido al inglés, y luego fue publicado en japonés, chino, español, portugués, árabe y birmano. Mis memorias quieren exponer la realidad. Después de diez años de silencio, hablo aquí por primera vez.”
(Cardenal Mindszenty, “Memorias”, Prólogo).