“Que el cine sea ordenado a la gloria de Dios y a la salvación de las almas, y sirva eficazmente para la extensión del Reino de Cristo sobre la Tierra”.

S. S. Pío XII

viernes, 23 de octubre de 2009

CRITICA



INVASIÓN
Director: Hugo Santiago - 1969


LA INVASIÓN DE LOS PROFANADORES DE CUERPOS
(O Bresson en una Buenos Aires ya invadida hace mucho tiempo)


Estamos ante una de las más destacadas películas del cine argentino, y, también, una de las más sobre valoradas por la crítica vernácula (como, de paso, la obra toda de Borges, huelga decirlo). Cada uno puede decir por qué despierta su entusiasmo, pero es evidente en ella la perfección de la forma, su rigor de construcción, el no haber dejado nada sin premeditar. Es lo primero que se evidencia. Sin embargo, a pesar de que el film muestra en sus protagonistas a unos personajes de clase media vinculada al trabajo –algunos de ellos-, y se regocija en mostrar el café, el canto de una milonga, la pasión por el fútbol, la amistad de la muchachada y el sonido de un bandoneón, la visión es, a todas luces, intelectualista, es decir, la de quien ve todo eso desapasionadamente y desde lejos (digamos, desde París, física o imaginariamente), sin verdadero arraigo con la realidad de lo que es eso que “es más que la gente”. El estilo, por otra parte, tributario de Bresson, no casa bien con la idiosincrasia del argentino, por lo que el evidente esfuerzo de los actores por no dejar escapar ninguna emoción transforma su rigidez en una mascarada impopular para el espectador argentino. De allí el que se haga de esta obra un “film de culto”, apreciado especialmente en los círculos de relamidos intelectuales de café, los snobs estudiantes de cine o los por algunos llamados "farettitas". Pero vayamos por partes.

Cozarinsky (otro intelectual que mira cómodamente a la Argentina –una Argentina que se termina en Buenos Aires capital- desde París)* había escrito que en “Invasión” Santiago confronta lo que en teoría debería excluirse, pero no lo hace: el estilo de Bresson con el de Raoul Walsh. Habría que pensar en todo caso que esa mezcla debe un 80 % a Bresson y un 20 % a Walsh (las escenas de tiros y refriegas, la acción física violenta). Pienso en Bresson –de quien Santiago (Muchnik) no se cansaba con toda gratitud de mencionar que era su maestro- y le aplico estas palabras de Chesterton sobre Stevenson (in extremis): “El verdadero defecto de Stevenson como escritor...era que, por haber simplificado demasiado, había perdido algo de la cómoda complejidad de la vida real. Todo lo trató con una economía de detalles y una supresión de lo superfluo que tenía finalmente algo de rígido y antinatural...” ¿Acaso no aplicamos estas palabras también a Borges? O, con más entidad, estas palabras de Ramón Doll que el gran crítico dedicó al ya entonces renombrado escritor y que pueden extenderse al cine de Santiago:”...su carencia de tono afectivo, porque quien como él prefiere helarse las entrañas y la cabeza antes de correr el riesgo de dejar adivinar sus emociones en un lugar común o una frase demasiado suelta, podrá tener de los buenos escritores europeos ilustres influencias, pero jamás dejará escrita una página argentina, con sus vicios, pero con sus encantos. Toda su expresión frígida, donde la emoción es espiada y luego anestesiada deliberadamente, es realmente una evasión obsesionada del lugar común, pero a costa de los más genuinos y auténticos impulsos de sí mismo”.

Por otra parte, si hay algo que Muchnik-Borges-Bioy Casares (los dos últimos autores del argumento y guión) eluden deliberadamente -¿acaso por imposibilidad no comprendida, pedantería, suficiencia ?- es la identificación con los personajes o el personaje principal. Hay un tratamiento distante con respecto a ellos. Como decía el Padre Castellani: “¿Qué falta en sus obras? Falta algo. Sus obras son falsas. Son cerebrales, no llegan al corazón, no interesan al alma. Es esencial al arte dramático que el espectador entre en los personajes, se identifique en cierto modo con ellos” (Sobre “El conde Alarcon y El caballero Varona” de Jacinto Grau).

En “Invasión”, la muerte de los protagonistas es fría –valga la expresión-, no tiene la dimensión que, justo es decirlo, sí le da Muchnik al final cuando muere Herrera, la única escena emotiva del film, cuando don Porfirio-padre lo acaricia. Si esto es buscado, sin embargo no basta para engrandecer toda la serie de muertes anteriores, muertes violentas pero asépticas. Es cierto, así son los invasores, pero el error está en que así son también –o casi- los defensores, y la diferencia entre ellos debería ser mayor. Pero, bien dice Cozarinsky, los personajes “no se proponen agradar sino jugar, con elegancia y probidad, un juego cuyas reglas exhiben en el acto mismo de acatarlas”.

Todo se torna juego. ¿Pero acaso el artista no debe mostrar su visión del mundo, dentro de ese juego? Aquí deberemos tocar el tema del mal. Los conceptos de bien y mal que parecen difuminarse. Decir mal es decir los malvados del film, los invasores. ¿Quiénes son y de dónde vienen? No se sabe. Sí que son numerosos, pulcros y efectivos. Visten de traje claro, son educados y despiadados. Matan sin pasión. Saben que la gente va a comprarles lo que ellos vienen a venderles (¿qué será?). Hablan como los defensores, es decir, que parecen de la misma nacionalidad, aunque quieren aplicar una política perjudicial a Aquilea (Buenos Aires). Bastante poco, casi tan poco como podemos saber de los extraterrestres de los films yanquis. “Invasión” es en ese sentido lo contrario de “Martín Fierro”. El gaucho sabía por qué y contra qué y quién luchaba. Hernández no le escatimaba el bulto (ni aún personalmente, pues siempre se la jugó) en identificar aquel enemigo del gaucho, su protagonista. Lo mismo el gran cine argentino clásico (llámese Sóffici o del Carril). Borges y Cía., en cambio, eluden aquí un gran problema. ¿Quién podría ser su enemigo? Justo ellos, que nunca habían sido perseguidos –ni siquiera en el Peronismo, pues ese episodio fue magnificado por Borges-, justo ellos que eran parte de la “inteligentsia” del sistema liberal triunfante, ¿a quién le iban a apuntar? Creo que ellos tampoco tienen la respuesta, de ahí este enemigo abstracto e irreal de “Invasión”. En todo caso, todo se reduce a alguien que quiere invadir una ciudad y debe ser rechazado.

“Siempre el coraje es mejor”, dice un verso de Borges, y a eso parece limitarse la idea que mueve a los resistentes. Pero, a esto podríamos decir con Castellani que “la falsificación liberal de la Fortaleza consiste en admirar el coraje en sí, con prescindencia de su uso, o sea, prescindiendo de la Prudencia y de la Justicia. El coraje en sí puede ser una cualidad natural, una especie de furor temperamental, una ceguera para ver el peligro, o una estolidez en soportar males que no se deben soportar.” ¿Por qué decimos esto, que acá no pareciera ajustarse del todo? Porque además “no existiría la Fortaleza o Valentía si no existiera el miedo: “el miedo es natural en el prudente, y el saberlo vencer es ser valiente”, y tampoco si no existiera la vulnerabilidad”. Los personajes de “Invasión”, excepto el que se manifiesta abiertamente como cobarde, que vence valientemente ese hecho, no muestran en ningún momento miedo, ni siquiera una inquietud o vago temor. No parece que hubiera miedo ni a la muerte ni al mal definitivo. El líder Herrera es un “duro” incólumne, los otros juegan simplemente a ese juego donde Borges parece querer mostrar (digo Borges porque acá su influencia es evidente) que el valiente no conoce o no demuestra el miedo, actitud pueril del que en el fondo tiene miedo. Por eso su gusto por las escenas de cuchilleros y otras por el estilo. Por otra parte, el carácter sobrio del sacrificio viril que podemos ver en los films de Hawks, Walsh o Mann (en algún sentido, intentan ser una superación de la muerte negándola, ignorándola o des-dramatizándola), que tiene en aquellos la emoción de la bella acción encarnada en personajes-actores afines a nuestra simpatía, se pierde acá en el difuso protagonismo del grupo falto de carácter, más bien ajustados solamente al cumplimiento de una función específica ordenada por el guión.

Como también sabemos, “cuanto mejor es el malo, mejor el film”, y acá ese carácter abstracto y distante, despersonalizado de los invasores se ve justamente disminuido ante la falta de detalles e intimidad respecto de los defensores. Pero es que éstos representan lo que es Bs. As. para Santiago –un porteño-hebreo-afrancesado- y Borges –siempre “mirando” hacia Europa-, apenas un grupo de amigos que se juntan en un bar, un lugar donde algunos toman mate, otros cantan una milonga o se emborrachan, otros ven películas o se acuestan con diversas mujeres. “La ciudad es más que la gente”, dice uno de los personajes. Bien, pero ¿qué más? ¿Es capaz Santiago de llegar a representar eso que no sabe definir?

Esta ciudad del hombre, ciudad del pecado, ¿guarda algún resto de religiosidad, de tradición cultural, más allá del mate y la milonga? Ninguno de los personajes atisba un sentido religioso o histórico con respecto a su tierra, su patria, la patria hispano-católica que nos legaron y que forjó la tradición argentina. Son gente voluntariosa pero cuyos defectos los hacen defeccionar. Su misma forma de hablar no es la del pueblo, sino la de los libros de Borges, un habla literaria, sentenciosa y concisa, demasiado notoria. Entonces, ¿qué es lo que estos hombres tratan de defender? Su lugar. Pero, ¿qué más? El lugar donde están nuestros amigos, podrían respondernos, y no sería una mala respuesta.

Pero, ¿acaso se pretende obtener la victoria sin la ayuda de Dios, en un lugar donde de antemano se lo ha expulsado? Ese es el asunto que nadie se plantea a la hora de decir tantas cosas sobre esta película. La invasión no ocurre entonces, sino que ya se produjo y ya ha vencido. Está adentro. ¿Cómo? Por medio de los intelectuales como Borges y Cía., los cuales han desterrado a Dios de sus vidas y por lo tanto de sus estériles obras. Esa forma de pensamiento ha triunfado y la gente la ha “comprado” (no se sabe para qué). En el país de los tuertos el ciego es rey. Es la invasión de los que se auto-engañan y no ven más allá de la obra que tienen entre manos. La invasión de los que no quieren saber nada con Dios y por lo tanto ni siquiera creen en el ángel caído, es decir, que finalmente elucubran un mal abstracto que no alerta a nadie. Describen entonces muertes que no trascienden, porque detrás no está la vida. “Los pueblos no mueren –dijo alguien- porque se les combata o conquiste, sino porque se les corrompe”. Y como bien escribió (cuándo no) el Padre Castellani: “La religiosidad fue el alma de la resistencia en las pasadas invasiones inglesas. Si nuestra nación ha de salir ilesa y más gloriosa de otras invasiones futuras posibles y ya incoadas, el alma de la resistencia será su unidad religiosa. La historia habla. Solamente en su religión los hispanos son capaces de ponerse de acuerdo. Si se examina el fondo de esta repulsión profunda de los argentinos de ley a las imposiciones de U. S. A., sean pérfidas o prepotentes, se hallará detrás del orgullo nacional una neta concepción de la vida que es diametralmente divergente con el ideal del confort, el capital y el comercio como metas supremas; y con esa moral alocada, mezcla de puritanismo y paganismo, que nos predica Hollywood. Es decir, se hallará una razón religiosa aun en argentinos que han dejado de lado su religión paterna”. Excepto en Borges y Cía., of course (digo, desde luego).

“Invasión” puede verse con mucho interés, es una película distinta a cualquier otra del cine argentino, pero, ¿despertará a alguien? ¿Alguno creerá que esa es la Argentina? Es, a no dudarlo, una digna pero inútil reacción, la de quienes levantan monumentos a los principios, y cadalsos a las consecuencias, un poquito tarde.

Un último detalle y terminamos: ¿no les hace acordar la escena en que los invasores comienzan a ocupar Aquilea por todos los medios, a la memorable escena de “Sopa de pato” (Hnos. Marx), cuando Firefly decreta la movilización general de sus tropas para la guerra? Sí, Santiago deviene involuntariamente humorista, por el mismo efecto mecánico de esa escena y de la aludida.

* El hecho de que tiempo después de escrita esta página el citado volviera a residir en Buenos Aires no invalida lo dicho, antes bien, lo confirma.