“Que el cine sea ordenado a la gloria de Dios y a la salvación de las almas, y sirva eficazmente para la extensión del Reino de Cristo sobre la Tierra”.

S. S. Pío XII

domingo, 18 de octubre de 2009

NOTA - LA MADRE EN EL CINE ARGENTINO

LA MADRE
en el cine argentino



El pasado domingo 11 de octubre la Iglesia celebró la fiesta de la Maternidad de la Santísima Virgen María. Esa oportunidad en que se festeja –y no este último domingo- el día de la madre, nos permite el recuerdo de una figura arquetípica del cine, en sus diferentes tiempos y modelos. Preferimos acercarnos en la evocación –por una cuestión práctica y de identidad- a un cine argentino clásico que se ha destacado por encontrar en sus fábulas el lugar destacado de la madre, ya sea en la familia o en una sociedad de un tiempo ya vencido y olvidado. Decimos de un tiempo, no de un arquetipo perenne y de urgente valoración y reivindicación para que puedan volver a surgir las familias que el día de mañana restauren una sociedad hoy corrompida casi por completo.

Suele destacarse más intensamente la figura materna en situaciones de crisis, soledad, marginación o disputas maritales. Pero, téngase en cuenta, no se caía por entonces en el usufructo de una función para traficar la idea ilícita del divorcio, el erotismo o la “independencia” de la mujer, cosas que hoy son del común. Donde había una madre había una familia, y también, la posibilidad de que los hijos se formaran fuertes y buenos entre el complejo marco de la miseria, el delito y los malos ejemplos. No escatimaba el bulto aquel cine sobre el sufrimiento inherente a ese sacrificio gozoso de la mujer, en la lucha diaria por un camino de felicidad para sus hijos; ni hacía lugar al resentimiento enfermizo que trajo consigo la ideología a partir de los años ’70, con la consiguiente usurpación política y comercialización del nombre de “Madres”. Todavía podía entenderse, por aquellos años, antes de la revolución cultural de los ’60, aquello que decía bien don Ángel Luis Miguel Salvat: “La dignidad más alta de la mujer se funda en su maternidad. Causan verdadera lástima las mujeres que, en aras de una ilusoria “liberación”, reniegan de tan excelso destino y se rebajan a la miserable condición de integrantes de una “pareja” ”.

Rescatamos –en soledad, lamentablemente- algunos ejemplos de aquel buen cine, de la mejor vertiente del cine argentino, y de actrices características de ese papel, figuras secundarias y, como tales, nunca reconocidas en su real valía:

· Surcos de sangre (Hugo del Carril, 1949): Ana Arneodo es la sufrida madre del joven voluntarioso y honesto (del Carril) que ama la tierra y la trabaja, contra el afán de enriquecimiento fácil y fraudulento de su padre. Una mujer aguantadora y fiel, en una época en que en las casas no había televisores. Una labor generosa y sacrificada a la que del Carril le canta en la película en una bella canción titulada “Por si duerme mi madre”.

· El pájaro cantor vuelve al hogar (episodio de “No abras nunca esa puerta”, Carlos Hugo Christensen, 1951): Ilde Pirovano es la viejita ciega que recibe a su hijo delincuente (Roberto Escalada) en esta estupenda adaptación de un cuento de William Irish. Demuestra su valentía y logra, finalmente, hacer cambiar a su hijo y reconquistar su amor.

· Una luz en la ventana (Manuel Romero, 1942): Personaje inédito en el cine de Romero, esta vez en el género de la comedia de terror, según el modelo de los films de la Universal, María Ester Buschiazzo encarna a la madre del monstruoso acromegálico Narciso Ibañez Menta, que se propone recomponer su rostro mediante una criminal y clandestina operación, a expensas de una joven mujer. La madre, finalmente, logra que las cosas sean como deben ser, aun al costo de perder a su hijo.

· Barrio gris (Mario Sóffici, 1954): Ana Arneodo reincide en similar papel al de “Surcos de sangre”, el de la madre cariñosa y sufrida –y además viuda- que se desvive por sus hijos en medio de una oprimente pobreza. No le falta, como a la otra, la fe católica que la sostiene.

· Se abre el abismo (Pierre Chenal, 1945): Elsa O’Connor lleva la peor parte, porque además de aguantar pacientemente a un marido violento y borracho (Guillermo Battaglia, de antología), se va quedando ciega y, además, sufre por el trágico desenlace de la pelea de su hijo con el padre. Finalmente, será la fe católica la única consolación de los atribulados, y la madre quien lleve al hijo a tal demorada salida.

· Pasó en mi barrio (Mario Sóffici, 1951): Tita Merello es una madre decidida, fuerte, inteligente, que debe llevar adelante el negocio familiar, la casa y la educación de sus hijos, con un marido que va a la cárcel y el mal ejemplo que tienta en la calle a sus hijos. Lejos del costumbrismo o la moralina, el drama escrito por la dupla Pondal Ríos-Olivari plantea el drama en torno de la lucha de esta madre que se casó “para tener hijos” y en el decurso de su vida aprende que debe ser dura con ellos para que no se descarríen. Rigor amoroso del director para llevar adelante la película con sencillez y atención al detalle.

· Las aguas bajan turbias (Hugo del Carril, 1951): Gloria Ferrandiz, habitué con del Carril, de criada o ama de llaves, lleva esta vez un lugar parecido pero entre similares, pues, habiendo perdido a su hijo en el infierno de los yerbatales, es ahora la madre de todos los explotados y escarnecidos trabajadores, recibiendo su ayuda o su consuelo.


Cerramos este pequeño homenaje a las madres con este soneto escrito por Baldomero Fernández Moreno en 1929:

Resumen
Si el destino te dio mujer virtuosa,
hijos innumerables y lozanos,
piensa, mortal, que tienes en las manos
la parte de la vida más sabrosa.

Trabaja, vuelve a trabajar, reposa,
para ti será el sol de los veranos,
el dulce fuego en los inviernos canos,
el valle verde y la ribera rosa.

Gózate largamente en su presencia,
su picardía gusta o su inocencia,
mira que todo como nube pasa.

Juega con ellos de los leves talles.
No se encuentra la dicha por las calles:
si en algún lado está, será en tu casa.