“Que el cine sea ordenado a la gloria de Dios y a la salvación de las almas, y sirva eficazmente para la extensión del Reino de Cristo sobre la Tierra”.

S. S. Pío XII

lunes, 5 de octubre de 2009

IMAGENES



THE RING 1927 Alfred Hitchcock

“El argumento de “El ring” está lleno de lugares comunes (...) pero aún así no debe ser subestimado. Le permite a Hitchcock un tratamiento muy sutil de un tema que le es muy caro: el adulterio. Debajo de la superficie del melodrama popular, el film es rico en observaciones originales y símbolos sorprendentes. El título puede ser entendido de diversas maneras: The Ring no es sólo el cuadrilátero de boxeo sino también el brazalete que Bob Corby le regala a la joven y que durante todo el film simbolizará el adulterio. Muchos efectos subrayan esa intención de Hitchcock: dependiendo del estado de sus relaciones con su marido o su amante, Nelly esconde este brazalete o lo ostenta, a veces avergonzada y otros cruelmente triunfante. Pero The Ring es también un anillo de bodas y en un determinado momento del film, Hitchcock, que nunca duda en utilizar símbolos, muestra a Jack Sander tomando el brazalete y deslizándolo en el dedo de Nelly a la manera de un anillo nupcial. En un toque particularmente sutil, el brazalete es la representación de una serpiente enroscada: para el católico Hitchcock, el adulterio está identificado con el pecado original de Eva”.
(Eric Rohmer y Claude Chabrol, “Hitchcock”, 1957).


Desde muy joven Hitchcock supo que “lo que entra por el oído hace en los ánimos una impresión menos viva que lo que ven los ojos, fieles testigos nuestros, y conocemos así por nosotros mismos”, como dijo Horacio en su “Arte Poética”. Eso que entra por el oído equivalía en el cine mudo –como lo es este film- a la inclusión de intertítulos explicativos o dialogados. Las imágenes, por otro lado, al recoger y combinar mediante el montaje diferentes objetos identificatorios de los personajes (como atributos de los mismos), sirven no sólo para elaborar un lenguaje fluido, sino para que el espectador coopere y construya la obra con el autor, al devenir el objeto de índice en símbolo. Eso que tan patente queda en el cine mudo, y de manera más sutil se observa en los films sonoros de Hitchcock y otros maestros, eso, decimos, es lo que nos ha legado el cine clásico, algo que hoy ya nadie continúa, con esta mórbida efusión de los efectos digitales y el no tener nada que decir, excepto bramidos de una desesperación imbécil. Una situación culpable, porque no faltan los maestros de los cuales aprender. Pero es que el desorden ya se ha hecho dueño de la situación. Por eso, contentémonos con la frecuentación de los clásicos, vestigios de cuando el hombre todavía sabía distinguir el bien del mal.