“Que el cine sea ordenado a la gloria de Dios y a la salvación de las almas, y sirva eficazmente para la extensión del Reino de Cristo sobre la Tierra”.

S. S. Pío XII

domingo, 11 de octubre de 2009

IMAGENES


BIRD Clint Eastwood, 1988.

Una mala lectura sobre el jazz de parte de Eastwood, sencillamente porque no toma distancia de él. No reniega del atávico salvajismo del jazz, sino apenas de su “deformación” comercial, siendo que tanto una como la otra vertiente son parte del mismo problema. Charlie Parker no tiene por qué ser “fatalmente” así. Lo trágico es la falta de fe, y la sub-cultura que por esto crece en el ambiente decadente de un Occidente que reniega de su tradición. La mirada de Richard M. Weaver es lúcida y penetrante al respecto:

“Así pues, pueden distinguirse tres fases en el declive musical de Occidente. En su forma más elevada, la música fue arquitectura, después se hizo tema y, finalmente, cediendo a algunas tendencias coetáneas, textura. Apenas es necesario señalar que esta trayectoria la ha alejado de un determinado ideal de autonomía y coherencia y llevado al ámbito del fragmento, que es la forma que ofrece las mayores posibilidades de expresión subjetiva y egoísta.
He dejado para lo último mis comentarios sobre el jazz, que parece ser la más patente manifestación de la profunda querencia de nuestra época por el barbarismo. El solo hecho de que haya podido conquistar el mundo entero tan rápidamente es un síntoma de lo extendido de esta dolencia, y revela la desaparición de las barreras que hubiesen podido contener la desintegración que representa.
El jazz nació en los bares de Nueva Orleans, donde originalmente esta palabra parece que sirvió para designar una función animal elemental. Nació siendo música primitiva, y uno de sus defensores ha sentenciado que “el jazz no requiere inteligencia, sólo sentimiento”. El jazz salió de su estado de primitivismo, entre otras cosas porque algo había en la manifestación espontánea de los sentimientos del afroamericano que remitía a la pérdida de la fe en el valor de la cultura del hombre occidental. El mismo autor citado reconoce que “si se estudian los ámbitos en los que el arte ha intervenido, puede observarse que las obras creadas por nuestros antepasados respondían a la necesidad de lograr un equilibrio armonioso entre razón y sentimiento”. Al rebelarse contra los límites impuestos por la inteligencia, y a través de su manifiesto desprecio y hostilidad hacia nuestras sociedades tradicionales y sus costumbres, el jazz ha logrado destruir ese equilibrio. Una destrucción que también representa el triunfo de las emociones grotescas, aun histéricas, y el abandono del decoro y lo racional. La música de jazz a menudo parece una explosión de rabia que busca despojarse de todo aquello que implica estructura o mesura.
Se comprende, por consiguiente, que el jazz resulte tan atractivo para los quintacolumnistas de la civilización, los bárbaros de la ciudad, gentes que han visto en esta expresión una herramienta útil para seguir avanzando en la eliminación de la distinciones y el descrédito de todo lo que signifique moderación. Lógicamente, ha sido llevado a un plano profesional y refinado por artistas de gran virtuosismo técnico para que no pudiera pensarse que carece de potencial y recursos. Razón añadida para descifrar su fundamental tendencia.
(...) Así como el desacuerdo genera más disidencia, la emancipación que representa el jazz ocasiona extravagancias cada vez mayores. El swing ofrece una especie de música en la que el intérprete se encuentra totalmente a sus anchas para expresar su egoísmo. La interpretación musical se convierte, así, en algo estrictamente personal: el músico escoge un tema con el que improvisa sobre la marcha, haciendo lo cual desarrolla un idioma propio. Y esto es lo que el público admira. En vez de la manifestación escrupulosa de una forma, mediante la cual el músico se convertía en el oficiante de una ceremonia, ahora tenemos la individualización de la forma: una variable en la que el músico vierte sus sensaciones y capricho mucho más libremente aún que los poetas románticos cuando desnudaban sus maltrechos corazones.
Del jazz se ha dicho que es “un relato indecente, con síncopa y contrapunto”. De lo que no cabe duda es de que, como el periodismo en la literatura, ha contribuido a abolir la noción de obscenidad.
A la vista de esta situación, no extrañará que también pueda decirse del jazz que es la música de la igualdad y que ha contribuido de manera importante a las luchas por la libertad. Como la definición negativa de la libertad es la que es (“librarse de algo”), no hace falta insistir en ello. Gracias a su dilución de la forma, en efecto, permite que el hombre se mueva libremente, sin referencias, y que pueda expresar ditirámbicamente cualquier cosa que extraiga de abajo. Es una música hecha no de sueños (y, desde luego, no de nuestro sueño metafísico), sino de ebriedades. Las fuentes más elevadas se ciegan para que las inferiores fluyan libremente y puedan ensayar su errática danza. Es ésta, qué duda cabe, música de acompañamiento para el empirismo, y resulta perfectamente natural que los mayores admiradores del jazz se encuentren entre personas primitivas, entre jóvenes y entre quienes, y parece que son legión, disfrutan ante la perspectiva de que desaparezca nuestra civilización. El hecho de que los temas abordados por el jazz –en la medida en que aborde algún tema- sean brutalmente sexuales o burlones (temas amorosos sin ninguna distancia estética y temas cómicos desprovistos de perspectiva) demuestra hasta qué punto el alma del hombre actualmente ansía el desorden orgiástico. Y generalmente se conviene en que lo expresado por el hombre en la música a la que es más aficionado probablemente también sea lo que manifieste en sus hábitos sociales”.
(Richard M. Weaver – Las ideas tienen consecuencias, Ciudadela libros, Madrid, 2008).