“Que el cine sea ordenado a la gloria de Dios y a la salvación de las almas, y sirva eficazmente para la extensión del Reino de Cristo sobre la Tierra”.

S. S. Pío XII

lunes, 7 de junio de 2010

CRITICA






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Director: Vincente Minnelli - 1946


CONOCIMIENTO INDIRECTO

(O dime lo que amas y te diré quién eres)



Hay un Minnelli director de musicales y hay un Minnelli hacedor de melodramas. Es el segundo el que mejor reclama nuestra atención, porque conjuga una tradición artística rigurosa y clásica con una especie de feroz individualismo que logró sus mejores films. Minnelli supo entender al Van Gogh artista mejor que al Van Gogh cristiano. Y si su obra se enriquece por lo primero, también se resiente por lo segundo. Dicho lo cual no quita que en sus musicales haya ramalazos de ese sumergido desencanto que parecía a veces mostrarse resignado también en sus comedias. Esa tensión hace difícil de encasillar a Minnelli, y vuelve interesantes casi todos sus films, a excepción de la banalidad de algunos musicales donde postula que “el mundo es un escenario de entretenimiento”, “that’s entertainment!”. Acaso Minnelli con sus contradicciones haya representado como pocos lo que fue por entonces Hollywood y lo que en realidad era la sociedad norteamericana.

Muy acertado es el título de este film. ¿Qué tenemos allí? Dos hermanos o la dualidad del hombre perfectamente separada en dos actores. Mike nunca daba fiestas. Alan, en cambio, sí; se rodeaba de gente importante –senadores, jueces, etc.- para ahogar su complejo de inferior. En el ya clásico tópico de la mujer que se enamora y se casa con un hombre que después resulta ser un malandra, en esa galería de villanos seductores, Robert Taylor (Alan) merece todo nuestro desprecio. Siente envidia y está obsesionado con todo lo que recuerde a su hermano. Odia por lo tanto todo lo que el otro ama: su perro, su caballo, la poesía, la música de Brahms, sus pipas, su guitarra.

El hermano que ama la vida sencilla y sincera en contacto con la naturaleza, a la manera de Stevenson, es Robert Mitchum (Mike), quien vuelve para ajustar las cuentas con su hermano ladrón, mentiroso y asesino. En el medio, la “vieja” Hepburn, siempre casi al límite, apocada primero como esposa, luego asustada, nunca cómoda, pero tampoco avasallante, como en sus otros films.

El mentiroso lleva siempre traje, piloto o bata cerrados. El hermano, campera o saco abiertos. Cuando la esposa ya ha descubierto la verdad, vemos al marido en ropa de montar…con la chaqueta desabotonada. Minnelli sabía, como Oscar Wilde, que “el traje es un medio de exponer sin descripción a un personaje y de crear situaciones y efectos dramáticos”.

Un personaje siempre evasivo, llamado Wormsley (algo así como lombriz, tiene su aspecto) y un sirviente negro, avejentado y temeroso, llamado George, completan el plantel. El “controlador de distancia” es el invento que conecta a los personajes, y la metáfora sobre el hermano proscripto.

Hay que ver la escena en que Taylor oye por primera vez hablar de su hermano: el cambio de su rostro es memorable. Especialmente porque es un actor inexpresivo, justamente lo que Minnelli necesitaba. Conclusión: la gente mundana no ama la poesía ni es capaz de apreciar lo bueno, pero puede simular. Hasta que muestra la hilacha.

Lo interesante del film es que Minnelli usa las convenciones del melodrama para negar las convenciones sociales que falsean la vida, esto se ve muy bien cuando, tras haber dado con el libro de poesías de Stevenson, que cree pertenece a su marido, la Hepburn cambia el orden de los invitados a la fiesta en su casa. Minnelli, que acostumbra denigrar las fiestas en sus películas, en virtud de una saludable actitud artística ante la vida, está decidiendo en tales escenas una forma de vida, que, también ella, corre riesgo de transformarse en una actitud convencional del cine, porque en definitiva no aspira sino a oponerse a una forma de vida sólo en el plano estético, temporal e intramundano, sin mayores alcances o trascendencias de las acciones de los hombres. Casi como un maniqueísmo, sin mayores complicaciones para la elucidación inmediata del espectador. Por lo cual se ubica muy bien un tipo de mal social –y estético- pero en parte exterior y ajeno al alma de los personajes.

En definitiva, Minnelli nos ofrece una valiosa obra, rigurosa y personal, pero donde, por supuesto, se prescinde por completo de Dios: ni los personajes ni el director lo necesitan para que las cosas lleguen a un previsible final feliz. Porque éste, en aquel Hollywood del melodrama, tranquilizadoramente, por obra del azar justiciero, siempre llega.