“Que el cine sea ordenado a la gloria de Dios y a la salvación de las almas, y sirva eficazmente para la extensión del Reino de Cristo sobre la Tierra”.

S. S. Pío XII

lunes, 7 de junio de 2010

CRITICA



CABALLERO SIN ESPADA

Director: Frank Capra - 1939

¡VIVA LA DEMOCRACY!

(O ya no hacen falta espadas ni verter la propia

sangre: el progresista lo arregla todo hablando)




Clásico entre los clásicos, “Mr. Smith goes to Washington” (el título que le han puesto en español es indirectamente muy acertado) es, a no dudarlo, una de las mejores defensas que se hicieron del sistema liberal norteamericano. Probablemente lo sea porque su director, el talentoso siciliano católico Frank Capra, se muestra tan engañado respecto del asunto como el protagonista de la película. Es excelente porque muestra el mal sólo en los hombres y no en las instituciones o el sistema, intocable. Y porque a través del idealismo del personaje de Stewart –como siempre estupendo-, Jefferson Smith (entre nosotros vendría a ser como si se llamara “Belgrano Pérez”, para que se entienda lo que se pretende con tal denominación) inocula de sentimiento religioso la moral de aquel sistema. Nos queda claro que el liberalismo es mucho más que un sistema político o económico: es evidentemente una religión, y en ese marco actúa Jeff Smith, como un Cristo en medio de fariseos que desean aplastarlo.


Es notable además cómo, invirtiendo los términos, se muestra que para llegar a la verdad primero se necesita la libertad. Es gracias a esta libertad de expresión que el sistema (en este caso el Honorable Senado) otorga a Jefferson, como él puede llegar a decir la verdad acerca de los chanchullos de los politiqueros. Se muestra de qué manera infalible, otorgándose la libertad por parte del sistema, se llega indefectiblemente al descubrimiento de la verdad y el triunfo del bien. Sacando a esos politiqueros y retomando el idealismo heroico de Lincoln, Jefferson y Washington, el país volverá a funcionar.

Si el film tiene el mérito de poner el cuchillo para mostrar algunas lacras, ya en 1939, como la manipulación de la prensa que miente descaradamente o los vicios de los “representantes del pueblo” (en eso Capra era insuperable), lamentablemente no llega al fondo del asunto, haciéndole creer al espectador que, aunque el peligro de los Taylor y Paine es real, ellos nunca llegan a ser los dueños del país. Sin embargo, los dueños de ese país que se cree “libre” son la usura internacional, los grandes banqueros de la Federal Reserve, la masonería y el sionismo, y el presidente no deja de ser un títere como lo es en la película el gobernador. Lejos de inquietar al público, este film lo tranquiliza: el sistema tiene sus anticuerpos, este sistema es lo mejor que hay. ¡Viva la Democracia, viva la Libertad!

Sí, es cierto que tras la Segunda Guerra, hay que decirlo, cundió un desencanto en muchos artistas que llegó hasta el mismo Capra. Pero ya era tarde. El sistema liberal, entonces, se iba a fabricar películas muy inteligentes para seguir defendiéndose (como “Tempestad sobre Washington” o "Primera victoria", de Otto Preminger) pero sin tanto idealismo, con un poco más de acidez y libertad sexual. Tal vez también porque el público tenía menos interés aún en todo aquello. Como los católicos con la Iglesia, que viven adscriptos a ella pero como si ella no existiese. En fin, el entusiasmo patriótico-religioso por el liberalismo ya no cunde, precisamente porque no hace falta publicitar lo que ya se ha instalado del todo y en todas partes. Por eso los héroes del cine de hoy, lejos de la dignidad de un Jefferson Smith, son monstruos, asesinos o robots. Y el público no puede sino ser cautivo de ello, porque, ante todo está el valor más importante: la “Libertad”, garantizada por la “Democracy”, en la cual los caballeros ya no llevan espada.