“Que el cine sea ordenado a la gloria de Dios y a la salvación de las almas, y sirva eficazmente para la extensión del Reino de Cristo sobre la Tierra”.

S. S. Pío XII

sábado, 10 de julio de 2010

HABLAN LOS MAESTROS


HABLAN LOS MAESTROS


“La Autoridad Católica de los sacerdotes debería estar amalgamada a la Verdad Católica de Nuestro Señor, porque aquella Autoridad humana existe únicamente para proteger y enseñar esa divina Verdad. Pero en ese terrible Concilio (1962-1965), siglos de herejía Protestante y de disolución Liberal de la verdad habían por fin logrado colarse en los corazones y mentes de una gran mayoría de los Padres del Concilio que abandonaron entonces la pureza de la Verdad Católica y hasta al día de hoy están utilizando toda su Autoridad Católica para imponer sobre los Católicos la nueva y falsa religión del Concilio.
De aquí que los Católicos han sido divididos, entre unos y otros y en sí mismos, era inevitable. Porque o tenían que aferrarse a la Verdad Católica y abandonar en cierta medida la Autoridad Católica, que es la solución de los "sedevacantistas". Y cuando uno busca ante todo la Verdad Católica, ciertamente se puede simpatizar con ellos, tan terrible ha sido la traición de la Verdad por las esferas más altas de los eclesiásticos desde que comenzó el Concilio. O los Católicos han decidido aferrarse a la Autoridad católica, y abandonar en cierta medida la Verdad Católica, que ejemplifica la solución del Cardenal Kasper. Y cuando uno busca en primer lugar la Autoridad Católica, uno puede muy fácilmente simpatizar con su lealtad a Benedicto XVI y entender la sonrisa del Cardenal cuando se encuentra a sí mismo reprochado por no ser Católico por la Sociedad de San Pio X, aparentemente carente de toda autoridad y aún prácticamente excomulgada.
Sin embargo el Arzobispo Lefebvre escogió un tercer camino, uno entre los dos extremos de la Verdad sin Autoridad o de la Autoridad sin Verdad. Su camino, en donde ha sido seguido por la FSSPX, fue el de aferrarse a la Verdad Católica, pero sin caer en la falta de respeto hacia la Autoridad Católica ni en una incredulidad generalizada en la validez de sus dirigentes. Es un equilibrio ciertamente no siempre fácil de mantener, pero ha dado frutos católicos alrededor del mundo y ha sostenido un remanente fiel de Católicos con la doctrina verdadera y los verdaderos sacramentos durante los 40 años que hasta el momento hemos pasado en el desierto Conciliar (1970 - 2010).
Y nosotros las ovejas Católicas tendremos tal vez que estar dispersas por algún tiempo más en ese desierto, durante todo el tiempo en que el Pastor en Roma sea golpeado. (Zacarías XIII,7, citado por Nuestro Señor en el Jardín de Getsemaní - Mt. XXVI,31). En este Getsemaní de la Iglesia, ciertamente necesitamos tener compasión hacia las ovejas hermanas. Esa es la razón por la que puedo simpatizar con los "sedevacantistas" e inclusive con los liberales (¡hasta cierto punto!). Pero de ninguna manera significa que el tercer camino planteado por el Arzobispo haya dejado de ser el camino correcto”.

Mons. Richard Williamson, Comentarios Eleison, 26 de junio del 2010, “Equilibrio católico”.


“Abandonar la Verdad de hecho es, en sí mismo, bastante más grave que abandonar la Autoridad, porque la Autoridad únicamente existe para servir a la Verdad. Así es que la Verdad es primordial mientras la Autoridad es secundaria. Por lo tanto los "sedevacantistas" tienen Fe (¿por qué más los desorientados Vicarios de Cristo los molestan?) y sus mentes aún funcionan (sus argumentos son aparentemente muy lógicos), mientras que desde el momento en que un Católico acepta, debido a la Autoridad, el Vaticano II con su religión del hombre, él comienza a perder su Fe en la única verdadera religión de Dios, y comienza a destruir su mente, forzándola a digerir la contradicción, porque las dos religiones absolutamente se contradicen, en principio y en práctica -- ¡miren a su alrededor!
Lo que la sonrisa del Cardenal mostró fue simplemente hasta qué punto los eclesiásticos de las esferas más altas de la Iglesia han perdido la Fe (por lo menos ante los hombres), y han destruido sus mentes por la búsqueda Conciliar del "diálogo ecuménico". La plenitud de la cabeza visible de Dios en la tierra es Jesucristo quien fundó no más que una sola Iglesia, la cual se encuentra necesariamente contradicha, más o menos, por cualquier otra "iglesia" o religión o rechazo de religión. ¿Cómo entonces pueden los oficiales Católicos dialogar oficialmente con cualquier no-católico a excepción de tener como fin principal el convertirlos? El "dialogar" buscando otro objetivo denota implícitamente la negación de que Jesucristo es Dios. No es de extrañarnos entonces que el Cardenal percibe que la FSSPX lo considera un hereje. Y su única reacción es la de sonreír.
Porque él aún piensa, debido a la Autoridad, que él cree todo lo que un Católico cree. Esto significa que el Cardenal ha perdido toda noción de contradicción, que su Fe y su mente ya no funcionan más. Ahora bien, cuando la facultad más importante de un hombre se pierde, su mente, ¿qué más puede quedar para rescatarlo? Solamente un milagro. Y el Cardenal es un ejemplo típico de los eclesiásticos de la actualidad. Fuera de un milagro divino, la Iglesia oficial de hoy en día está acabada”.

Mons. Richard Williamson, Comentarios Eleison, 3 de julio del 2010, “Humanamente, acabada”.



“”En materia religiosa (Alberdi) profesaba ideas de católico liberal –ese animal estúpido que se reproduce con tanta facilidad en nuestros tiempos. “En vano –escribe- llenaréis la inteligencia de la juventud de nociones abstractas sobre religión; si la dejáis ociosa y pobre, a menos que no la entreguéis a la mendicidad monacal, será arrastrada a la corrupción por el gusto de las comodidades que no puede obtener por falta de medios. Será corrompida sin dejar de ser fanática. La Inglaterra y los Estados Unidos han llegado a la moralidad religiosa por la industria”. Y agrega con un criterio de picapedrero: “Prácticas y no ideas religiosas es lo que necesitamos”.
El señor Alberdi se equivocaba de parte a parte. El mal de América es precisamente la falta de conocimiento religioso. Generaciones enteras se han aburrido en misa sin saber lo que era la misa; han cumplido con todas las prácticas religiosas sin conocer la religión; han rezado a los santos y no los han venerado; han creído en la ayuda de Dios sin advertir siquiera en el tremendo misterio de la gracia de Dios. Tenían la costumbre religiosa: una especie de buena voluntad pasiva, apenas suficiente para salvar el alma. Por los sacramentos nos distinguíamos de los buenos mahometanos, de los buenos protestantes, de los buenos idólatras; éramos religiosos por comodidad humanitaria, tal vez por pereza humanitaria. Bastó que unos pocos pedantes nos hablaran para que depositáramos nuestra religión doméstica en manos de las mujeres. Nos bastó el miedo de los hombres para que le perdiéramos el miedo a Dios. Ellos nos traían razones y nosotros no teníamos ideas: teníamos prácticas. El catolicismo de Alberdi no era catolicismo, porque no conocía a la Iglesia, “tan capaz –según él- de asociarse a todos los progresos humanos”. La Iglesia no es tolerante, es la Iglesia bárbara de Jesucristo, nada civilizada en el sentido liberal. Es intolerante porque posee la verdad; es bárbara porque posee la alegría de la esperanza en Dios; es nada civilizada porque no necesita de las cosas del mundo. Los hombres de la generación de Alberdi no podían comprender esto. Habían nacido en el liberalismo cegatón que engendró la Reforma, y si fueron católicos lo fueron sólo de intención. La intención basta para salvarse uno mismo, pero basta también para perder a los otros con la mejor intención. Catolicismo y masonería eran dos términos que se tocaban en un punto: la realidad. Políticos católicos respetaban –como ellos decían- las ideas masónicas, porque había que ponerse a tono con el tiempo; políticos católicos pactaban todos los días con los enemigos de la religión de su patria, porque los enemigos eran elegantes y la patria necesitaba civilizarse. Todo esto se lo debemos a los fundadores civiles de nuestra nacionalidad”.

Ignacio Anzoátegui, “Vidas de muertos” .