“Que el cine sea ordenado a la gloria de Dios y a la salvación de las almas, y sirva eficazmente para la extensión del Reino de Cristo sobre la Tierra”.

S. S. Pío XII

jueves, 1 de julio de 2010

CRITICA


UN CORAZON EN INVIERNO
Director: Claude Sautet – 1992

CON LAS MUJERES NO SE JUEGA
(O deseo y decepción en un trío que no es un triángulo)


Si, como bien sabemos, la forma o la estética de una obra está dada por el tema, debe decirse que Sautet ha concebido la forma perfecta para lo que quería contar. El film es un drama intenso, por momentos sofocante, discreto y sin golpes bajos. El buen gusto y los aciertos de puesta en escena e interpretación son inobjetables. El comentario anímico a través de la música que interpreta la protagonista, también. Veamos entonces qué es lo que Sautet quería comunicar a través de las imágenes, cuál es su visión del mundo (porque el artista si lo es, quiere comunicar algo, o debe tener interés en hacerlo, de otro modo lo que hace es inútil y absurdo).

Por lo pronto, lo que uno saca de esta pesca es el hecho de entender cómo los hombres (especialmente en su relación con las mujeres, y viceversa) nada saben unos de los otros, aunque creen conocerse. Se dejan llevar por los sentidos, por las apariencias, por lo que ven, por sus propios sentimientos, y finalmente se equivocan, se sorprenden y se decepcionan. He allí el caso terrible para la bella violinista Camille (Emanuele Béart), pareja de un famoso luthier que se enamora del socio de éste, el callado y misterioso Stephane (Daniel Autueil). Es cierto que este último un poco le sigue el juego, pero ella se apresura porque interpreta algo por sí misma, saca enseguida sus conclusiones (confunde el deseo o la atracción con el amor y cree que éste es correspondido), aunque es evidente que el caso de Stephane es especial, pues cualquier otro hombre hubiese actuado con ella diferente: o ir a fondo o sincerar las cosas desde un principio. En definitiva, conocemos las caras, pero no los corazones.

El problema en todo esto que Sautet cuenta tan bien está en que todo el tiempo nos mantenemos ajenos a lo que ocurre, en cuanto que espectadores y no como involucrados, pues no podemos identificarnos en ningún momento con el protagonista, un personaje bressoniano, es decir, más muerto que vivo, alguien que le teme a las emociones. En la medida en que conocemos el diagnóstico y no el posible tratamiento, y en la medida en que no somos involucrados por el director en lo que pasa (que sólo puede hacerlo mediante la identificación), el film se queda en eso, con eso, y por eso el final es frustrante, o más bien no deja sabor a nada.

Está muy bien retratada la frialdad y tilinguería de los franceses “cultos”, ese ambiente de buen pasar para quien el arte –en este caso la música- no ejerce una influencia vital en sus vidas. Son personajes que se creen racionales pero están guiados por una oculta pasión. Excepto Stephane, que se deja llevar inerte por la nada y hacia la nada. Por supuesto, no existe la religión o lo religioso o trascendente, ni de parte de los personajes ni de parte del director. De allí que en los films de este talentoso director (como en los de Chabrol) haya un tono de fatalismo, de encierro, angustia y sabor a nada, en algún sentido simenonianos (pero sin la brillante penetración psicológica de los personajes del belga). Estos franceses jamás sabrán de algo llamado Esperanza.

Hay un desapego también con respecto al protagonista, que sólo pareciera abandonar Sautet cuando nos acerca a su intimidad en una breve toma de Stephane subiendo y acomodándose en un colectivo. Eso es todo. Luego, el mutismo, las miradas que no dicen nada (o pueden decirlo todo), el temor. Es evidente que el personaje se esconde, y lo muestra bien Sautet cuando él y su maestro ayudan a esconder a un chico de una chica en un juego de escondidas en la casa de campo. ¿Qué quiere Stephane? Eso le pregunta o se pregunta la mujer. Porque todos quieren algo, y eso es propio del ser humano. Pero él, no. Por eso termina resultando irritante, porque se esconde de todos, hasta de Dios, en quien no cree. Finalmente se verá que al único que amaba era a su viejo maestro, que era como un padre. ¡Y por eso lo mata aplicándole la eutanasia! Y aquí viene lo peor, porque el personaje aparece al final como reivindicado por el director, tras ese acto “heroico” de amor hacia su maestro, luego de aplicarle la inyección letal. Aparece después junto a su ex socio (con quien se había peleado a causa de la mujer) en el café, y aparece Camille y lo saluda con un beso sentido y vuelve a mirarlo con interés. Algo así como el final de “Taxi-driver” (al fin te animaste a algo, parece que le quisiera decir la mujer al tipo). Un epílogo bastante ridículo, bastante francés y bastante nihilista, es decir, engreído y estúpido.

Tenemos entonces que eutanasia y adulterio, no son pecados sino cuestiones de cada cual en el camino a la felicidad: eso es lo que podría pensar cualquiera a través de esta película. El director, lo sabemos, debe tener su punto de vista. Debe ser capaz de comprender y aún amar a sus personajes antes de condenar o salvar su conducta. Porque los condena no como un juez o con discursos, sino sometiéndolos a vivir determinadas circunstancias, favorables o adversas, que deben desprenderse de la fábula. Esto debe ser así porque siempre han de inferirse las consecuencias que trae la adopción de determinados principios. El problema es que acá Sautet no hace sino lavarse las manos, y es lógico cuando se excluye de la vida a Dios. Entonces, deseo y decepción, o simplemente nihilismo, es lo que muestra Sautet. Mas no hay allí amor que supere estas lacras. ¿No es un buen reflejo de cómo se descompone la Francia de hoy? Sí, y los artistas llevan su parte en tal acontecer.