“Que el cine sea ordenado a la gloria de Dios y a la salvación de las almas, y sirva eficazmente para la extensión del Reino de Cristo sobre la Tierra”.

S. S. Pío XII

domingo, 3 de mayo de 2009

CRITICA


THE SEARCHERS
Director : John Ford – 1956

LA POESÍA EN EL CINE


Hay críticos o periodistas o simples comentadores del espectáculo que se imponen primero considerar el argumento de un film, y contarlo a su lector, para juzgar el valor del todo por esa parte, como si la obra en sí fuera no la comunicación de una emoción y de una individualidad creadora y su respuesta desde nuestra propia individualidad creadora –que es obra de Dios-, sino la transmisión de un determinado y esquemático argumento que, sin necesidad de la obra en sí, sea capaz de enseñarnos algo por sí mismo. Para entender esto piénsese si tuviéramos que juzgar simplemente el guión de esta película, y quedarnos con ello. Es el procedimiento de muchos.

Convengamos que este grosero error no suele aproximarse a la poesía, donde por el contrario, el afán lírico y el efecto inmediato parecen disculpar toda argumentación o construcción deliberada que se nos quieran transmitir. En los grandes directores de cine, abordar su obra por el solo interés de la trama o el qué cuentan a priori es un error que costará la ceguera ante una obra que se propone como mucho más que eso. Es el caso de Ford, un poeta del cine que, al igual que los viejos poetas que “se atemperaban, risueños, en la sonrisa y el humorismo” (al decir de Battistessa), ofrece un tono que es propio pero que está hecho de la tierra que ama, en una conjunción de tragedia y comedia, como pedía Platón.

No se puede limitar el comentador a contar una película como no se puede contar un cuadro. Sólo puede describir el literato. Ahora bien, discernir lo que de personal hay en una obra significa comparar, y significa hacer uno mismo desde sí mismo una crítica conforme a la comprensión que se tenga a través de la empatía y el juicio entablado con respecto a la obra. La frialdad con que alguien pudo haber tratado esta obra maestra, por todo lo que venimos diciendo, en una anónima crónica que nos remite la internet, y desde un punto de vista a priori católico, nos alerta acerca de lo difícil que es en nuestros tiempos urgidos y veloces detenerse a asimilar y comprender a otra persona – a un alma- que despliega el mundo visto a través de su mundo interior en una obra cinematográfica. Nos está fallando la contemplación, y así andamos.

“El verdadero poeta lo es, precisamente, porque posee un modo personalísimo de re-crearnos el mundo. El escritor mediocre, en cambio, sólo repite su mundo en el lenguaje de todos, y así como nos exige poco, poco es también lo que nos ofrece. Únicamente el escritor con estilo concluye en maestro de objetividades, y nada importa que se llame clásico o que se llame romántico” (Ángel J. Battistessa, cit. por Diego F. Pró). El mismo Pró concluye bellamente: “Quien se detiene en el disfrute de la trama puramente verbal, conoce la jaula y deja escapar el huidizo pájaro de la belleza”.

Tan poco artificioso como tan poco naturalista, Ford aprendió de Griffith el sentido poético en su mirada agregando la densidad psicológica de los personajes que se revelan frente al peligro que los rodea. Porque contaba historias afincadas en el pasado, prefirió evitar toda afectación de puesta en escena y atenerse a la rigurosa y rígida construcción de un arquitecto (con tal trabajo comparaba él mismo la dirección de cine). Por eso era tan importante el espacio, por eso no acosaba a sus personajes sino que los dejaba andar e integrarse al paisaje; son característicos sus contrapicados, con el cielo desplegado sobre los personajes que cobran mayor dimensión en esa tierra donde todo estaba por hacerse. Y porque Ford siente apego por sus personajes, los deja hacer, como si él no interviniera nunca o no tuviera nada que ver. Creador que desaparece de la escena como si no existiera, de allí su superioridad por sobre el resto y la superfluidad de todo comentario exegético sobre su obra. El mundo de Ford es simple y está marcado por la Historia. El tono desencantado de sus últimos films (véase “Dos cabalgan juntos” o “El hombre que mató a Liberty Valance”) supone una crónica misma de las esperanzas que América terminó defraudando, y el muestrario de unos arquetipos que fueron asumidos por el paisaje, dinámicamente contenidos en una lucha por conservar una tradición. El testimonio social fallido por el cual se ha querido ensalzar a Ford (“Las viñas de la ira”) ha demostrado simplemente su desencanto, y difícilmente el desencanto produzca alguna obra destacable, antes bien es la esperanza la que mueve hacia lo alto, como es la esperanza de Ethan la que finalmente hizo avanzar la búsqueda en “The Searchers”.

“Los buscadores”, hermoso título del film, acaso aplicable a todos nosotros. Lo que buscamos nos define siempre, detrás de lo que vamos se nos va la vida. Se narra siempre un viaje, una investigación, un crimen. Son los tópicos básicos para cualquier relato. “The Searchers” es todo esto, y es como la definió el mismo Ford, “la tragedia de un solitario”. Más corazón que odio, ha sido titulada entre nosotros, y no está mal. El amor triunfa sobre el odio en una hermosa y salvaje tierra donde las familias asentadas viven asediadas por unos salvajes que no han sido evangelizados, tierra donde se vive a sangre y fuego y donde muchas veces los blancos civilizados no se distinguen de los pieles rojas, excepto, claro está, en el gesto final, piadoso, heroico, casi inexplicable de John Wayne. En ese solo gesto inolvidable está toda la civilización cristiana detrás, es el rescate de la cautiva por este solitario que, a la manera de un Martín Fierro cansado, se aleja una vez más para volver a ser leyenda, resto de caballero andante –o fantasma errante- que seguirá cabalgando por esas tierras de peligro hasta hallar quizás un hogar, o, probablemente, un lugar para la muerte. Muerte que, gracias a Ford, no será decir olvido.