“Que el cine sea ordenado a la gloria de Dios y a la salvación de las almas, y sirva eficazmente para la extensión del Reino de Cristo sobre la Tierra”.

S. S. Pío XII

jueves, 14 de mayo de 2009

CRITICA



LA MALVADA
Director: Joseph L. Mankiewicz – 1950


VANIDAD DE VANIDADES


Los fanáticos del cine, aquellos que se autodenominan cinéfilos, suelen revelar la causa de su irrefrenable (e irreflexiva) afición al cine sustentados en un ya muy conocido apotegma: “El cine es más grande que la vida”. Con excusable afán defensivo ante los ataques necios e igual de irreflexivos de sus contrarios, aquellos que decidieron in aeternum que el cine era “el opio de los pueblos” (y al decir cine tenían en mente el cine “Made in Hollywood”), se escudaron los citados en una expresión que no sabemos bien qué quiere decir –ni sabemos si ellos lo saben-, aunque para ellos tal afirmación opera a manera de telón para cerrar cualquier posible discusión respecto de su cinefilia. Pero, aún en su ambigüedad, hay acierto y error, creemos, en esa premisa. En su error se ampara la comodidad de quien hace del cine un culto –de allí la expresión “film de culto”- y una coartada para no asumir sus deberes trascendentales –los cuales, desde luego, tienen su culto verdadero a cumplir-. Estos fanáticos –y muchos lo son sin parecerlo a simple vista- lo que hacen es centrar su interés en el cine creyendo que –si hay valores- deben buscarse solamente allí, o empezando por allí. Generalmente descuidan la vida o, simplemente, la traicionan, porque olvidan que el cine está hecho para la vida, y no la vida para el cine. Pero lo que han percibido como acierto es un chispazo de la Belleza y una intuición de que el cine –como una de las artes- tiene sus propias leyes y reglas y formas que le son propias, por lo que, si el cine refleja la vida, lo hace de otra manera: “a lo grande”, a través de la belleza de los arquetipos, del equilibrio y la coherencia cerradas que no percibimos en el aparente “azar” de la vida cotidiana. Y así, resignados a que la vida es “más pequeña que el cine” –porque según ellos no hay un orden que la rija- modelan sus vidas de acuerdo a los modelos y formas de vivir que les proporciona el cine. Hay un juego peligroso en ese cruce donde no se reconoce que el cine –como el arte- es parte de la vida y la misma vida puede –con sus miserias- ser parte de una obra de arte en la cual somos cooperadores de un Creador. El arte tradicional nunca había tenido tal escisión entre él y la vida, porque simplemente la influencia del arte era una influencia vital como la de la religión. Si “el cine es más grande que la vida” es porque se colocan allí unos seres y situaciones ideales que son impensados en la vida real: ya no están los Santos o los Héroes a quienes imitar, sino actores de bella máscara en un Olimpo infranqueable para el simple espectador. No obstante, el poder de atracción y el magnetismo son tales que esa idealidad inexpugnable –y bella- tiende a hacer de esa identificación del espectador una pantalla mediante la cual se reduce la realidad misma, abriendo una distancia infinita entre una y otra –entre la pantalla y la vida cotidiana.
En su libro “Arte y escolástica”, el primer Maritain hablaba del poder tiránico y absorbente del Arte. Uno de los temas que el muy inteligente Mankiewicz desarrolla en su obra maestra, es precisamente este último, como también la relación entre lo verdadero y lo falso de las apariencias. ¿De qué manera lo hace?
Su alter ego, el irónico y sagaz Addison de Witt (George Sanders), afirma en la película –con su tono distinguido característico- que los críticos “aseguran al público que los actores son gente normal, ignorando el hecho de que su mayor atracción para el público es su completa falta de parecido con los seres humanos normales”. Y su atractivo no se detiene allí, sino que, también –y el film lo refleja en el mundo del teatro-, los actores parecen estar “más allá del bien y del mal” porque “son más grandes que la vida”. Este sería más o menos el pensamiento de Eve Harrington (Anne Baxter), que representa al público fanático e idiotizado por el teatro o su equivalente. Dice Addison: “Todos tenemos en común la anormalidad. La gente del teatro somos un mundo aparte del resto de los mortales (en esto quiere decir Addison: estamos por encima). Somos las primeras personalidades desplazadas”. Hay una fatalidad en su sentencia que acaso la realidad aquella difícilmente desmienta. El director de la obra, Bill (Gary Merril), en cambio, cree que también hay en ello un deseo por sobre todas las cosas, único y exclusivo que absorbe por completo a la persona y le exige sacrificios: ·”El hombre que acepta esos términos no puede ser ordinario, no puede ser cualquiera”. Lo que dice al final de esa escena Eve viene a coronar esa definición del mundo del teatro, pues la consecución, lo que se busca y desea con una ambición insaciable, lo que justifica esa forma de ser y ese largo empeño, es lo que Eve desea más que nada en el mundo y por lo cual usa los medios que sean necesarios: El aplauso, el “amor” del público, la idolatría, cautivar y pertenecerle a las masas. Por lo cual ese camino que llevan los personajes que Mankiewicz nos presenta y cuyo ejemplar mayor es Eve Harrington es el de los egotistas enfermos incapaces de comprender aún la obra que están representando porque se colocan por encima de ella. Sólo si los personajes de “La Malvada” vieran la película “La Malvada” –recurso shakesperiano- podrían descubrir lo que son. Pero es muy posible que esto no ocurriese, porque tendrían que aprender a ver fuera y más allá de sí mismos, algo que “La Malvada” no llega a mostrarles. Porque lo que busca Eve, parece sugerírsenos, sería legítimo y aceptable. Lo malo es el método empleado para llegar a conseguirlo. Pero el público que aplaude a Eve no lo sabe ni tiene por qué saberlo. Nosotros sí lo sabemos y esto a través del cine. El cine para nosotros, si tenemos el cuidado de pensar, será un instrumento formidable para el conocimiento de lo que el hombre es o puede ser y de un determinado ambiente donde se manifiesta y hasta se estimula el error. Y, si nuestra mirada es más alta –por la gracia de Dios-, comprenderemos la causa y el remedio de los comportamientos humanos, para no caer en un fatalismo del que esta película no logra evadirse.
Mankiewicz, a través de Addison, parece tomar distancia y lo hace, para ver con magistral introspección psicológica las idas y venidas en las maneras de ser de sus criaturas. Pero, ¿toma suficiente distancia Mankiewicz o se queda viviendo en la misma casa que sus criaturas-aunque sea en la escalera como Addison? Confiesa Addison de Witt hacia el final del film a Eve: “Somos fuera de lo común. Tenemos en común el desprecio por la humanidad, la incapacidad de amar y ser amados, la ambición insaciable y el talento”. Y antes había dicho:”He vivido para el teatro como un monje trapense vive su fe. No tengo otro mundo, ni otra vida”. La lucidez de Mankiewicz se mantiene dentro de los cánones del pesimismo más feroz: “Pienso que la idiotez humana se perpetúa. Soy esencialmente iconoclasta y disfruto observando con qué constancia el ser humano se engaña a sí mismo” (Entrevista con Michel Ciment). Pensaba Mankiewicz que el hombre nacía con una especie de pecado original fisiológico-psicológico, debido al trauma del nacimiento que interrumpía la confortable placidez del recinto materno. Y que por eso los hombres luego se descargaban del trauma haciendo el mal, y que tal condición era irremediable. Concluía afirmando que “frente al mundo en que vivimos sólo podemos reírnos, aunque amargamente”.
Si Mankiewicz veía bien cómo los hombres se manipulaban unos a otros en sus relaciones, no llegaba a ver que hay una superación de esas conductas y esos errores en que caemos. Pero para asumir esa libertad debía aceptar lo sobrenatural y el misterio, cosa que no entraba en la estrechez de sus esquemas. El Padre Castellani enseñaba que “hay dos máximas igualmente falsas. Una es: “Piensa mal y acertarás”, y la otra: “Hay que pensar bien de todos”. Lo que cumple es pensar LO QUE ES, o sea, simplemente PENSAR. Antes de otorgar confianza o desconfianza a una persona hay que pensar; y para eso hay que suspender el juicio, no precipitarlo; o sea, hay que tener cautela o precaución (aunque no suspicacia), que son partes de la prudencia” (Domingo V después de Epifanía – Domingueras prédicas II).
El cine tiene la maravillosa capacidad de descubrir una diversidad de puntos de vista ante nuestros ojos para revelarnos finalmente un conocimiento que sólo a nosotros nos es proporcionado respecto de lo que hay de oculto en el hombre. Sólo nosotros –con Addison de Witt- conocemos de alguna forma “todo sobre Eve”; sólo nosotros obtenemos la revelación final sobre Charles Foster Kane en “El ciudadano”; lo mismo ocurre con “El hombre que mató a Liberty Valance”. En el caso de “La Malvada”, Eve los pone a prueba a todos y los decepciona porque todos tienen un modo del conocer que no es prudente. Acaso los que de inmediato ven lo que Eve es antes que nadie son los personajes sencillos y subalternos como Birdie (Thelma Ritter), la asistenta de Margo Channing (Bette Davis), aunque allí la desconfianza no está desprovista de celos. El otro que llega antes que nadie a la verdad es Addison, pero esto porque Eve tiene en el fondo algo de él, esa constante observación de los otros sin ninguna clase de caridad. Por eso también su conocer es limitado, porque el conocer de Addison está supeditado al propio interés y a la esfera en la que se mueve, y somos nosotros los que –siguiendo ese demandar que es el método de la película- creemos que ese saber “todo sobre Eve” de Addison es un saber inútil. Mankiewicz muestra en este film cómo el engaño puede triunfar en el mundo, aunque sin poder ocultarse del todo. Y lo hace desde el punto de vista de Addison, que cree poder estar exento de tamaña debilidad. Pero nosotros lo conocemos y con él y en él al mismo Mankiewicz –y sus limitaciones.
“Si mirares solamente a la apariencia exterior de los hombres, presto serás engañado”, nos dice el Kempis. Primera parte de la premisa que luego es completada y de la siguiente manera: “Si en todo buscas a Jesús, hallarás de verdad a Jesús, pero si te buscas a ti mismo, también te hallarás: mas será para tu mal”. No se trata de predicarle al lector –como alguien podrá creer- sino de comprender que si el cine acierta a mostrar el foco infeccioso, su arte se limita a un trabajo de forense o detective. Lo que no es poco, en estos tiempos. Por lo pronto, ya se nos habrá dado una ayuda si en los males ajenos somos capaces de percibir los propios, y no sólo los ajenos. Mankiewicz era un intelectual, un académico, y un director de talento que conocía aquello que mostraba. “La malvada” es una de las mejores películas de descripción de caracteres que alterna con elegancia e inteligencia la ambición, la mentira, el egoísmo, la vanidad, el ingenio, los celos, la manipulación, el orgullo, los caprichos, etc. La belleza conseguida en esta obra de una madurez pocas veces vista, puede ponernos en alerta tanto como dejarnos autosuficientes en nuestra mirada desde un piso superior sin darnos cuenta de que no podemos estancarnos en la gozosa mirada de las miserias humanas, sino que necesariamente debemos elevarnos hacia lo que el hombre puede llegar a ser por obra de Dios, que es en definitiva lo único que de verdad importa.