“Que el cine sea ordenado a la gloria de Dios y a la salvación de las almas, y sirva eficazmente para la extensión del Reino de Cristo sobre la Tierra”.

S. S. Pío XII

domingo, 31 de mayo de 2009

CRITICA



SANTA JUANA
Director: Otto Preminger – 1957


EL FUEGUITO DEL CAPITÁN FRÍO
(O de cómo no se puede hacer un film frío sobre lo más ardoroso en este mundo, la santidad)

¿Puede pensarse que este es un film cristiano o católico? ¿Puede pensarse que cuenta los episodios dramáticos en la vida de una santa? Definitivamente, no. Y si bien está a las claras que este no es un film católico (Preminger era judío; Graham Greene, guionista, era un “católico profesional” no practicante; Bernard Shaw, autor de la obra teatral, era socialista, y según el Padre Castellani, un gran bufón y un ignorante engreído, que de tal daba pena), si bien esto, digo, o tal vez por esto, este film, aún dado su tema apasionante, no logra emocionar (ni lo pretende siquiera). Ni en el momento culminante del martirio de la santa en la hoguera. Referimos este tema porque de eso se trata precisamente el arte, en primer lugar. Otto Preminger (quien mostró a las claras y no sin belleza su liberalismo a ultranza en “El Cardenal”) se mantiene siempre distante, diríase que lo ve todo como el personaje de John Gielgud, con esa actitud impasible desde su ventana, como un estudioso de curiosidades. Por momentos, su mirada sobre los inquisidores es la misma que sobre los senadores de “Tempestad sobre Washington”: aséptica, distante, periodística. Pero siempre con estilo y estupendas actuaciones. La pregunta del millón es: ¿Para qué hacer algo en lo que no se cree? ¿Por qué ese miedo a influir en los demás, a transmitir sus emociones, si las tiene?

Hablé de actuaciones: formidables Richard Widmarck y el resto; pero Jean Seberg no parece santa ni piadosa, antes bien, se nos aparece como una hermosa y exaltada chica moderna, de hermoso cuerpo y lenguaje actual, que al final debe abrir bien sus ojos para intentar “emocionar” (y no es el suyo el abrir de ojos de la dolorosa Falconetti), pareciendo casi una loca –sí, pero sin fe- con la que no hemos intimado lo suficiente en toda la película. Se queda en la apariencia, porque detrás no hay una convicción que ame la verdad. Todo porque la película (y la obra de Shaw) se entretiene más con el resto del elenco, incapaz de atisbar el misterio que poseía a la santa doncella. “La Juana shoviana –escribió Ángel J. Battistessa en su prólogo a la Juana de Claudel, “Juana de Arco en la hoguera”- es un personaje contemporáneo, adiestrado –como hija espiritual de un talentoso dramaturgo socialista- en las formas avanzadas del laicismo; es una rebelde candorosa y tesonera, y en cierto modo -¡ya! “el primer protestante”. En el teatro todo eso entretiene, obliga a pensar y hasta conmueve. Pero la dialéctica del humorismo, tan saludable como disciplina mentís, nunca podrá ser un recurso para captar nociones trascendentales”. Deplorable es, por ejemplo, el final con esa charla amistosa que sueña el Delfín, rey cobarde e infame y que termina mostrándolo simpático. O esa frase de cierre, donde la santa que está en el Cielo añora aún la tierra, lo que da muestras –en su pregunta como desesperada y quejosa- de una ignorancia que no acusaría quien ha llegado a la consolación eterna y beatífica de Dios, porque ese deseo no parece el mismo de la santa de Lisieux, que deseó pasar su Cielo haciendo el bien en la tierra.

En definitiva, mucha chanza, bromas, y nada de emoción. Incomprensión del dolor y el sentido de la cruz, y el verdadero hecho en la historia. Sólo alguien con un gran sentido religioso –como, v.g., Carl T. Dreyer- puede hacer un gran film sobre la santidad, no alguien de enorme talento (recordemos “Laura” o “Anatomía de un asesinato”) pero que hiciera ese film tan moderno e inmoral como es “La Luna es azul”; no quien nos entregara un film ultra-liberal como “El Cardenal”, entre otras cosas.

Ahora entendemos mejor por qué Preminger interpretó al personaje del “Capitán Frío” en la serie televisiva “Batman”.