“Que el cine sea ordenado a la gloria de Dios y a la salvación de las almas, y sirva eficazmente para la extensión del Reino de Cristo sobre la Tierra”.

S. S. Pío XII

domingo, 3 de mayo de 2009

HABLAN LOS MAESTROS

Quiera Dios que los pensamientos en este ítem apuntados, sirvan para estimular el pensamiento, despertar el apetito de saber y dar sustento a estos ejercicios de admiración que deben ser nuestros juicios, porque eso es lo que nos demandan las obras de los diversos artistas.
Sirvan quizá para que seamos más cuidadosos y menos precipitados y menos injustos, nosotros que como argentinos tendemos siempre al devaneo fútil o la improvisación desdeñosa. Ya lo decía Julio Irazusta: “Nadie más al día que los argentinos en la información cultural, los problemas mundiales y los maestros de moda en el universo. Pero cuando las inteligencias más autorizadas nos dicen las mayores verdades, de nada nos enteramos” (“Balance de siglo y medio”).
Si la promiscua reproducción de revistas “de cultura” muy promocionadas y patrocinadas por los grandes multimedios periodísticos confirman el primer aserto de Irazusta, la pobreza crítica y el escaso interés divulgador entre nosotros confirman lo segundo. Solía decirse antes que todos los argentinos ”somos directores técnicos” de fútbol; sin duda lo confirma la hoy día inocultable popularidad de un juego que publicita “el gran diario argentino”, eso sí, con plata en juego, porque “gratarola” los argentinos no hacemos nada.
Otra evidencia es la de que “todos somos críticos de cine”, o de arte, en fin, de lo que se suponga. De todo sabemos y de nada disponemos. Influenciados por los pseudo-críticos de los grandes medios, que no enseñan ni explican nada, pues sólo emiten opiniones según su estado de ánimo y a las apuradas, nos acostumbramos a no intentar comprender y relacionar, a investigar e inteligir. El desdén –no sólo por el cine, sino por el arte en general- es patente, y por eso, el liberalismo “progre” domina casi por completo (o sin casi) el terreno cultural. Es como dice el Padre Castellani, crudamente: “Las grandes obras de arte nos dan el llamado deleite estético que puede llegar a una especie de éxtasis; entonces nos da un atisbo o una nostalgia de la otra vida, nos dice Baudelaire, el más grande poeta francés. Pero poco deso hay aquí, porque la educación pública que nos dan no cría en nosotros la facultad de percibir la belleza artística, al contrario más bien, la destruye; y por eso somos el país del tango” (Domingueras prédicas I).
Queremos contribuir a remediar un poquito eso en el tan manoseado terreno cinematográfico, si se nos permite. No se trata de ninguna sabiduría esencial, sino de tener una actitud, cual es la de prestar atención a las cosas. Estos pensadores pueden alertarnos de los peligros que nos asechan, pueden restablecernos en nuestros deberes, pueden satisfacer nuestra busca, pueden indicarnos de lo que debemos abstenernos.




“El intelecto sin imagen y la imagen sin intelecto se reparten hoy el mundo”

R. P. Castellani – “Psicología humana”




“Entre el espectador y el idólatra, hay en efecto poca diferencia: los dos tienen el culto a la creatura; los dos se tornan semejantes a aquellos que ellos aman. La pasión de ver, la pasión de recibir las imágenes del mundo acaba por borrar en el hombre la imagen de Dios”

Guillermo Gueydan de Roussel – « Las tres fases políticas”



“Creo que el público tiene que trabajar”

Alfred Hitchcock – Un diálogo de Redbook, abril 1963



“Los romanos del siglo IV confundían el progreso de la “civilización” y el bienestar del ser humano con la existencia y pleno funcionamiento de los lugares de diversión. Le preguntaron a San Agustín: “Explíquennos por qué sostienen que después de la venida de Cristo han mejorado las cosas humanas. Han caído por tierra los teatros, circos, anfiteatros...Nada bueno ha traído Cristo”. Hace un mil quinientos años, como hoy, existieron individuos que se complacían en la creencia de que todo se reducía a las diversiones y las satisfacciones fisiológicas. Los adoradores de la “civilización” eran –y lo son hoy todavía- los cultores del hombre exterior, que necesita proveerse y asegurarse de todo lo que significa el placer de lo inmediato. Entre lo inmediato, lo temporario y la praxis existe una íntima compenetración. La praxis es lo contrario de theoria. La theoria –vocablo griego- ha sido traducida al latín con “contemplación”. Entre la praxis y la sofistería hay un evidente parentesco. Ambas apuntan hacia el mismo fin: la sensación de bienestar material y físico. Otro punto de coincidencia: ambas rechazan la contemplación. Ambas luchan para la divinación del hombre exterior. El contemplativo no confía en las “esperanzas inseguras de una vida larga”. “En el centro está la seguridad”, dice San Bernardo, “y en la mesura la virtud”. El que lucha para ensalzar el “hombre exterior”, con su fundamental vanidad y su fingida seguridad, el sofista, está siempre al servicio del “homo pragmaticus” o del adorador del “hic et nunc”, que lucha por el progreso de la civilización.
El hombre culto, el hombre cristiano, no pierde el contacto con la contemplación. Tampoco desprecia el progreso, pero se inclina por el otro progreso: “Debes cotejar tu presente con tu pasado. Mira si has progresado en virtud, sabiduría, conocimiento y en moderación de costumbres” (San Bernardo). La moderación es propia del hombre interior. Es una secuela lógica de la contemplación que busca el progreso y el enriquecimiento del espíritu hurgando en el “centro del alma”, como dice Santa Teresa de Jesús”.

Stan Popescu – “Cultura y libertad”, Buenos Aires, 1990.