“Que el cine sea ordenado a la gloria de Dios y a la salvación de las almas, y sirva eficazmente para la extensión del Reino de Cristo sobre la Tierra”.

S. S. Pío XII

domingo, 10 de mayo de 2009

LIBROS



Sólo es una película: Alfred Hitchcock: Una biografía personal, por Charlotte Chandler. Ediciones Robinbook, 2006, 349 págs.

APUNTES PARA CONSTRUIR A UN AUTOR

“Un hombre es su espíritu. Narrar la historia de un hombre de letras, evitando citas y referencias a sus obras publicadas, es simplemente no narrarlas”.
(Hilaire Belloc)

Acaso en esta biografía se cometa ese error, porque la autora se pasea –benignamente, eso sí- por la exterioridad de la vida de Hitchcock, sin llegar a trazar un puente entre eso que observa y el alma que el genio desplegó en su obra.
Una suma de entrevistas cortas con el director (o más bien locuciones ocasionales), innumerables entrevistas a actores y técnicos –un poco a la manera atribulada de “E! Entertainment”- pautan el libro. Muchos de esos comentarios testimoniales, nada rebuscados o llamativos, sin embargo, son interesantes y dicen mucho sobre Hitchcock, el Hitchcock ubicuo, discreto y más pequeño para nosotros. Pero el Hitchcock íntimo, su alma, su grandeza y su miseria, están en mayor medida en dos lugares: en sus obras, por nosotros frecuentadas; y en la intimidad de su hogar, adonde, gracias a Dios, no hemos accedido nunca. Afortunadamente, Hitchcock era un hombre reservado.
Hay dos aspectos que deseo destacar sugeridos por este libro, pero cuya reconstrucción debe hacer el lector interesado, más allá de esta obra.
Primero, la responsabilidad y seriedad de Hitchcock con respecto a su trabajo. Esto se puede ver ya desde el prólogo mismo del libro, donde felizmente se incluye el relato del propio director, en el fondo del cual, bien visto, se conoce la trascendencia que la obra tenía para él, que no para los críticos o biógrafos, aun los más supuestamente “serios”. Esta inclusión es meritoria.
Segundo, la importancia que la relación con su esposa Alma Reville tuvo para él, y de qué manera ese hogar –donde la autora del libro sí entró- forjó una intimidad laudable que propició y estimuló el sentido meditativo que ya Hitchcock recibió y cultivó desde su infancia y juventud.
Con respecto a lo primero, le dijo el mismo Hitchcock a la autora: “Si de veras quiere entrevistarme, tendrá que entrevistar a mis películas”. A lo que Chandler le contesta: “Ya lo he hecho, y me han revelado muchos de sus secretos, pero no todos”. Desconocemos si la autora ha escrito alguna obra sobre el cine de Hitchcock, pero, por lo menos en ésta, no parece conocer sino muy por arriba su cine. No sabemos cuáles “secretos” se le han revelado (a lo mejor algunos del orden culinario). Por lo pronto, ni por asomo en sus entrevistas o indagaciones la autora llega siquiera a interesarse (ya que se trata de una “biografía personal” como se titula la obra) por el catolicismo –o la herencia católica- de Hitchcock, ya sea en su robustez o en su negligencia. Rescatamos este interesante pasaje y el recuerdo familiar de Hitchcock: “Un domingo, el 13 de agosto de 1899, nació Alfred en Leytonstone, un barrio situado en el East End, a las afueras de Londres. Hitchcock me confesó que si su familia recordaba que era domingo era “porque aquel fue uno de los pocos domingos en la vida de mi madre en que no pudo ir a la iglesia”.” Asimismo, esto que es sabido pero que no llevó a la autora a investigar más allá: “Los Hitchcock eran una familia católica, una minoría en Leytonstone, al igual que en toda Inglaterra. Según palabras de Hitchcock, “el mero hecho de ser católico te convertía en un excéntrico”. La ceremonia semanal de la misa del domingo causó una honda impresión en el joven Hitchcock, si bien en su madurez se definiría como un “religioso negligente”. Su madre era de ascendencia irlandesa. Su padre descendía de una antigua estirpe de católicos ingleses.”
No hay dudas de que Hitchcock también fue un excéntrico en el mundo hollywoodense. Cuando se cumplieron los cien años de su nacimiento –esto se cuenta en el libro-, llamaron a una actriz que participó en una de sus mejores películas, para hacerle hablar mal de él. Como ésta se negó, apenas si la incluyeron dos segundos en el programa televisivo. Significativo.
Con respecto al segundo aspecto, la autora tiene más cuerda y da una impresión de primera mano, al punto de testimoniar al director lavando los platos en su casa, que “era muy, muy sencilla, en modo alguno se parecía a las mansiones de Hollywood”. Su casa era un refugio o escape, pero lo era principalmente porque allí estaba su esposa. Por cierto, es conmovedor el relato que Hitchcock hace de su madre, la otra mujer que influyó en su vida: “Mi madre era ama de casa, como suele decirse. Era su carrera, a la que dedicaba todo su tiempo, según lo acostumbrado en aquella época. No recuerdo un solo día en que, al volver a casa, ella no estuviera allí. (...) No era una mujer quejumbrosa. Nunca la oí quejarse. Así como tampoco era chismosa. Nunca la oí hablar mal de alguien. La familia era su única preocupación. No tenía amigas mujeres y rara vez recibía visitas. En aquel tiempo aquello no me parecía raro. Y lo mismo podría decirse de mi esposa. Son mujeres con una vida plena y que no necesitan nada más”.
Si al comienzo hicimos mención al porqué de la insatisfacción de esta biografía, destaquemos que, al menos, la autora tiene mejores intenciones que el vacuo y mailicioso reincidente biógrafo Spoto, aunque parece que, también, menos luces. En todo caso, el trabajo de armar este rompecabezas llamado Hitchcock le corresponde al lector y espectador. Podrá sacarse algún provecho de todo esto, pero nada sustancial le agrega a lo ya sabido y colegido y entendido en el cine de Hitchcock. Tal vez la benevolente mirada de la autora sume un tiro para el lado de la justicia, sin animarse a atisbar o siquiera a establecer, que un misterio sobrevuela en la vida y obra de todo hombre venido a este mundo. Ese hombre secreto que ninguna biografía es capaz de revelar.