“Que el cine sea ordenado a la gloria de Dios y a la salvación de las almas, y sirva eficazmente para la extensión del Reino de Cristo sobre la Tierra”.

S. S. Pío XII

sábado, 21 de noviembre de 2009

CRITICA






EL HOMBRE QUE SABIA DEMASIADO
Director: Alfred Hitchcock (1956)


EL MEJOR INSTRUMENTO


Como siempre en Hitchcock, se da esta disputa: el hombre común –mas, el hombre y la mujer, juntos- que vive complaciente con una realidad que de repente se muestra en su lado oscuro y trastoca esa aparente tranquilidad en que vivía. Es el asalto del mal en su vida, el cual le infiere un saber sobre la realidad que no puede comunicar a los demás o que éstos son incapaces de aceptar (véase, p. ej. “La ventana indiscreta”).

Un mal que se presenta en principio bajo apariencia de bien, un mal multiplicado en entes falsos que el protagonista irá descubriendo (con estupor y dolorosamente) para seguir vivo. Hitchcock nos muestra el desengaño, él mismo busca desengañarnos (el cine, postula en “La ventana indiscreta”, puede servir para mero regodeo libidinoso o para descubrir una verdad –la verdad- de la que somos parte), desengañarnos, decimos, de las apariencias. La única desconfianza que debemos llevar es la que combate al mundo, la que nos hace “prudentes como serpientes”, no obstante mostrarnos “mansos como palomas”.

Tenemos acá, en esta obra magistral, al médico que deberá ir más allá de su oficio (en Marrakesh bromeaba acerca de las facilidades de su trabajo, que le permitían tales viajes), porque ahora sólo puede proporcionarle a su mujer una píldora que no calmará toda su angustia ante el secuestro de su hijo; el médico deberá dejar lugar al hombre. La esposa, cantante retirada, deberá ir más allá del ocasional recital a los seguidores de siempre –éstos en actitud idólatra, por tal, ajenos a la realidad-, para, trascendiendo el mero placer auditivo, hacer de ese canto un símbolo cuya otra mitad completará su hijo: una vez recuperada la unidad familiar por el solo canto, la unidad física será concretada.

Por otro lado están los falsificadores, los “truchos”, a saber:

-el falso turista francés amigable;
-la falsa pareja de turistas ingleses;
-el falso cura (es decir, el protestante es un impostor);
-los falsos amigos (ya que no sospechan ni participan de lo que le pasa a la pareja protagónica) a quienes no se puede confiar la verdad;
-el falso oyente del concierto, en realidad el asesino;
-el falso asistente del embajador, que planea el crimen;
-el falso peligro, en lo del taxidermista.

Nada es lo que parece, excepto la angustia que arrastra a la pareja (magnífica) James Stewart-Doris Day. Es notorio el contraste entre la situación extrema que viven ellos dos y el jolgorio frívolo de los mundanos que los reciben a su llegada a Inglaterra.

También es notorio el contraste entre el canto exánime y apagado de la “iglesia” y la cantata en el concierto con su gran coro: la vida y la muerte comentadas. La negación en el caso tenebroso del templo protestante, y la afirmación de la vida –que tal es la música- en el concierto que dirige el gran Bernard Herrmann.

Digamos una vez más que el peligro está en los que usurpan un lugar de prestigio o autoridad (diplomático, sacerdote, amigo). La policía, como siempre en Hitchcock, es inútil, no puede con sus métodos dilucidar un mal que debemos afrontar por nosotros mismos en la piel de los protagonistas.

Apuntemos además que están muy bien retratadas la mujeres, vale decir, la mujer, a partir de la relación con el hombre y con el niño. Hay una afirmación de lo femenino en el hecho de que finalmente la mujer sin hijos de la embajada ayude a liberar al chico. Por otra parte, la intuición de la esposa, el deseo de saber, la curiosidad femenina se dan desde un comienzo en el personaje de Doris Day, donde conocer significa decidir, tomar una posición. Si hay alguien a quien el menor engaño destruye, precisamente por esto, pero a la vez fácil de ser engañada en su confianza bien dispuesta, tal es la mujer.

Otro personaje hitchcoquiano (como el recordado Mr. Memory de “Los 39 escalones”): el hombre que toca los platillos en el concierto, que aparece inocente por completo a la cadena de acontecimientos que va a desencadenar. Excelente muestra de la forma en que todas las cosas están interconectadas en la gran trama de la vida, sólo posible de ver a la distancia y desde arriba.

El mejor instrumento d este concierto es la voz humana, que se impone a la multitud y salva una vida. Para Hitchcock, también, el mejor instrumento es el cine, capaz de llegar en cimas como ésta a un orden que finalmente se muestra y se impone por sobre todo intento de engañarnos.