“Que el cine sea ordenado a la gloria de Dios y a la salvación de las almas, y sirva eficazmente para la extensión del Reino de Cristo sobre la Tierra”.

S. S. Pío XII

martes, 10 de noviembre de 2009

EXTRA CINEMATOGRAFICAS

ALGO QUE, CUALQUIER DOMINGO, PODRIAN DECIRLES SUS SACERDOTESPor Presbyter.
Tomado de revista Iesus Christus Nº 59 – Septiembre/Octubre de 1998.

Ayer la santidad...

Hoy, ésto...

“Carísimos: Poned en práctica la palabra de Dios, no sólo la escuchéis, engañándoos a vosotros mismos. Pero quien se contenta con oír la palabra de Dios y no la practica: este tal será parecido a un hombre que contempla al espejo los rasgos de su rostro y que no hace más que mirarse, y se va, y luego se olvidó de cómo está. Mas quien contemplare atentamente la ley perfecta del evangelio que es la de la libertad, y perseverare en ella, no haciéndose oyente olvidadizo, sino ejecutor de la obra: ése será por su hecho bienaventurado”.(Epístola de Santiago, I, 22,25)
Al leer la Epístola de hoy, nos hicimos esta pregunta: ¿Qué puntos de la Palabra Divina algunos de nuestros fieles se contentarían con oír pero no se forzarían en practicar?

Luego de reflexionar un poco, optamos por abrir la Epístola primera a los Corintios para dejar que el mismísimo Apóstol San Pablo se dirigiera a nuestros hijos en la fe, particularmente a nuestra hijas queridas:

“Os alabo de que en todas las cosas os acordéis de mí, y de que observéis las tradiciones conforme os las he transmitido. Mas quiero que sepáis que la cabeza de todo arón es Cristo, y el varón cabeza de la mujer, y Dios, cabeza de cristo. Todo varón que ora o profetiza con la cabeza cubierta, deshonra su cabeza.. mas toda mujer que ora o profetiza con la cabeza descubierta, deshonra su cabeza; porque s lo mismo que si estuviera rapada. Por donde si una mujer no se cubre, que se rape también; mas si es vergüenza para la mujer cortarse el pelo o raparse, que se cubra” (I Corintios, XI,6).

Aquí San Pablo instruye a las mujeres cristianas a cubrirse la cabeza durante el culto divino. Da dos razones para su decreto: una teológica y otra moral.

La razón teológica: la verdadera gloria y honor de todo ser es mantener el lugar que Dios le haya asignado. Ahora bien, Dios mismo diferenció entre los sexos. Entonces, debemos manifestar tal diferenciación en todos los momentos de nuestra vida, particularmente en nuestros actos religiosos públicos a Él dirigidos.

El hombre fue creado primero. La mujer fue creada dependiendo del hombre. El cubrirse la cabeza era el signo que evidenciaba esta dependencia. En primer lugar, tanto hombres como mujeres son creados por Dios y para Dios; sus respectivas almas inmortales le son igualmente preciosas. Pero secundariamente, las mujeres fueron creadas como compañeras de los hombres, es decir, la mujer fue creada para el hombre, no así el hombre para la mujer.

La razón moral por la cual las mujeres cristianas deben cubrirse la cabeza durante el culto divino, tiene que ver con la modestia: San Pablo se había encontrado en las comunidades cristianas con que había mujeres de índole liviana que iban a los templos con la cabeza descubierta; no encubrían su belleza, resueltas a exponer vanamente sus atributos, sus atracciones. San Pablo no aceptaba tal cosa, menos aún en el templo cristiano.

Así, escribe San Pablo: “Por tanto, debe la mujer, traer sobre la cabeza la divisa de la sujeción por respeto a los ángeles“ (I Corintios, XI, 10). Se refiere al velo. Menciona a los ángeles, a estos espíritus puros, para inculcar el hecho de que sólo consideraciones espirituales debieran prevalecer en nuestro culto de Dios y ninguna vanidad sensual.

El cabello de la mujer podría llegar a ser objeto de su vanidad, puesto que es una de sus glorias físicas, tal vez la más evidente y ostentosa, y ella bien lo sabe. De allí que, en general, mucho cuide su cabello y lo lleve con elegancia.

Quiera ella al menos en la iglesia, ocultar, velar humildemente esta gloria suya ya que se encuentra en la presencia del Dios Altísimo que nos observa desde el tabernáculo.

Cada uno de nosotros debiera haber venido al templo a concentrar su atención en Dios. Asimismo, cada uno de nosotros debiera estar en el templo de manera tal de no causar distracciones al prójimo circunstante, lo que robaría atención a Dios.

¿Por qué esta atención a Nuestro Señor?

Para elevar nuestra mente hacia Él, para adorarle, para darle toda la gloria posible.

De paso...no sólo las mujeres deben evitar exponer sus glorias, sus bellezas en la iglesia, sino que también los hombres deben asistir al templo eludiendo exhibicionismos. No se viene a la Casa de Dios a ostentar ni condiciones físicas, ni costosa indumentaria, ni ninguna otra vanidad.

¿Por qué estas limitaciones, estas restricciones? Para demostrar nuestra humilde sumisión a Nuestro Señor y evitar distraer a los fieles. Para que los fieles se concentren en el Altar, en el Santo Sacrificio de la Misa, en la Presencia Real de Nuestro Señor en el sagrario y NO...en las criaturas.

Fue el Papa San Lino, el sucesor de San Pedro, quien decretó que las mujeres –señoras, señoritas, jovencitas, niñas y pequeñuelas- llevaran siempre la cabeza cubierta cuando estaban en la iglesia.

El canon 1262, 2 del Código de Derecho Canónico tradicional, promulgado por San Pío X, dice: “Los hombres en la iglesia o fuera de ella (como en el caso de las procesiones por las calles), cuando asisten a las funciones sagradas, estarán con la cabeza descubierta (...); las mujeres han de tener la cabeza cubierta(...)”.

Vemos entonces que:
-lo manda San Pablo,
-lo establece el Papa San Lino,
-lo codifica el Papa San Pío X,
-lo preceptúa el Código de Derecho Canónico;
-lo canoniza la práctica multisecular de la Iglesia:
las mujeres-cualesquiera fuese su edad o su condición- no deben asistir a la iglesia sin llevar cubierta la cabeza.

Como fieles hijas de la Iglesia Católica, las buenas cristianas a lo largo de todos los siglos siempre acataron esta humilde práctica, lo que ciertamente las ha enaltecido.

¿Por qué la mujeres dejaron de cubrirse la cabeza en las últimas tres décadas? Fue solamente el modernismo progresista demoledor –que atacó a la Iglesia con sus múltiples facetas subversivas- el que, poco a poco, fue cambiando esta santa tradición.

Pero nosotros debemos mantener las tradiciones de la Iglesia Romana. No sólo debemos mantener la Misa tradicional, sino también la fe tradicional y todas las prácticas y disposiciones tradicionales. Para eso fue fundada la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. Para eso estamos aquí.

Si los sacerdotes –que somos los encargados de velar por los derechos de Dios y de la Iglesia- no aclaramos, avisamos, exhortamos y amonestamos con caridad y firmeza a los fieles en éstos y similares puntos de la moral cristiana, por un lado hemos de ser mucho más severamente juzgados que los laicos; por el otro, si no cumplimos con nuestros deberes para con los fieles, no los habremos ayudado a cumplir con su deber para con Nuestro Señor.

El tenor del canon 1261.2 va más allá:
“Los hombres en la iglesia o fuera de ella, cuando asisten a las funciones sagradas, estarán con la cabeza descubierta (...); las mujeres han de tener la cabeza cubierta (...) y vestir con modestia, sobre todo cuando se acercan a comulgar”.
Y esta palabras finales del canon 1261 nos introducen, entonces, a otra delicada cuestión: la vestimenta femenina correcta que, hoy en día, o se la ignora, o se la pretende ignorar.

En este punto, lo que nos aflige sobremanera en nuestro caso local, en nuestra Capilla, es el uso tan amplio que las mujeres hacen de los pantalones.

A pesar de lo que proclamen el mundo, la moda mundana y aún el feminismo, en la mujer el pantalón es inconveniente.
Lo que sigue de este sermón es, casi palabra por palabra, una carta de Monseñor Richard Williamson escrita a nuestros fieles de Estados Unidos en septiembre de 1991. Es el Señor Obispo quien habla.

Ahora bien: ¡atención! Este problema va más allá de la simple inmodestia, por grave que la inmodestia sea y sobre la cual ya se explayó nuestro Superior de Distrito en el número de enero/febrero de nuestra Revista “Iesus Christus”.

Con razón, S.E.R. Monseñor Antonio de Castro Mayer decía que “en la mujer los pantalones son peores que las minifaldas, porque mientras que la minifalda es sensual y ataca los sentidos, los pantalones son ideológicos y atacan la inteligencia”.
Verdaderamente, los pantalones, tal como las mujeres los visten hoy, cortos o largos, modestos o inmodestos, apretados u holgados, evidentes o disimulados (como las amplias “polleras-pantalón”), son un asalto contra la femineidad de la mujer –dicen Monseñor de Castro Mayer y Monseñor Williamson- y, por tanto, representan una gran crítica, una profunda revolución, contra el orden querido por Dios.

Unos más, otros menos: al establecer el principio de división de la indumentaria exterior femenina de la cintura para abajo, los pantalones de hecho esconden un grave desorden.

En el comienzo, Dios creó al hombre y la mujer, ambos humanos pero muy diferentes, primero al hombre, en segundo lugar a la mujer. Dios creó a la mujer para ser la compañera del hombre:

“Dijo asimismo el Señor Dios: No es bueno que el hombre esté solo; hagámosle ayuda semejante a él” (Génesis, II, 18).

Dios creó a la mujer para el hombre, no el hombre para la mujer:

Y San Pablo nuevamente: “Pues no procede el varón de la mujer, sino la mujer del varón; como tampoco fue creado el varón por causa de la mujer” (I Corintios, XI, 8-9).

Así, antes que tuviera lugar el pecado original, Dios ordenó distinciones, desigualdades entre hombre y mujer, y el liderazgo del hombre sobre la mujer para los propósitos de que pudieran vivir en esta tierra en sociedad y en la familia.

San Pablo escribe con respecto al pecado original: “Y no fue engañado Adán, sino que la mujer, seducida, incurrió en la transgresión” (I Timoteo, II, 14).

Así, el pecado original por el cual Eva hizo pecar a Adán (y no Adán a Eva) ocasionó que Eva fuera castigada, entre otras cosas, por el cambio de su subordinación natural y sin dolor a Adán, por un dominio de él sobre ella, ya que ella había demostrado que, por haberlo seducido, necesitaba ser controlada...”...estarás bajo la potestad de tu marido y él te dominará” (Génesis, III, 16).

De allí en más, con la transmisión del pecado original a toda la descendencia de Adán, esta subordinación punitiva, esta subordinación de castigo, pasa a todas las hijas de Adán (excepto, por supuesto, a la bienaventurada Virgen María).

Así como todos los problemas del pecado, la única solución verdadera es la gracia de Nuestro Señor Jesucristo:

Por ejemplo: en todas las culturas no cristianas y aún en nuestra propia cultura –cada día menos y menos cristiana pero más y más pagana- ese control del hombre sobre la mujer ha probado ser tan a menudo doloroso, desgarrado, desesperante.

En cambio, en un buen matrimonio católico ese control del hombre sobre la mujer, por la gracia de Dios, se convierte crecidamente en esa subordinación de la mujer al hombre. Es una subordinación que está de acuerdo con la naturaleza de ambos, es provechosa a ambos y es la que Eva tenía antes que ella y Adán pecaran.

Pero el mundo moderno, por supuesto, no quiere tener nada que ver ni con aceptar la gracia de Dios, ni con volver a los decretos de Nuestro Señor; no quiere tener nada que ver con las soluciones de Jesucristo a los problemas de Adán y Eva.

Al convertir la libertad y la igualdad en ídolos supremos, al rechazar la desigualdad del hombre y la mujer y al rehusar a la mujer su subordinación debida al hombre (la esposa a su esposo), el mundo moderno:

negará cualquier distinción entre ellos...
negará, por supuesto, cualquier orden implantado por Dios en su Creación...
negará la necesidad de la Redención...
y, de ser necesario, hasta negará la mismísima existencia de Dios.

Estas consideraciones nos han alejado un largo trecho del problema de los pantalones en las mujeres y, por supuesto, no toda mujer que se ponga un par de pantalones piensa conscientemente en desafiar a Dios o a su marido.

No obstante, ella es consciente de algo: sabe muy bien que una indumentaria dividida –como el pantalón- no es como la indivisa pollera, como la falda entera.
Y la diferencia radica en que abandonar la falda le da una vaga sensación, seguramente, de intranquilidad, o de emancipación...o de ambas.

¿En qué se basa esa sensación?

Una indumentaria dividida para la piernas, obviamente, libera la mitad inferior móvil del cuerpo para un rango de actividades para las cuales una indumentaria entera, indivisa, como la pollera, podría llegar a ser incómoda y molesta.

Como Adán tiene que ganar con el sudor de su frente el pan para su familia con la realización de todo tipo de actividades fuera del hogar, para el hombres es enteramente normal vestir pantalones.

Y si a Eva se le ocurre acompañarlo en estas actividades, obviamente los pantalones también la emanciparán a ella, permitiéndole igualmente realizar estas actividades.

Los pantalones son el signo exterior y visible de su liberación del restringido rango de las actividades hogareñas.

No obstante, ella sobrelleva cierto desasosiego porque los pantalones no son la ropa natural de la mujer.

De aquí que, así como los pantalones son convenientes para la actividad del hombre, así, faldas amplias, que disimulan las formas femeninas, son convenientes –son necesarias- para la dignidad y honor de la mujer.

De esta suerte, mientras que ella se pone los emancipadores pantalones de él, ella sufre cierto desasosiego –al menos hasta que logre sofocar, ahogar su conciencia- ya que se está alejando de su identidad, de su rol y de su dignidad de mujer, que Dios le ha dado.

Si sus sacerdotes no se lo han recordado, tal vez sea por negligencia de éstos que en la conciencia de ella no está resonando la voz del Señor su Dios que pronuncia en la Ley Mosaica: “La mujer no se vista de hombre, ni el hombre de mujer; por ser abominable delante de Dios quien tal hace” (Deuteronomio, XXII, 5).

Y los pantalones, normalmente, son indumentaria de hombre, por las razones que ya hemos dado.

En contraste, escribe Monseñor Williamson, he aquí el buen sentido común de una abuela norteamericana que, mientras estaba de retiro espiritual, me dijo que, mirando en retrospectiva su juventud en California, podía decir que muy a menudo había sido inducida a ponerse pantalones y que ahora lo lamentaba, pues podía ver que cada vez que lo había hecho, su femineidad había disminuido. Como dijera Chesterton, “No hay nada más antifemenino que el feminismo”.
Los pantalones en la mujer son una conquista imprescindible, tal vez la punta de lanza crucial, del movimiento feminista.

Ahora bien, en lo referente a la verdadera femineidad de la mujer, su importancia no puede ser exagerada. Si bien, por razones que sólo Dios conoce, Él no ha llamado a cada mujer individualmente a la maternidad, todo converge en el hecho de que Dios ha predestinado a la mujer para la maternidad: para concebir, portar y traer niños a este mundo, para educarlos, darles calor, amor, cuidado y alimento; todo esto representado por la leche materna.

Los hombres no han sido llamados para esto; de esto, son intrínsecamente incapaces; en esto, como seres humanos que son, son absolutamente dependientes.

Monseñor Williamson cita el libro de un reputado psiquiatra canadiense de la posguerra –que nada tenía de tradicionalista ni de católico- en el que el autor explica cómo podía discernir en los innumerables males de los pacientes de la Gran Ciudad que iban a su consultorio, un molde, un patrón de falta de femineidad: No faltaban mujeres, sino que faltaban mujeres verdaderamente femeninas, pues tanto el hombre moderno como la mujer moderna están pisoteando, dice, las maravillosas cualidades y virtudes de la mujer.

¡Que Dios nos libre! La femineidad de nuestras mujeres está siendo desarraigada, arrancada por este mundo moderno liberal y el resultado es un modo de vida condenado a la autodestrucción.


Chicas, prepárense a ser madres.

Para ser madres íntegras no permitan que el mundo las arrastre a los pantalones o a los shorts o shorcitos.

Cuando se les propongan actividades que requieran pantalones, si es algo que vuestras madres, o sus madres, o las madres de estas últimas podían realizar, entonces encuentren también ustedes el modo de llevarlas a cabo tal como ellas, es decir, vistiendo polleras.

Si vuestras madres, o sus madres, o las madres de estas últimas no tomaban parte en estas actividades, entonces, hijas mías, dedíquense a hacer otra cosa.

Si la sociedad moderna las obliga a salir a trabajar, no se atemoricen. Encomiéndense a Nuestra Señora, pídanle al Espíritu Santo la gracia de la fortaleza para no hacer concesiones indebidas al mundo, y vayan hacia adelante.

Así lo hicieron vuestras predecesoras, Santa Cecilia, Santa Ágata, Santa Inés, Santa Anastasia, Santa Cristina, Santa María Goretti, Santa Gemma Galgani y tantas otras, que no temieron enfrentarse con todo el mundo, pues tenían a Nuestro Señor de su lado.

Y ellas triunfaron sobre el mundo.

Las generaciones pasadas, las generaciones de nuestros mayores, de aquellos y aquellas que fueron formados tradicionalmente, crearon, edificaron y cimentaron nuestra patria. Las generaciones presentes la están destruyendo.

Pero, ¡ah, ingenuo de mí!

¿Cómo puedo pretender que las jovencitas sigan estos consejos si tan a menudo ni siquiera sus madres lo hacen? ¿Se animarán las niñas –por amor de Cristo- a dar el ejemplo a sus madres y, tal vez, a sus abuelas?

¿Se dan cuenta, queridas madres, queridas abuelas, cuán importante es que ustedes den primero el ejemplo a vuestras hijas jóvenes?

Lo añejo, lo tradicional, lo lógico ha probado ser bueno.

Lo moderno, lo artificial, lo incoherente, ha probado ser malo.

Nunca vistan pantalones, mis muy queridas feligresas. Menos aún en la iglesia, que no es ni su casa, ni la mía, sino la Casa de Dios.

Monseñor de Castro Mayer tenía razón: “En la mujer los pantalones son peores que las minifaldas, porque mientras la minifalda es sensual y ataca los sentidos, los pantalones son ideológicos y atacan la inteligencia”.

* *

Modas
Son expresión de un estado de alma que se manifiesta en la forma de vestir, hablar, desenvolverse en público. Las actuales son igualitarias, carecen de lo que pueda señalar elevación de espíritu. Contienen también una dosis de hipocresía y cobardía social. Los poderosos y los ricos se disfrazan de proletarios, sin que por ello se ocupen de los pobres.

Para que la sociedad no se degrade es necesario que el hombre sea hombre, y la mujer, mujer. Lo dicho parece una perogrullada, pero muchos no lo entienden. No hace falta más que salir a la calle para comprenderlo. El afeminamiento de los hombres y la masculinización de las mujeres fue señal cierta de decadencia de cualquier civilización.

Tampoco hay que confundir sencillez con ordinariez. La elegancia es un signo de distinción legítimo. El que pretende ser persona decente, vista como persona decente. La vestimenta es el reflejo de la mentalidad del que la usa. La actual no proclama precisamente “la dignidad de la persona humana”.

Mas quien escandalizare a uno de estos pequeños que creen en Mí, mejor sería que le colgasen del cuello una de esas piedras de molino que mueve un asno, y así fuese sumergido en lo profundo del mar. ¡Ay del mundo por razón de los escándalos!” (S. Mateo, 18, 6-7).

La definición de escándalo es inducir al pecado. ¿Quién osa afirmar de buena fe que las modas actuales no inducen al pecado? Anunció la Santísima Virgen en Fátima, en 1917: vendrán modas que ofenderán mucho a Nuestro Señor y los católicos no deberían seguirlas.

El cristiano siempre debe tener aspecto correcto, con mayor razón en la iglesia, donde hay que extremar el decoro. Allí se halla ante el Santo de los Santos. A veces los hombres que piden a los sacerdotes que vistan siempre de sotana –y así corresponde, por cierto- comulgan con camisas desabrochadas, ayudan a Misa en mangas de camisa. El servicio del altar –hasta en las funciones subordinadas que desempeñan los acólitos laicos- reviste gran dignidad porque se sirve al “Rey de los reyes y Señor de los señores” (Apocalipsis, 19, 16). ¿Osaría alguien presentarse en el despacho de un ministro -¡y qué poca cosa son los ministros hoy en día!- vestido como concurre a Misa?

(Revista Roma Æterna 116, Septiembre 1990).

Ser mujer de verdad: algo que -gracias a Dios-nunca pasará de moda, a pesar de las modas.