“Que el cine sea ordenado a la gloria de Dios y a la salvación de las almas, y sirva eficazmente para la extensión del Reino de Cristo sobre la Tierra”.

S. S. Pío XII

lunes, 30 de noviembre de 2009

IMAGENES



EL ADIOS DEL UNITARIO, 1929



Dirigido por Edmo Cominetti.


Escrito por Enrique P. Maroni.



“Primera realización en el país de una escena hablada”.




1929. El “cine” argentino abre por primera vez la boca y su voz se escucha. El “cine” habla. ¿Qué es lo que tiene para decir?


Con un colchón musical sentimental y lloroso, donde un violín y un piano lastimeros se ponen de acuerdo para horadar nuestros oídos; con un señor sentencioso y engolado y una señorita aniñada y frágil, esto es lo que tiene para decirnos el primer “cachito” sonoro del cine argentino:



Una mujer detrás de la reja de una ventana. Del lado de afuera aparece un hombre con capa, que se acerca. La cámara como frente a un tinglado teatral, ocupa siempre la misma fija y distante posición.


Mujer: ¿Cómo te atreviste?


Unitario: Me he resuelto no irme. Aunque me cueste la vida, no dejaré la patria en estos momentos en que su suerte depende del valor de los hijos que la quieren.


Mujer: ¿Nada pueden entonces mis ruegos ni el amor que me tienes?


Unitario: Al contrario, por ellos también me quedo. Si no te quisiera, ¿acaso me atrevería a acercarme a esta reja donde la hija de un jefe federal, que es mi mayor ventura pero también mi más grande peligro?


Mujer: Vete, Carlos. Vete al Uruguay, donde tantos argentinos están logrando la protección generosa de aquella tierra hermana.


Unitario: No ha de ser, mientras no desaparezcan de mi suelo las huellas sangrientas que el tirano ha marcado con su sello. No ha de ser mientras aliente en mi corazón un soplo de vida que quiero jugarme por mi causa santa porque es la patria la que obliga.


Mujer: Hazlo por tu madrecita, Carlos, que te tiene como su única alegría, como su único consuelo. ¡Sálvate Carlos mío! ¡Te lo pido en nombre de ella, en nombre de mi amor sin suerte si aceptas sin embargo el sacrificio de la separación porque no ignora lo que te impones aquí!


Unitario: Soy buen hijo. Por esa madre, todos los dolores que sufrí. Soy buen amante. Por esta novia, todas las amarguras soportadas. Pero soy argentino, y mi patria está como mi Dios [mira para arriba] por encima de otros sentimientos. Por ella me siento capaz de grandes renunciamientos. Por ella solamente mi corazón de hombre palpita en la esperanza de verla salvada, libre para siempre de la tiranía que la oprime. Me iré, sí, pero no a tierra extraña. Me iré con Urquiza a pelear por mis convicciones de criollo bajo el amparo de mi bandera. Y cuando regrese, Dios mediante, lo haré con el corazón lleno de gloria y con el mismo invariable cariño que le da vida. Con tu amor, mi Alba.


Mujer: ¡Mi Capitán!...Para recuerdo, [saca algo de entre sus ropas y se lo entrega, con voz lastimera] esta virgencita te proteja...


Unitario: Gracias. Pero ni un sollozo. Sin lágrimas, sin amarguras. Por el contrario, tierna pero valientemente, como las mujeres guapas despiden a los soldados que se van sin miedo a la lucha.


Mujer: Adiós.


Unitario: No, adiós no. Hasta pronto. Porque he de volver para quererte mucho, como tú lo mereces, toda la vida. [Se besan].



El Unitario se cubre con la capa mientras la Mujer cierra la ventana.


Se escucha inmediatamente una voz:


¡Viva la Santa Federación, mueran los Salvajes Unitarios! ¡Las doce han dado y sereno!


El Unitario sale de escena.



Aparece un cartel con la bandera argentina, que dice:


“Película argentina. Ariel”.



FIN.




Pensamos en esta coincidencia: la primera película sonora (difundida) del cine norteamericano, tiene como protagonista a un judío que se hace pasar por negro para triunfar en el espectáculo (El cantor de jazz, 1927). La primera película sonora –primer fragmento- del cine argentino, tiene como protagonista a un unitario, que debe huir de la “tiranía rosista” para sobrevivir.


En ambos casos, los dueños del poder, los vencedores, son protagonistas de los filmes, pero en calidad de “víctimas desfavorecidas”. Sin embargo, precisamente el hecho de que tengan acceso a esa instancia de difusión, de que sean ellos los productores, de que sea su voz la primera que se escuche, es una clara muestra de que han sido ellos los vencedores (como los masones que organizaron la Guerra de Secesión norteamericana, de ambos bandos), los que poseen en gran medida –no de forma unívoca y unánime, pero sí abrumadora- los medios de comunicación.


Ambas películas o fragmentos de películas son verdaderamente nulos estéticamente, y se difunden al solo efecto de documentar un “hito” de la técnica. Ambas parecerían darle la razón a los que en su momento abominaron del cine, y parecen marcar inexorablemente el destino de un arte. Pero, a Dios gracias, la cosa no fue del todo así. El cine (norte)americano sería redimido de esa marca de fábrica (de ese pecado original, de esa falsedad a designio) por algunos films católicos; pocos, pero buenos.


El cine argentino, si bien contó con obras destacadas en su incursión bastante lateral de la revisión de nuestra historia, no redimió todavía de ese pecado original –el liberalismo- en su pantalla. Más bien parece destinado a quedar preso detrás de esa condena, como de hecho parece estarlo el país. Esperamos que alguien bien nacido se anime y pueda concretar la gran obra que justifique su existencia, la existencia de nuestro cine.