“Que el cine sea ordenado a la gloria de Dios y a la salvación de las almas, y sirva eficazmente para la extensión del Reino de Cristo sobre la Tierra”.

S. S. Pío XII

domingo, 6 de diciembre de 2009

HABLAN LOS MAESTROS


“Hay cinco cosas, a cual más malas, enemigas del intelecto humano: la mentira, el error, la falsificación (donde se comprende la hipocresía) y finalmente, la confusión y la herejía, que es falsificación de la verdad religiosa. Destas dos últimas, yo no sé cuál es la peor: la herejía es el pecado más grave que existe, pero la confusión es el estrago más grande de la inteligencia, es comparable a la demencia, puesto que existe una demencia llamada confusión mental. La confusión es peor que el error, y el error, dice San Agustín, es peor que el pecado. Éstas son dos hijas mellizas del Diablo.
Nosotros, que vivimos en el país de los macaneadores, es decir, de los confusos, los confundidos y los confusonarios, conocemos ese mal: es el que puede traer la perdición del país. El macaneo es una palabra argentina y es también una industria nacional, quizás la más floreciente que tenemos: dudo que haya en el mundo, sin exceptuar al Uruguay, país más productor de macaneo y más confusionado actualmente que el nuestro. Cuando la confusión se extiende a la cosa religiosa, ese fenómeno es fatal”.

R. P. Castellani – Domingueras prédicas II – Domingo noveno después de Pentecostés.



“Es preciso saber ver que la moral ha sido cambiada; la religión liberal creó su moral propia, trastornando profundamente la moral cristiana: es menester que la gente se entere de eso. Una cantidad de pecados y crímenes dejaron de serlo (como la usura, la expoliación súbdola y las estafas “financieras” para empezar) y otros cobraron importancia desmesurada. La moral occidental no solamente se hundió, sino que en cierto modo se dio vuelta: la popa y una chimenea se alzaron a las alturas al hundirse la proa, como el Titanic cuando zozobró. Y el “iceberg” fue una nueva concepción del hombre, el “homo oeconómicus”, el ser humano considerado solamente como sujeto de producción y consumo. Ahorcar a un hombre por robar una oveja (como se hizo en Inglaterra desde 1750 hasta 1890) y no ahorcar al dueño de las ovejas, que las robó todas a un monasterio con monasterio y todo, puede ser una imagen cruda de lo que vamos diciendo.
La misma santidad de la familia palideció en frente de la santidad de la banca –y del Estado. Los delitos contra el capital se desmesuraron: en Arizona (EE.UU.) no hace mucho un pintor famoso fue condenado a cadena perpetua por librar cheques sin fondo...a no ser que esto sea un invento del diario La Razón. Los delitos contra el espíritu se hicieron tan invisibles como el mismo espíritu: la herejía, de la cual los antiguos decían que era “parecida y peor que falsificar moneda”, se volvió hasta un mérito; y hoy día, una indudable ventaja; en tanto que los reyes, por medio de la “inflación” (el primero de todos Enrique VIII de Inglaterra) se dieron a falsificar moneda.
La herejía se ha vuelto un mérito...¿No lo creen? Hay “católicos” aquí que si les diesen por 50 horas el Poder, se apresurarían a entregar los resortes de él a los herejes más notorios, por “táctica política”...”Catolicismo oligárquico del Puerto”, llaman a esta actitud mental en el interior del país. Si eso es catolicismo, yo soy musulmán.
La mentira se hizo obligatoria (y no ya en la medida limitada y cuidadosa que predicó Maquiavelo) con el sacro nombre de “Prensa y Propaganda”. Y no se sabe ya exactamente cuándo existe y cuándo no existe el “delito de sedición”. (Mejor dicho, se sabe: existe cuando se le antoja al que tiene actualmente el Poder; es decir, la Fuerza). Rousseau enseñó que la sedición es siempre lícita; lo cual no impedirá que te fusile un rusoniano en el poder si la haces contra él.
Como escribió en 1941 un gran escritor argentino: “Aquí tú puedes decir que Dios es tonto y que el Presidente es tonto, porque hay libertad; pero los efectos serán muy diferentes in utroque casu”. Ahora hemos progresado bastante: ahora si dices que Cristo fue un impostor, a lo mejor te nombran Jefe de la Bibliografía de la República o Embajador en la UNESCO.”

R. P. Castellani. “Civilización y barbarie”. Dinámica social Nº 76, febrero de 1957.


“De modo que su “Vocación de escritor” va a ser comprado por muchos y va a hacer bien a muchísima gente: primero a los que la tienen; y mucho más bien a los que no la tienen, si los persuade de que no la tienen. Por de pronto comenzó por hacérmelo a mí, que me hallo en los dos casos a la vez. Porque me ha persuadido que no tengo vocación de novelista. Pero al mismo tiempo me ha puesto la pistola al pecho respecto a la otra cosa tremenda, la vocación de macaneador periodístico en general. Su libro es un libro serio. Le dice a uno con una severidad teológica, con la severidad implacable del ejemplo, a uno que yo conozco que quería ser un elegante gentleman writer –le dice a uno con la perentoriedad del papá de muchachas casaderas, que hay que casarse o hay que dejarse de afilar. Que se trata de una vocación, es decir, de una cosa seria. Su libro trivial y fino, su libro vagabundo y anecdótico, su libro amable y chistoso, me ha hecho el efecto de un cañonazo, me ha recordado demasiado fuertemente que esa liviana vocación de escritor que tenemos todos los argentinos, lejos de ser una especie de privilegio de caburé, puede ser en los designios arcanos y juguetones de la Providencia el único medio posible y practicable de salvar mi pijotera alma. Porque detrás de sus anécdotas está su alma. Y un alma es un explosivo.
Porque esa lucha tenaz y constante, esa perseverancia, ese tesón invencible, ese sacrificio de diversiones y aun de actividades lícitas, esa paciencia retornadora, esa humildad para romper y borrar, ese oculto ascetismo despiadado en aras de la obra por nacer, que usted egoístamente pretende adjudicar al solo novelista, es de todo escritor; aun del filósofo, aun del historiador, aun del escritor de ensayos volanderos, si tienen el santo orgullo del buen obrero. Y aun a veces esa lucha acezante, en medio de la noche, de Jacob contra el ángel invisible. Las luchas del espíritu son más brutales que una batalla de hombres. Y está escrito que solamente a través de la lucha espiritual podemos entrar en el Reino. “Porque el Reino de los Cielos padece violencia y sólo los peleadores lo conquistan”.

R. P. Leonardo Castellani, Carta a Hugo Wast, Buenos Aires, 1945.