“Que el cine sea ordenado a la gloria de Dios y a la salvación de las almas, y sirva eficazmente para la extensión del Reino de Cristo sobre la Tierra”.

S. S. Pío XII

lunes, 14 de diciembre de 2009

CRITICA


EDWARD, MY SON

Director: George Cukor – 1949

TENER Y NO TENER

(O una equívoca y titubeante muestra de los caminos sin salida a los que conduce la ambición)

La película empieza y avanza, auspiciosamente, con un rigor descriptivo y sintético formidables, mostrándonos a Arnold Boult (Spencer Tracy), un joven recién casado (con la agradable Débora Kerr) que se vuelve un hombre ambicioso y sin escrúpulos –o muestra que ya lo era- cuando a raíz de la enfermedad de su hijo Edward, realiza una estafa para obtener el dinero con que pagar su operación. De allí en más escalará socialmente sin importar a quién deba derribar, siempre con la excusa de hacerlo todo por y para su único hijo –un hijo al que, por cierto, no vemos en toda la película, recurso formidable del fuera de campo que el mismo Cukor implementara ya en su diez años anterior “Mujeres”, donde no se ve un solo hombre.

Boult adquiere prestigio en la sociedad y poder como para arruinar la vida de quien se le interponga (así, por ejemplo, logra evitar que su hijo sea expulsado de un exclusivo colegio por su conducta delictiva). Este hijo, por cierto, malcriado por su padre, se convierte –lo inferimos por lo que se dice de él- en un irresponsable, inútil y vividor de la fortuna siempre dispuesta de su padre, que a raíz de esto se empieza a distanciar cada vez más de su esposa. Ésta a su vez tiene por amigo íntimo al médico de la familia, un solterón que trajo a la vida a Edward, como una y otra vez se lo recuerdan. El tiempo pasa y las cosas empeoran, Boult se hace de una amante y el escándalo estalla en su “hogar” –un palacio. Disputa con su esposa por el divorcio –viejo y reiterado tema de aquellos melodramas de entonces, en aquella sociedad protestante, como también la del tercero en discordia enamorado de la protagonista- a la vez que disputan la tenencia de Edward. Pero Boult, una vez más, vence sobre su adversario. La mujer, resignada, permanece a su lado, pero se consagra a la bebida y se sumerge en el abismo de la depresión; una buena dosis de maquillaje hace lo suyo para convertir a Débora Kerr en un adefesio (otro lugar común de aquellos melodramas). Tenemos, por cierto, una escena muy lograda, pelea entre cónyuges que nos recuerda la de Pacino/Corleone en “El Padrino”, golpeando a su mujer cuando se disputan los hijos; sin dudas Cóppola ha de haberse inspirado en algún sentido en esta escena tan similar. Finalmente, el hijo, Edward, muere piloteando un avión durante la segunda guerra...pero no batallando sino haciendo acrobacias para impresionar a una chica.

Hay en esta película tan intensa algo que molesta al comienzo y que se nos confirma al final: el recurso de hacer que el personaje de Boult nos hable mirando a cámara para contarnos su historia (como acertadamente había dispuesto Minnelli con el mismo actor en “El padre de la novia”). Porque si bien deja aclarado que no busca justificarse, el recurso, además de inoperante, cierra al final con una dudosa excusa de parte del director, como si temiera juzgarlo: Boult nos pregunta a nosotros espectadores qué hubiéramos hecho en su lugar. Pero el hecho de que sea él el que tiene la última –y desafiante- palabra en la película, aunque se lo vea derrotado, no deja de ser un triunfo. No es el final de Corleone en “El Padrino III”, donde solo como un perro acaba triste su vida. Desde luego, el semblante arruinado y orgulloso de Boult parecería decirnos: “quien esté libre de pecados que arroje la primera piedra y me condene”, pero su sentido del deber someterse a la Ley de Dios está ausente de sí mismo en toda la película, por lo que la confesión que toda ésta es no va de la mano del arrepentimiento, sino más bien de la fatalidad. Ese final tan malo, que parece más bien de compromiso –sin que se tenga que dar un final “aleccionador” o de simple aforismo- viene a disculpar un poco la vida del protagonista, ya que todo lo hizo con buena intención, por su hijo.

Esta película, que empieza muy bien y termina derrapando, muestra a las claras cómo el liberalismo no puede sino conducir al error, a un camino sin salida, por más que los recursos artísticos y técnicos empleados en la obra sean los mejores. Así, cuando Lord Boult y señora desean el divorcio, y al no obtenerlo la mujer por no lograr quedarse con la tenencia de su hijo, nos es presentado el desmoronamiento progresivo de ella, la degradación autodestructiva en que cae sin que el esposo mueva un dedo por ayudarla, y más bien buscando la compasión del espectador, que a esas alturas razonará de la siguiente manera: “Si ella se hubiese divorciado de él y se hubiese casado con el médico que la amaba, ahora sería feliz. Tenía derecho a rehacer su vida. Pero es una madre que no quiso abandonar a su hijo, aunque nunca tuvo la chance de educarlo. Pero vivir así es morir en vida. Si no fuera por el hijo que tienen...”. La situación que se plantea es un drama terrible, el odio ha ocupado el lugar del amor. Pero el espectador olvidaría muy fácilmente que el matrimonio se compone de un hombre y una mujer libres que libremente consienten unirse al otro y pertenecerse mutuamente, y no solamente gozar de una situación determinada mientras el placer existe. Por otro lado, el hijo, lo que debía ser el fin del matrimonio y aunar los esfuerzos comunes de los cónyuges, se ha vuelto un motivo de unión ficticia o desunión, casi el motivo de la cárcel de la mujer en ese matrimonio (el hecho de que el hijo no aparezca nunca en escena, ¿sería una muestra de que para ellos no tiene en realidad ninguna importancia?). No es difícil inferir la conclusión que sacaría el espectador medio falto de sentido trascendente de las cosas. Pero el divorcio no habría arreglado el asunto. Asunto que se tornó insoluble en tanto los fines o principios de la vida de ese matrimonio fueran equivocados. El hijo fue la excusa del padre para justificar su mala conducta, la madre buscó el recurso del vicio por no tener la vía de buscar el único camino de salvación que es Dios. Sin el recurso a lo único que salva todo principio equivocado, aunque eche a andar felizmente por el mundo, ha de terminar catastróficamente. Por otro lado, algo que podemos entender con el ejemplo de Boult es que el camino de la riqueza es un camino que conspira contra lo permanente y valioso de la vida, puesto que la ambición nunca se cansa de desear más, y basta la primera chispa –conseguir dinero criminalmente para curar al hijo- para que el camino se inicie. Y como se hace de lo relativo un absoluto, ese absoluto destruye lo que debe permanecer: una institución como el matrimonio. Los Boult de hoy y sus mujeres –más modernos- se divorcian y sin ninguna culpa. Aquel de la película parece haber sido más bien un recurso –el de que la mujer permanezca en la casa- para agregar dramatismo y una heroína sufriente de las que amaba retratar el talentoso y dúplice Cukor (como en “Luz de gas”, “La mujer de dos caras”, etc.). La importancia dada a la mujer de Boult, retratada a partir de allí siempre triste, irónica, borracha y menesterosa, parece desmentida de un solo golpe cuando se nos muestra que ha muerto por la simple imagen de una placa de bronce. La imagen de la mujer en Cukor, se comprende bien, tiene algo del sodomita sofisticado que se acomoda lo mejor que le sale al mundo (recuérdese que hizo la muy estúpida “Born yesterday”, apaciguadoramente liberal, o luego “La rubia fenómeno”, impresentable).

En definitiva, se nos muestran unas conductas muy bien representadas, y unas consecuencias desastrosas, pero se omite –si se quiere presentar la historia desde sus cimientos defectuosos-, la filosofía de vida que mueve los actos; porque los actos muestran los corazones pero las instituciones devienen de principios que, si no se conocen, todo lo que se edifique será desmoronado cuando el pecado adquiera las proporciones necesarias para ello.