“Que el cine sea ordenado a la gloria de Dios y a la salvación de las almas, y sirva eficazmente para la extensión del Reino de Cristo sobre la Tierra”.

S. S. Pío XII

miércoles, 30 de diciembre de 2009

EXTRA CINEMATOGRAFICAS

Televisión


Tomado de “Televisión y Cuaresma”, Revista Tradición Católica, marzo de 2002.



La televisión no favorece nuestra unión con Dios. Entorpece mucho el re­cogimiento, excita nuestra curiosidad de saberlo todo, nos hace vivir continuamente fuera de nosotros mismos. No hay vida interior posible con televisión. No nos enseña a amar a Dios por encima de todas las cosas, no nos anima a practicar la virtud y evitar el pecado, todo lo contrario, predica continuamente los siete pecados capitales. ¿Qué hace sino ex­plotar y estimular las de­bilidades que hemos heredado del peca­do original? Y no pensemos tan sólo en el sexto mandamiento; es todo ese espíritu que lucha contra Cristo y su Iglesia el que se pavonea continuamente y el que arrasa con la fe, la moral, las costumbres, las instituciones y todo aquello que debería encaminarnos hacia Dios. Se nos enseña a vulnerar los diez mandamientos, desde el primero hasta el último. La televisión enfría también la caridad con el prójimo, favoreciendo el egoísmo y deshaciendo toda vida familiar, y la caridad con nosotros mismos pues nos impide cumplir con nuestro deber de estado, haciéndonos perder el tiempo que podríamos aprovechar mejor. ¿Y qué decir cuando además hay niños en la casa? ¡Atención a la respon­sabilidad de los padres ante Dios, que por su falta de vigilancia y cuidado serán causa de tantas faltas de sus hijos!



Incluso desde un punto de vista meramente natural incita a la revuelta de nuestra sensibilidad contra nuestra al­ma. ¿Quién no ha experimentado su poder “hipnótico”? El bombardeo de imágenes paraliza nuestra inteligencia y debilita nuestra voluntad.



Se dice que Pío XII calificó la televisión de “instrumento ofrecido a la humanidad”. Es cierto, pero también precisaba que es un «instrumento precioso y peligroso al mismo tiempo, a causa de las repercusiones tan profundas que llega a ejercer sobre la vida pública y privada de las naciones», o también: «¿Có­mo no estremecerse al pensar que, por la televisión, pueda penetrar en la misma casa esta atmósfera envenenada de materialismo, de estupidez y de hedonismo (búsqueda del placer en sí) que se respira demasiado a menudo en las salas de cine? Realmente no podría imaginarse nada más fatal para las fuerzas espirituales de la nación si ante tantas almas inocentes, en el seno de la misma familia, debieran repetirse esas impresionantes revelaciones del placer, de la pasión y del mal, que pueden sacudir y arruinar para siempre todo un edificio de pureza, de bondad y de sana educación individual y social» (Pío XII, exhortación al obispado de Italia sobre la televisión, 1 enero 1954).



Pero ¡cuántas razones se alegan!:


- No veo nunca malas películas: «Incluso películas moralmente irreprochables pueden sin embargo ser espiritualmente nocivas si descubren al espectador un mundo en el que no se hace ninguna alusión a Dios y a los hombres que creen en El y lo veneran, un mundo donde las personas viven y mueren como si Dios no existiese» (Pío XII, 28 oct. 1955). «Una película, incluso irreprochable nos da, por su misma naturaleza una visión unilateral y corre el riesgo por consiguiente de tornar superficial el espíritu del joven si éste no se alimenta al mismo tiempo de útiles y sanas lecturas» (Pío XII, 30 enero 1949). «La película, no hablando más que a los sentidos y de una manera demasiado unilateral arrastra consigo el riesgo de producir en las almas un estado de ligereza y de pasividad» (Pío XII, 6 oct. 1948).


- La miro tan sólo para entretenerme. «La radio, el cine, la televisión ponen a los cristianos de hoy en contacto con todas las formas de la vida y de la actividad humana. Atrapados en ese torbellino que no les da oportunidad para la reflexión y el recogimiento, cómo no van a llegar insensiblemente a perder el sentido de las otras realidades, más verdaderas y más altas, pero también más austeras, las de la vida espiritual, de las que conservan, a pesar de todo, como una nostalgia, pero que corren el riesgo de estancarse sin ver ya valor alguno o significación» (Pío XII, 3 abril 1956).


- Tan sólo veo las noticias: Sí, esas “noticias” siempre filtradas y dirigidas que no hacen en el fondo sino “desin­for­mar”. Se hincha, recarga, exagera, fan­­tasea la realidad, de la que se nos aleja y que ya no conocemos sino a través del criterio que se nos impone. ¿No es acaso la televisión la que en gran par­te determina la norma y la medida de lo que hay que pensar sobre los diferentes acontecimientos? ¿Qué dice y qué “opina” la gente, sino lo que ha oído y visto en la televisión? ¡Y cuántas informaciones hay que más valdría no saber!



En resumen, Dios no puede bendecir un hogar donde la televisión reemplaza el lugar que se le debe a El sólo, donde el mundo entra y sale como quiere, donde el demonio no es rechazado como con­­vie­ne, donde la carne prevalece sobre el espíritu. La televisión es un serio obstáculo para una verdadera vida cristiana.



Seamos generosos, sepamos dar a Dios lo que nos pide y tomemos la solución que se impone.