“Que el cine sea ordenado a la gloria de Dios y a la salvación de las almas, y sirva eficazmente para la extensión del Reino de Cristo sobre la Tierra”.

S. S. Pío XII

sábado, 26 de diciembre de 2009

CRITICA


EL CLUB DE LA PELEA
Director: David Fincher – 1999

DESESPERA Y MUERE
(O cuando el nihilismo se vuelve sagazmente moderno para conducir mejor a la perdición)


Tras haber visto el talentoso muestrario de pesimismo extremo que es “Seven”, varios años atrás, no nos sorprende, por cierto, el nihilismo brutal de “El club de la pelea”. Porque si este film trata sobre el nihilismo lo hace desde esa misma posición ante la vida.

Destacamos en primer lugar la inteligencia de su construcción, el ingenioso recurso que nos sorprende, puramente cinematográfico, por el cual, llegado a un punto, debemos, como el protagonista, rebobinar la película en nuestra mente para entender mejor las cosas que allí ocurren. Entendemos mejor el caótico comienzo y lo que pasa en la mente del protagonista. Pero nada de lo que Fincher nos muestra está, ni por un momento, iluminado bellamente por la esperanza de una victoria sobre aquel mal que muestra con especial regodeo. Si el film tiene el mérito de la observación cercana de una aspiración a ser otro (la dicotomía Dr. Jekyll-Mr. Hyde), y muestra cómo se comienza de a poco hasta terminar atrapado en el terror, y de cómo ese lado oscuro del protagonista llega al odio a Dios, el director no quiere dar con la solución o no la tiene. Va acumulando datos significativos: ninguno de todos esos grupos de terapia o auto-ayuda o “solidaridad entre enfermos” lo ayuda verdaderamente, aunque él descargue allí su exceso de desesperación. Hay sí una mirada sarcástica del protagonista hacia todo y hacia sí mismo que hace que no se tome demasiado en serio: el tono de la música que lo acompaña y el montaje veloz de las escenas, más que la propia actuación, lo señalan. La mirada de Fincher es despiadada. Bien, y así como afirma que todos estos grupos de ayuda son patéticos y no ayudan a salvarse, y cuando el protagonista cree que lo suyo es el grupo de “el club de la pelea” (podría haber sido “El club de los suicidas” de Stevenson, mucho mejor), ésta tampoco es la solución de su vida. El personaje estaba apto entonces para perderse en el abismo o salir con la única ayuda posible. Para eso, claro, debería entrar no a un grupo de aquellos sino a la Iglesia Católica. Pero Fincher carece de este conocimiento o lo desdeña -me inclino por lo segundo. Pudo haber hecho una gran película con todo lo que tenía entre manos, y no hace sino verter la desesperanza grave y frívolamente a la vez.

Por otra parte, una visión un tanto religiosa de la cuestión hubiese inferido que el alter ego de Edward Norton, el carilindo Brad Pitt, no es sino un demonio que lo tienta para hacerlo, justamente, llegar al suicidio y perder el alma. Pero en ese momento este demonio se lo quiere impedir cuando sería su mayor triunfo. Allí la confusión es total. Pero además, si el Dr. Jekyll debía recurrir a una droga para que aparezca Mr. Hyde, en este caso la sola imaginación del protagonista hace aparecer a su otro yo, el fabricante de jabón. Por lo cual debería mostrárselo como a un chalado cerca del manicomio, y no se lo muestra como tal. La intervención de los buenos y malos espíritus hubieran dado la certeza que nos da, v.g., un libro como “Cartas del diablo a su sobrino” de Lewis.

Entonces queda dicho: sólo poniéndose en manos de Dios se puede vencer ese mal en uno mismo, y no mediante un suicidio que no se anima tampoco a ser. El final del film es bochornoso y ridículo, simula dar un tono consolador a la mayor desesperación posible. Los desechos del odio que todo lo destruye son mostrados desde la ya conocida estética de video-clip de Fincher (se destacó muchos años haciendo eso, se lo ve en “Seven” y en la que hizo de “Alien”, otro film “dark”retorcido y triste), con abundancia de efectos en la imagen y música electrónica, la oscuridad y la lluvia, la procacidad y la contundencia de actuaciones al límite, Fincher provoca al espectador, lo perturba, lo estremece, lo hunde, y, cuando le revela algo, ya es tarde, porque parece que su universo es oscuro y sin salida. Este director, como ningún otro, nos hace recordar aquellas palabras de Hans Seldmayr: “El arte moderno posee una gran aptitud para representar al demonio y al hombre poseso por el demonio, una muy escasa para figurar al hombre grande y humano, ninguna para la representación del santo y del Hombre-Dios”.

No basta mostrar el mal, hay que oponérsele, y allí debe surgir la responsabilidad social del artista, no dejar al espectador empantanado con el actor de la película en la oscuridad de la desesperación. Dar una luz, como Dios nos la da a cada paso aunque nos empeñemos en mirar para otro lado. Esclarecer en un mundo que busca atemorizar para corromper y dominar. Frente a un cine vistosamente lóbrego y que no decide o cae en las redes que hábilmente tiende sobre lo que observa, sólo la confianza en Dios salva de todo aquello. Porque, como nos lo ha mostrado Mel Gibson en sus films, la pelea es otra, y no la damos solos.