“Es, por tanto, una de las necesidades de nuestro tiempo vigilar y trabajar con todo esfuerzo para que el cinematógrafo no siga siendo escuela de corrupción, sino que se transforme en un precioso instrumento de educación y de elevación de la humanidad”

S.S. Pío XI



“Que el cine sea ordenado a la gloria de Dios y a la salvación de las almas, y sirva eficazmente para la extensión del Reino de Cristo sobre la Tierra”.

S. S. Pío XII

Mostrando entradas con la etiqueta Carlos Hugo Christensen. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Carlos Hugo Christensen. Mostrar todas las entradas

viernes, 3 de diciembre de 2010

MICROCRITICAS


MICROCRÍTICAS



EL CUERVO (Roger Corman, 1963)

Con el cuervo, Corman nos mete el perro. La película más tonta que quizás jamás hayamos visto. ¡Corman Nevermore!



MIL NOVECIENTOS OCHENTA Y CUATRO (Michael Radford, 1984)

Fotografías de gente que habla, desnuda. Lo mejor se escucha por medio de Richard Burton, en su opus final. Cine inglés doblemente deprimente.



LA KERMESSE HEROICA (Jacques Feyder, 1935)

Lo importante es hacer quedar mal a la Iglesia. El ingenio francés es muy hábil.



LAS LOCAS AVENTURAS DEL RABÍ JACOB (Gerard Oury, 1973)

Es una película “progre”, pro-judía y anti-católica. Muy bien escrita y montada, resulta ingeniosa y divertida a pesar de Louis de Funes, que vendría a ser lo contrario de Buster Keaton, o sea, un histrión insoportable. El final es inteligente y groseramente anti-católico.



TETRO (Francis Ford Cóppola, 2009)

Están Susana Giménez y la hija de Moria Casán. Faltan Porcel y Olmedo y cartón lleno. ¿No la habrá dirigido Guillermo Cóppola?
Tetro es un tétrico tetra-brick.



ERA UN PADRE (Yasujiro Ozu, 1942)

Ozu fue un gran director que siempre hizo películas menores. Un poeta de la intimidad familiar, un respetuoso pagano que filmó siempre la misma película. Películas de la quietud y la decadencia, cine oriental que no orienta ni desorienta: aquieta. Ozu fue el Ford intimista del Japón.



LAURA (Otto Preminger, 1944)

Todo lo que toca Preminger lo convierte en hielo.
Emocionante como una copa de cristal en una vitrina, como una vereda limpia o una flor en el ojal.
Los extraordinarios actores (Gene Tiernay, Clifton Webb, Vincent Price, Judith Anderson) y la bella música de David Raksin la vuelven inolvidable e innecesaria.
Para ver en un tórrido verano.



LA ESCALERA DE CARACOL (Robert Siodmak, 1945)

Una cumbre del arte de la sugestión, de la sabia dosificación de luces y sombras, sonidos y silencios. La pureza y debilidad amenazadas por la impiedad de un asesino insospechado pero no improbable. Contiene uno de los finales más conmovedores del cine de todos los tiempos.



LA SOMBRA DE UNA DUDA (Alfred Hitchcock, 1943)

Hitchcock es no solo un “entretenedor”, sino, por sobre todo, un “desengañador”. Mientras el tío Charly es velado con la misma pomposidad elegíaca de los necios y los ignorantes que en ceremonioso desfile se arremolinaron en el funeral de Kirchner, afuera tres personas, la sobrina, el detective y el espectador, conocen la verdad.
Poder compartir la verdad con alguien es un gran consuelo.
“La sombra de una duda” es una de las mejores películas de Hitchcock, es decir, del cine.



VINCERE (Marco Belocchio, 2009)

Un film de la productora Manliba, pero del primer mundo.



LA PATOTA (Daniel Tinayre,1960)

Realización impecable y moral no tanto. Si alguien puede hacernos creer en Mirtha Legrand profesora de filosofía, debe tener algún talento. Complicada, sí, y un tanto imbuida de modernismo, evidentemente, no obstante el explícito sentido cristiano del perdón y la defensa de la vida por nacer es hoy políticamente incorrecto y hasta subversivo. Admirable.



EL ORIGEN (Christopher Nolan, 2010)

Dos horas y veinte minutos de montaña rusa o falopa a toda orquesta. Por lo menos “El perro andaluz” duraba poco.



EL HINCHA (Manuel Romero, 1951)

Alabanza del hincha de fulbo en el cuerpo efervescente y la jeta gritona de Discepolín. Película hinchada, pueril y sensiblera, hecha como todas las de Romero para el público idólatra de la tribuna.



YO PECADOR (Alfonso Corona Blake,1959)

La vida de José Mojica merecía sin dudas una película, pero no ésta.
Lo sentimental y lo cursi amenazan a cada instante a esta realización sin vuelo ni brillo pero que, sin embargo, logra llegar a su puerto.
Destacables el protagonista, la bella música y dos escenas bien escritas, pero en su insulsez la obra es incapaz de atisbar el alma estremecida de un converso. El remate con la misa nueva en una iglesia nueva no hace sino ser coherente con la falta de vigor y de sentido de lo bello de que adolece la película.
A pesar de todo, por la sola fuerza de la historia retratada, la obra de la gracia en la vida de Mojica –de cantante de óperas a sacerdote franciscano- queda patente.



JOHNNY GUITAR (Nicholas Ray, 1954)

Pasiones ocultas que salen a la luz en un western con personajes de tango. Una muy elaborada puesta en escena, unos intérpretes estupendos, en una historia sentimental. Precisamente por motivos sentimentales ha sido elevada hasta las nubes por una exaltada corriente crítica vernácula.



LA SEÑORA DE FÁTIMA (Rafael Gil, 1951)

Digna obra de un realizador al que suele achacársele cierta rusticidad o acartonamiento, pero que finalmente suele salir airoso porque, a pesar de su apellido, no es ningún gil. Su talento es indiscutible.
No hay que olvidar por otra parte que ha debido abordar necesariamente –en la católica España de Franco- temas y personajes religiosos, y por lo tanto demasiado altos.
Gil alternó muy buenas películas con otras de muy buena realización pero erróneas en lo religioso. En este caso, lo que resiente la película son las inexactitudes que incluye sobre la situación familiar de Lucía y su padre. Son agregados que quizá hayan sido inspirados por aquel gran éxito anterior que fue "La canción de Bernadette".
La adición de tono político, en relación a la masonería, está muy bien y es lo que más ha causado molestia en la progresía.
Cuando se habla de niños, se lo debe hacer con sencillez. Cuando éstos son protagonistas, el estilo no puede sino reflejarlos, no en la puerilidad, sino en la falta de rebuscamiento o artificiosidad. Gil lo consigue contando además con un reparto de primera, al frente del cual Inés Orsini no hace otra cosa sino mostrar su hermosa inocencia que no invita a sentimentalismos, sino a amar a Dios por la vida misma de fe que esta niña que no era actriz –y cuya única otra aparición en el cine fue también en el papel de una santa, María Goretti en la sublime “El cielo sobre el pantano”- logra transmitir. Una bella obra.



JULES ET JIM (Francois Truffaut, 1961)

Hasta donde la aguantamos, una película insufrible e idiota. No es cine. Es una burla al espectador, o una estafa, o vaya uno a saber qué.



GERTRUD
(Carl Theodor Dreyer, 1964)

Dijo Santo Tomás que amar es desear el bien a alguien. No es así para los personajes de esta película. ¡Cuántos vicios, caprichos, engaños y pecados, cuántas locuras se cometen en nombre del amor! ¡Qué palabra más manoseada! Aquí, por todos, empezando por esta Gertrud, una de las mujeres más desagradables en una de la películas más amargas de la historia del cine.
Gertrud es una mujer bella y orgullosa a la que no le alcanza con ser amada, quiere ser adorada. Así, cuando un hombre reparte su atención entre ella y su trabajo y diversos quehaceres, ella busca otro hombre, uno que viva sólo para ella, sólo para amarla según el particular concepto del amor que ésta tiene, un concepto viciado de romanticismo que se choca con el “amor libre” de unos hombres sin religión. Termina sola, desde luego.
A esta altura no vamos a descubrir el inmenso talento de Dreyer (imitado hoy tontamente por directores mediocres como Kaurismaki), pero este film muy bien llevado no nos gusta.
Tal vez porque nos da la impresión de que debe ser tristísimo ser dinamarqués, y el desasosiego de esos personajes perdidos que abandonaron a Dios nos suministra una falsa idea de la belleza.



PSICOSIS (Alfred Hitchcock, 1960)

“Psicosis” es la película más exitosa y más desconocida de Alfred Hitchcock.
Obra maestra absoluta que no lo parece a aquellos que sólo son capaces de aplicar su entusiasmo a grandes historias con grandes personajes, grandes diálogos y grandes lecciones de vida. Una peliculita barata, en blanco y negro, sin “estrellas”, con una trama macabra, con un crimen brutal, ¿cómo va a ser una obra maestra? Pero lo es porque el que moldea la arcilla es un maestro.
“Psicosis” es cine en estado puro. Hitchcock se vale de la pureza del cine para hablar de la impureza y sus consecuencias. Hitchcock podría fácilmente ser tildado de moralista, si no fuera que se disfraza de “mago del suspenso”. Su mirada puede ser ardua porque no habla a través de sus personajes, que nunca son arquetipos o modelos, sino a través de la construcción formal de su obra. Hitchcock dice mostrando, por eso hay que atender al cómo.
Hitchcock nos lleva a un parque de diversiones para descubrirnos de pronto la mancha del pecado. Y en esa mancha todos estamos implicados (como lo muestra claramente en, v. gr., “Stage fright”).
Todos los temas hitchcoquianos están en este film, que anticipa el mundo a partir de los años ’60 creando el videoclip -que no otra cosa es la escena de la ducha-, pero dándole un sentido negativo. El videoclip como la visión de un alienado (Norman Bates) y que hoy es el lenguaje establecido para desquiciar a los espectadores de todo el mundo.
“Psicosis” es una de las películas más perfectas de la historia del cine.



EL HERMANO ORQUÍDEA (Lloyd Bacon, 1940)

Como buena película liberal, lleva en sí la contradicción.
Es una comedia ingeniosa, berreta, efectiva, hábil, generosa y embustera.
Edward G. Robinson es un gángster bueno, Bogart es un gángster malo. El primero es simpático, el segundo desagradable. El primero deja la organización porque se les va la mano y matan a un tipo. El segundo se hace cargo de la banda.
Robinson (el mafioso que se apellida Sarto, como San Pío X), deja todo –incluyendo a su novia bobalicona- para irse a Europa en busca de “clase”. Compra antigüedades, piedras preciosas, palos para jugar polo, etc. Se aburre y regresa a USA.
Al volver lo reciben con desprecio. Procurando formar una nueva banda mafiosa, es traicionado y casi asesinado. Logra escapar moribundo y se refugia en un monasterio, donde se hace pasar por uno de los hermanos. ¿De qué religión? De ninguna en particular, así se queda bien con todas.
Se trata de la “Hermandad Floriácea”, donde unos hombres bonachones con hábitos extraños se dedican a cultivar flores y a orar –según dice el “Hermano Superior”, aunque nunca se los ve rezando, ni tener ninguna clase de credo, reglas ni culto. Creo que ni mencionan a Dios. Son una especie de grupo new-age que dicen cosas lindas y se sienten bien. Puro sentimentalismo.
Johnny Sarto (llamado ahora el hermano Orquídea) se escapa con deseos de venganza, pero recapacita y, tras vencer a su oponente Bogart (sin disparar un solo tiro) termina ayudando a los floristas y renunciando generosamente a su novia, a quien entrega a un buen muchacho enamorado.
El final es excelente: Sarto termina diciendo, al ingresar nuevamente al “monasterio”, que había buscado “clase” en todas partes, pero que la verdadera “clase” estaba ahí adentro.
Se trata de una conversión verdadera a una religión falsa. Una religión sin Dios en un cine sin Dios, que banaliza la religión dejando todo en manos del hombre, sin intervención de la gracia divina.
¿Y cómo podría mostrarse la gracia, que es algo interior, íntimo, espiritual?, podría preguntar alguien.
Podría mostrársela en sus efectos sobre la naturaleza humana, que le es contraria (el hombre carnal contra el hombre espiritual), en el sufrimiento que significa dejarse vencer y contrariar en el amor propio, que no es precisamente ese hombre que vemos sonriente que no parece luchar interiormente sino obedecer a los dictados de un guión ejemplificador, que lo entrega a una ficción o a un engaño donde el mal parece haber sido arrancado del corazón del hombre.
Una gran idea desperdiciada.



MR. SKEFFINGTON (Vincent Sherman, 1944)

La película está estelarizada por Bette Davis y esterilizada por Claude Rains; o más bien por los productores (uno de ellos guionista) los hermanos Julius y Philip Epstein.
Lo que la Davis le aporta de drama, Rains le aporta de propaganda.
Son dos películas al precio de una. La película A trata sobre la Davis, la B sobre Rains. Cuando se casan tenemos la B, cuando se divorcian la A, cuando vuelve el marido, otra vez la B. La película A sirve en realidad para vehículo de la película B.
Si la figura es Bette Davis (y en español el film se llama “La Vanidosa”), el que importa es Mr. Skeffington, que le da título al film.
Fanny (B. Davis) es una mujer muy codiciada de una familia de la alta sociedad neoyorquina, arruinada económicamente, aunque nadie lo sabe. Es vanidosa y egoísta, un típico personaje de la Davis. Se casa por conveniencia con un exitoso y millonario agente de bolsa llamado Mr. Skeffington (Rains), al que su hermano le debe una importante suma de dinero que le robó trabajando para él.
Las crónicas y las sinopsis de la película se cuidan bien de decirlo, pero este film es una muy oportuna (u oportunista) reelaboración de la historia del santo Job del Antiguo Testamento, aquí encarnado por Job Skeffington, que como aquel es un judío perseguido, acusado, despreciado, que pierde esposa, fortuna, salud, todo, para finalmente recuperarlo. A lo largo de la película se hablará de su paciencia (incluso más heroica que la del viejo Job, llega a decir un personaje). La Davis dirá de él que “es tan bueno y tan amable. Es repugnante.” El hermano de ella, el que lo estafó y lo odiaba por ser judío, para no aguantarlo como cuñado se va a Europa a pelear en la Primera Guerra, donde muere. Ella culpa al marido y lo repudia. Job se va a Europa con su hija para no ser más perseguido. Luego su hija regresa y se casa con un pretendiente de su madre. Transcurre una hora de película (que se extiende a lo largo de 2 horas y 30 minutos) sin que tengamos noticias de Mr. Skeffington. Es la hora de Bette Davis y el maquillador. Al fin, cuando la Davis se queda sola, vieja y enferma, aparece Job que regresó de un campo de concentración nazi, destruido y sin un centavo. Intercede el primo de la Davies, que oficia de consejero en toda la película: es injusto que ella ahora sea rica y él pobre. Ella debe devolverle plata. Resarcirlo. Ahora tiene la oportunidad de hacer un bien en su vida. La Davis acepta y recibe afectuosamente por primera vez a su marido ciego y enfermo.
Dijimos más arriba que oportuna u oportunista (según quien lo mire) resulta esta película ya cerca del final de la Segunda Guerra Mundial. La idea del dinero es constante, desde el principio al fin, en la película, pero queda remarcado al final cuando este nuevo Job (que es irreprochable pero nada religioso) debe ser indemnizado por lo que ha sufrido. El dinero como lenitivo y consuelo de los sufrientes. Siempre el dinero.
Insidiosa nos parece con respecto a la mujer cristiana (protestante) que, por no haber amado a ese ejemplar marido de otra religión, termina cayendo en un abismo de degradación y vileza. Y por si el espectador desatento no lo ha visto: en una de las primeras escenas, en un plano general frente a la gran residencia de Mr. Skeffington, se ve pasar una monja con un atuendo moderno y tacos altos, paseando un cochecito de bebé. Se trata de una burla, evidentemente, arbitrada intencionadamente -como se hacía todo en aquel cine hecho en estudios.
Una película que empieza como comedia y vira hacia el drama, con dos historias que se entrecruzan –la de un matrimonio y la de los judíos representados por el nuevo Job-, y una eficaz forma de vehiculizar la victimización profesional a través del cine de género.



LA NOCHE DEL CAZADOR (Charles Laughton, 1955)

Notable es esta la única película dirigida por el gran y orondo actor inglés de cara despreciable. Tiene la explicitud de las fábulas para los niños, la belleza de la épica trascendente, y el negro oscuro y restallante del terror.
Un predicador que es un lobo disfrazado de cordero, perversa criatura diabólica compuesta por un extraordinario Robert Mitchum, ávido de dinero y puritano despreciador de las mujeres, persigue a dos huérfanos que encarnan la verdadera pureza acosada por el mal. Esta historia de crímenes, viajes y salvación pone al descubierto el imbécil puritanismo protestante, con unos paparulos de novela, especialmente una mujer que es probablemente la criatura más imbécil de la historia del cine. Su opuesta resulta ser nada menos que la legendaria Lillian Gish, que sabe ver al lobo disfrazado de cordero y enfrentarlo como se debe. Completa el elenco Shelley Winters, siempre en su papel de perdida y/o trastornada (recuérdese “Bloody Mama” o “A Double life”).
La actitud de los protestantes, se ve muy bien, es emotiva, sentimental, subjetiva y, en definitiva, soberbia, pues se erigen en sus propios maestros. De allí que caigan en estos yerros con tan terribles consecuencias. Por eso se ha protestantizado –desde adentro y a partir del Vaticano II- a la Iglesia Católica, en especial su Misa, para que hoy los lobos disfrazados de corderos tengan tanto poder y no sean descubiertos por la mayoría de los fieles. Esta película es un buen recordatorio –aunque no católico- de que debemos estar alertas, acendrando nuestra fe.



SÓCRATES (Roberto Rossellini, 1970)

Rossellini es un director que no nos gusta nada. No nos gusta porque filmaba feo y porque pensaba mal, habiendo sido un humanista conciliador del catolicismo (modernista) y el marxismo, y precisamente por ello fue elevado por la crítica del cine mundial a la categoría de “genio” o “maestro”.
Dicho esto, “Sócrates” es una película (mejor dicho, un telefilm, fotografías de gente que habla) que merece verse, no por sus méritos artísticos, que son escasos, sino por su valor pedagógico. El mismo Rossellini confesó en sus últimos años que ya no quería ser un “artista” sino un “pedagogo”, forjando un proyecto educativo televisivo a través del cual realizó nueve telefilms, entre ellos este que comentamos. Así hizo sus macanas, por supuesto, como hacer de Nuestro Señor Jesucristo algo parecido a Sócrates, es decir, sólo un hombre y sólo un maestro. Pero en “Sócrates” no tiene mucho por donde escaparle, ya que basta con ceñirse a los textos platónicos, sin inventar nada raro, y ayudarse a través de una buena interpretación actoral, aunque nada brillante, para darnos una aproximación al gran sabio condenado a morir por la democracia.
Este último aspecto vuelve más políticamente incorrecta esta película que nos trae en Sócrates el amor a la verdad y el bien y la virtud de aquel que, habiendo enseñado oralmente, se beneficia más aun con transmitir sus enseñanzas y su ejemplo de vida a través del cine, medio más idóneo que el libro. También el aporte del contexto histórico-geográfico recreado suma para dar toda la encarnadura a este gran filósofo condenado a morir por “ateísmo”, es decir, por haberse liberado de la mitología griega.
Tal vez este film nos venga a mostrar que, a pesar de todo, la verdad es más fuerte y al fin logra imponerse. ¿Lo habrá comprendido Rossellini?



ANGEL FACE (Otto Preminger, 1952)

Es un tópico de mucho cine clásico: la mujer buena tiene el cabello claro, la mala lo tiene negro azabache. La buena es agradable, la mala es hermosísima. El héroe, generalmente como el público, cae rendido bajo las garras de la seductora. Este esquema se daba no sólo en el cine norteamericano, también en el cine argentino (pensemos en “La balandra Isabel...”, “Más allá del olvido” o “Barrio gris”). Como todo tópico, tiene su uso simbólico y contenido verdadero que puede ser echado a perder por el uso generalizado, sin los debidos matices y discernimientos.
El “cine negro” tendía a la fórmula, por lo tanto dependía mucho del estilo del director y, sobre todo, de sus actores, en especial de la actriz principal.
Es solamente por Jean Simmons, esta actriz de la que nunca recordamos el nombre pero siempre la cara, es por ella o mejor dicho por su hermosa cara, que la película avanza y se sostiene. Es su cara y nada más: ni ideas, ni valores, ni suspenso, ni emoción. Robert Mitchum hace otra vez (como en “Out of the past”) el papel del hombre apuesto y duro (el macho-man) que parece que se las sabe todas, pero termina siendo un tarado seducido por una bella y mala mujer por la cual muere trágicamente. Los personajes pierden la vida, del alma no se sabe nada.
No hay ningún Val Lewton o Nicholas Musuraka, ninguna melodía inolvidable para salvar a esta película que se desbarranca irremisiblemente.
Es uno de los mayores anticlímax del heladero Preminger, como una tacita Laponia o un palito de agua de Frigor, que pronto se acaban.



TERESA DE JESÚS (Juan de Orduña, 1961)

Muy buen guión (uno de sus autores es José María Pemán), excelente la interpretación protagónica de Aurora Bautista, pero floja la realización: con un director más inspirado podría haber sido una obra maestra.
Pero es una película inteligente, por momentos emotiva, con excelentes diálogos, austera, donde la fuerza y carácter de la protagonista lleva adelante una obra que muestra la lucha constante que el amor a Dios ha de tener contra sus tres enemigos. En este caso, y muy bien mostrada, la terrible corrupción dentro de la misma Iglesia. Si eso ocurrió entonces, nos preguntamos, ¿qué santa o santo debería suscitar Dios hoy para combatir la impresionante podredumbre y traición de los religiosos que corrompen la Iglesia por dentro hasta niveles inauditos? Bien, acaso uno de esos santos lo hayamos tenido y se ha llamado Monseñor Lefebvre.
A pesar de ciertas torpezas formales del director, y aunque esta película puede ser apenas una primera aproximación a la vida de nuestra gran santa (nuestra, sí, de todos los católicos y de los que somos hispanos), hará mucho bien a todo aquel que busca la verdad y el bien, y que sabe que la inefable belleza no es flor de un día, sino una conquista para aquel que puede pronunciar con su vida la palabra sacrificio, a imitación de Aquel por quien Teresa de Cepeda y Ahumada se hizo Teresa de Jesús.


LA BALANDRA ISABEL LLEGÓ ESTA TARDE (Carlos Hugo Christensen, 1949)

Obra maestra del argentino Christensen, filmada en Venezuela. La lucha entre el bien y el mal en el alma del capitán de un barco, el contraste entre la buena y la mala mujer, la relación padre-hijo, la rectitud y la degradación moral, la oposición entre la luz de la religión católica y la oscuridad satánica de los ritos afrocaribeños, todo está bien desarrollado, con su claro componente moral pero sin moralina, sin depender de los diálogos, sino que los mismos hechos van demostrando las actitudes de vida de los personajes. Con una puesta en escena extraordinaria, un ambiente que habla por sí mismo, y actuaciones al tono de Arturo de Córdoba, Virginia Luque, Néstor Zavarce, y el resto.
Esta sola película vale más que todo el cine argentino junto desde 1975 hasta la fecha.


lunes, 14 de diciembre de 2009

CRITICA


ARMIÑO NEGRO

Director: Carlos Hugo Christensen – 1954

ABYSSUS ABYSSUM INVOCAT

A simple vista, se puede decir que hubo dos Christensen: el de la primera mitad en su etapa en nuestro país (con incursiones fílmicas en Venezuela, Chile y Perú), y el que cayó completamente, desde 1954 hasta el final en 1987, en el Brasil. La debacle de su vida, evidentemente, se vio reflejada en su cine. Aunque ya hubo algunos anuncios en films como “El demonio es un ángel” (1950), “Un ángel sin pudor” (1952) y en cierto modo “María Magdalena” (1953), aunque este último tiene un final sublime, pero sólo eso.

También se puede decir que en su etapa argentina, que arranca en 1940 (a los 24 años, como Orson Welles) con la excelente y extraña “El inglés de los güesos”, hay un gran Christensen, el de los melodramas oscuros y el de los policiales: “Safo”, “La trampa”, “La balandra Isabel llegó esta tarde”, “Si muero antes de despertar”, “No abras nunca esa puerta” y “Armiño negro”. Y hay otro muy flojo, condescendiente consigo mismo, amanerado y pueril, el de las comedias, que son unas cuantas.

“Armiño negro” es la última película de su primer período, y es una gran película, excepto por su final (ya se verá que por razones de caridad y prudencia cristianas, y no porque pidamos un final feliz o condescendiente).

Filmada en Perú, con exteriores de Lima y Macchu-Picchu, es un melodrama sórdido pero con posibilidades de apertura, con resquicios a lo largo de todo el film, pero que la ambición y cobardía de los protagonistas impiden que se concrete del todo esa apertura hacia el bien. Está claro que sin la Religión esto no es posible.

Laura Hidalgo (nacida en Rumania con el nombre Pesea Faerman) hizo aquí tal vez su mejor trabajo. Esta gran actriz ocupa, junto a Olga Zubarry, Paulina Singerman, Tita Merello y Elisa Galvé, todas en diferentes registros, el podio de las más importantes figuras femeninas que ha dado nuestro cine. Ella misma repitió con Christensen en “María Magdalena”; hizo dos personajes en la insuperable “Más allá del olvido” con Hugo del Carril; otra mujer caída que se convierte en “La orquídea” de Arancibia; y actuó en un par de Romero. Es decir, una trayectoria notable.

Su personaje es una mujer sola y en bancarrota, pero que alquila un palacio impresionante para simular, darse corte y conseguir dinero de sucesivos amantes. Tiene un hijo casi adolescente (el talentoso niño de “Si muero antes de despertar”, ya crecido) que estudia de internado en un colegio religioso -¿jesuita, tal vez?. Por cierto que la religión Christensen siempre la pasa de largo, limitándose a mostrar al cura siempre viejo que en tono grave y solemne apostrofa sentencioso sobre moralidad a la protagonista. El chico no parece ser muy piadoso, y de hecho el final –su suicidio- dice a las claras o que los religiosos son un desastre y no le han enseñado al chico nada o que Christensen realizó el final en función del efecto sobre la mujer, como castigo, sin advertir que castigo mayor sería para el chico, al perder su alma (sólo un director no religioso puede firmar un final como éste. Si sacamos de lado esta consideración, dramáticamente funciona y es lógico, por lo que al chico le pasa, pero no puede quitarse este detalle que remarco. En esto soy hitchcoquiano, como en casi todo).

Párrafo aparte el personaje de Roberto Escalada, que es co-protagonista pero aparece lejano y muy disminuido, devorado todo el tiempo por la figura impresionante de Laura Hidalgo, y por el segundo personaje: los decorados. Ese gran actor que fue Escalada aparece en principio como alguien simpático, amable, afable. Luego entra en el registro del amante de “Safo” o “Los pulpos”. Al final lo vemos como un canalla o cobarde que se lava las manos, evade su responsabilidad por egoísmo ante el chico que lo quería como a un padre, y ante la mujer que lo amaba y lo necesitaba. Tiene miedo y se borra. Parecería decir: “Yo, argentino”. Pero está claro que ése es el personaje que mejor le cuadra a Escalada.

El título de la película es toda una definición de la protagonista, y está explicado por el personaje que interpreta el siempre eficaz Nicolás Fregues. Decía en la divisa de los duques de Bretaña: Potius Mori Quam Foedari (Antes morir que ser mancillado), y se atribuye al armiño la leyenda de que prefiere morir antes que ver manchado su inmaculado pelaje. La protagonista prefiere perder el honor para conservar la vida (o ni eso, las cosas materiales), pero pierde además a su hijo, que es como decir que se pierde a sí misma. “El abismo llama al abismo”.

martes, 10 de noviembre de 2009

LISTADOS

LAS MEJORES PELÍCULAS DEL CINE ARGENTINO





Se ha lanzado recientemente mediante Internet, y aun continúa, un concurso-encuesta denominado “Las mejores películas del Centenario del Cine Argentino 1909-2009”. Se afirma en ese sitio (Cine.ar - concurso) que la primera película argentina argumental fue estrenada en 1909, y se da este nombre: “La Revolución de Mayo”. Sin embargo, los libros y manuales del cine argentino reportan informativamente que la primera exhibición de cine argumental o de ficción fue “El fusilamiento de Dorrego” en el año 1910. ¿Una divergencia más para la historia argentina? ¿Tan difícil es de establecer semejante hecho, o se trata de una nueva manipulación como tantas? Las versiones de los historiadores difieren. Algunos dicen que “El fusilamiento de Dorrego” se filmó en 1909, otros, en 1908, por lo que hablar de un “centenario del cine argentino” parece algo difuso.

Por otra parte, sería más acertado hablar de cinematógrafo, que no de cine, ya que éste como lenguaje fue inventado por Griffith hacia 1908, y no llegó hasta estas tierras sino en los comienzos del sonoro, por lo menos por lo que se ha podido ver del escasísimo cine mudo argentino que se ha podido conservar.

La encuesta, muy democrática, es una muestra de la ignorancia, la injusticia, la vulgaridad y la banalidad que caracterizan estos tiempos. En la postulación de las “100 mejores películas” (donde ya siquiera hablar de 100 películas argentinas que puedan ser dignas de verse es un disparate) predomina el cine que el sistema liberal-progresista-democrático produce, programa, difunde y defiende desde sus medios de comunicación y sus cátedras universitarias. Un cine casi todo nacido a partir de los años ’80, con una total prescindencia de todo el cine clásico producido entre 1933 y 1960, aproximadamente (con alguna que otra excepción, caso “Las aguas bajan turbias”, por razones equívocas y como la excepción que confirma la regla). Un cine que da vergüenza ajena y que da a conocer –en el hacer- el estado actual de la Argentina, su sometimiento a la estulticia, el nihilismo, la ramplonería y el materialismo.

Es notable, aunque no es tema del que se ocupe nadie, la ruptura que se dio con aquel cine clásico argentino que tantos valores –formales y aun morales- comunicaba, pero esto fue así porque hubo una ruptura con aquel país, y no precisamente ruptura de sesgo coyuntural o castrense, sino un corte cultural y espiritual con un país que todavía conservaba rasgos de una impronta cristiana largamente establecida, aunque ya en decadencia. Con los años ’60 la Revolución hace su entrada –sin necesidad de un gobierno “socialista”- vía lo cultural. Si esto fue así a nivel mundial, la tendencia argentina a denigrar lo propio hizo que tal ruptura echara tierra sobre todo un pasado que contradecía los nuevos postulados y la nueva forma de ver el mundo. El nacionalismo presente en naciones como Estados Unidos, por ejemplo, hizo que todo el tesoro cultural cimentado en su corta historia esté siempre disponible para todo aquel que quisiera abrevar en él. Así es como en los años ’70 hubo una renovación basada en la mirada que jóvenes directores tenían de ese cine del pasado que continuaba presente en ellos. Aunque muchas veces degradado, ese lenguaje y esa forma de ver el mundo se continuaban. Entre nosotros fueron los mismos que se dedicaron al cine quienes se desligaron de ese acerbo cultural inmenso y talentoso, por una cuestión ideológica que, evidentemente, miraba hacia afuera, incapaz de construir nada a partir de lo propio. La encuesta muestra las graves consecuencias de esa actitud propia de quien ha abdicado de su soberanía en nombre de la libertad y el progreso. La barbarie se ha instalado en la ciudad.

“La literatura es la expresión de la vida nacional. Este sentimiento común, este ideal, este amor en el cual se reconocen todos los ciudadanos de una nación, es, por su naturaleza, vago e indeterminado. Solamente con la literatura se expresa, se precisa y se hace reconocer por todos con una fascinación irresistible. No basta que existan grandes escritores para que haya una literatura nacional: es indispensable que en esos grandes escritores se exprese con fuerza el alma de la nación” (Gastón Paris, “La Chanson de Roland y la nacionalidad”). Hoy el cine argentino expresa la falta de valor del alma de la nación argentina, cretinizada hace mucho tiempo por el liberalismo.

Nosotros nos valemos de este motivo para dar a conocer y reivindicar el cine que no se conoce, o se mal conoce, o se empeñan en mantener recluido en el arcón de los trastos viejos, en los museos de las cosas muertas y perimidas o en el rincón ruinoso de los ciclos de cine de la televisión en horarios impredecibles, presentados por gacetilleros nostalgiosos que fungen de críticos o especialistas de un cine que se presenta amortajado y con olor a naftalina. Quien quiera acceder a este cine, deberá armarse de paciencia y suma atención para descifrar diálogos que se pierden e imágenes que se oscurecen y se rasgan por culpa del descuido y el abandono a que se ha sometido a estas películas, sin ningún tipo de restauración o traslación a medios digitales. Y todavía nos dicen que Argentina es “un país en serio”. Más bien habría que decir que es un país “paródico”, como afirmó en su momento el padre Castellani, quien lo empezó a ver aun por aquellos años “de oro” del cine argentino, sin tener un panorama completo, como nosotros. Porque esa parodia de lo religioso, lo político, lo cultural, ya estaba como levadura en la masa trabajando despacio, y si el lector se fija en los ejemplos con que subjetivamente hemos formado nuestro listado -que carecen de toda connotación política de nuestra parte- se dará cuenta de que hubo una especie de reacción adulta durante una década, una mirada que quiso distanciarse del pintoresquismo o el costumbrismo para abrevar en lo universal, algo así como un “shock” en la sociedad misma que no pudo concretarse del todo por mil causas que confluyeron (principalmente porque se puso la acción por sobre la contemplación, y porque se le dio la espalda, ya en los años ’60, al paisaje de nuestra patria) y que luego precipitaron de los años ’70 en adelante la parodia de país que hoy padecemos. Decía Castellani la frase de Clemenceau al visitar nuestro país: “El drama de los argentinos es que tienen que tener Institutos Pasteur...y no tienen Pasteur”. En lo que nos concierne, puede decirse que el drama es que tenemos que tener Institutos de Cine, Escuelas de cine y Festivales de Cine...y no tenemos cine (aunque se filmen una película atrás de la otra). Ficciones. Pero eso ahora no importa demasiado, porque para tener cine hay que tener país. Y para tener país –uno llamado Argentina- hay que tener Religión. Quien así no lo entienda seguirá fabricándose –con o sin el cine- finales felices en los que ya nadie cree, o amargas aventuras sin esperanza. De nuestra parte, por lo menos, hemos de ir hacia ese encuentro con lo que fuimos o pudimos ser, para no ser injustos con nuestros mayores ni dejar de comprender mejor hacia dónde hemos de evitar dirigirnos. Porque el ayer está vivo en lo que somos y en lo que queremos seguir siendo, a pesar de todo.



LISTADO REDUCO:
LAS 25 MEJORES PELÍCULAS DEL CINE ARGENTINO


1. Más allá del olvido – Hugo del Carril (1955)
2. Culpable – Hugo del Carril (1959)
3. Barrio gris – Mario Soffici (1954)
4. Rosaura a las diez – Mario Soffici (1957)
5. La Quintrala – Hugo del Carril (1954)
6. Tierra del Fuego – Mario Soffici (1948)
7. No abras nunca esa puerta – Carlos Hugo Christensen (1952)
8. A sangre fría – Daniel Tinayre (1947)
9. El hombre que debía una muerte – Mario Soffici (1954)
10. Pampa bárbara – Lucas Demare-Hugo Fregonese (1944)
11. Las aguas bajan turbias – Hugo del Carril – (1952)
12. Surcos de sangre – Hugo del Carril (1949)
13. Celos – Mario Soffici (1946)
14. Bajo un mismo rostro – Daniel Tinayre (1962)
15. Pasó en mi barrio – Mario Soffici (1954)
16. El extraño caso del hombre y la bestia – Mario Soffici (1950)
17. Rosa de América - Alberto de Zavalía (1946)
18. La secta del trébol – Mario Soffici (1947)
19. La muerte camina en la lluvia – Carlos Hugo Christensen (1948)
20. La indeseable – Mario Soffici (1951)
21. Los pulpos – Carlos Hugo Christensen (1947)
22. La orquídea – Ernesto Arancibia (1951)
23. Historia de una noche – Luis Saslavsky (1941)
24. Ellos nos hicieron así – Mario Soffici (1952)
25. La balandra Isabel llegó esta tarde – Carlos Hugo Christensen (1949)


Otras películas:



Héroes sin fama. Mario Soffici, 1940.


Fuera de la ley. Manuel Romero, 1937.


Del otro lado del puente. Carlos Rinaldi, 1953.


La patota. Daniel Tinayre, 1960.


Amorina. Hugo del carril, 1960.


Viento norte. Mario Soffici, 1937.

La sangre y la semilla. Alberto Du Bois, 1959.
(Coproducción con Paraguay)